CAPÍTULO 9
SALIR DEL PAÍS
"Unwritten" - Natasha Bedingfield
"Feel the rain on your skin, No one else can feel it for you, Only you can let it in..."
Alicia Ferrer siempre había creído que abandonar una relación era la parte más difícil de una historia de amor, pero a los cuarenta años había descubierto una verdad mucho más incómoda, una de esas verdades que nadie te explica cuando eres joven porque ni siquiera quienes intentan ayudarte terminan de comprenderla del todo, y era que lo verdaderamente complicado no consistía en marcharse de una persona concreta, sino en abandonar la versión de ti misma que había aprendido a sobrevivir dentro de determinadas dinámicas.
Porque las personas terminan desapareciendo.
Los recuerdos se desgastan.
Las heridas cicatrizan.
Los nombres pierden fuerza. Pero los hábitos emocionales permanecen.
Y precisamente contra ellos era contra quienes estaba luchando.
Aquella mañana Barcelona amaneció cubierta por una lluvia suave que parecía más una caricia que una tormenta, una de esas lluvias que convierten la ciudad en un escenario melancólico donde las fachadas adquieren un brillo antiguo y las calles parecen contener más historias de las habituales.
Alicia caminaba sin paraguas.
Le gustaba caminar bajo la lluvia. Siempre le había gustado.
Quizá porque le recordaba a los veranos de Castelldefels cuando era adolescente, cuando todavía creía que el futuro era un territorio inmenso lleno de posibilidades y no un conjunto de decisiones tomadas deprisa mientras intentabas entender qué demonios estabas haciendo con tu vida.
Sonrió.
Aquella chica de dieciséis años le habría resultado entrañable.
Y agotadora. Sobre todo agotadora.
Su teléfono vibró.
Era Silvia.
—¿Dónde estás?
—Caminando.
—¿Por qué?
—Porque las personas normales caminan.
—Las personas normales están trabajando.
—Estoy reflexionando. —Eso suele ser peor.
—Probablemente.
Silvia soltó una carcajada.
—La columna de esta semana está funcionando increíblemente bien.
—¿Cuál de todas?
—La de las segundas oportunidades.
—Me alegro.
—No parece que te alegres demasiado. Alicia observó cómo la lluvia resbalaba sobre los escaparates.
—Estoy pensando.
—Eso vuelve a sonar preocupante.
—Creo que el País de los Gilipollas se está quedando pequeño.
—Explícate.
—Empezó siendo una lista de hombres.
—Sí.
—Luego se convirtió en una conversación. —Sí.
—Después en una comunidad.
—Sí.
—Y ahora creo que ya no trata sobre ellos.
Silvia permaneció unos segundos en silencio.
—Creo que llevas razón.
Aquella conversación la acompañó durante el resto del día.
Porque era verdad. Al principio todo había girado alrededor de los hombres que habían pasado por su vida.
Los fantasmas.
Los narcisistas.
Los indecisos.
Los artistas incomprendidos.
Los especialistas en promesas imposibles.
Pero poco a poco había comenzado a mirar en otra dirección.
Hacia ella misma. Hacia las mujeres que escribían.
Hacia las decisiones que repetían.
Hacia las heridas que compartían.
Hacia la manera en que todas habían aprendido a conformarse con menos de lo que merecían.
Y quizá aquella era la verdadera historia.
No cómo entrar en el País de los Gilipollas.
Sino cómo salir de él.
Aquella tarde quedó con Claudia. Su amiga la esperaba en una pequeña terraza de Gràcia con dos copas de vino y esa expresión que solía aparecer cuando estaba a punto de decir algo incómodo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Te conozco.
—Eso es injusto.
—Habla.
Claudia apoyó los codos sobre la mesa. —¿Eres feliz?
La pregunta la pilló desprevenida.
—¿Ahora mismo?
—En general.
Alicia tardó unos segundos en responder.
—Creo que sí.
—¿Lo crees o lo sabes?
—Qué pesada eres.
—Muchísimo. —Creo que estoy aprendiendo.
—Eso no responde a la pregunta.
Alicia sonrió.
Miró alrededor.
La plaza.
Las luces.
La gente.
La ciudad.
Su vida. Todo aquello que durante años había quedado relegado a un segundo plano mientras perseguía relaciones imposibles.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Creo que sí soy feliz.
Claudia levantó la copa.
—Por fin.
Brindaron. Y durante unos segundos permanecieron en silencio.
Uno de esos silencios que solo existen entre personas que llevan demasiado tiempo compartiendo la vida.
—¿Y Leo?
preguntó Claudia.
Alicia volvió a sonreír.
—Leo está bien.
—Eso suena muy adulto. —Lo sé.
—Lo odio.
—Yo también.
Las dos empezaron a reír.
Porque había algo profundamente cómico en descubrir que la estabilidad era mucho más agradable de lo que habían imaginado.
Aquella noche, al regresar a casa, encontró un correo electrónico que destacaba entre todos los demás.
Era de una lectora. No especialmente largo.
No especialmente elaborado.
Solo unas pocas líneas.
"Gracias. Después de leer tus columnas terminé una relación que llevaba años haciéndome daño. No sé qué pasará ahora, pero por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de averiguarlo."
Alicia leyó el mensaje varias veces.
Después otra vez.
Y otra más. Porque comprendió algo.
Aquella mujer no estaba celebrando una ruptura.
Estaba celebrando una posibilidad.
La posibilidad de empezar de nuevo.
La posibilidad de elegir otra cosa.
La posibilidad de salir.
Salir.
La palabra permaneció resonando dentro de ella.
Salir del miedo.
Salir de la costumbre.
Salir de la necesidad.
Salir de las excusas.
Salir de los lugares donde una deja de reconocerse.
Abrió el portátil.
Comenzó a escribir.
Y el título apareció casi inmediatamente. Salir del País.
No escribió sobre hombres.
No aquella vez.
Escribió sobre puertas.
Sobre caminos.
Sobre decisiones.
Sobre el momento exacto en que una persona comprende que quedarse duele más que marcharse.
Sobre la diferencia entre amor y dependencia. Sobre la diferencia entre paciencia y resignación.
Sobre la diferencia entre esperar y desperdiciar la vida.
Y mientras escribía descubrió que aquellas palabras también eran para ella.
Porque todos aquellos años había creído que salir del País de los Gilipollas significaba encontrar a alguien diferente.
Ahora sabía que no.
Significaba convertirse en alguien diferente.
La publicación apareció dos días después. Y fue la más leída de todas.
Miles de comentarios.
Miles.
Miles de mujeres contando sus propias salidas.
Sus propios finales.
Sus propios comienzos.
Aquella noche, mientras contemplaba las luces de Barcelona desde el balcón de su piso, recibió un mensaje de Leo.
Nada extraordinario. Nada épico ni cinematográfico.
Solo una frase.
"¿Te apetece perderte mañana por la ciudad?"
Alicia sonrió.
Y respondió inmediatamente.
—Sí.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo no estaba intentando escapar de nada.
No estaba persiguiendo nada. No estaba esperando convertirse en alguien distinto.
Simplemente estaba viviendo.
Y aquella sensación, más que cualquier historia de amor, era la verdadera salida.
La salida del miedo.
La salida de la espera.
La salida del País de los Gilipollas.
Y el comienzo de un territorio completamente nuevo.