Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XV - ADIEU #2
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XV - ADIEU #2

—¡Lo que me temía! —Dejó caer la solapa de cuero sobre la mirilla y se recostó—. Liane no se fía de mí —suspiró, desconsolado.

—¿Nos siguen?

—Un automóvil de algún tipo, que avanza a paso de tortuga sin luces; probablemente uno de los coches particulares que aguardaban cuando salimos.

—Tengo una pistola, si la necesitas —ofreció Athénaïs, con naturalidad.

—Entonces fuiste más sensata que yo.

Lanyard guardó un silencio pensativo durante unos minutos, mientras el carruaje traqueteaba sosegadamente por la rue Saint-Lazare, y luego volvió a echar un vistazo por la pequeña ventanilla.

—No hay duda alguna —informó; e inclinándose hacia delante empezó a escrutar atentamente a derecha e izquierda las oscuras bocacalles de varias callejuelas por las que pasaban tras dejar atrás el Hôtel Terminus y enfilar por la rue de la Pépinière—.

Lo malo del asunto —se quejó— es ¡esta soledad inhumana!

Si al menos hubiera algo parecido a la multitud que debía de haber en las calles a primera hora de la noche. ..

—¿En qué está pensando, monsieur ?

—Pues, naturalmente, en librarte de un acompañante molesto y tal vez peligroso.

—Si quieres decir que piensas saltar del coche y echar a correr —replicó Athénaïs—, eres un insensato. No llegarás muy lejos con un automóvil persiguiéndote y con los sergents de ville más alerta que nunca, porque la ola de crímenes que siguió a la desmovilización aún no da muestras de amainar.

—Pero, mademoiselle , me hace tan infeliz tener otra sombra que no sea la mía propia.

—Entonces quédate tranquilo aquí conmigo. Ya no falta mucho para llegar a mi apartamento.

—Posiblemente sería mejor dejarte a ti allí primero...

—Ni hablar; rotundamente lo contrario.

—¡Mi querida niña! Si hiciera lo que tú quieres, pensarían...

—Mi querido Paul, me importa un bledo lo que piensen.

Recuerda que estoy especialmente encargada de velar por tu vida mientras estés en París.

Además, mi apartamento es el rez-de-chaussée más discreto que uno pudiera desear.

Hay más de una forma de entrar y salir. Y una vez que crean que estás acomodado por la noche, es más que probable que ni siquiera pongan vigilancia, sino que se marchen a informar.

Luego podrás escabullirte cuando quieras.

.. —Él se le quedó mirando, experimentando un momento de duda al que puso fin una risita seca—.

Oh, ¡no tienes por qué preocuparte tanto por mi reputación!

Si esto fuera lo peor que pudiera decirse de mí. ..

Lanyard rio a su vez, con sosegada tolerancia, y le volvió a apretar la mano.

—Eres un encanto —le dijo—, pero tienes que ser mucho mejor actriz para engañarme en esos asuntos.

—¡No seas estúpido! —replicó ella con voz malhumorada.

—No lo soy.

Se inclinó de nuevo hacia delante, cruzando los brazos sobre el borde del salpicadero, estudiando las calles y consultando un mapa mental de París asombrosamente preciso que en más de una ocasión le había sido de gran utilidad en otros tiempos.

Al cabo de un rato, la mano de la joven se deslizó por su brazo, se apoderó de la mano de él y la utilizó como palanca para hacerle girar hasta que quedó frente a ella.

Bajo la iluminación más intensa del bulevar Haussmann, su rostro parecía extrañamente infantil, extrañamente luminoso y suplicante.

—¡Por favor, petit monsieur Paul! Te lo pido, te lo ruego... ¿Para complacerme?

—¡Ay, Señor! —suspiró Lanyard—, ¿cómo va uno a resistirse cuando suplicas con tanta gracia que te comprometan?

—Ya que está decidido —de repente, la niña suplicante fue reemplazada por la dueña de sí misma mademoiselle Athénaïs Reneaux—, puedes recuperar tu mano. Te aseguro que ya no me sirve para nada más.

El coche de caballos se desvió del bulevar, lo que brindó a Lanyard la oportunidad de mirar hacia atrás a través de la ventanilla lateral.

—Siguen tras la pista —anunció—. Pero ahora llevan las luces encendidas.

Con un profundo suspiro que le salió del alma, el caballo se detuvo frente a un edificio de apartamentos en una esquina y luego, con un gemido casi humano, respondió al látigo y se alejó tintineando con el coche de caballos, dejando a Lanyard más pobre por la exorbitante tarifa que había prometido y algo más.

Athénaïs ya estaba en la entrada principal, llamando al conserje.

Lanyard se apresuró a reunirse con ella, pero antes de que pudiera cruzar la acera, un automóvil asomó el morro por la esquina del bulevar Haussmann, a una manzana corta de distancia, y se dirigió velozmente hacia ellos, pareciendo escrutar la calle con recelo con sus ojos deslumbrantes, blancos y sin párpados.

—¡ Peste ! —suspiró la joven—. Tengo una entrada privada y mi propia llave. ¡Podríamos haberla usado si me hubiera imaginado que este cerdo asqueroso del conserje...!

El pestillo hizo clic. Empujó la puerta y se coló en la densa oscuridad.

Lanyard se demoró un instante más. El coche estaba reduciendo la marcha, y la farola de la esquina iluminó claramente un brazo masculino apoyado en el alféizar de la ventanilla; pero el rostro espía que asomaba por encima del brazo no era más que una mancha borrosa.

—¡Venga, monsieur !

Lanyard entró y cerró la puerta. Una mano con la que empezaba a sentirse bastante familiarizado encontró la suya y lo condujo a través de la densa oscuridad hasta hacer una nueva pausa.

Una llave chirrió en una cerradura, la mano volvió a tirar de él hacia delante y una segunda puerta se cerró a sus espaldas.

—Estamos chez moi —dijo una voz en la oscuridad.

—A uno no le vendría mal un poco de luz.

—Espera. Por aquí.

La mano lo guio a través de una habitación de tamaño moderado, sorteando los muebles con una facilidad casi asombrosa, para luego obligarle a detenerse de nuevo.

Unas anillas de latón chocaron suavemente en una barra, se abrió un resquicio en los gruesos cortinajes de una ventana y un haz de luz de la calle recortó el perfil de la joven en un suave relieve.

Ella tiró de él hasta que sus hombros se tocaron.

—Ya ves...

Él acercó su cabeza a la de ella, sintiendo el roce acariciador de un rizo en su mejilla, y su dulce calor y fragancia; y, atisbando a través de los cortinajes, vio el automóvil que los perseguía detenido, no junto a la acera, sino en medio de la calle, frente a la casa.

El brazo del hombre seguía apoyado en el alféizar de la ventanilla; el óvalo pálido del rostro que asomaba por encima seguía siendo confuso.

Abruptamente, ambos desaparecieron, una puerta dio un portazo en el lado opuesto del coche y este, tras una pausa de un instante, arrancó con el gemido de las marchas y se desvaneció, sin dejar rastro humano a la vista en la tranquila calle.

—¿Qué significa eso? ¿Acaso recogieron a alguien?

—Más bien todo lo contrario, mademoiselle .

—¿Entonces qué ha sido de él?

—En la sombra del portal de enfrente: ¿no ves la sombra más densa de su figura en la esquina, hacia este lado? Y ahí... ¡Ah, pedazo de idiota!

El hombre del portal se había movido, sacando cautelosamente una mano de la sombra lo suficiente para que la luz de la calle iluminara la esfera de su reloj de pulsera. Al instante la retiró; pero su presencia ya había sido delatada.

—Es suficiente —dijo Lanyard, cerrando de nuevo los cortinajes—. No cuesta ningún trabajo engañar a ese individuo, habiendo Dios preparado el terreno de forma tan sublime.

La muchacha no dijo nada. Ya no se tocaban, y ella se quedó por un momento tan quieta que él casi podría haber imaginado que estaba solo.

Pero en aquella habitación silenciosa podía oír su respiración muy cerca de él, no pesada, pero con un ritmo acelerado que insinuaba una agitación que su voz confirmó cuando ella respondió a su extrañeza:

—¿ Mademoiselle ?

— J'y suis, petit monsieur Paul.

—¿Pasa algo?

—No... no: no pasa nada.

—Me temo que te he dejado agotada esta noche.

—No niego que estoy un poco cansada.

—Perdóname.

—No hay nada que perdonar, todavía no, petit monsieur Paul. —Un atisbo de humor seco se coló en su tono—: Son gajes del oficio nocturno, como debería decirse en París.

—Tres favores más; luego yo te haré uno a cambio.

—Pide...

—Ten la bondad de encender la luz y buscarme una linterna de bolsillo si la tienes.

—Puedo hacer lo segundo sin necesidad de lo primero. Es mejor que no encendamos ninguna luz; un solo rayo que se colara por las cortinas lo delataría todo. Espera.

Se oyó el ruido de unos pasos ligeros amortiguados por una alfombra, el repiqueteo de unos tacones altos sobre el suelo descubierto, el chirrido de un cajón al abrirse; y regresó para entregarle una pequeña linterna eléctrica niquelada.

—¿Y luego...?

—La dirección de Liane, si la sabes.

La joven le indicó un número en una avenida no muy lejana. Lanyard tomó nota.

—Sí; puedes llegar caminando en menos de cinco minutos. ¿Y por último?

—Muéstrame la salida.

De nuevo, ella no respondió. Él prosiguió con cierta incomodidad:

—De ese modo me permitirás hacerte mi única e inadecuada compensación... dejarte descansar.

Otro lapso de silencio; luego una risita entrecortada.

—¡Vaya favor más grande, de verdad, petit monsieur Paul! Así que dame la mano una vez más.

Pero ya no se aferraba a ella como antes; el apretón de sus dedos era suave, frío, impersonal hasta rozar la indiferencia.

Contristado, y resentido por el resentimiento de ella, Lanyard se dejó guiar a través de la oscuridad de otra habitación, un breve pasillo, y luego una tercera estancia, donde ella le dejó solo por un momento.

Volvió a oír el tintineo de las anillas de la cortina.

El pálido rectángulo violeta de una ventana apareció en la oscuridad, con la figura de la mujer vagamente recortada contra él.

Levantó la hoja de la ventana sin hacer ruido y el aire fresco de la lluvia penetró en el apartamento.

Athénaïs regresó a su lado y le puso una llave en la palma de la mano.

—Esa ventana da a un patio. La caída desde el alféizar no llega a los cuatro pies.

En la pared que tienes justo enfrente encontrarás una puerta.

Esta llave la abre. Cierra la puerta al salir y tira la llave en cuanto tengas ocasión: tengo varias copias.

Te encontrarás en un pasillo que conduce a la entrada del edificio de apartamentos situado en la parte trasera de este, que da a la calle siguiente.

Pide el cordón al conserje como si fueras un invitado que se marcha tarde de uno de los apartamentos.

No pondrá pegas para abrirte... Creo que eso es todo.

—No del todo. Me queda por intentar lo imposible: demostrarte mi gratitud, Athénaïs, con palabras vacías y sin sentido.

—No lo intentes, Paul. —Su voz se había suavizado de nuevo, y sus acentos se quebraban—.

¡Las palabras no nos sirven, ni a ti ni a mí!

Solo hay un camino, y ese, lo sé, está..

. ¡vedado! —Su risa melancólica revoloteó y ella se acurrucó en sus brazos—.

Pero aun así, petit monsieur Paul, a ella no le importará si. .. ¡solo por esta vez!

Se aferró a él durante un largo, larguísimo instante, y luego soltó sus labios.

—Me han besado hombres, sí, y no pocos —susurró, apoyando el rostro en su pecho—, pero solo tú has conocido mi beso. Vete ya, amor mío, mientras tengo fuerzas para dejarte marchar, y... hazme una pequeña promesa...

—Lo que me pidas, Athénaïs...

—No vuelvas nunca, a menos que me necesites; porque otra vez no tendré tanta fuerza.

Sola, apoyó su ardiente frente contra el marco de la ventana levantada, forzando la vista para seguir la sombra de él mientras se movía a través de las tinieblas del patio de abajo y se perdía en la oscuridad aún más profunda del muro de enfrente.