Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XIV - DIAMANTE CORTA DIAMANTE
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XIV - DIAMANTE CORTA DIAMANTE

Lanyard y Athénaïs Reneaux se habían entretenido con la cena, el café y los cigarrillos con tanta deliberación tácita que, para cuando Lanyard sugirió que podían marcharse, ya era demasiado tarde para ir al teatro, pero aún un poco pronto para empezar la ronda prevista de restaurantes abiertos toda la noche.

Además, hacía demasiado calor para ir a un music-hall .

Así que mataron otra hora en Les Ambassadeurs, donde tuvieron la suerte de conseguir buenos asientos y el espectáculo no exigía demasiada atención; y donde, además, el público, aunque variopinto, iba lo bastante bien vestido y tenía los modales suficientes para infundir a una dama hermosa y a su acompañante la agradable sensación de que los dejaban muy a sus anchas en una entretenida muestra de una civilización cínica y pagada de sí misma.

Pero eso fue así en todas partes aquella noche; y, en cierto modo, fueron a todas partes.

En ninguna ciudad del mundo se inculca tan asiduamente con el ejemplo la doctrina de «haz lo que te plazca pero métete en tus asuntos» como en París, especialmente en sus horas de esparcimiento.

Lanyard no llevaba tanto tiempo exiliado como para haber olvidado por completo por dónde moverse, y con lo que había de nuevo desde su época mademoiselle Reneaux estaba perfectamente familiarizada.

Y si él se sentía más bien como un fantasma que vuelve a visitar los destellos de una luna olvidada, si todas las odaliscas eran nuevas a sus ojos y todos los sultanes le resultaban extraños, si ni un solo ojo que escudriñaba su rostro se volvía para una segunda mirada en una incierta reminiscencia, tenía como consuelo la compañía de una joven a la que todo el mundo parecía conocer, admirar y apreciar.

En ninguno de los locales que visitaron dejó ella de saludar o de ser aclamada por un puñado de conocidos.

Sin embargo, los dejaban generosamente en paz.

Por ese lado, Lanyard no podía quejarse.

Lo cierto era que, a pesar del oscuro hilo de sobrios propósitos que hilvanaba aquellas horas un tanto licenciosas, se estaba divirtiendo de lo lindo.

No por aquel triste trajín de ir corriendo de un local de dudosa reputación a otro; no por ningún temerario afán de rejuvenecimiento que se pudiera destilar de la costumbre de comprar champán en cada parada (y dejar cada botella apenas probada); no por aquellos cuadros cambiantes y llenos de color, siempre muy parecidos en su composición aunque situados en escenarios distintos, de mujeres ligeras de ropa sentadas con hombres concupiscentes y tragando venenos fríos en cantidades calculadas para espolearlos al frenesí de bailes casi orgiásticos: por nada de esto, sino simplemente por la compañía de una mujer de un tipo tal vez no único pero sí novedoso en su experiencia y fascinante para su intelecto.

Si había alguien o algo que una chica de su edad (Athénaïs andaba por los veinticinco) no debiera conocer, ella lo conocía, a él, a ella o a ello; si había algún sitio al que no debiera ir, ella iba o ya había estado allí; si había algo que no debiera hacer, decir, pensar o tolerar, esas cosas ella (dentro de unos límites) las hacía, las decía, las pensaba y las aceptaba o las pasaba por alto como hechos consumados y sin importancia.

Y, aunque observaba escrupulosamente ciertos límites que ella misma se imponía, nunca lo hacía evidente; simplemente evitaba lo que optaba por considerar de mal gusto con una destreza y un tacto que habrían resultado admirables en una mujer del gran mundo que le doblara la edad.

Y con todo ello conservaba una especie de efervescencia achampañada de espíritu juvenil y una camaradería desenfadada incomprensible si se tenían en cuenta las decepcionantes circunstancias de su vida, su vocación de espía a sueldo del gobierno, a quien se confiaban secretos de los que era digna, abocada a días de aventuras siempre peligrosos, por lo general sórdidos, y con visos de resultar fatales en cualquier momento.

Joven, hermosa, admirablemente equilibrada, culta e inteligente, por derecho debería haber estado volcada en el amor de algún hombre de su misma valía en todos esos atributos.

Pero no lo estaba; o eso decía ella en uno de esos momentos de gravedad que servían para poner aún más de relieve el tono despreocupado de su charla con Lanyard; manifestando una absoluta disposición a quedarse a un lado y jugar a ser la espectadora pensativa, divertida y complaciente en la mascarada del amor bailada por un mundo loco por él, que se aferraba al amor con avidez incluso en sus formas y disfraces más vulgares.

—Si llega —suspiraba ella—, me encontrará aguardando, y no de mala gana. Pero tendrá que venir bajo otra apariencia que no sean las que conozco.

—Querida mía —le dijo Lanyard—, no temas: siempre lo hace.

Se hacía llamar Athénaïs Reneaux, pero con Lanyard no fingió que no tuviera mejor derecho a usar otro nombre.

Su francés era de lo más puro, una delicia para los oídos, y, sin embargo, era, en el fondo, menos francesa que inglesa.

Sus antepasados paternos hasta la tercera generación habían vivido en Inglaterra y se habían casado con inglesas, según decía; y de ella misma, poco más que eso, nada; tal vez sintiendo cierta satisfacción al dejar campos tan amplios de conjeturas abiertos al interés que una personalidad enigmática nunca dejaba de despertar.

—Pero creo que tú eres tanto un misterio como el que pretendes ver en mí. Resulta bastante agradable, ¿no te parece? Al menos, nos da un interés mutuo al margen de los sentimientos. Algún día, tal vez, cada uno sepa Todo del otro.

—¡Dios no lo quiera!

—¿Tanto miedo tienes entonces de enterarte de mis secretillos de muchacha? No me lo creo. No creo que te importara en absoluto escuchar...

—¡Athénaïs! —protestó Lanyard con voz hueca.

— Non, mon ami . —Ella lo evaluó con sagacidad, con los ojos entornados y sonrientes—.

Coqueteas con demasiada perfección, ¿sabes?

No se puede hacer con semejante maestría cuando el corazón está verdaderamente implicado.

De no ser por una cosa... y ojalá fueras un poco más trágico con tus decepciones de esta noche; pues aún no me has hecho ni una sola pregunta sobre nadie a quien hayamos visto. ..

—No: hasta ahora no hemos sacado nada en claro en ninguna parte —se lamentó él, pues pasaban de las tres de la madrugada.

—Muy bien. De no ser por esto y aquello, estaría tentada de pensar que vas tras la pista de alguna mujer hermosa pero infiel. Pero te lo tomas todo con demasiada resignación; hay un brillo de satisfacción en el fondo de tus ojos...

—Me lo estoy pasando bien.

—Es un detalle por tu parte que me lo digas. Pero ese no es el motivo de tu autocomplacencia.

—Mira —la interrumpió Lanyard, incorporándose y haciendo señas al camarero para pedir la cuenta—: si te dejo seguir por donde vas, acabarás diciéndome algo que has descubierto sobre mí y que no quiero oír.

—Oh, muy bien —suspiró ella—. Te aseguro que no deseo ponerte en un aprieto. Pero te diré esto: los hombres de tu incierta edad no van por ahí con unos ojos tan satisfechos a menos que estén prósperamente enamorados.

—¡Oh, vamos! —gruñó Lanyard, haciendo ademán de levantarse—. Sabes demasiado. —Esperó un momento, y luego, al ver que ella no hacía otra cosa que quedarse sentada mirándole con malicia, añadió—: ¿Nos vamos?

—¿Adónde ahora? —inquirió ella sin inmutarse.

Él hizo un gesto de disgusto.

—A Maxim's, supongo. A menos que puedas sugerir otro sitio con más posibilidades y que sea menos aburrido.

—No —respondió ella tras pensárselo—; no se me ocurre ninguno. Hemos recorrido París de cabo a rabo esta noche; todo menos los sitios para turistas.

—No vale la pena perder el tiempo en ellos.

—Entonces quedémonos aquí hasta que sea la hora de ordeñar las vacas.

—¿Pré-Catelan? Pero nos queda Maxim's...

—Otro espectáculo para turistas hoy en día. Y espantosamente ruidoso.

—Suena al tipo de gente que busco. Vamos.

Ella negó enérgicamente con la cabeza.

—¡No iré! —Él alzó las cejas en muda interrogación—.

Porque no me da la gana —explicó ella con franqueza infantil—.

Estoy harta de que me lleven a rastras de un lado para otro y me atiborren de bebida.

¿Te das cuenta de que me he bebido la friolera de dos copas y media de champán esta noche, de las innumerables botellas que has pedido?

Pues sí, y ya están haciendo de las suyas: siento que el espíritu de la independencia aflora en mi interior.

¡Me amotino y te desafío! —Una carcajada recompensó la mirada instintiva con la que él intentaba juzgar hasta qué punto estaba justificado que la tomara en serio—.

Y no solo eso, sino que me tienes abandonada.

Quiero bailar, y no me lo has pedido en toda una media hora; y eres un bailarín divino.

.. ¡y yo también! —Retiró su extremo de la mesa de la pared y se levantó—. Si monsieur es tan amable.

A uno le resultaba difícil ofenderse ante tan encantadora impertinencia.

Lanyard puso cara de resignación fingida, lanzó un suspiro heroico y la siguió a través de la amalgama de mesas hasta la pista de baile.

Una mirada desconcertante le recompensó mientras se enfrascaban en los primeros pasos de un tango.

—¿Sabes que eres un hombre peligroso, monsieur Paul Martin?

—¡Oh, mademoiselle !

—Semejante entereza, semejante paciencia.

.. cuando merecería que me abofetearan..

. me encanta, me desarma, me hace recordar que soy una mujer, condenada siempre a ceder.

Renuncio a mi pregonada independencia, monsieur , me someto.

Que sea como usted desee: a Maxim's... después de este baile.

¿Sabe?, es la última música de verdad buena que tendremos para bailar.

.. nuestro último baile juntos, tal vez. .. ¿quién sabe?... ¡para siempre!