Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XVI - LA CASA DE LILITH #2
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XVI - LA CASA DE LILITH #2

Hasta ahí, todo bien. Buscó a tientas su linterna de bolsillo, pero de repente retrocedió hasta el rincón más cercano y procuró pasar lo más desapercibido posible. Se oían pasos al otro lado de una pared invisible. Aguardó, sin respirar, sin moverse.

El picaporte de una puerta resonó y, a una distancia de unos tres metros, se abrió una puerta estrecha, señalada por un creciente resplandor de luz.

Un sirviente con librea (sin duda el mismo que había dado paso a la señora de la casa) entró, llevando una vela eléctrica, bostezó poniéndose de forma supersticiosa la mano delante de la boca y, sin mirar a derecha ni a izquierda, le dio la espalda a Lanyard y regresó arrastrando los pies con fatiga hacia las dependencias del servicio.

Al fondo del largo pasillo se cerró una puerta tras él. .. y Lanyard se movió con rapidez.

La puerta que había dado paso al sirviente al pasillo conducía a un espacioso foyer que separaba la entrada y (como reveló el haz de la linterna eléctrica) un comedor profundo y ricamente amueblado.

A un lado, ascendía un amplio tramo de escaleras: Lanyard subió con la agilidad de un gato, sin hacer más ruido.

El segundo piso resultó estar dedicado principalmente a un salón de dibujo, una sala de estar y una biblioteca, todos ellos amueblados con una especie de magnificencia extraña e incoherente, con más dinero que buen gusto, si se podía juzgar con justicia a la luz intermitente y cautelosa de la linterna.

El gusto tal vez fuera menos discutible de lo que Lanyard pensaba; pero las pruebas de las tendencias lujosas y de la riqueza dilapidada de forma temeraria para satisfacerlas resultaban irrefutables.

En el piso de arriba había luces encendidas y se oía un murmullo de voces femeninas que llegaba hasta abajo, interrumpido por el ocasional y siseante crujido de la seda, o el breve repiqueteo de unos zapatos de tacón alto: ruidos que corroboraban la conjetura de que la doncella de madame la estaba desvistiendo y metiéndola en la cama; un ritual que, en el caso de una mujer de la edad y la disposición de Liane, apasionadamente empeñada en conservar hasta la tumba una apariencia de frescura en sus encantos, podía llevar bastante tiempo.

Lanyard calculó que tardaría entre quince minutos y una hora en acostarse y en que la doncella se marchara.

Diez minutos más y Liane ya debería estar dormida.

Si las cosas no salían como esperaba... bueno, tendría que vérselas con ella despierta.

No había por qué preocuparse demasiado por ello: prever esa eventualidad era estar preparado para hacerle frente.

Convencido de que debía armarse de paciencia para una espera indeterminable, buscaba un lugar donde ocultarse, cuando un cambio en el tono de la conversación entre señora y doncella le fue transmitido por una repentina subida de media octava en la voz de esta última, que emitía una aguda nota de protesta, para ser respondida por Liane en un tono de prepotente enfado.

Era sencillamente imposible quedarse tranquilo sin saber qué significaba aquello: Lanyard subió el segundo tramo de escaleras con la misma rapidez, seguridad y sigilo con que había subido el primero.

Pero, justo debajo de un descansillo, donde la escalera formaba un ángulo, se detuvo, agachándose mucho, pegado a los escalones, con la cabeza levantada lo justo para poder ver, por encima del borde del peldaño superior, una porción de pared resplandeciente de color rosa. .. ¡cómo no, de color rosa!

No podía ver nada más; y Liane ya había acallado a la doncella, o más bien la había reducido a respuestas débilmente sumisas, y, en consonancia con la naturaleza de su clase, se estaba regodeando en ello.

—¿Y por qué no ibas a venir conmigo a esos Estados Unidos si yo lo deseo?

—oyó Lanyard que decía—. ¿Acaso te crees que te voy a dejar aquí atrás para que vayas pregonando escándalos sobre mí con esa lengua de trapo que tienes en esa cabeza de repollo gigante?

¿Acaso es algún amante el que te ha metido esta locura en la cabeza?

Pues hazme el favor de decirle de mi parte que, el día que dejes mi servicio sin mi consentimiento, será una novia lastimosa la que acuda a él.

—Está bien, madame . No digo nada más. Iré.

—¡Mejor que lo creas... ya lo creo que irás! Has sido una insensata por soñar siquiera lo contrario. Tráeme el joyero... el grande, el de acero, con la cerradura americana.

—¿ Madame se lleva todas sus joyas entonces? —preguntó la doncella, mientras se movía por la habitación.

—Pues naturalmente. ¿Qué te has creído? ¿Que las voy a dejar aquí para que las fregonas se las den a sus maquereaux ? Las meteré en la maleta esta misma noche, antes de dormirme.

(«¡Maldición!»... de parte de Lanyard, por lo bajo. ¡Más retraso!)

—Y nos marchamos mañana, madame , ¿a qué hora?

—No importa, con tal de que estemos en Cherburgo antes de medianoche. Puede que decida hacer el viaje en automóvil.

—¿Y el equipaje de madame ?

—Tú sabes bien qué meter, mejor que yo. Sube mis baúles a primera hora de la mañana y usa tu propio criterio. Si tienes alguna duda, guárdatela hasta que me despierte. Dormiré hasta el mediodía.

—¿Eso es todo, madame ?

—Eso es todo. Puedes retirarte.

—Buenas noches, madame .

—Buenas noches, Marthe.

La escalera no era lugar para quedarse. Lanyard se deslizó como una sombra al piso de abajo y se cobijó tras un recodo en la pared del gran salón donde, sumido en la más profunda oscuridad, dominaba la vista del pasillo.

La doncella bajó las escaleras, portando una vela eléctrica similar a la del criado.

Sus rayos iluminaban desde abajo uno de esos rostros de tosca hermosura comunes en su clase, el rostro de un animal no falto de inteligencia, pero animal ante todo.

Con una mano apoyada en el poste inferior de la barandilla, vaciló, alzando la vista hacia la habitación de su ama, como absorta en sus pensamientos.

Con aquella postura, su rostro alzado y medio vuelto en dirección opuesta a Lanyard, su expresión, vista a medias, resultaba irremediablemente ambigua.

Pero algún pensamiento secreto divertía a la mujer; una sombra se acentuó en la comisura visible de su boca de labios carnosos.

Uno habría dicho que había algo sardónico en aquella sonrisa encubierta.

Continuó bajando. Un picaporte en la planta baja chasqueó cuando la puerta del pasillo de servicio se cerró suavemente. Lanyard salió de su escondite con una nueva empresa en mente.

Había que matar el tiempo de algún modo; Liane estaría al menos otra media hora ocupada con sus joyas, y se le ocurrió pensar que la biblioteca, situada justo debajo de su habitación, bien merecía una investigación.

En este tipo de establecimientos, es tradición que la caja fuerte de la casa se ubique en algún lugar de la biblioteca; y dichas cajas de caudales suelen ser artilugios un tanto ingenuos.

Lanyard no albergaba esperanzas de encontrar las joyas de Montalais guardadas en semejante lugar; a buen seguro, Liane las custodiaría mejor que eso; dando por sentado que estuvieran en su poder, las tendría a mano, si no es que las había mezclado con sus propios tesoros; aun así, no estaba de más asegurarse.

Confiado en que su oído, que en condiciones normales era supersensible y que, cuando estaba enfrascado en una tarea como ahora, se aguzaba hasta límites sobrehumanos, le advertiría en caso de necesidad, se dispuso a examinar la estancia con calma, y ya en el primer paso dio con una lámpara de lectura portátil provista de un largo cable, y no dudó en encender su luz velada.

La biblioteca estaba amueblada con macizos muebles italianos antiguos de roble tallado, no especialmente bien escogidos, pero bastante adecuados, con una salvedad: un pesado aparador, una exquisita obra de artesanía tanto en su diseño como en sus detalles, pero completamente fuera de lugar en una habitación de ese estilo.

De al menos nueve pies de largo, sobresalía cuatro de la pared.

Tres pesadas puertas custodiadas por cerraduras modernas daban acceso al cuerpo bajo su hilera de cajones.

Pero... y esto le arrancó una mirada de ceño fruncido.

.. había una llave puesta en la cerradura de la puerta central.

—A veces hay demasiada suerte —reflexionó Lanyard para sus adentros—. Primero la reja y la puerta de servicio, y ahora esto, ¡listo para que le eche el guante...!

Se giró bruscamente y escudriñó cada sombra de la habitación con el haz de luz de la lámpara portátil; pero fue un esfuerzo inútil: ya se había cerciorado de que estaba solo en aquella planta.

Colocando la lámpara en el suelo y ajustando su pantalla para que enfocara directamente sobre la sección central del aparador, giró la llave y descubrió, tras la puerta, una pequeña caja fuerte.

La racha de suerte no se mantuvo en este aspecto: no había llave; y la esfera de la combinación se mostraba petulante, con una confianza infundada en su propia e inviolable integridad.

Sin embargo (se dijo Lanyard) era lógico que no lo supiera: aún tenía que vérselas con la sombra del Lobo Solitario.

Divertido por la ocurrencia, Lanyard asió el pomo con las yemas de los dedos, firmes y delicadas, que, a pesar de los años de honroso ocio, aún no habían olvidado su destreza.

A continuación, pegó una oreja a la fría superficie de la caja fuerte.

Bajo su experta manipulación, el dial giró, se detuvo, invirtió su marcha, y volvió a girar de forma casi imperceptible, mientras el mecanismo oculto hacía clic, rechinaba y producía suaves golpes sordos, hablando un lenguaje vivo a su oído.

En tres minutos se sentó sobre los talones, asió la manija en forma de T, la giró, y tuvo la satisfacción de oír cómo los pestillos se deslizaban hacia atrás en sus encajes, y abrió la puerta de par en par.

Pero los casilleros, atestados de cosas, no contenían nada que interesara a quien tenía como único objetivo recuperar las joyas de Montalais. De hecho, la caja fuerte estaba destinada simplemente a guardar documentos.

—¡Cartas de amor! —caviló Lanyard con una mueca de fastidio—. Y cada una de ellas creía, sin duda, que él la amaba demasiado para conservar el poder de comprometerla. ¡Santo Dios! ¡Qué grande es la vanidad del hombre!

Entonces se le ocurrió pensar que tras aquellos fajos de papeles podrían ocultarse objetos de verdadero valor.

Escogió un casillero al azar y lo vació de varios paquetes de cartas, todos cuidadosamente atados con cinta o lazo descolorido, y claramente etiquetados.

No contenía nada más en absoluto. Pero su mirada se detuvo en un nombre ilustre escrito en el dorso de uno de los paquetes; y al leer lo que había escrito a continuación, alzó las cejas al tiempo que sus labios esbozaban un silbido mudo.

Si cabía deducir algo de todo aquello, Liane no solo había conservado los documentos que le otorgaban poder sobre los demás.

Lanyard se preguntó si cabía la posibilidad de que tuviera en sus manos el instrumento para doblegar a la mujer a su voluntad. ..

De pronto alargó una mano y apagó la luz, un gesto del todo involuntario, una simple reacción ante el golpe sordo de una silla volcada en el piso de arriba.

Siguieron ruidos de forcejeo, como si Liane estuviera bailando sin música con una pareja de pies pesados. Luego un gemido...

Sus manos se movieron con tal rapidez y destreza que, aunque pareció levantarse sin la menor demora, la caja fuerte ya estaba cerrada y la combinación bloqueada cuando lo hizo, la puerta del aparador cerrada y su llave en el bolsillo.

Esta vez, Lanyard subió las escaleras sin importarle el ruido que pudiera hacer. No obstante, sus movimientos nunca resultaban torpes o a destiempo; nadie oyó su aproximación, y su llegada al descansillo superior pasó desapercibida.

En una pausa instantánea se asomó a la habitación de color rosa y vio a Liane Delorme, envuelta en un négligé que parecía una telaraña sobre un camisón aún más transparente, de rodillas y arañándose la garganta, alrededor de la cual un grueso pañuelo de seda se iba apretando lentamente; su rostro ya estaba amoratado por la estrangulación, los ojos se le salían de las órbitas y la lengua le asomaba entre unos labios hinchados.

Una gruesa rodilla estaba hincada entre sus omóplatos. Los extremos del pañuelo estaban en las nudosas manos de Albert Dupont.