XIV - DIAMANTE CORTA DIAMANTE #2
Fingió sentirse abrumada; su cuerpo ágil, estrechado entre los brazos de él, esbozó un fugaz arrebato de tristeza, lánguidamente melancólico, que iba muy en consonancia con el ritmo embriagador al que se balanceaban y hacían posturas.
Le apretó la mano de forma compulsiva. Por un instante pareció a punto de convertirse en un peso muerto entre sus brazos, pero siempre para recuperarse justo a punto de desfallecer, sostenida por la acerada elasticidad de su cuerpo ágil y esbelto.
¡Imposible saber qué parte era fingimiento y qué parte impulsiva confesión de verdaderos sentimientos!
Perplejo, turbado, Lanyard bajó la mirada hacia aquel rostro intensamente ruborizado que, con los ojos medio velados y los labios entreabiertos, parecía delatar tanto y que, sin embargo, a su siguiente mirada resultaba del todo inescrutable y provocador.
Consciente de que con semejantes mujeres la vanidad del hombre le lleva por muy mal camino, y consciente de que ella estaba igualmente al tanto de esta debilidad masculina, se preguntaba, temeroso siquiera de adivinar, diciéndose a sí mismo que sería un necio si se lo creyera, un estúpido si lo negara. ..
Entonces, de pronto, vio que ella levantaba las pestañas para dejar al descubierto unos ojos a la vez risueños y admonitorios; su boca anhelante murmuró una aguda y desentonada advertencia.
—Sígueme la corriente, Paul... ¡síguemela! Bailamos demasiado bien juntos para que no nos miren; y, si no me equivoco, alguien que te interesa acaba de entrar. No: no mires todavía, solo recuerda que estamos locamente enamorados, tú y yo... y que nos importa un bledo quién lo vea.
Azuzado por sus palabras y embargado por un espíritu de emulación, Lanyard logró la apariencia adecuada para corresponder a la pasión, fingida o real, con la que la mujer infundía al coqueto patrón de sus pasos.
Entre unos labios que apenas se movían y que debían resultar indetectables, preguntó:
—¿Quién?
Del mismo modo, pero con un tono cargado de una emoción indescifrable aunque intensa, llegó la respuesta:
—¡No hables! Esto es demasiado divino... ¡Limítate a bailar!
Obedeció, desterrando de su mente de forma deliberada la advertencia que ella le había dado, y se dejó llevar, en cuerpo y alma; de tal modo que, mecidos por los sensuales compases del más sensual de los bailes, la joven y el hombre por un instante parecieron ser uno con la música que palpitaba de amor y anhelo, de deseo y negación, de persecución y retirada, de entrega y conquista. ..
Cesó en una frase sonora. Un revuelo de aplausos recorrió las mesas.
Lanyard se sobrepuso a una sensación de aturdimiento que vio reflejada en los ojos que se abrían de la mujer al deslizarse fuera de sus brazos.
En un instante volvieron a ser ellos mismos, dos criaturas del todo dueñas de sí mismas, hechas a las costumbres del mundo, que con soberbia despreocupación le restaban importancia a su triunfo público en una interpretación poco frecuente y harto difícil.
Camino a su mesa, fueron interceptados por una mujer que, acompañada de dos caballeros, había permanecido cerca de la puerta del restaurante desde el momento en que entró, al parecer hechizada por la admiración.
A través del creciente murmullo de las voces, su voz se abrió paso con claridad, aunque sin resultar en absoluto desagradable.
—¡Athénaïs! Soy yo... Liane.
Curtido como estaba en las costumbres de una época que considera que sus mujeres no van arregladas si no van medio desnudas, y con la sensibilidad aún más encallecida por una noche dedicada a los restaurantes cuya entrada, para las mujeres, parecía estar condicionada a, por lo menos, la semidesnudez, Lanyard, sin embargo, se inclinó a pensar que nunca había visto, a este lado de las candilejas, un vestido tan atrevido como el que revelaba la admirable figura de la dama que se hacía llamar Liane.
Había tan poca tela en él que, pensó, su precio debía de haber sido exorbitante.
Pero en vano la escasez de los paños: el cuerpo blanco se erguía espléndido sobre sus ineficaces envoltorios solo para ser sepultado por una increíble incrustación de joyas; tan solo aquí y allá asomaban pequeñas franjas de piel desnuda que lograban hacerse visibles.
Al oír su nombre, Athénaïs se dio la vuelta con un sobresalto de sorpresa perfectamente fingido que pronto transformó en un gritito de alegría.
Aquel pilar viviente de marfil, satén y piedras preciosas se abalanzó sobre sus brazos, la abrazó con ardor y le besó ambas mejillas; luego, soltándola, se volvió a medias hacia Lanyard.
Unos destellos de frívola malicia parpadearon tras el abierto interés de unos ojos violetas redondos e inquietantes. Lanyard supo que le habían reconocido.
¡De modo que había sacrificado su hermosa barba para nada!
Soltó un «¡Maldición!» para sus adentros, pero muy sentido, y se inclinó profundamente mientras la mujer, dando golpecitos en el brazo a Athénaïs con un abanico cuajado de diamantes, exigía:
—¡Preséntame ahora mismo, querida, a este caballero que baila el tango como no lo he visto bailar jamás!
Adelantándose a Athénaïs, Lanyard respondió con una mueca burlona:
—¿Acaso tiene uno la desgracia de haber sido olvidado por madame la comtesse de Lorgnes?
Con cualquier otra mujer que no fuera Athénaïs Reneaux habría dudado en lanzar un ataque tan osado; pero su confianza en la presteza de la joven y en su inquebrantable dominio de sí misma era absoluta y estaba bien fundada.
Pues recibió esta notificación abierta del éxito de su búsqueda sin dar la menor señal, salvo una mirada de creciente perplejidad.
— Madame la comtesse ... —murmuró con una entonación ascendente.
—Pero monsieur se equivoca —balbuceó la otra, mordiéndose el labio.
—¡No es posible que uno haya sido tan estúpido! —se disculpó Lanyard.
—Pero si es mademoiselle Delorme —dijo Athénaïs... — Monsieur Paul Martin.
¡Liane Delorme! Aquellas sílabas fueron como un conjuro pronunciado para romper el oscuro encantamiento que había entorpecido la memoria de Lanyard desde que vio a aquella mujer por primera vez en el Café de l'Univers de Nant.
Una gran luz empezó a inundar su entendimiento, pero no tuvo tiempo de aprovechar su iluminación de inmediato: Liane Delorme fue rápida en parar y ripostar.
—Qué curioso que monsieur crea haberme conocido por el nombre de.
.. ¿Cuál era? ¡Pero no importa! Porque ahora que le miro más de cerca, yo misma no puedo librarme de la impresión de que he conocido a monsieur .
.. ¿Martin, ha dicho usted?... en algún lugar, alguna vez.
.. ¿Pero Paul Martin? A menos que monsieur tenga más de un nombre.
—Entonces parece que mademoiselle y yo nos equivocamos. Yo salgo perdiendo.
Neutralizada esa amenaza, Lanyard empezó a respirar más tranquilo.
—Aún estamos a tiempo de reparar esa pérdida, monsieur .
—Liane Delorme se reía entre dientes al apreciar su presteza, complacida con él incluso en el momento de su propio desconcierto; sus ojos le guiñaban alegremente por encima del abanico con el que ocultaba su rostro alterado—.
A buen seguro, dos personas tan apenadas por no haberse conocido nunca no deberían perder tiempo en estrechar lazos.
Querida Athénaïs: pídenos que nos sentemos a tu mesa.
Mientras el camarero traía más sillas, la mujer presentó a sus acompañantes: los señores Benouville y Le Brun, dos jóvenes tan extravagantes como insignificantes, exquisitamente acicalados y presuntamente adinerados, que hacían los esfuerzos más valerosos por fingir que no se daban cuenta de que el hecho de que se les viera con Liane Delorme les otorgaba un cachet irreprochable.
Lanyard reparó, sin embargo, en que ninguno de los dos se atrevía a darse aires de propietario; mientras que la actitud de Liane hacia ellos era, por lo general, indulgente, aunque en ocasiones condescendiente y a veces impaciente.
La espuma del champán rebosó en copas nuevas.
En cuanto la orquesta empezó a tocar otra pieza, Athénaïs se alejó flotando en brazos de monsieur Le Brun.
Liane recorrió la sala con la mirada, respondió al saludo de varios amigos, hizo alegres señas a un par de mercenarios que estaban al otro lado de la pista de baile, y dio órdenes tajantes a Benouville.
—Ve, Chu-chu, y pídele a Angèle que baile contigo. La han dejado que se aburra mientras Victor baila con Constance. Además, deseo afligir a monsieur Martin con mis confidencias.
Con la mayor de las docilidades, Benouville se esfumó.
— Eh, bien, monsieur Duchemin!
— Eh, bien, madame la comtesse ? —Liane dio un sorbito a su champán, poniendo ojitos descarados a Lanyard por encima del borde de su copa.
—Por lo que parece, al final ha logrado usted arrancarse de la encantadora compañía del Château de Montalais.
—Ya lo ve.
—Menuda visita más larga hizo usted en el château , mi viejo amigo.
— Madame la comtesse está bien informada —replicó Lanyard, flemático.
—Una se entera de lo que se entera.
—Uno tuvo la desgracia de vérselas con un asesino —se tomó la molestia de explicar Lanyard.
—¡Un asesino!
—El mismo apache que atacó... junto con otros... al grupo de Montalais en Montpellier-le-Vieux.
—¿Y resultó usted herido?
Lanyard asintió. La dama puso cara de horror y profirió los ruidos pertinentes.
—Como usted sabe —añadió Lanyard.
Liane Delorme fingió no oír eso último.
—Y las señoras del château —preguntó ella—... se mostraron compasivas, de eso estoy segura, ¿no es así?
—Fueron de lo más amables.
—No fue grave esa herida... ¿verdad?
— Mademoiselle puede juzgarlo cuando sepa que no pude levantarme de la cama durante casi tres semanas.
—¡Pero qué atrocidad! ¿Y ese apache...?
—Sigue en libertad.
—¡Ah, esta policía! —Y la dama hizo un gesto de desprecio que en absoluto resultaba propio de una dama—. Aun así, se ha recuperado usted muy bien, por la forma en que baila.
—Uno no se puede quejar.