XIX - SEIS BOTELLAS DE CHAMPAÑA #2
Lanyard contó cuatro figuras, dos en el asiento delantero y dos en el trasero.
Más allá de eso, la velocidad vertiginosa y la luz menguante hacían imposible ver nada más.
.. aunque si la velocidad hubiera sido menor y la luz más intensa, poca información más habría podido obtener del examen de aquellas cuatro siluetas embozadas en guardapolvos y enmascaradas con gafas de motorista.
Al ver cómo su luz trasera se iba desvaneciendo, le pareció que la sombra gris reducía la marcha; pero no podía estar seguro de ello.
—¿Pasa algo malo, monsieur ?
El tal León estaba a su lado. Lanyard le respondió con el seco asentimiento de un automovilista contrariado.
—Algo... Jules te lo dirá —replicó con sequedad—. Entretanto, mademoiselle Delorme y yo hemos decidido no esperar. No tenemos tiempo que perder. Cogeremos tu coche y seguiremos adelante.
—Pero, monsieur , yo... —empezó a protestar León.
El acento gélido de Liane Delorme le cortó en seco:
—Bueno, León: ¿cuál es su objeción?
—¿Objeción, madame ? —tartamudeó el individuo—. Perdón... pero no me corresponde a mí poner objeciones. Yo... yo solo me he asustado.
—Pues supérelo de inmediato —le aconsejó ella—; y traiga mi joyero (Marthe se lo señalará) al coche de turismo.
—Sí, madame , en seguida.
—Y también la cesta de la comida, por favor.
—Por supuesto, monsieur .
León se marchó a toda prisa hacia la limusina, donde Marthe se le unió, mientras Lanyard y Liane Delorme se dirigían al coche de turismo.
—Pero, ¿para qué diablos quiere esa cesta, monsieur ?
—¡Chist, hermanita, no tan alto! El hermano cree que ha tenido otra idea.
—¡Entonces Dios me libre de entrometerme!
Tambaleándose bajo el peso, León se cargó el joyero al hombro y lo llevó hasta el coche de turismo, donde Liane supervisó su colocación en el abarrotado asiento trasero.
Un segundo viaje, menos fatigoso, les trajo la cesta.
Liane murmuró un agradecimiento de rigor y llamó a Jules, que seguía trasteando en el motor de la limusina con ayuda de una linterna eléctrica.
—¡Venga, Jules! Deja que León se ocupe de lo que haga falta ahí.
—Muy bien, madame .
Jules se acercó paseando al coche de turismo y se acomodó al volante. Liane Delorme ocupó el asiento de al lado.
Lanyard se había instalado en un espacio dudoso en la parte de atrás, que se disputaba con bolsos y cajas de toda forma, tamaño y descripción.
—¿Cuánto tiempo, Jules, necesitará León...?
—Cinco minutos, madame , si se toma su tiempo.
—Entonces démonos prisa.
Se alejaron de la limusina con tal rapidez que, a los treinta segundos, lo único que marcaba su posición eran los faros de la misma.
Lanyard consultó la esfera fosforescente de su reloj de pulsera. De principio a fin, toda la operación había llevado poco más de tres minutos.
Liane se giró para hablar por encima del respaldo del asiento.
—¿Qué hora es, monsieur ?
—Las nueve y diez. Dentro de una hora en punto saldrá la luna.
—Será en esta hora de oscuridad, entonces...
Un recodo en el camino ocultó a la vista las luces estacionarias de la limusina. No había ninguna luz trasera a la vista en la carretera por delante de ellos. Lanyard tocó a Jules en el hombro.
—Apaga las luces —le dijo—... todas. Luego busca un sitio donde podamos salirnos y aguarda a que León y Marthe nos pasen.
Sumergidos de repente en la oscuridad, el coche siguió avanzando lentamente, abriéndose paso a tientas durante unos cientos de metros. Entonces Jules divisó la entrada de un estrecho callejón, sombreado por un espeso follaje, pasó de largo, se detuvo y retrocedió hasta meterse en él.
Exactamente a los cuatro minutos, según el reloj de Lanyard, el latido de la limusina empezó a batir en la quietud de aquel soñoliento paisaje campestre.
Un resplandor azul blanquecino, semejante a un acero desnudo y hambriento, pasó por la curva temblando, trazó un amplio arco a medida que los propios faros se hacían visibles, y se alineó con la carretera mientras el coche pasaba a toda velocidad.
—Por lo visto, León se siente muy perdido sin nosotros —comentó Lanyard—. ¡Acelera, Jules... sigue su luz trasera, y no silencies el escape! ¿Te apañas sin faros un rato?
—Conduje una ambulancia durante cuatro años, señor.
El coche salió a la carretera principal. A lo lejos, el sardónico ojo rojo de la parte trasera de la limusina los miraba de reojo como si se burlara de sus esperanzas de no perderlo de vista. Jules, sin embargo, demostró no guardar rencor; y era maravillosamente competente.
—Para cualquiera que haya pilotado un cargamento de heridos a través de dieciocho pulgadas de barro, esquivando socavones de obuses y proyectiles que iban a hacer agujeros nuevos, en plena tormenta y a medianoche, esto de ahora —anunció Jules— (una carretera firme y en buen estado bajo un cielo despejado) está chupado.
Así podía parecérselo a él. Pero para Lanyard y Liane Delorme, lanzados a toda pastilla por una carretera que no podían ver, a una velocidad de entre cuarenta y sesenta millas por hora, sin más guía que un esquivo piloto trasero que no paraba de doblar esquinas y permanecer invisible hasta que Jules se abría paso a su vez, por instinto, clarividencia o intuición (fuera lo que fuese, demostraba ser infalible), aquello era un momento de tensión.
Y la cosa duró media hora...
Descendían en picado por una larga cuesta con una curva pronunciada al final, lo cual sabían porque el ojo rojo acababa de desaparecer de su vista, cuando, en algún lugar más adelante, sonó un estrépito chirriante, el ruido de una tela resistente desgarrada y aplastada, junto con el estrépito de cristales rotos.
—¡Con cuidado! —advirtió Lanyard—... ¡y prepárate con las luces!
Ambas advertencias estaban de más. Jules ya había desembragado. La gravedad hizo que el coche tomara la curva de forma lenta, suave y silenciosa; frenado, se detuvo en una pendiente pronunciada aunque corta, y se quedó allí como un animal a punto de saltar, ronroneando suavemente.
Más abajo, al pie de la colina, los faros de otro automóvil, parado a cierta distancia y a la derecha de la calzada, ofrecían una iluminación espectral al teatro del desastre.
Algo, por entonces de naturaleza misteriosa, había provocado al parecer que León perdiera el control del pesado vehículo, que había patinado hasta caer en una cuneta y había volcado.
Cuatro hombres, rudas siluetas de pesadilla enfundadas en guardapolvos y gafas protectoras que los desfiguraban, se arremolinaban en torno a los restos del naufragio.
Dos de ellos ayudaban al chófer a salir, mientras que otros dos veían recompensada su gallardía al hacer lo propio con la doncella con un torrente de improperios, medio histéricos y del todo furiosos.
A juzgar por la soltura de sus gestos, que solo rivalizaba con la de su lenguaje, la desaliñada y colérica figura de Marthe había salido ilesa. Y un momento después se vio que, cuando León se puso en pie y cojeó hacia los demás, a lo sumo solo había sufrido daños leves.
Lanyard señaló una oscura línea serpenteante que yacía como una culebra muerta sobre la superficie iluminada de la carretera. Jules gruñó en señal de comprensión. Liane Delorme, sin aliento, preguntó:
—¿Qué es?
—Un viejo truco —explicó Lanyard—: Un cable de acero tendido entre unos árboles de forma diagonal a lo largo de la carretera, más o menos a la altura de la mitad del parabrisas.
El impulso de la limusina lo rompió, pero antes ya había desviado el coche hacia la cuneta, arrancándole el volante de las manos al conductor.
Acarició la pistola que Jules le había dado, quitó el seguro y dijo:
—Ahora, antes de que se den cuenta, Jules... ¡písale a fondo!
Jules soltó los frenos y, mientras el coche cogía velocidad, metió silenciosamente la cuarta marcha y pisó a fondo el acelerador. Iban a cuarenta millas por hora cuando llegaron a la recta y pasaron como un trueno junto al grupo.
Un destello de rostros asustados, el grito de un hombre que se había adentrado de forma imprudente en la calzada y se había quedado allí parado, al parecer petrificado por el peligro que se le echaba encima sin luces ni ninguna otra advertencia, hasta que uno de los guardabarros delanteros le golpeó y le arrojó a un lado como si fuera un muñeco de paja.
.. y solo la noche de la carretera abierta se extendía ante ellos.
Jules encendió los faros y abrió el escape.
Por encima del rugido de este último, a Lanyard le pareció oír un leve sonido de traqueteo.
Miró hacia atrás y sonrió con dureza. Vivas y cortas llamas de color naranja y escarlata apuñalaban la oscuridad.
Alguien había abierto fuego con una pistola automática. .. ¡Puro desperdicio de munición!
El ritmo se volvió vertiginoso en una carretera que, como tantas otras de Francia, parecía interminable y recta.
A ambos lados, interminables hileras de álamos castañeteaban como las estacas sueltas de una enorme cerca.
Y sin embargo, mucho antes de que el camino hiciera una curva, Lanyard, con la mirada clavada en la parte trasera mientras se arrodillaba en el asiento de atrás con los brazos cruzados sobre la capota plegada, vio aparecer los dos ojos blancos del coche gris e iniciar la persecución. Un trabajo rápido, en su opinión.
Se arrastró hacia delante y comunicó las novedades, gritando para hacerse oír.
—No aflojes a menos que no te quede otra —aconsejó—; no creo que podamos atrevernos a cederles ni un centímetro.
De vuelta a su puesto de observación, observaba con la esperanza puesta en un milagro, mientras el coche embestía y corría como un poseso en la noche, devorando cuestas, chillando en los descensos, redoblando por las llanuras, y traqueteando de forma salvaje a través de pueblos y aldeas; mientras la luna salía y cobraba fuerza, convirtiendo la carretera en un caudaloso río de leche y tinta; mientras el corazón se le encogía a medida que pasaban los minutos y las millas, y los faros del coche perseguidor, que se perdían de vista de vez en cuando, reaparecían cada vez con un resplandor más vivo y fiero, imponiéndose la certeza de que estaban siendo alcanzados de forma gradual pero implacable.
Llevó esta información a los oídos de Jules. El chófer solo respondió con una preocupada sacudida de cabeza que indicaba a las claras que estaba haciendo todo lo posible, exprimiendo hasta la última onza de potencia del motor.
La mala suerte les tendió una emboscada en las calles de una ciudad de cierto tamaño, cuyo nombre Lanyard ignoraba, cuando otro automóvil, conducido con torpeza, salió de una callejuela y se caló en su camino.
El freno de emergencia les salvó de la colisión; pero no mediaban seis pulgadas entre los dos cuando el coche de turismo se detuvo en seco; y se perdieron valiosos minutos antes de que el otro se pusiera en marcha y ellos pudieran continuar.
Menos de trescientas yardas separaban a perseguido y perseguidor mientras corrían de nuevo por campo abierto. Y pie a pie esa ventaja se iba recortando inexorablemente.
En el asiento contiguo al del conductor del coche gris, un hombre se levantó y, apoyándose en el parabrisas, vació el cargador de una automática, presumiblemente con la esperanza de pinchar los neumáticos de la presa.
Una bala perforó un agujero limpio en el parabrisas entre las cabezas de Liane Delorme y Jules.
La mujer se deslizó hasta el suelo y Jules se encogió sobre el volante.
Lanyard acarició su automática, pero se abstuvo de disparar a la espera de un momento en que pudiera estar más seguro de su puntería.
En su lugar, se volvió hacia la cesta de la merienda y la abrió.
Las provisiones de Liane habrían sido suficientes para un grupo que triplicara el suyo.
En el fondo de la cesta descansaban seis medias botellas de champán, cuatro de ellas sin abrir.
Lanyard las llevó al asiento trasero... y se percató de que el coche gris se había acercado a menos de cincuenta metros de su presa.
Yendo a una velocidad superior a las setenta millas por hora, no se atrevería a dar un volantazo.
La primera botella vacía se estrelló a un lado, la segunda justo entre las ruedas delanteras.
Agarró la primera botella llena por el cuello, sintiendo que su peso prometía mayor precisión, pero se agachó antes de intentar arrojarla cuando una ráfaga de disparos intentó disuadirle.
En la primera pausa, se levantó y lanzó la botella con el movimiento por encima del hombro empleado en el lanzamiento de granadas.
Chocó de lleno bajo la rueda delantera más cercana del coche gris, pero sin efecto alguno, salvo el de provocar otra ráfaga en represalia.
Se arriesgó; la emergencia se había vuelto demasiado desesperada como para andarse con más rodeos; la ventaja se había reducido a treinta metros; en dos minutos más no sería nada.
La cuarta botella se desvió, pero la quinta estalló a seis pulgadas por delante de la rueda exterior y sus afilados fragmentos desgarraron el corazón del neumático.
En el preciso instante del correspondiente reventón, el coche gris se encabritó como un caballo asustado y se salió de la carretera, precipitándose de cabeza contra un grupo de árboles.
El choque subsiguiente fue como la detonación de una gran bomba.
Unas densas sombras ocultaron la tragedia bajo los árboles.
Lanyard vio cómo el haz de luz de los faros se elevaba y perforaba perpendicularmente el cenit antes de apagarse por completo.
Se giró y le gritó al oído a Jules:
—¡Reduce la marcha! ¡Tómatelo con calma! ¡Se han rendido!
Liane Delorme se levantó de su encogida posición en el suelo y miró con incredulidad hacia atrás a lo largo de la vacía carretera bañada por la luna.
—¿Qué ha sido de ellos?
Lanyard esbozó un vago ademán.
—... han intentado trepar a un árbol —respondió con hastío, y dejándose caer en el asiento trasero empezó a afanarse por sacar el corcho de la última media botella de champán.
Calculó que, si alguna vez alguien se había ganado un trago, era él.