XVII - CHEZ LIANE #3
Lanyard hizo una pausa para beber un sorbo de su coñac con soda y, amparándose en ello, hizo acopio de todo su ingenio; aquí venía al pelo una pequeña invención casera.
—Esperamos hasta hace una media hora. El espía también.
Mademoiselle Reneaux me dejó salir entonces por una puerta privada.
Empecé a caminar hacia mi hotel, el Chatham.
No había ningún taxi disponible, ya sabe.
Al poco rato miré hacia atrás y vi que me seguían de nuevo.
Para asegurarme, eché a correr... y el espía corrió tras de mí.
Di vueltas y más vueltas por todo este barrio, y al fin logré darle esquinazo.
Luego enfilé por esta calle, con la esperanza de coger un coche en los Campos Elíseos.
De repente veo a Dupont. Está cruzando la calle hacia esta casa.
No me reconoce, pero acelera el paso, y se cuela a toda prisa por la entrada de servicio.
.. Por cierto, si yo fuera usted, Liane, le haría pasar un mal cuarto de hora a su personal de servicio mañana por la mañana.
La puerta y la reja no estaban cerradas con llave; estoy seguro de que Dupont no usó ninguna llave.
Alguien de esta casa fue descuidado o... algo peor.
—Confíe en mí para averiguar eso.
— ¡Enfin! Con las prisas, Dupont deja la puerta tal y como la encontró. Me lo pienso un momento; es obvio que no está aquí con buenas intenciones. Le sigo hacia el interior... El estado de esta habitación le cuenta el resto.
—Eso no importa.
La mujer pasó revista a las ruinas de su boudoir con una mirada apática que, no obstante, resultó ser cualquier cosa menos apática cuando la volvió hacia el rostro de Lanyard. Inclinándose hacia delante, posó una mano sobre el brazo de él. La emoción turbaba su acento.
—Amigo mío, mi querido amigo: ¿dígame qué puedo hacer para recompensarle?
—Ayúdeme —dijo Lanyard simplemente, sosteniéndole la mirada.
—¿Cómo es eso de... ayudarle?
—A limpiar mi honor.
Hablando con rapidez y con un sentimiento nada fingido, se encomendó a la generosidad de ella:
—Sabe que ya no soy lo que fui una vez, en este París... cuando me conoció por primera vez. Sabe que he renunciado a todo eso. Durante años he librado una dura batalla para dejar atrás esa mala fama de la que en su día me jactaba. Ahora se me acusa de dos crímenes.
—¡Dos!
—Dos en uno, apenas sé cuál es el mayor: el de robar, o el de violar la hospitalidad y la confianza de aquellas buenas señoras del Château de Montalais.
No podré descansar mientras me crean culpable.
.. y no solo ellas, sino todos mis amigos, y he hecho buenos amigos, en Francia y en Inglaterra.
Así pues, si cree que me debe algo, Liane, ayúdeme a encontrar y restituir las joyas de los Montalais.
Liane Delorme se recostó, retiró la mano del brazo de él y la dejó caer con un gesto de impotencia. Sus ojos no reflejaban más malicia que los de un niño. Sin embargo, su acento era el de alguien que protesta, aunque con indulgencia, ante unas exigencias poco razonables.
—¿Cómo puedo hacer yo eso?
¡Y había proclamado a los cuatro vientos su gratitud hacia él! Sabía que estaba mintiendo. La ira brotó en el corazón de Lanyard, pero fue capaz de mantenerla a raya y no dejar que se asomara ningún indicio de la misma en sus modales ni en su expresión.
—Tiene usted mucha influencia —sugirió él—, aquí en París, con gente de muchas clases. Una palabra suya por aquí, una pregunta por allá, un poco de presión ejercida en ciertos círculos, me servirá de más ayuda que todas las fuerzas de la Préfecture y la Sûreté juntas. Lo sabe muy bien.
—Déjeme pensar. —Se quedó mirando al suelo—. Debe darme tiempo. Haré lo que pueda, se lo prometo. Tal vez —volvió a cruzar su mirada con la de él, pero él percibió algo de astucia en su sonrisa— ya tenga un plan en mente. Lo hablaremos por la mañana, cuando lo haya consultado con la almohada.
—Me devuelve la esperanza. —Lanyard terminó su copa e hizo ademán de levantarse, pero volvió a dejarse caer, con un espasmo de dolor agarrotándole el rostro—. Me temo que tendré que coger un coche —dijo en voz baja—. Y si pudiera prestarme algún tipo de abrigo para tapar estos harapos...
Y, en efecto, a su traje de etiqueta de confección no le había ido muy bien en su primera aventura social.
—Pero si cree que se me pasa por la cabeza dejarle salir de esta casa... dolorido y tal vez para caer en brazos de la policía... ¡poco me conoce, monsieur Michael Lanyard!
—Paul Martin, si no le importa.
—Las habitaciones de invitados están ahí.
—Hizo un gesto con la mano para indicar la parte delantera de la casa en esa planta—.
Encontrará todo lo necesario para pasar la noche con comodidad, y por la mañana enviaré a alguien al Chatham a por sus cosas.
.. O quizás sería más sensato esperar hasta estar seguros de que la policía no está allí aguardando su regreso.
Pero si lo están, será coser y cantar encontrarle ropa adecuada.
Entretanto, habremos llegado a un acuerdo.
.. Comprenderá, monsieur , que estoy decidida, y que este asunto queda así zanjado, ¿no?
—Me doy por satisfecho, Liane.
Y eso era muy cierto; fuera lo que fuera que ella tuviera en mente para él, no hacía más que seguirle el juego al proponer mantenerle cerca de ella. Se las arregló para levantarse de la silla y aceptó el ofrecimiento del brazo de ella, pero se contuvo por un momento.
—Pero sus sirvientes...
—Bueno, monsieur , ¿qué pasa con ellos?
—Por un lado, que duermen profundamente.
—Hay paredes insonorizadas entre su parte de la casa y esta. Y, es más, tienen prohibido entrometerse, pase lo que pase, a menos que yo les llame.
—Pero por la mañana, Liane, cuando vean estos destrozos... ¡me temo que me tomarán por un amante impetuoso!
—Me tomarán por una señora impetuosa —prometió Liane Delorme— cuando les pida cuentas por esa puerta abierta.