Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XXVI - LA BITÁCORA #2
92%

XXVI - LA BITÁCORA #2

—No puedo evitarlo, mademoiselle —aseguró Phinuit malhumorado—. Ya está bien de lo bueno. Le he visto hacer muecas con la parte superior de la cabeza durante tanto tiempo que sueño con diagramas geométricos trazados en cejas... y me despierto gritando. ¡Y a esto lo llaman una embarcación de recreo!

Con aire de agravio, chupó su pipa durante unos minutos.

—Además —añadió de repente—, alguien tiene que ser el contrapunto cómico, y no veo a nadie más desviviéndose por ser el Alma de la fiesta.

Favoreció a Lanyard con una mirada morosa.

—¿Por qué no arrimas nunca el hombro, Lanyard? ¿Por qué me lo dejas todo a mí? Vamos; pórtate, haz alguna pirueta, suelta un chiste, ¡haz algo para que nos riamos!

—Pero si no estoy nada seguro de que no se rían ya demasiado de mí, tal como están las cosas.

—¡Tonterías!... Te diré una cosa. —Phinuit se incorporó con un brillo de inspiración en los ojos—. Puedes entretenernos a mademoiselle y a mí de lo lindo, si quieres. Suelta las buenas nuevas.

—¿Buenas nuevas?

—Ahora no juegues con las cejas... ¡por favor! Me da repelús... Solo pretendo señalar que hoy es el día en que prometiste soltar la terrible decisión. Y no sirve de nada esperar a que Monk se nos una; está demasiado preocupado por su barquito. Cuéntanoslo a mademoiselle y a mí ahora.

Lanyard negó con la cabeza, sonriendo.

—Pero el momento que fijé fue cuando avistáramos tierra.

—Bueno, ¿qué le pasa a Martha’s Vineyard, que está ahí mismo? Se vería si fuera un día despejado.

—Pero no es un día despejado.

—¿Y si se pone más espesa, una niebla de las de verdad? Puede que no veamos tierra antes de medianoche.

—Entonces hasta medianoche debemos esperar. No, monsieur Phinuit, no me meterán prisa. He estado pensando, sigo pensando, y aún queda mucho por decir antes de que pueda llegar a una decisión que sea justa para ustedes, para mademoiselle y el capitán por un lado, y para mí por el otro.

—Pero a medianoche, si la promesa del patrón se cumple, estaremos bajando a tierra.

—La objeción es pertinente. Mi respuesta será comunicada cuando veamos tierra o a las once de esta noche, lo que ocurra primero.

Cualquier otro esfuerzo de persuasión o de impertinencia —nadie más que Phinuit supo nunca cuál— fue ahogado por el primer bramido desgarrador de la sirena dando la señal de niebla.

Liane Delorme saltó de su silla, tapándose los oídos con las manos, y profirió un grito de protesta inaudible; y cuando, al suspenderse temporalmente el estruendo, supo que se repetiría a intervalos de dos minutos mientras durara la niebla y el yate estuviera en marcha, alzó las manos suplicantes a un cielo despiadado y huyó a su camarote, cerrando la puerta de un golpe como si pensara que con ello podía dejar fuera aquel ruido ofensivo.

Uno imaginó algo inhumanamente burlón en el prolongado bocinazo que respondió.

Antes que languidecer bajo el peso de la animada conversación del señor Phinuit durante el resto de la tarde, Lanyard imitó el ejemplo de Liane y desperdició la siguiente hora y media tumbado en su cama, con los ojos cerrados pero la mente muy despierta.

De vez en cuando consultaba su reloj, como quien tiene una cita importante que cumplir.

A las cuatro menos dos minutos abandonó su camarote y, cuando sonó la primera de las ocho campanadas —en uno de los intervalos medidos entre los bramidos de la sirena— poniendo fin a la guardia de la tarde, salió a cubierta y se detuvo para examinar las condiciones del tiempo.

No había movimiento perceptible en el aire, lo que atestiguaba que el viento había entrado por la popa, es decir aproximadamente desde el sureste, y soplaba a la misma velocidad que el yate.

La niebla se aferraba al barco, pensó Lanyard, como un algodón gris apagado.

Sin embargo, si el estremecimiento de su estructura era un criterio justo, el paso del Sibarita no aminoraba; estaba arando de cabeza a través de aquella densa oscuridad usando la máxima potencia de sus máquinas.

De vez en cuando, cuando la sirena callaba, se oían los gritos de los marineros que operaban la máquina de sondar; pero sus informes eran monótonamente uniformes: las aguas aún no eran lo bastante someras para que el escandallo encontrara fondo a aquel ritmo.

Se estaba produciendo el cambio de guardia cuando Lanyard avanzó hacia proa, con el rabillo del ojo puesto en el puente.

El señor Collison relevó al señor Swain, y este último bajó por la escala justo a tiempo de ahorrarle a Lanyard un mal traspié cuando sus pies resbalaron en el maderamen, grasiento por los glóbulos de niebla.

No se sabe qué caída tan mala podría haber sufrido si el señor Swain no hubiera estado allí para que se agarrara a él; y durante un momento o dos Lanyard estuvo, como dijo el señor Swain con gran buen humor, «encima de él», aferrándose al primer oficial de manera muy efusiva; y fue con cierta dificultad como al fin recuperó el equilibrio.

Entonces, sin embargo, se asió al pasamanos como seguro contra nuevos percances, agradeció cordialmente al señor Swain, añadió sus disculpas, y los dos se despidieron con expresiones de estima mutua.

El incidente parecía haber enfriado el ardor de Lanyard por el ejercicio. Regresó con cautela hacia la toldilla, holgazaneó inquieto en una tumbona un rato y luego volvió a bajar.

Algún tiempo después, de nuevo supino en su cama, oyó al señor Swain en el salón interrogando quejumbrosamente a uno de los camareros.

Al parecer, el señor Swain había extraviado inexplicablemente sus llaves y quería saber si el camarero había visto algo de ellas.

El camarero dijo que no; y Lanyard, por su parte, sabía que decía la verdad, ya que en aquel momento las llaves desaparecidas descansaban en el fondo del mar varias millas a popa. .. todas menos una.

No hubo necesidad de vestirse de etiqueta para la cena aquella noche.

Liane Delorme, con los nervios crispados casi más allá de lo soportable por la implacable señal de niebla, prefirió la reclusión de su camarote.

Lanyard no lo lamentó de veras; la pechera de una camisa blanca está calculada para causar cierta impresión en la retina humana incluso en la noche más oscura; mientras que su sencillo traje de sarga azul seguro que resultaría del todo discreto.

Así que, si echó de menos la influencia femenina a la mesa, lo sobrellevó con gran entereza.

Y después de cenar se aisló como de costumbre en su silla favorita cerca de la coronación de popa.

La niebla, si cabe más densa que antes, fabricaba un anochecer temprano de un tono violeta peculiarmente deprimente.

No obstante, las tardes son largas en esa época del año, y a Lanyard le parecía que el crepúsculo nunca terminaría de desvanecerse por completo, que la noche verdadera no llegaría nunca.

Mucho antes de que lo hiciera, se aminoró la velocidad: el yate estaba por fin en sondajes; los gritos de los sondadores eran tan monótonos como los bramidos de la sirena, y casi tan frecuentes.

Lanyard podría haber prescindido de ambos, si el barco no podía.

Notó una exacerbación de los nervios cada vez más intensa y se dijo que se estaba haciendo viejo, sin duda.

Podía recordar la época en que habría soportado una tensión de espera comparable a la que debía sufrir ahora sin que se le moviera un pelo.

¡Cuánto tiempo parecía haber pasado!...

Otra señal de que el Sibarita había entrado en lo que técnicamente se clasifican como aguas interiores, donde se aplican reglas especiales de navegación, se notaba en el hecho de que la señal de niebla rugía ahora una vez por minuto, mientras que Lanyard se había acostumbrado a cronometrar los intervalos entre el tañido de la campana del barco, del que dependía todo su interés, a razón de quince bramidos por cada media hora.

Si le preguntaban a él, una vez por minuto parecía algo excesivo, incluso en carriles concurridos de tráfico marítimo.

Aun así, era mejor quizás que un desastre imprevisto; uno no tenía ganas de que el Sibarita encallara en un banco de arena, se amontonara contra una roca o se saltara los sesos contra el casco de otro buque. .. antes de las once como pronto.

En retrospectiva, contaba aquellas dos horas entre la cena y las diez y media como más largas que la quincena que las había precedido.

Así de impaciente es siempre el corazón del hombre cuando el final del viaje se acerca, aunque ese final no sea sino el comienzo, también, de ese viaje más largo que los hombres llaman Muerte.

Para no delatar su impaciencia manteniendo la brasa de su cigarrillo demasiado encendida (uno nunca sabe cuándo no le vigilan), fumó con moderación.

Pero al vigésimo octavo bramido de la sirena tras el tañido de las cuatro campanadas, sacó su pitillera y, mientras el trigésimo bramaba, síncrono con dos toques dobles y uno sencillo sobre el metal de bronce, se llevó un cigarrillo a los labios.

Al mismo tiempo vio al capitán Monk, que había estado en el puente con el oficial de guardia durante varias horas, dirigirse hacia popa con los hombros cansados y caídos, y bajar por el tambucho del salón.

Y Lanyard sonrió con complicidad y se aseguró de que aquello iba bien — ¡ça va bien! —: su estrella seguía en ascenso.

Permanecían en el puente solo el señor Collison y el hombre al timón.

Al cuarto bramido después de las cinco campanadas, Lanyard acercó una cerilla a su cigarrillo.

Pero no aspiró más que para encender bien el tabaco.

Incluso contuvo el aliento y sintió su cuerpo sacudido por las pulsaciones de su corazón ansioso precisamente como el cuerpo del Sibarita era sacudido por las pulsaciones de sus máquinas.

Con la siguiente señal de niebla, la oscuridad absoluta descendió sobre el buque, envolviéndolo de proa a popa como una vasta manta de negrura.

El señor Mussey no había faltado a su pacto de traición.