Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XVII - CHEZ LIANE
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XVII - CHEZ LIANE

Es concebible que incluso un estrangulador a sueldo conozca el estremecimiento del orgullo profesional por el trabajo bien hecho: Dupont sonreía con sorna ante su obra, y tan enfrascado estaba en ella que su primer indicio de cualquier intromisión llegó cuando Lanyard lo tomó por sorpresa por la espalda, rompió la presa que mantenía sobre la mujer (y, lamentablemente, fracasó al intentar romperle la espalda al mismo tiempo), lo hizo girar con un tirón que por poco le disloca un brazo y, antes de que el matón pudiera recobrar el equilibrio, le asestó con precisión en la base de la mandíbula, justo bajo la oreja, un golpe que, propinado directamente desde el hombro y cargado con todo el peso, la fuerza y la voluntad de castigar de Lanyard, lo levantó en vilo a pesar de su corpulencia y lo hizo caer de espaldas sobre una chaise-longue , de la cual se deslizó sin sentido hasta el suelo.

Fue así de rápido, un asunto atropellado y sin respiro...

Con los nudillos magullados y doloridos como prueba de que el golpe habría aturdido a un buey, Lanyard consideró seguro dar a Dupont por hors de combat , al menos por un tiempo. En cualquier caso, había que correr el riesgo: Liane Delorme se hallaba en un aprieto que exigía auxilio inmediato.

Con toda probabilidad había perdido el conocimiento unos instantes antes de la intervención de Lanyard.

Al ser liberada, había caído completamente inerte, y yacía semi-postrada sobre un hombro, con las extremidades grotescamente laxas y torcidas, como en una desagradable imitación de una muñeca rota.

En su rostro lívido y deformado solo se veía el blanco de unos ojos inyectados en sangre.

Brazos y piernas se contraían espasmódicamente, y el amplio torso se veía sacudido con violencia por los pulmones afanados.

El pañuelo retorcido alrededor de su garganta se había aflojado, pero no lo bastante para darle alivio.

Lanyard se lo quitó, le dio la vuelta para que quedara en decúbito supino, acomodó cojines de seda de la chaise-longue bajo su cabeza y sus hombros; luego, cruzando el brazo por encima de su cuerpo, tomó del tocador un frasco de agua de colonia de hermoso cristal italiano y le empapó el rostro y el pecho con su penetrante contenido.

Ella jadeó, se sobresaltó convulsivamente y empezó a respirar con menor esfuerzo. Aquel espantoso estertor en su garganta se acalló. Unos pesados párpados velaron sus ojos.

Lanyard continuó aplicando el agua perfumada con mano pródiga. Al cabo de un rato, la mujer se estremeció, suspiró profundamente y alzó la vista con una mirada extraviada.

El ser humano es, en gran medida, una criatura de gestos estereotipados cuando el mundo era joven: Lanyard palmeó la mano de la mujer como se consolaría a un niño maltratado.

—Ya pasó todo, Liane —le dijo con voz tranquilizadora—. Descanse tranquila. Pronto volverá a ser usted misma. Pero aguarde: le buscaré algo de beber.

Ella no dijo nada, su mirada seguía turbia; pero sus ojos aturdidos le siguieron mientras él se levantaba y buscaba a su alrededor un vaso de agua.

Pero entonces se acordó de Dupont, y decidió que Liane podía aguardar un minuto más mientras él se aseguraba de que al apache le resultara imposible cometer más fechorías.

Rodeó la chaise-longue y se detuvo, mirándolo hacia abajo con gesto pensativo.

Desde su caída, Dupont no había emitido ni un gemido ni había hecho el menor movimiento.

Bajo los párpados entornados no asomaba ninguna luna irisada.

Estaba tan inmóvil que apenas parecía respirar.

Lanyard le hincó la punta de la bota en las costillas, con poco miramiento, pero no logró disipar ninguna duda.

El individuo no dio señales de sentir nada, sino que yacía totalmente relajado, con aspecto de muerto.

Lanyard frunció el ceño, inquieto. Había visto a hombres caer muertos por golpes menos potentes que el suyo, y aunque este se había ganado a pulso una muerte rápida y despiadada, Lanyard experimentó una punzada de horror ante la idea.

Hartas veces, en tiempos de paz y de guerra, le había tocado verse obligado a luchar por su vida, y en más de una ocasión a matar en defensa propia; pero eso nunca había sucedido, nunca podría suceder, sin que él sufriera el más amargo de los remordimientos.

Incluso ahora, tratándose de aquel carnicero de manos ensangrentadas, de aquel garrotero despiadado. ..

Dejándose caer de rodillas, Lanyard se inclinó sobre el cuerpo para buscar síntomas de animación.

Los percibió al instante. Con una brusquedad inconcebible, Dupont demostró que estaba muy vivo.

Un brazo, semejante a la rama flexible de un árbol, se enroscó afectuosamente alrededor del cuello de Lanyard, le pegó la cabeza al anhelante pecho de Dupont y le hundió el rostro en los pliegues de franela de una camisa maloliente.

De forma simultánea, el enorme cuerpo dio una sacudida prodigiosa y, tras un breve intervalo de fantásticos aleteos, cayó como una joven montaña encima de Lanyard.

Pero hasta ahí llegó el éxito de Dupont en esta estratagema.

Aunque se hubiera convertido en una víctima sin remedio y hubiera sido cogido por sorpresa, Lanyard debería haber sido mejor recordado por el hombre que había luchado contra él en Montpellier-le-Vieux y, más tarde, con la ayuda de otros, en el camino a Nant; aunque es muy posible, por supuesto, que Dupont no reconociera a su antiguo enemigo en el monsieur Paul Martin, bien afeitado y con el traje de etiqueta húmedo y desaliñado.

Fuera como fuese, en materia de valor bruto, Dupont aún no había demostrado carecer de él.

Todos sus instintos eran los de un apache: de no verse acorralado, atacaría siempre por la espalda y huiría a esconderse como un chucho.

Pero arrinconado, o exasperado por la oposición a su inmensa fuerza (algo que parecía completamente incapaz de comprender), podía pelear como un loco.

No se encontraba en un estado mucho mejor ahora, cuando se vio rechazado y atacado a su vez en un momento en que creía que su oponente estaba inmovilizado, indefenso, a merced del arma que él mismo andaba buscando a tientas.

Y la furia asesina que le animaba entonces suplió con creces su falta de ciencia, de sangre fría y de imaginación.

Luchaban por sus pasiones más arraigadas: él para matar, Lanyard para vivir; Dupont para moler a palos a Lanyard hasta obligarle a conceder un momento de tregua en el que poder utilizar un arma; Lanyard para evitar precisamente que eso ocurriera.

Lucharon como animales en un foso, ora de rodillas esforzándose cada cual por romper la presa del otro, ora revolcándose juntos por el suelo, ora en pie, soltando mamporros como púgiles de la vieja escuela.

Dupont encajaba el castigo en dosis heroicas, y pedía más.

Sacudiéndose golpes espantosos con apenas un furioso movimiento de cabeza, la bajaba y embestía como embiste un jabalí, mientras sus enormes brazos volaban como bielas enloquecidas.

El juego de pies más hábil no siempre podía eludir sus tremendas acometidas, las fintas y esquivas más calculadas no lograban escapar por completo a aquel frenético aguacero de puñetazos.

Una y otra vez, Lanyard sufrió golpes que le hicieron temblar hasta los talones; una y otra vez se vio obligado a ceder terreno ante una embestida que lo hizo retroceder hasta que sus hombros rozaron una pared.

Y más de una vez hacia el final sintió que las rodillas le flaqueaban y vio cómo sus esfuerzos más sagaces fracasaban por falta de fuerza.

El sudor de su frente le escocía y le nublaba los ojos, su lengua seca saboreaba la sal del mismo.

Se tambaleaba con la embriaguez de la fatiga y sufría unos dolores atroces, pues los esfuerzos habían tensado los tejidos recién soldados de la herida de su costado, y el dolor que esto le producía era un auténtico infierno.

Pero siempre se las arreglaba, de un modo que a él mismo le resultaba extraño, para escapar a la aniquilación y hallar las reservas suficientes para lanzarse de nuevo al cuello de Dupont a la primera indicación de que este último deseaba ceder la ofensiva.

Hacer menos habría sido permitirle encontrar y usar su arma, fuera la que fuese (que se tratara de un cuchillo o de una pistola era lo de menos).

Sillas, la chaise-longue , las mesas... todo fue volcado y pateado de un lado para otro. Piezas de porcelana y cristal de valor incalculable, lámparas, jarrones, los enseres del tocador fueron arrojados hechos añicos al suelo.

Obligada a mirar por sí misma para no ser pisoteada, y galvanizada por el terror, la mujer logró incorporarse a duras penas y se tambaleó de un lado a otro como una niña desconcertada, al principio demasiado aturdida para apartarse del camino de los contendientes.

Si se acurrucaba contra una pared, los cuerpos en lucha la apartaban de ella de un empujón.

Si se refugiaba en un rincón, debía abandonarlo si no quería morir aplastada.

En una ocasión tropezó y cayó entre los dos, y antes de que Lanyard pudiera apartarla a un lado, Dupont había retrocedido una media docena de pies y había conseguido sacar a tirones una pistola de entre sus ropas.

Disparó primero desde la cadera, y el tiro hizo añicos el espejo del tocador.

Tratando de apuntar mejor, levantó y niveló el arma con un brazo tembloroso que intentaba estabilizar ahuecando el codo con la mano izquierda.

Pero la segunda bala se incrustó en el techo cuando Lanyard, a la desesperada, ejecutó un coup de pied de savate y logró por los pelos quitarle la pistola de una patada a Dupont.