XVIII - HERMANO Y HERMANA
La tormenta había pasado, un ardiente sol de mediodía colaboraba con una brisa coqueta para dar alegría a los toldos de la ventana de la alcoba donde Lanyard, ataviado con un pijama y una bata de seda prestados, descansaba en el lecho a cuerpo de rey.
Escuchaba el ronroneo del París ya despierto y, mientras masticaba un excelente puro, rumiaba sobre el incierto desenlace de su último cambio de fortuna, sin sentirse lo más mínimo desanimado por ello.
Antes de acostarse se había remojado y había dejado que el vapor le sacara la mayor parte del dolor de huesos y músculos en el agua más caliente que su carne pudo soportar; y seis horas de sueño ininterrumpido habían obrado maravillas para mitigar las molestias que sus esfuerzos de la noche anterior habían causado en los frágiles tejidos nuevos de su herida.
Ahora, recién salido de una ducha fría tras un segundo baño caliente, y confortado aún más por un petit déjeuner servido en la cama, se sentía más o menos cuerdo de nuevo, y también sano de cuerpo y espíritu, a excepción de unos cuantos cardenales profundos cuyo dolor tardaría varios días en curar.
Una agradable languidez, semejante a un suave opiáceo, invadía su conciencia; y, sin embargo, no estaba en absoluto inactivo mentalmente.
Los periódicos de la mañana estaban esparcidos por la colcha.
Lanyard había leído con detenimiento todos los artículos que hablaban de la identificación del hombre asesinado en el rapide de Lyon como el conde de Lorgnes; y puesto que todos ellos coincidían en alabar a la Préfecture por aquella famosa hazaña de trabajo detectivesco, y ni una sola línea sugería que no mereciera el mérito exclusivo, Lanyard no tenía de qué quejarse en ese aspecto.
En cuanto al robo de Montalais, ni siquiera se mencionaba.
El tamaño reducido impuesto a los periódicos franceses por la escasez de papel de aquellos días dejaba fuera de sus columnas todo lo que no fueran noticias en el sentido estricto de la palabra, y no podía haber ninguna en relación con el asunto de Montalais hasta que André Duchemin hubiera sido arrestado o se hubieran recuperado las joyas del verdadero ladrón o ladrones.
Y Lanyard era lo bastante humano como para estar casi tan dispuesto a que sucediera lo primero como lo segundo, si es que no le tocaba a él ser el factor principal en su recuperación.
Por el momento —si hay que decir la verdad— en realidad se lo estaba pasando bastante bien, se sentía más bien animado que otra cosa por los escenarios y personajes que cambiaban a toda prisa en sus incipientes investigaciones, y por el enérgico duelo de ingenio en el que se veía obligado a enzarzarse constantemente; ambos ingredientes esenciales del vino de la vida según la única receta que él conocía.
Y además, un repaso a los últimos acontecimientos parecía justificar la creencia de que, a fin de cuentas, hasta el momento había avanzado bastante hacia su objetivo.
Si bien era cierto que aún no sabía qué había sido de las joyas de los Montalais, había reunido un cúmulo de pruebas que, por muy circunstanciales e hipotéticas que fuesen, establecían de forma aceptable para su entendimiento una serie de deducciones interesantes, a saber:
Que Dupont no había abandonado las inmediaciones del Château de Montalais, tras merodear por allí durante más de un mes, sin la certeza de que no ganaría nada si se quedaba, o sin un objetivo igualmente claro, algún motivo más estimulante que la simple sensualidad que pudiera hallar asesinando a gente inofensiva de forma indiscriminada.
Que su atentado contra la vida de Liane Delorme, menos de veinticuatro horas después del asesinato de de Lorgnes, indicaba la convicción por su parte de que ambos estaban asociados en alguna empresa perjudicial para sus intereses personales.
Que, a pesar de su máscara de cerdo estúpido, Dupont estaba demostrando ser un adversario digno de todo respeto tanto mental como físicamente, y (lo que era peor) que aún había que contar con él.
Que, como Lanyard había sospechado desde el principio, el grupo de Monk no había ido a parar al Château de Montalais por ningún capricho del azar, sino como parte de un plan deliberado cuyo motivo oculto solo había salido a la luz con la desaparición de las joyas.
.. para gran y comprensible disgusto de Dupont.
Que los distintos miembros del grupo de Monk habían actuado en total compenetración, como una sociedad cerrada; en cuyo caso la persona con la que el conde de Lorgnes había esperado reunirse en Lyon debía de ser Monk, Phinuit o Jules.
Por consiguiente, que al menos uno de los tres últimos nombrados había sido el verdadero autor del robo; y por la misma regla de tres, que Liane había mentido al asegurar que Monk y su séquito habían zarpado hacia los Estados Unidos casi una semana antes de que se cometiera.
Que la propia Liane no habría decidido tan repentinamente abandonar Francia, donde era alguien a su manera, y viajar a los Estados Unidos, donde no sería nadie, a no ser por el miedo mortal a que la suerte que había corrido de Lorgnes recayera sobre ella a su vez.
.. como seguramente habría sucedido anoche de no ser por Lanyard.
Que, por lo tanto, debía de tener un conocimiento más o menos preciso, bien de la identidad de Dupont, bien de los intereses opuestos que este tan hábilmente representaba; y, por ende, estaba mejor informada que el pobre de Lorgnes, para quien Dupont había sido un desconocido; lo cual indicaba que el papel de Liane en la intriga era el de un actor principal, mientras que de Lorgnes solo había figurado como un subordinado.
Que incluso si la mujer albergaba buenas intenciones hacia Lanyard, la unían lazos más fuertes a otros, a quienes debía tener en cuenta primero, y que difícilmente se mostrarían tan bien dispuestos; que sus protestas de amistad y gratitud debían valorarse en consecuencia.
En resumen, Lanyard se dijo a sí mismo que no se podía decir que hubiera dejado crecer la hierba bajo sus pies desde que abandonó el Château de Montalais.
Ahora se encontraba con una sola preocupación a la que dar vueltas, la pregunta: ¿Qué le habría aconsejado la almohada a Liane Delorme?
Iba a resultarle sumamente interesante saber qué había decidido hacer ella, en la madurez de su juicio, con aquel hombre que le sugería ingenuamente que le pagara por salvarle la vida ayudándole a recuperar las joyas de los Montalais.
Por otro lado, puesto que Lanyard ya había decidido qué pensaba hacer con respecto a Liane en cualquier caso, la decisión de ella en realidad no importaba mucho; y se negó a mortificarse intentando adivinarla.
Fuera cual fuera, a él le pillaría prevenido, no podría sorprenderle.
En eso Lanyard se equivocaba. Liane era sobradamente capaz de sorprenderle, y lo hizo.
Al final, se vio obligado a reconocer un toque de genialidad en la mujer; sus métodos eran muy suyos y nunca adolecían de audacia e imaginación.
Entró en la habitación por fin sin contemplaciones, tras haberle hecho aguardar tanto tiempo que él había empezado a preguntarse si pensaba intentar algo tan burdo como abandonarle y salir pitando hacia Cherburgo sin mediar palabra para buscar una supuesta inmunidad en Nueva York, mientras él se quedaba en una casa vacía sin dinero, sin documentos de identidad, ni siquiera ropa adecuada para salir a la calle; pues, al salir del baño, Lanyard había descubierto que todas esas cosas habían desaparecido, seguramente porque el valet de chambre se había llevado su traje de etiqueta para plancharlo y arreglarlo.
Liane iba vestida para viajar, de forma favorecedora pero con una sobriedad que desentonaba extrañamente con su cultivada beauté du diable , y lucía además un aire de preocupación que, cabía suponer, excusaba la informalidad de su entrada sin previo aviso.
—¡Bueno, mi querido amigo! —dijo con gravedad, deteniéndose junto a la cama.
—Ya era hora —replicó Lanyard.
—Temía que se estuviera impacientando —confesó ella—. He tenido tantas cosas que hacer...
—No lo dudo. Pero si me hubiera descuidado mucho más, habría ido a buscarla sin importarme las consecuencias.
—¿Cómo dice? —inquirió ella frunciendo el ceño—. ¿Sin importarle qué consecuencias?
—Cualquier daño que pudiera causar a la moral de su ménage paseándome con el voluptuoso déshabillé con el que me contempla... mi única excusa actual para un guardarropa.
Solo encontró la sombra de una sonrisa para semejante frivolidad.
—He mandado que le traigan ropa —dijo ella con aire ausente—. Debería estar aquí en cualquier momento. Solo esperamos por eso.
—¿Quiere decir que ha enviado a alguien al Chatham a por mis cosas?
—¡Por supuesto que no, monsieur ! —mintió Liane Delorme sin esfuerzo perceptible—.
Eso habría sido demasiado imprudente. Al parecer no se equivocaba al creer que anoche le reconocieron como André Duchemin.
Agentes de la Préfecture han estado todo el día vigilando en el Chatham, aguardando su regreso.
—¡Qué pena por ellos!
Puesto que tenía todos los motivos para creer que se trataba de una burda mentira, Lanyard no se sintió obligado a parecer abatido.
—Pero si mi ropa de allí no está disponible, no veo muy bien...
—Pues naturalmente he encargado a una persona de buen juicio que le equipe en las tiendas. Su traje de etiqueta (que le sentaba muy bien anoche) nos ha dado sus medidas. Lo demás es coser y cantar; mis órdenes fueron que le consiguieran todo lo que pudiera llegar a necesitar.
—Es todo un detalle por su parte —insistió Lanyard—. Aunque le hace a uno sentirse... ya sabe... no del todo respetable. No obstante, si fuera tan amable de sugerir a su valet de chambre que me devuelva la cartera y los pasaportes...
—Aquí los tengo. —La mujer le entregó los artículos desaparecidos—. Pero —preguntó con un interés que no disimuló, aunque tardara en expresarlo—, ¿cómo se encuentra hoy?
—Oh, muy en forma, gracias.
—De buen humor, ya lo veo. ¿Pero y esa herida...?