Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XV - ADIEU
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XV - ADIEU

Desde el caer de la tarde, cuyo límpido crepúsculo parecía augurar una hermosa noche de luna, el cielo se había ido encapotando poco a poco sobre París.

Estando aún en Les Ambassadeurs , Lanyard había reparado en que la luna se estaba ocultando.

Para la medianoche, su pálido disco se había eclipsado por completo; las nubes pendían bajas sobre la ciudad, una densa manta que aprisionaba un calor asfixiante incluso al aire libre, y sofocante en los restaurantes mal ventilados.

Ahora, al amparo del toldo del café, Lanyard y Athénaïs Reneaux contemplaban un pavimento semejante a un río de azabache, surcado por tenues luces y discurriendo entre las bajas orillas de unas aceras no menos negras: todo ello desierto, a excepción de algún que otro trasnochador que se dirigía a trompicones hacia su casa bajo la llovizna, y de una fila de coches particulares que aguardaban cerca de la entrada.

El engalanado portero silbó absurdamente a un taxi que pasaba, el cual, a pesar de ir libre, siguió su camino impertérrito, mientras el conductor correspondía a la señal únicamente con mofas y gestos indecorosos, al estilo propio de su calaña.

De modo que Lanyard, recordando con cuánta frecuencia le habían ocurrido cosas similares en el París de antes de la Guerra, reflexionó con tristeza que el gran conflicto, después de todo, poco había cambiado los corazones humanos.

.. dando caritativamente por sentado que el pecho de los taxistas-bandidos franceses albergara tal cosa.

Poco después, no obstante, el persistente silbido hizo aparecer por una esquina a un desvencijado coche de caballos que —al igual que la bestia que tiraba de él y el cochero en su elevado pescante, con su cara congestionada y sus ojos legañosos, su abrigo cruzado y su sombrero de copa de hule— sin duda debió de haber rebosado de juvenil ambición en la época dorada de la primera década del siglo.

Pero, a todas luces, la avaricia del cochero era propia de la década de 1920.

Pues cuando se le dio la dirección del apartamento de Athénaïs, anunció con truculencia vinosa que a él se le antojaba ir exactamente en dirección contraria; recogió las riendas, chasqueó la lengua de forma perentoria al rocín (que, con muy buen criterio, no le hizo el menor caso) y solo accedió a cambiar de opinión cuando se le prometió una tarifa fabulosa.

Incluso entonces, siguió refunfuñando y jurando en arameo mientras Lanyard ayudaba a Athénaïs a subir y ocupaba su lugar junto a ella.

La rue Pigalle estaba tan oscura y silenciosa como cualquier calle de un pueblo abandonado.

Contra sus lúgubres muros, el titubeante repiqueteo de los cascos arrancaba ecos vacíos que resonaban en el corazón de Lanyard como el estribillo de una vieja canción.

A ese mismo compás había acudido el mundo alegre a sus affaires en años mozos, cuando el Lobo Solitario era una realidad palpitante y no un recuerdo que se desvanecía en la memoria de los hombres. ..

Suspiró profundamente.

— Monsieur está sentimental —comentó Athénaïs Reneaux a la ligera—. ¡Cuidado! Los sentimentales siempre acaban mal.

—Eso es algo que he comprobado que es cierto... Pero eres joven para saberlo, Athénaïs.

—Una mujer nunca es joven... pasada cierta edad... excepto cuando ama, amigo mío.

—Eso también es verdad. Pero, aun así, eres demasiado joven para haberlo aprendido.

—Las lecciones de la vida no se aprenden en un orden fijo y predeterminado, Paul, ni con ningún tipo de secuencia, sino cómo y cuándo a la Vida se le antoja enseñarlas.

— Quel dommage! —murmuró Lanyard, y se sumió de nuevo en el silencio.

La joven empezó a impacientarse.

—Pero dime, mi querido Don Juan —protestó—: ¿Acaso todas tus conquistas te afectan de esta forma tan morbosa?

—¿Conquistas?

—Parecía que hacías muy buenas migas con Liane Delorme.

—Perdona. Si me pongo sentimental, es porque esta noche se han despertado viejos recuerdos; recuerdos de días perdidos en los que uno tenía un buen concepto de sí mismo, aquí en París.

—Días en los que, sin duda, Liane desempeñó algún papel.

—Un papel muy secundario, Athénaïs... Pero, ¿me estás haciendo el honor de estar celosa?

—Tal vez, petit monsieur Paul...

Bajo la luz intermitente de las farolas que dejaban atrás, su serena sonrisa resultaba tan indescifrable como sus ojos ensombrecidos.

Al cabo de un momento, Lanyard soltó una risita, le cogió la mano, le dio unas palmaditas indulgentes y, con suave firmeza, se la volvió a dejar en el regazo.

—No es justo, querida, meter ideas estúpidas en cabezas maduras solo porque sabes que puedes hacerlo. Muestra un poco de respeto por mis canas, que ya son demasiadas.

—Te sientan de maravilla —dijo Athénaïs Reneaux con remilgo—. Pero háblame de Liane, si no es ningún secreto.

—¡Oh! Aquello fue hace tanto tiempo y fue algo tan nimio que me sorprende siquiera recordarlo.

.. Resulta que una noche me encontraba donde no tenía ningún derecho a estar.

Mucho me temo que esa era una costumbre bastante mía.

Y así fue como descubrí, en el apartamento de otro hombre, a una joven, poco más que una chiquilla, intentando suicidarse.

Ya puedes suponer que le paré los pies..

. Más tarde, pues en aquellos tiempos tenía yo cierta influencia en algunos círculos, le conseguí un puesto en el coro de las Variétés.

Ella se inventó un nombre para el teatro: Liane Delorme.

Y eso es todo. Como ves, fue muy sencillo.

—¿Y ella se mostró agradecida?

—No de forma agobiante. Se lo tomó con bastante naturalidad.

—Aun así, no lo ha olvidado.

—Pero recuerda que la química de los años es tal que, inevitablemente, un sentimiento de obligación se convierte a su debido tiempo en rencor. Es cierto, Liane no lo ha olvidado, pero no estoy en absoluto seguro de que me haya perdonado por haberla salvado la vida.

—Puede que haya algo de eso, viendo en qué ha convertido su vida.

—Ahí es donde tú puedes ponerme al día. Llevo mucho tiempo en el exilio.

—Pero ya sabes cómo Liane pasó del coro de las Variétés a ser la estrella principal allí, y luego el furor de todos los music halls con su forma de cantar indecencias rimadas.

—Algo he oído de eso.

—En la cima de su éxito se retiró, diciendo que ya había trabajado bastante, que había ganado suficiente dinero. Eso también se sabe. Pero Liane solo se retiró del escenario... ¿Me entiendes?

—Perfectamente.

—Siguió haciendo muchos amigos íntimos, algunos de ellos entre las personalidades más importantes de Europa. De modo que poco a poco se convirtió en lo que es hoy —pronunció Athénaïs Reneaux con gravedad—: en mi opinión, la mujer más peligrosa del continente.

—¿Cómo de «peligrosa»?

—Codiciosa, avariciosa, totalmente carente de escrúpulos y corrupta, y con un poder asombroso. Tiene una extraña influencia en las más altas esferas.

—¿Chantaje?

—¡Sabe Dios! En cualquier caso, fue lo bastante fuerte como para librarla de ser fusilada durante la guerra.

A mí me asignaron que la vigilara entonces.

En Inglaterra se sospechaba que estaba en comunicación con el enemigo.

Descubrí que era totalmente cierto. Conocía íntimamente a Bolo Pasha, y a Caillaux también.

Otras mujeres, muchas de ellas, huyeron del país, o fueron a parar a Saint-Lazare mientras duró la guerra, o se enfrentaron a pelotones de fusilamiento al amanecer por hacer infinitamente menos de lo que ella hizo por traicionar a Francia y a sus Aliados; pero Liane Delorme salió de rositas.

Me consta que Inglaterra presentó las más enérgicas protestas ante el gobierno francés sobre ella.

Conozco personalmente el caso de dos jóvenes oficiales franceses que habían mantenido relaciones amistosas con Liane, y que se pegaron un tiro, uno de ellos dramáticamente en su propia puerta.

¿Y por qué hicieron eso, si no fue por el remordimiento de haberle revelado secretos que luego, de algún modo, llegaron a manos del enemigo?

... Pero nunca se hizo nada al respecto, jamás se la molestó lo más mínimo, y cada noche se la podía ver en Maxim's o en L'Abbaye, flirteando con oficiales, mientras en el frente masacraban a los hombres a cientos, gracias a su traición.

.. ¡Ah, monsieur , le digo que conozco demasiado bien a esa mujer!

La voz de la joven temblaba de indignación.

—Así que así fue como llegaste a conocerla —comentó Lanyard, como si no hubiera encontrado nada más de interés—. Me lo preguntaba...

—Sí: fuimos amigas íntimas... casi... durante un tiempo.

No fue plato de buen gusto, pero había que hacer el trabajo.

Luego Liane empezó a sospechar, y nuestra amistad se enfrió.

Una noche me libré por los pelos de unos apaches.

Reconocí la mano de Liane en aquello. Temía que yo supiera algo.

Y así era. Pero no se imaginaba cuánto sabía.

De haberlo sabido, habría habido un segundo intento de ese tipo, pero sin escapatoria.

Luego llegó el armisticio para apaciguar los ánimos, y Liane encontró otras cosas en las que pensar.

.. ¡Sabe Dios qué otras fechorías estará haciendo en tiempos de paz!

—Creo —sugirió Lanyard, recordando aquella conversación en el grand salon del Château de Montalais— que harías bien en andarte con cuidado, Athénaïs, en lo que a Liane se refiere, después de esta noche.

Solo le faltaba verte conmigo para confirmar cualquier sospecha que pudiera tener sobre tus relaciones con el S. S. B.

—Lo tendré presente —dijo la joven con calma—. Muchas gracias, querido amigo... Pero, ¿qué andas haciendo todo el rato? ¿Qué es lo que miras?

Al girar el coche de caballos alrededor de la oscura mole de la iglesia de la Trinité, Lanyard se había vuelto en su asiento por tercera vez para echar un vistazo hacia la rue Pigalle a través de la pequeña ventanilla trasera.