Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XIV - DIAMANTE CORTA DIAMANTE #4
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XIV - DIAMANTE CORTA DIAMANTE #4

—Muchísimo más —añadió ella de forma significativa—. Estoy convencida de que nos llevaremos a las mil maravillas.

— Mademoiselle me hace un gran honor...

—Nada menos que mi amistad.

—Sería verdaderamente un desagradecido si la rechazara. Pero una pregunta: ¿No hablará la gente?

—¡Qué va! —El regocijo volvió a sacudirla—. ¿Cómo van a hablar? ¿Qué más se puede decir ya sobre Liane Delorme?

—¡Ah! —dijo Lanyard—... pero sobre madame la comtesse de Lorgnes...

—Amigo mío: eso tuvo su gracia en su momento; pero ahora debe olvidar ese nombre tan rotundamente como yo he olvidado otro.

—Imposible.

—¿Qué dice? —Frunció un poco el ceño—. ¿Será posible que lo haya entendido mal? De Lorgnes no significaba nada para mí.

—Nunca lo creí.

—Hacía bien. Dado que el azar nos unió, y que nuestros nombres sonaban de forma parecida, nos hacía gracia —no solo a nosotros dos, sino a todo nuestro grupo— fingir que yo era madame la comtesse .

—¿Acaso era él realmente conde?

—¿Quién sabe? Ese era el título con el que siempre se le había conocido entre nosotros.

—¡Ay! —suspiró Lanyard, y dirigió una mirada lúgubre a su copa.

Sin necesidad de mirar, percibió un gesto de interrogación en la cabeza de la mujer. No añadió nada más, pero negó con la cabeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella con brusquedad—. ¿Sabe usted algo sobre de Lorgnes?

—¿No se ha enterado? —contraatacó él, levantando la vista con sorpresa.

—¿Enterarme...? —Vio que el miedo apuñalaba los ojos de la mujer, y supo que sus conjeturas eran fundadas.

En todo el día había estado aguardando a de Lorgnes, o alguna noticia suya, todo el día y toda la noche.

Uno podía imaginarse la tensión, que aumentaba a cada hora, de las preocupaciones y los presentimientos; de hecho, la evidencia asomaba demasiado clara en su rostro y en su actitud en aquel momento: era un auténtico tormento.

Pero en el corazón de Lanyard no cabía la piedad.

La conocía de antiguo, lo que era, el mal que había causado; y en sus oídos aún resonaban los ecos de aquellas palabras con las que, de forma bastante indirecta pero sin que hubiera lugar a equívocos por parte de ninguno de los dos, le había amenazado con delatarle a la policía si no se prestaba a una especie de alianza con ella, una colaboración cuya naturaleza no podía ser sino deshonrosa, si no se trataba de una mera conspiración de silencio mutuo.

Y, deliberadamente, retrasó su respuesta hasta que a ella se le agotó la paciencia y le agarró del brazo con las manos frenéticas.

—¿Qué sucede? ¿Por qué me mira de ese modo? ¿Por qué no me lo dice... si es que hay algo que decir...?

—Dudaba por no darle a usted un disgusto, Liane.

—No se preocupe por mí. ¿Qué le ha pasado a de Lorgnes?

—Viene en todos los periódicos vespertinos: el misterio del asesinato en el rapide de Lyon.

—¿De Lorgnes...?

Lanyard inclinó la cabeza. La mujer masculló una invocación a la Divinidad y se dejó caer contra la pared, con el rostro cadavérico bajo el maquillaje.

—¿Y sabe usted esto?

—Yo viajaba en el rapide y vi el cadáver antes de que se lo llevaran.

Liane Delorme hizo ademán de hablar, pero tan solo un áspero aliento rasgó sus labios resecos.

Tragó saliva de forma convulsiva, se volvió hacia su copa y la encontró vacía.

Lanyard se apresuró a volver a llenarla.

Ella se bebió el vino de un trago, murmuró unas palabras de agradecimiento y ofreció la copa para que se la volvieran a llenar; pero, cuando se hizo, se quedó allí ajena a ello, con la mirada perdida en el vacío y sin sentido, tan desconectada de su entorno que todos los músculos de su rostro se relajaron y sus años se asomaron a través de aquella máscara de artificio que por sí sola le conservaba la ilusión y la fama de la belleza.

De este modo se reveló horriblemente el rostro de una mujer malvada de mediana edad, depravada sin esperanza de redención. Lanyard sintió un vuelco en el corazón al verlo, y apartó rápidamente la vista.

Más allá de la fila de mesas que lo separaba de la pista de baile, vio pasar a Athénaïs Reneaux con Le Brun en el suave movimiento de un vals.

El rostro de la muchacha reflejaba sobresalto, y su mirada iba directamente a la mujer que estaba al lado de Lanyard; luego se desvió hacia él con expresión inquisitiva.

Con una mirada, Lanyard le indicó que se tranquilizara, para después levantar una ceja y lanzar una mirada significativa hacia las puertas.

La más leve inclinación de cabeza fue su respuesta, antes de que Le Brun hiciera girar a Athénaïs hacia el centro de la pista y otras parejas se interpusieran.

Liane Delorme se agitó de repente.

—¿Y el asesino? —inquirió—. ¿Hay alguna pista?

—Creo que se conoce su descripción, pero está desaparecido.

—Pero usted, amigo mío... ¿qué sabe?

—Tanto como cualquiera, imagino... a excepción del autor del asesinato.

—Cuéntemelo.

De forma sosegada y concisa, Lanyard le relató que había visto al conde de Lorgnes cenando en Lyon; la inquietud que mostraba y la creciente sensación de frustración y fracaso que tan a las claras delataba a medida que transcurrían las últimas horas de su vida; le habló de los apaches que vigilaban a de Lorgnes en el café y del hecho de que uno de ellos se las había arreglado para conseguir una litera en el mismo vagón que su víctima; que había visto al presunto asesino escabullirse del tren en Laroche; y, por último, del hallazgo del cadáver a la llegada del rapide a la Gare de Lyon.

Absorta, con los ojos distraídos y fijos, y una boca cuyo egoísmo y crueldad esenciales quedaban realzados inconscientemente por la compresión de sus labios, la mujer le escuchó como si se tratara de una voz incorpórea.

De vez en cuando, no obstante, asentía con atención y, cuando él terminó, ya tenía preparada una pregunta pertinente.

—¿Dice que existe una descripción de este asesino?

—¿Acaso no se la he dado yo a usted?

—Pero a la policía...

—¿A usted le parece probable? —La mujer le dedicó una mirada inexpresiva.

—Perdone, mademoiselle , pero ¿le parece probable que el difunto André Duchemin quisiera tener más tratos con la policía de los que no pudiera evitar?

—¿Dejaría que un asesinato a sangre fría quedara impune...?

—¿Antes que pasar el resto de mis días viendo el mundo a través de los barrotes de una celda?

¡Pues yo diría que sí!, ya que este asesinato a mí ni me va ni me viene, y soy inocente del delito del que a mí me acusan.

Pero usted, que era amiga de de Lorgnes, conoce los hechos, y no hay nada que le impida ponerlos en conocimiento de la Préfecture .

.. Aunque reconozco que sería todo un detalle por su parte mantener mi nombre al margen del asunto.

Pero Lanyard no se estaba jugando los cuartos con el Azar al hacer esta sugerencia: sabía muy bien que Liane Delorme no acudiría a la policía.

—¡Eso para la Préfecture ! —Chasqueó una uña contra los dientes—. ¿Qué sabe? ¿Y qué hace cuando sabe algo?

—Estoy totalmente de acuerdo con mademoiselle .

—¡Ah! —musitó con amargura—, ¡si al menos supiéramos el nombre de ese sale cochon !

—Lo sabemos.

—¿Nosotros... monsieur ?

—Yo, por lo menos, conozco uno de los muchos nombres que sin duda utiliza el asesino.

—¡Y se resiste a decírmelo!

—¿Y por qué habría de hacerlo? No, pero hacer memoria.

.. —Lanyard calibró un silencio, simulando estar inmerso en sus pensamientos, y midiendo en realidad el impacto y preparándose para observar el efecto que causaría.

Luego, chasqueando los dedos como quien dice: «¡Ya lo tengo!

»... —Albert Dupont —anunció bruscamente.

Sin lugar a dudas, el nombre no le decía nada a la mujer. Frunció el labio:

—¡Pero eso podría ser cualquier nombre! —Luego, pensativa—: ¿Acaso oyó a su compañero del café llamarle así?

—No, mademoiselle . Pero yo reconocí al animal como Albert Dupont cuando subió al tren en Combe-Redonde esa mañana y viajé con él hasta Lyon, sin que él se diera cuenta.

—¿Usted lo reconoció?

—Ya lo creo que sí.

—¿De qué lo conocía usted?

—Primero de cuando me peleé con él en Montpellier-le-Vieux, y luego de cuando intentó acabar conmigo a las afueras de Nant. Era el chófer fugitivo del Château de Montalais.

—Pero... ¡nombre de un nombre sagrado!... ¿qué tenía que ver ese individuo con de Lorgnes?

—Si usted me lo cuenta, no habrá más misterio en este triste asunto.

La mujer le dio vueltas al asunto durante un instante.

—Pero si iba a por usted, podría entenderlo... —Él captó el brillo oblicuo de la mirada de ella sobre él, oscura por una pregunta no formulada.

Pero el vals había terminado, y Athénaïs y Le Brun se abrían paso entre las mesas que los separaban.

La interrupción no pudo llegar en mejor momento; Lanyard estaba ansioso por largarse.

En una noche había sacado todo lo que razonablemente podría haber esperado sonsacar a Liane Delorme.

Sabía que ella y de Lorgnes habían estado mutuamente interesados en los asuntos que habían llevado a este último a Lyon.

Contaba con el testimonio de sus propios sentidos para demostrar que la noticia del asesinato había supuesto un duro golpe para ella.

A tenor de ese mismo testimonio, estaba dispuesto a jurar que, fuera cual fuera el papel que ella hubiera desempeñado en el robo, si es que había tenido alguno, no sabía nada de «Albert Dupont», al menos por ese nombre, ni de su labor como chófer en el Château de Montalais.

Y, sin embargo, Lanyard sabía algo más: que Liane sospechaba que él sabía más de lo que le había contado.

Pero no le apenaba que pensara eso; le daba un motivo para seguir interesada en él.

De ahora en adelante, ella podría andarse con tiento con él, pero nunca perdería el contacto con él si podía evitarlo.

Athénaïs se detenía ahora junto a la mesa y decía con una sonrisa tan fatigada como encantadora:

—Venga, monsieur Paul, si le parece bien, ¡lléveme a casa! He bailado hasta el agotamiento.

Irritada ante la perspectiva de verse obligada a perder de vista a Lanyard tan pronto, antes de haber tenido tiempo para fraguar sus planes con respecto a él, Liane Delorme hizo acopio de entereza.

—¿A casa? —protestó con una vivacidad tan postiza que se ganó una mirada curiosa incluso del insulso Le Brun—. ¡Tan pronto! ¡Querida! ¿En qué estás pensando?

—No he parado en todo el día —explicó Athénaïs con dulzura—, y ya no me quedan fuerzas para seguir.

—¡ Zut ! —insistió la Delorme—. Toma más champán y...

—Gracias, no, cariño. Ya me da vueltas la cabeza. De verdad que me tengo que ir. Seguro que no te importa, ¿verdad?

Pero a Liane sí le importaba, y el vino que se había bebido le había dejado tan solo un remanente de sobriedad, insuficiente para dominar su genio.

—¿Importarme? —repitió con brusquedad—. ¿Por qué habría de importarme si te quedas o te vas?

Es asunto tuyo, no mío. —Hizo una mueca de desdén; y la mirada con la que emparejó a Lanyard y a Athénaïs de forma insinuante era de por sí casi un motivo de denuncia—.

En cuanto a mí —prosiguió con chillona vivacidad— no me pienso ir aún, no estoy ni la mitad de borracha que debiera.

Trae más champán, Fred —esto se lo dijo a Le Brun mientras volvía un hombro reluciente hacia los demás—, a raudales.

.. y dile a Chu-chu que traiga a Angèle, y a Constance y Victor también.

¡Gracias al buen Dios, al menos ellos saben que siguen vivos!