Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XIX - SEIS BOTELLAS DE CHAMPAÑA
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XIX - SEIS BOTELLAS DE CHAMPAÑA

Una vez decidida a tomar cartas en el asunto, Liane Delorme demostró que podía desenvolverse con una energía y resolución insólitas entre las de su calaña. Bajo su magistral supervisión, los preparativos se llevaron a cabo como por ensalmo.

Eran, por ejemplo, más de las tres que de las cuatro cuando la expedición con destino a Cherburgo partió de la puerta de su maison de ville y salió de París por la Porte de Neuilly.

A la cabeza iba la limusina, con aquel modelo de pulcritud hecho chófer, Jules, al volante, tan impecable y acicalado, firme de mandíbula e imperturbable de mirada, como cuando Lanyard se había fijado en él por primera vez en Nant; detrás venía el coche de turismo, con el lacayo León de conductor, quien no se sentía en absoluto dichoso por haber sido reclutado para tal menester, a juzgar por la hosca inquietud que asomaba en su rostro.

No cabía esperar nada en las calles ni en los suburbios, ni velocidad ni el menor indicio de las intenciones (de haberlas) de Dupont. Lanyard se ahorró la ingrata molestia de vigilar por si los seguían —pues apenas albergaba dudas al respecto— y se relajó al lado de Liane Delorme.

Charlando de los viejos tiempos, o sumido en un agradecido silencio cuando Liane recaía en la abstracción —algo que hacía con una frecuencia que atestiguaba la pesada carga de sus pensamientos—, él mantenía un ojo apreciativo sobre Jules, reconociendo al fin que el adjetivo de Liane, «soberbio», había sido muy acertado para calificar su forma de conducir.

Mientras él estuviera al volante, no solo estaban en buenas manos, sino que podían estar seguros de no perder el tiempo en la carretera.

Fue en Saint-Germain-en-Laye donde Lanyard reparó por primera vez en el coche de turismo gris.

De no haber elegido mentalmente Saint-Germain como el lugar más probable para que Dupont se apostara al acecho, y gracias también a un error de cálculo por parte de este último, se le habría pasado por alto; pues no había nada llamativamente siniestro en el aspecto de aquel largo coche gris de ancha capota, lo que presagiaba un motor de gran potencia.

Sin embargo, se hallaba aparcado de forma incongruente a la vuelta de la esquina, en una callejuela de mala muerte, como si ansiara pasar desapercibido; su proximidad a la puerta de una taberna de la peor ralea resultaba chocante en un coche de tan alta alcurnia; y, lo que resultaba condenatorio a fin de cuentas, el hombre de cara de rata de Lyon estaba holgazaneando en la puerta de la taberna, chupando un cigarrillo y observando el tráfico con una mirada demasiado apática y ensombrecida por la visera de una raída gorra.

Lanyard no dijo nada en ese momento, pero más tarde, cuando un largo tramo de carretera recta se lo permitió, confirmó sus sospechas al mirar hacia atrás y ver al coche gris merodeando a no menos de una milla y media de distancia; el coche de turismo de las Delorme, conducido por León, se mantenía a un cuarto de milla por detrás de la limusina.

Estas posiciones relativas permanecieron casi inalteradas durante la mayor parte de las horas de luz de aquella larga tarde, a pesar del ritmo endiablado que Jules impuso en campo abierto.

Lanyard, con la vista puesta en el indicador, vio con harta frecuencia que la aguja marcaba el equivalente a sesenta millas inglesas por hora.

Rara vez bajaba de las cincuenta, excepto al atravesar pueblos o aldeas.

Y más a menudo de lo que le habría gustado a Lanyard, observó cómo se acercaba y rebasaba la marca de las setenta.

Con semejante forma de conducir, no le costaba creer que verían Cherburgo o el Cielo antes de medianoche; siempre y cuando, por supuesto...

Durante las tres primeras horas, León aguantó bien el ritmo. Luego, los nervios o la resistencia física empezaron a flaquearle, se quedó rezagado y el coche de turismo de las Delorme rara vez se dejó ver a partir de entonces.

Tampoco la sombra gris, a decir verdad. Las previsiones de Lanyard parecían verse corroboradas por su conducta: Dupont aguardaba su momento y sin duda no intentaría nada antes del anochecer.

Entretanto, no se esforzaba por hacer otra cosa que mantener el paso de la limusina, pero a una distancia prudencial.

Solo de vez en cuando, cuando, por un motivo u otro, Jules se veía obligado a reducir la velocidad durante varios minutos seguidos, el coche gris asomaba a la vista, aunque siempre, eso sí, a una milla por detrás del coche de turismo de las Delorme.

Hacia las siete cenaron sobre la marcha, con lo que había en la cesta que, junto con el joyero de Liane bajo su disfraz de cuero de simple bolsa de viaje, constituía todo el equipaje de la limusina.

Lanyard le pasó unos bocadillos por la ventanilla delantera a Jules, que los devoró mientras conducía como un poseso de la velocidad, y con la misma pasmosa despreocupación los bajó con un vaso de champán.

Luego, hizo gala de una especie de poder hechicero sobre las cerillas frente al viento, se encendió un cigarrillo y señaló que se sentía reconfortado haciendo subir suavemente la aguja del indicador hasta la marca de ochenta, donde la mantuvo fija hasta que Lanyard y Liane le rogaron al unísono que tuviera en cuenta sus estómagos.

A las ocho en punto pasaban por Lisieux, a ciento dieciocho millas de París.

Lanyard hizo cálculos mentales.

—Tendremos luz hasta pasadas las nueve —le informó a Liane—. Para entonces ya habremos dejado atrás Caen.

—Entendido —dijo ella con frialdad—; será entonces, después de Caen.

—Presumiblemente.

—¡Otra hora de tranquilidad! —Bostezó con delicadeza—. Creo que... esta velocidad me aburre... creo que me echaré una cabezadita.

Con total serenidad, se arregló las almohadas, apoyó sus bonitos pies en el joyero y, apartando el rostro de Lanyard, se adormiló.

—Me parece a mí —reflexionó él—, ¡que el mundo es más rico en mujeres extraordinarias que en hombres extraordinarios!

Un luminoso crepúsculo lila rivalizaba con las farolas de Caen cuando la limusina atravesó la ciudad a velocidad moderada. Lanyard aprovechó la ocasión para conferenciar con Jules por la ventanilla.

—Pasada la ciudad —le dijo—, te detendrás justo a la vuelta de la primera curva adecuada, de modo que no se nos vea antes de doblar la esquina. Hazte a un lado de la carretera y... creo que sería conveniente tener una pequeña avería en el motor.

—Muy bien, señor —respondió Jules sin mirar atrás. Y añadió con un tono de total respeto—: Perdone, señor, pero... ¿órdenes de madame ?

—Si no lo son —Lanyard se sintió irritado—, ella las revocará.

—Entendido, señor. Y... si no le importa que le pregunte... ¿de qué va la cosa?

—Supongo que le tienes cierto aprecio a tu pellejo, ¿no?

—Estoy locamente enamorado de él.

— Mademoiselle Delorme y yo padecemos de la misma idiosincrasia. Queremos salvar la vida, y no nos importa salvar la tuya de paso.

—Me parece más que justo. Pero, ¿es eso todo lo que voy a saber?

—Por si te sirve de consuelo: en un coche gris que nos lleva siguiendo desde que salimos de Saint-Germain, viaja el hombre que, según creo, asesinó a monsieur le comte de Lorgnes en el rapide de Lyon, y que, y esto lo sé de buena tinta, intentó anoche asesinar a mademoiselle Delorme.

—Y supongo que, con lo generoso y desprendido que es, no le importará darnos caza a todos esta noche.

—Me temo que estás en lo cierto...

—Si piensa aguarle la fiesta, señor, tengo una pistola que sé usar.

—Mejor tenla a mano, aunque no creo que la necesitemos todavía.

Nuestro plan actual no es más que cambiar de coche con León y Marthe; el coche gris pasará de largo y seguirá adelante antes de que hagamos el cambio; luego tú, mademoiselle y yo los seguiremos en el coche de turismo, y los demás en la limusina.

Si hay una trampa, como tenemos todos los motivos para anticipar que la habrá, el coche de turismo logrará pasar. .. o eso esperamos.

—¡Ah-h! —Jules empleó el tono de quien recibe la iluminación como un relámpago cegador—. Marthe y León también están en el ajo, ¿eh?

—¿Qué te hace pensar eso?

—Atando cabos... lo que me acaba de contar con lo que llevo notando y preguntándome.

—¿Entonces crees que esos dos...?

—Marthe y León —pronunció Jules con pausa— son de la peor calaña, si me lo pregunta. No derramaré ni una sola lágrima si les pasa algo lamentable en este cacharro esta noche.

No había tiempo entonces para ahondar en los motivos de esta declaración de intenciones.

Las afueras de Caen iban quedando atrás.

De forma providencial, la primera curva en la carretera de Bayeux ofrecía un buen escondite en el lado que daba a la ciudad.

Jules cortó el contacto al tomar la curva y frenó en seco al abrigo de una hilera de cobertizos.

Lanyard se apeó en cuanto las ruedas dejaron de girar, y Jules lo hizo casi a la misma velocidad.

—Ahora, tu avería de motor —le indicó Lanyard—. Nada grave, ya me entiendes... simplemente un ajuste para justificar unos minutos de retraso y dar color a nuestra impaciencia.

—Entendido a la primera —replicó Jules, desenganchando y levantando una aleta del capó.

Lanyard se dirigió hacia el centro de la calzada y le hizo señas al coche de turismo de los Delorme cuando este tomó la curva, unos segundos después, a tal velocidad que León se las vio y se las deseó para detener el coche cincuenta yardas más allá de la limusina.

El hombre se bajó de un salto y, seguido por la doncella, volvió corriendo hacia atrás, pero antes de llegar a la limusina se vio obligado a apartarse de un salto para escapar del coche gris que, manejado por un conductor de carreras de primera, tomó la curva sobre dos ruedas, luego enderezó y pasó a toda pastilla envuelto en una nube de polvo, con el escape libre y rugiendo como una ametralladora.