XIV - DIAMANTE CORTA DIAMANTE #3
—¡Vaya experiencia! Pero... —Liane volvió a hundir la nariz en su copa y miró a Lanyard con una expresión de misteriosa complicidad. Al asomar de nuevo, prosiguió—: Pero... no sin sus compensaciones, ¿eh, mon ami ?
—Todo depende de cómo se mire, mademoiselle .
—¡Oh! ¡Oh! —Había mucha y profunda significación en aquellas exclamaciones—. Uno puede mirar eso de muchas maneras.
—Efectivamente —convino Lanyard con sus modales más cautivadores—: Uno puede, por ejemplo, recordar que me recuperé lo bastante rápido como para estar en París esta noche y conocer a mademoiselle sin perder tiempo.
—¿Acaso monsieur desea que me engañe a mí misma pensando que me hizo el honor de desear encontrarme esta noche?
—O cualquier otra. No menosprecie el poder de sus encantos, mademoiselle . ¿Quién, habiéndola visto una vez, podría evitar albergar la esperanza de volver a verla?
—Amigo mío —dijo Liane, con la boca fruncida y en ademán de juzgar—, creo que es usted demasiado amable.
—Pero le aseguro que no ha pasado ni un solo día, no, ni tampoco una noche, en que no haya pensado en usted, desde que hizo su tan impactante aparición en el château , como una visión de radiante belleza, saliendo de aquella noche de tempestad y furia.
Liane inclinó la cabeza con coquetería.
— Monsieur me halaga en exceso.
—¡Imposible!
—¿Debe una entender, entonces, que monsieur me está cortejando?
Lanyard pronunció con frialdad:
—No.
Aquello le arrancó a ella otra carcajada de aprecio personal.
—¿Entonces qué, mon ami ?
—Imagínese que uno puede soñar a menudo con lo inalcanzable sin aspirar a poseerlo.
—¿Inalcanzable? —repitió Liane con voz meliflua—: ¡Qué palabra tan lúgubre, monsieur !
—Significa lo que significa, mademoiselle .
—Al contrario, monsieur , significa lo que usted quiere que signifique. Debería revisar usted su léxico.
—Ahora es mademoiselle quien resulta demasiado halagadora. ¿Y dónde anda el buen señor Monk esta noche?
La mujer pasó por alto la insinuación; o, más bien, la enterró bajo una avalancha de sobreactuación emocional.
—¡Ah, monsieur ! Estoy desolada, inconsolable. ¡Se ha marchado!
—¿ Monsieur Monk? —Lanyard abrió los ojos como platos.
—¿Quién si no? ¡Se ha marchado de Francia, ha regresado a sus bárbaros Estados Unidos, con su hermoso automóvil, su buen corazón y todos sus millones!
—¿Y el excelente Phinuit?
—Ese también.
—¿Cuánto hace de eso?
—Mañana hará una semana que zarparon de Cherburgo. Hace una semana que nadie me oye reír.
Compadecido, Lanyard sacó una botella de la cubitera y le volvió a llenar la copa.
—Acepte, mademoiselle , toda la certeza de mi más profunda comprensión.
—Tiene usted corazón, amigo mío —dijo ella, y bebió con la pasión febril de la persona desconsolada.
—Y uno que está a la entera disposición de mademoiselle .
Liane sorbió por la nariz con tristeza y se dio unos toques en la misma con una ridícula parodia de pañuelo.
—Sea tan amable —dijo con voz llorosa, aunque sus ojos estaban totalmente secos y, si uno se fijaba bien, se mostraban calculadores—... de darme un cigarrillo.
Uno dedujo que la tormenta había pasado.
Lanyard le ofreció su pitillera, y luego una cerilla, preguntándose qué pasaría a continuación.
Lo que tenía motivos para esperar llegaría a buen seguro, la única cuestión era cuándo.
No es que importara el cuándo; él estaba preparado para ello en cualquier momento.
Y no había prisa: Athénaïs, al verse emparejada con un bailarín excepcionalmente bueno en Le Brun, aprovechaba con buen criterio este pretexto para quedarse en la pista (había dos orquestas para que la música fuera prácticamente ininterrumpida) y dejar a Lanyard terminar sin interrupciones lo que ella entendía perfectamente como una conversación de considerable importancia.
En cuanto a Benouville, estaba demasiado bien adiestrado para soñar siquiera con regresar sin que se lo ordenara Liane Delorme.
—Pero resulta maravilloso —murmuró la mujer, pensativa.
Y había algo en su tono que hizo que Lanyard aguzara el oído mentalmente. Esbozó un gesto de interrogación.
—Encontrar tanta comprensión en alguien que es un completo desconocido.
(«¿Completo?», se planteó Lanyard. «Me parece que ya viene...»).
— Monsieur no debe pensar que soy desagradecida.
—¡Ah, mademoiselle ! —protestó él con tristeza—, pero se olvida usted tan fácilmente.
—¿De que ya nos hemos visto antes, cuando le llamo completo desconocido?
—Bueno... sí.
—¡Es porque no me gustaría estar en deuda con monsieur !
—¿Perdón?
—Pagaré comprensión con comprensión. Yo ya he olvidado que visité alguna vez el Château de Montalais. Así que, ¿cómo iba a acordarme de que conocí a monsieur allí bajo el nombre de... pero no me acuerdo.
—¿Bajo el nombre de Duchemin?
—¡Le juro que nunca supe que existiera ese nombre... antes de verlo impreso hoy!
—¿Impreso?
—¿Acaso monsieur no lee los periódicos?
—No todos, mademoiselle .
—Salió en Le Matin de hoy, ese peculiar nombre, Duchemin, en un despacho desde Millau que afirmaba que un individuo con ese nombre, un invitado del Château de Montalais, había desaparecido sin despedirse formalmente de sus anfitriones.
—¿De lo cual se deduce que se llevó alguna otra cosa?
—Nada menos que la mundialmente famosa colección de joyas Anstruther, propiedad de madame de Montalais, de soltera Anstruther.
—Pero resulta que acabo de llegar del Château de Montalais y estoy en posición de asegurarle a mademoiselle que ese pobre diablo, Duchemin, es acusado injustamente.
—¡Oh, ho, ho!
Volvió a oír aquella sonora carcajada de burla que tan impropia le había parecido de una gran dama cuando la escuchó por primera vez, en aquella noche de la que ya casi había pasado un mes.
—¿No me cree, mademoiselle ?
—Creo que monsieur debe de ser un buen amigo de este monsieur Duchemin.
—Confieso que abrigo una secreta debilidad por su recuerdo.
—No puede considerarse usted un juez imparcial...
—No obstante, es cierto que él no robó las joyas.
—Entonces, dígame quién se las llevó.
—Por desgracia para Duchemin, eso sigue siendo un misterio.
—Más bien, diría yo, afortunadamente para él.
—Cometería usted una injusticia con él, entonces.
—Pero ¿por qué huyó, de ser inocente?
—Me imagino que porque sabía que le acusarían a él a buen seguro, en cuyo caso resucitaría la historia antigua para demostrar su culpabilidad sin resquicio de duda a ojos de cualquier tribunal en su sano juicio.
—¿Debe uno deducir que tenía un historial?
—He oído insinuar que así era.
—Pero sigo sin tenerlo claro. Es de suponer que el robo no se descubrió hasta después de su desaparición. Sin embargo, según su argumento, debía de tener conocimiento de ello de antemano. ¿Cómo explica eso?
— Mademoiselle haría un excelente papel de juge d'instruction .
—Eso no responde a mi razonamiento.
—¿Cómo se supone que hay que responder a eso? ¿Quién sabe de qué manera descubrió Duchemin el robo antes que las señoras del château ?
—¿Sabe lo que me hace pensar? Que no era tan inocente como usted afirma.
—¿Se explicará mademoiselle ?
—Tengo la sospecha de que este monsieur Duchemin tenía toda la intención de ser el culpable; pero a la hora de llevarla a cabo, descubrió que se le habían adelantado.
— Mademoiselle es demasiado lista para mí. Ahora bien, a mí jamás se me habría ocurrido algo así.
—Habría sido más sensato quedarse y capear el temporal. El mero hecho de su huida es una confesión de culpa.
—A lo mejor no se le ocurrió hasta que fue demasiado tarde.
—Y ahora no hay nada que pueda exculparle. ¡Qué triste para él! Un encuentro fortuito con alguien que no sea amigo suyo, una palabra susurrada a la Préfecture , o al agent de police más cercano, y en menos de una hora se ve metido en la Santé.
—¡Pobre diablo! —exclamó Lanyard, negando con la cabeza pesarosamente.
—Yo también me compadezco de él —declaró la mujer—. Monsieur : la fe que tiene usted en Duchemin me ha convencido, en contra de mis prejuicios. Estoy persuadida de que es inocente.
—¡Qué buena es usted!
—Eso me alegra de haber olvidado tan bien haberle conocido alguna vez. No creo que le reconociera si me lo encontrara aquí, en este mismo restaurante, aunque estuviera sentado a mi lado.
—Ahora es mademoiselle quien tiene un corazón enorme y compasivo.
—Puede usted creerlo a pies juntillas.
—¿Y el olvido de mademoiselle se remonta, tal vez, aún más atrás en un pasado tan lejano?
—Pero, monsieur , si yo no era más que una chiquilla cuando llegué por primera vez a París, antes de la guerra.
¿Cómo podría alguien esperar razonablemente que mis recuerdos de aquellos inocentes días de juventud fueran precisos?
Tenga en cuenta que, incluso entonces, conocía a cientos de personas, como es propio de una jovencita que estudia para el teatro.
¿Acaso es probable que un rostro destaque en mi memoria por encima de otro?
—De lo más probable, si me pregunta —respondió Lanyard con sequedad—, de lo más probable, si es que alguna circunstancia relacionada con ese rostro fuera en absoluto digna de recuerdo.
—Pero le aseguro que, en aquellos días, yo estaba demasiado absorta en mí misma como para prestar mucha atención a los demás. Así son las cosas, ya sabe, en la época de juventud.
— Mademoiselle es injusta con su memoria —insistió Lanyard con cortés asombro—. En ciertos aspectos es portentosa.
La mujer apartó bruscamente la mirada, de forma que él no pudiera verle la cara; pero él se dio cuenta, con un asombro que no hizo ademán de ocultar, de que su cuerpo temblaba a causa de alguna emoción inconfesable.
Y cuando ella volvió a encararse con su inalterable mirada de grave desconcierto, él descubrió que era verdaderamente capaz de llorar.
— Monsieur —jadeó ella—, créalo o no, jamás me había encontrado antes con nadie con quien estuviera tan completamente en rapport . ¡Y de forma tan instantánea! ¡Esto no tiene precio! Tenemos que vernos más.
—Mucho más —convino Lanyard con gravedad.