Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XVI - LA CASA DE LILITH
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XVI - LA CASA DE LILITH

Se alzaba maciza y de planta cuadrada en una esquina entre las avenidas de Friedland y de los Campos Elíseos, cerca de su confluencia en la Place de l'Étoile: una sólida mole de piedra de una casa urbana al más puro estilo moderno, carente de belleza arquitectónica, con escasos intentos de embellecimiento exterior, pero que apestaba a Dinero a los cuatro vientos; exactamente el tipo de maison de ville que cabría esperar que un respetable banquero burgués se construyera al pensar en retirarse tras haber asestado un buen golpe a los Rothschild.

Resultaba también muy propio de la insolencia de Liane.

Lanyard sonrió ante la idea mientras estudiaba la mansión desde el fondo de un oscuro portal en la manzana de viviendas situada en diagonal.

Una vez que sus fortunas se asentaban, los de su calaña siempre procuraban establecerse, como en este caso, en el mismísimo corazón de un barrio residencial exclusivo; como si creyeran absorber la respetabilidad social por el mero hecho de codearse con ella; o bien, como era más probable en el caso de una mujer del temple de Liane Delorme, movidos más por el deseo de afrentar a un mundo del que habían sido proscritos que por el de granjearse su favor.

Parecía, no obstante, verdaderamente lamentable que Liane hubiera resultado ser de mentalidad tan convencional en este aspecto en particular.

Esto dificultaba sobremanera la ejecución del proyecto que él albergaba.

Por mucho que ansiara echar un vistazo al interior de aquella casa a espaldas de sus moradores, su aspecto resultaba prohibitivo y desalentador en grado sumo.

Pesadas rejas de bronce forjado custodiaban las puertas principales. La única puerta lateral o de servicio estaba protegida de forma similar, aunque más sencilla. Y recias verjas de bronce cerraban el paso a todas las ventanas a ras de calle.

Ahora bien, ninguno de estos obstáculos habría podido resistir el ataque de un hombre de ingenio con un poco de tiempo a su disposición.

Pero Lanyard solo podía contar con los escasos minutos que restaban de oscuridad.

Por mucho que la retrasaran los cielos encapotados, el alba llegaría demasiado pronto para su tranquilidad.

Y, sin embargo, no sentía que tuviera elección en el asunto: debía saber, y a pesar de todo sabría aquella misma noche, qué se cocía tras aquella pantalla de piedra en blanco.

A la noche siguiente sería demasiado tarde.

Aquella noche, si sus sospechas tenían algún fundamento, las joyas de Eva de Montalais se encontraban en la morada de Liane Delorme; o si no estaban allí, al menos allí se hallaba el secreto de su escondite.

Pero al día siguiente, ambas cosas, y muy probablemente también Liane, habrían volado; de lo contrario, Lanyard se había equivocado de medio a medio al ver en ella a una mujer tan aterrorizada como jamás había conocido, cuando se enteró del asesinato de de Lorgnes.

Era posible, e incluso lo consideraba sumamente probable, que Liane Delorme fuera tan poderosa como había afirmado Athénaïs Reneaux; influyente, es decir, en el Estado, entre los traficantes de sus leyes y los dispensadores de su protección.

Pero ahora no tenía que vérselas con gente así, sino con enemigos de su misma calaña, con un antagonismo tan temerario con respecto a la ley y el orden como el suyo propio.

Y eso sí que le daba miedo, perturbando su mente y su espíritu mucho más de lo que lo habría hecho cualquier amenaza por parte de la policía.

La Préfecture era una fuerza conocida y calibrada, una maquinaria que funcionaba, por así decirlo, sobre unos raíles previamente trazados; sus movimientos se podían prever, prevenir, vigilar, eludir.

Pero esta otra fuerza operaba en la sombra, este poder hostil personificado en la criatura que se había hecho llamar Albert Dupont; la propia esencia de su ser estaba envuelta en un secretismo impenetrable y aterrador, sus intenciones y sus manejos no podían adivinarse ni contrarrestarse hasta que asestaba el golpe, y el éxito o el fracaso de este revelaba su origen y su objetivo.

Liane —a menos que uno la juzgara mal— jamás se quedaría de brazos cruzados a la espera de que cayera el golpe.

Era demasiado nerviosa, amaba demasiado la vida.

Debía atacar primero en defensa propia —y, en tal caso, ¿a qué atacar?

— o bien alejarse del alcance de la inquina del enemigo.

Lanyard confiaba en que elegiría este último camino.

Pero la confianza no es conocimiento...

Desvió su atención de las formidables defensas de la planta baja a la segunda planta.

Allí todas las ventanas eran del tipo llamado francés, y se abrían hacia el interior desde unos balcones poco profundos con barandillas de bronce forjado.

Lanyard estaba familiarizado con todos los tipos de cierres empleados en tales ventanas; todos eran sencillos, ninguno podría resistirse a sus métodos de persuasión, siempre y cuando se encontrara en uno de esos balcones.

Tampoco consideraba que trepar por la fachada de la casa hasta el segundo piso fuera tarea harto difícil para un hombre de su agilidad y fuerza; los muros estaban construidos con gruesos bloques de piedra labrada, con profundos surcos horizontales entre cada hilada.

Estas hendiduras estarían resbaladizas por la lluvia, pero por lo demás apenas se podría pedir mejores puntos de apoyo.

Una ascensión de unos doce o quince pies hasta el balcón: uno debería ser capaz de lograrlo en un par de minutos, siempre y cuando nadie le interrumpiera.

Ahí estaba el problema; el barrio parecía estar profundamente dormido; en los cinco minutos transcurridos desde que Lanyard se había agazapado en el portal no había pasado ningún automóvil, ni una sola pisada había perturbado la quietud, ni el más mínimo sonido de ninguna clase había llegado a sus oídos, salvo el lejano bocinazo de dos tonos de un coche por los alrededores del Arco de Triunfo.

Pero uno no se atrevía a confiar en que tales condiciones se prolongaran por mucho tiempo.

El cielo ya mostraba un tono más claro sobre el perfil de los tejados.

Y bastaría con un solo observador insomne en una ventana cercana para que todo se fuera al traste.

Aun así, debía arriesgarse a las consecuencias...

Dispuesto a abandonar su escondite y cruzar la calle a toda prisa, con su punto de ataque ya elegido, y con sus pensamientos ya ocupados en la consideración de los pasos a seguir... se detuvo y se encogió aún más en las sombras. Algo estaba ocurriendo en la casa de enfrente.

Un hombre había abierto la puerta de servicio y se había detenido tras la reja de bronce.

No había luz a sus espaldas, y la oscuridad y las franjas de metal interpuestas hacían que su figura resultara indistinta.

Las aguzadas percepciones de Lanyard, no obstante, habían captado al instante aquel ligero movimiento y el consiguiente cambio en la textura de la oscuridad surcada por la reja.

Tras una breve espera, la reja se abrió lentamente hacia fuera, acaso unas dieciocho pulgadas, y el hombre avanzó con ella para volver a detenerse y escudriñar la calle de arriba abajo.

Acto seguido, con rapidez, como si se hubiera alarmado, retrocedió, cerró la reja y desapareció, cerrando la puerta de servicio tras de sí.

Escuchando con atención, Lanyard no oyó ningún clic de pestillo, que debería haber sido audible en aquella hora de silencio sepulcral.

Evidentemente, el individuo se había olvidado de asegurar la reja.

Posiblemente hubiera sido igual de negligente a la hora de cerrar la puerta.

Pero, ¿qué se traía entre manos? ¿A qué venía aquella furtiva aparición, y por qué se había retirado de forma tan brusca?

A modo de respuesta, llegó el suave zumbido de un motor de gran potencia; y luego apareció el propio automóvil, una imponente limusina procedente de la dirección de la avenida de Friedland.

Se detuvo ante la casa de la esquina. Un lacayo se bajó con un paraguas y corrió a abrir la portezuela; pero Liane Delorme no quiso esperarle.

El coche aún no se había detenido cuando ella abrió la puerta de golpe; en el preciso instante en que las ruedas dejaron de girar, saltó a la acera y corrió hacia la casa, sin importarle la lluvia.

Al mismo tiempo, una de las hojas de las grandes puertas principales se abrió hacia el interior, y un criado salió corriendo a abrir las rejas.

El lacayo del paraguas, aunque se movió con presteza, no logró alcanzar a Liane antes de que subiera corriendo los escalones.

Así que cerró el paraguas y volvió al trote a su lugar junto al chófer.

El criado cerró las rejas y la puerta mientras la limusina se alejaba: no había estado detenida ni sesenta segundos.

Quince segundos más tarde, tanto la calle como la casa volvían a estar como antes, salvo por una luz que ahora brillaba a través de los cristales de las grandes puertas de esta última. Y que no tardó en apagarse.

Suponiendo que el hombre que había aparecido en la entrada de servicio era el mismo que había dejado entrar a Liane, Lanyard se dijo a sí mismo que lo comprendía: impaciente por irse a la cama, el individuo había salido a la reja de servicio para espiar si había señales del regreso de madame .

Ahora bien, ¡si tan solo fuera cierto que no había cerrado la reja con llave. ..!

Y así resultó ser. La reja cedió fácilmente al tirón de Lanyard.

El pomo de la pequeña puerta giró en silencio.

Cruzó el umbral y se cerró en un pasillo a oscuras, imitando de forma deliberada la negligencia del sirviente y dejando la puerta apenas entornada, a modo de precaución en caso de tener que emprender una retirada forzosa.