XXIII - EL CIGARRILLO
Lanyard se vio intercambiando miradas de desconcierto con Collison, y oyó su propia voz pronunciar la tajante afirmación:
—Pero si no hay nadie...
Collison masculló unas palabras que él interpretó como: «No, y nunca lo hubo».
—Pero debió de haberle visto desde el puente —insistió Lanyard con gesto vacío—, si...
—Miré a mi alrededor en cuanto la oí gritar —respondió Collison—; pero no vi a nadie, solo a mademoiselle aquí presente... y a usted, por supuesto, con esa cerilla.
—Por favor, ayúdenme a levantarme —pidió Liane Delorme con voz desfallecida.
Collison le tendió la mano. Bajo el apoyo y el amparo del brazo de Lanyard, el cuerpo de la mujer temblaba como el de una niña asustada.
—Debo ir a mi camarote —suspiró ella con incertidumbre—. Pero tengo miedo...
—No lo tenga. Recuerde que el señor Collison y yo... Además, ya sabe, no había nadie...
La afirmación pareció exasperarla; su voz cobró una nueva fuerza y violencia.
—¡Pero si les digo que vi... a ese asesino!
—se estremeció de nuevo—. ¡Ahí de pie, en la sombra, mirándome fijamente como si le hubiera sorprendido y no supiera qué hacer a continuación!
Creo que debía de estar espiando hacia abajo a través de la claraboya; fue el resplandor de esta lo que me mostró su cara roja y sucia de cerdo.
—Usted vino hacia popa por el lado de babor, ¿no es así? —inquirió Lanyard al segundo oficial.
Collison asintió.
—Corriendo —dijo—; no podía imaginar qué ocurría.
—Es fácil no ver lo que uno no está buscando —reflexionó Lanyard, mirando hacia proa por el lado de estribor—.
Si un hombre se hubiera echado al suelo y se hubiera arrastrado hasta quedar al abrigo de los ventiladores de la sala de máquinas, podría haber corrido hacia proa —agachándose mucho, ya sabe— sin que usted le viera.
—¡Pero si usted estaba aquí mismo, a estribor!
—Le digo que esa cerilla me estaba cegando —afirmó Lanyard con irritación—. Además, no estaba mirando... excepto a mi hermana... preguntándome qué le pasaba.
Collison dio un respingo.
—Disculpen —dijo, al recordarlo—, si mademoiselle está bien, debo volver al puente.
—Llévenme abajo —suplicó Liane—. Debo hablar con el capitán Monk.
Monk y Phinuit estaban descansando con sus copas de antes de dormir en la sala de estar del capitán. Un golpe en la puerta trajo una inmediata invitación a entrar. Lanyard abrió la puerta y se dirigió secamente a Monk:
— Mademoiselle Delorme desea verle.
Las elocuentes cejas indicaron sorpresa y resignación, y Monk se levantó y se enfundó en su túnica de lino blanco. Phinuit, más sensible al tono de que algo iba mal, salió apresuradamente en mangas de camisa.
—¿Qué pasa? —exigió, mirando del rostro grave de Lanyard al semblante pálido y angustiado de Liane.
Lanyard le informó en pocas palabras.
—¡Imposible! —comentó Phinuit.
—Tonterías —añadió Monk, dirigiéndose directamente a Liane—. Todo ha sido figuración suya.
Ella había recuperado gran parte de su compostura, lo suficiente como para encogerse de hombros con desdén ante semejante estupidez.
—Solo les cuento lo que vieron mis propios ojos.
—Sin duda —convino Monk con un aire especioso de estar abierto a convencerse—. ¿Qué fue de él, entonces?
—¡Me lo pregunta a mí, sabiendo que ante el peso del terror me desmayé!
Las cejas lograron un efecto de estudiado cansancio.
—¿Y usted no vio a nadie, monsieur ? ¿Y Collison tampoco?
Lanyard negó con la cabeza ante cada pregunta.
—Aun así, es posible...
Monk le interrumpió con impaciencia.
—¡Pamplinas... todo son cuentos! Nadie más grande que una cucaracha podría haberse colado a bordo de este yate sin que yo lo supiera. Conozco mi barco, conozco a mis hombres, sé de lo que hablo.
—Dentro de poco —profetizó Liane sombríamente—, puede que no hable de nada.
Desconcertado, Monk masculló:
—No la entiendo...
—Cuando se encuentre, una mañana de estas, con el cuello cortado mientras duerme, como el pobre de Lorgnes... o garroteado, como podría haberlo sido yo.
—No voy a perder el sueño... —empezó Monk.
—No lo pierda antes de que mande registrar el barco —suplicó Liane, con un cambio de tono—.
Saben ustedes, messieurs , que no soy mujer dada a las alucinaciones.
Yo vi ... Y les digo que, mientras ese asesino esté en libertad a bordo de este yate, ni una sola de nuestras vidas vale un sueldo. .. ¡no, ni una!
—Oh, tendrá su registro. —Monk cedió como quien consiente un capricho infantil—. Pero ya puedo decirle lo que encontraremos... o lo que no.
—¡Entonces que el Cielo nos ayude a todos! —Liane se dirigió rápidamente a la puerta de su habitación, pero allí vaciló, volviéndose hacia Lanyard con una mirada suplicante—. Tengo miedo...
—Deje que eche yo un vistazo primero.
Y cuando Lanyard se hubo cerciorado de que no había nadie escondido en ninguna parte de la estancia de Liane, y hubo sido recompensado con una mirada de gratitud...
—Me encerraré con llave, por supuesto —dijo la mujer desde el umbral—, y tengo mi pistola.
—Pero le aseguro —comentó Monk con pesada ironía— que nuestras intenciones son las de hombres de honor.
La puerta se cerró de golpe, y le siguió el sonido de la llave girando en la cerradura. Monk arqueó las cejas con un gesto de paciencia infinita.
—Una copa de más... ¡Visiones!
—No —Lanyard expresó escuetamente su convicción—; se equivoca usted. Liane vio algo.
—Nadie lo cuestiona —bostezó Phinuit—. Lo que uno se cuestiona es si vio a un hombre o una figuración de su imaginación... algún efecto de las sombras que momentáneamente sugirió un hombre.
—Las sombras juegan malas pasadas por la noche, en el mar —convino Monk—. Recuerdo una vez...
—Entonces revisemos el terreno y veamos si podemos hacer que esa explicación resulte aceptable para nuestras propias inteligencias —intervino Lanyard.
—No hay daño en ello.
Phinuit trajo una linterna eléctrica de bolsillo, y los tres exploraron exhaustivamente los sectores de la cubierta en los que se le había manifestado la aparición a la mujer.
Por mucho que se forzara la credulidad, la imaginación no podía aceptar que el efecto de las sombras en el lugar indicado fuera la forma de alguien allí de pie.
Por otro lado, cuando Phinuit se colocó obligatoriamente entre la boca del tambucho y la claraboya, hubo que admitir que el resplandor de ambos lados proporcionaba una cobertura bastante buena para alguien que deseara demorarse allí, observando sin ser visto.
—Aun así, no creo que viera nada —insistió Monk—; un Popinot fantasma, si acaso.
—Pero aguarden. ¿Qué tenemos aquí?
Lanyard, escudriñando la cubierta con la linterna, se inclinó, recogió algo y lo mostró en la palma de la mano extendida, sobre la cual dirigió el nítido haz eléctrico.
—¿Una colilla de cigarrillo? —dijo Monk, y resopló—. ¡Vaya un hallazgo memorable!
—Un cigarrillo fabricado por la Régie francesa.
—Y bien pisoteado, además —observó Phinuit—. Bueno, ¿qué pasa con eso?
—¿Quién de los que usan esta parte de la cubierta se sentiría inclinado a insultar su paladar con un cigarrillo semejante? Ninguno de nosotros... difícilmente ninguno de los oficiales o camareros.
—Algún marinero de cubierta podría haberse escabullido hacia popa para echar un vistazo, esperando encontrar la toldilla desierta a estas horas.
—Incluso los marineros ordinarios evitan, cuando pueden, lo que la Régie vende bajo el nombre de tabaco. Ni es probable que uno de ellos se arriesgara a las consecuencias de desafiar la célebre disciplina del capitán Monk.
—¿Entonces usted también cree que fue Popinot?
—Creo que haría bien en hacer que el registro que ha prometido sea minucioso e inmediato.
—Hay tiempo de sobra —respondió Monk con cansancio—. Pondré este viejo cacharro del revés, si tanto insiste, por la mañana.
—Pero, ¿por qué, monsieur , se mantiene usted tan obstinadamente incrédulo?
—Bueno —arrastró Monk las palabras—, conozco a la bella dama desde hace unos cuantos años, y si me pregunta a mí, es muy capaz de jugar sus propios jueguecitos.
—¿Fingir, quiere decir... para fines privados?
Las cejas ofrecieron un gesto urbano y escéptico.
Tanto si el sueño le trajo a Monk mejor consejo como si no, el registro del barco de la mañana siguiente y el interrogatorio de su tripulación resultaron más concienzudos de lo que Lanyard había esperado.
Y el resultado fue precisamente el que Monk había vaticinado: un rotundo negativo.
Informó secamente de ello en una conferencia informal en sus aposentos después del almuerzo.
Él mismo había supervisado todo el registro y había realizado buena parte del mismo en persona, dijo.
No se había pasado por alto ningún rincón ni escondrijo del yate.
—Confío en que mademoiselle esté satisfecha —concluyó con un movimiento de cejas burlonamente cortés hacia Liane.
Su respuesta fue el más leve de los encogimientos de hombros ejecutado por unos hombros perfectos bajo un vestido de una transparencia cínica.
Lanyard se percató de que los ojos violetas, dilatados por la aprensión, centellearon fugazmente hacia él, como esperando que presentara alguna sugerencia útil.
Pero no tenía ninguna que ofrecer. Si el modo en que se había llevado a cabo el registro era susceptible de crítica, esta tendría que proceder de una mente mejor informada que la suya en materia marítima.
Y evitó reconocer aquella mirada, incluso fingiendo no haberse dado cuenta de ella.
Y lo cierto es que, revisado fríamente a la luz del día, el asunto le parecía descabellado; que le pidieran creer que Popinot se las había ingeniado para esconderse más allá de toda posibilidad de ser hallado a bordo del Sibarita .
Sin su participación, la discusión continuó.
Oyó la voz de Phinuit pronunciar en tonos de maliciosa diversión:
—Salvo, por supuesto, la posibilidad de connivencia por parte de los oficiales o la tripulación.
—¡No sea imbécil! —espetó Monk.
—No sea usted irracional: soy simplemente como Dios me hizo.