Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XIII - ATHÉNAÏS #2
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XIII - ATHÉNAÏS #2

—Lo hice... al principio.

—¿Y después...?

—Decepcionado.

—¿Y vas a obedecer a ese requerimiento de tratarme como a la hermana de alguien?

—¡Jamás en mi vida!

—¿Cómo entonces?

—Como a la mujer de cualquiera. —La perplejidad frunció el ceño en sus cejas delicadamente delineadas.

—¡Paul! ¡No podrías hablar francés tan bien y ser inglés!

—Te aseguro, Athénaïs, que soy... mentalmente... oriundo de Francia.

Ella soltó un suspiro de deleite.

—¡Qué perspectiva tan divertida! Y este es el tipo de hombre a cuyas órdenes se me exige que me ponga.

—No se le exige, Athénaïs, se le solicita... ¡se le ruega, se le implora!

—Eso me gusta más. Y —inquirió ella con remilgo— ¿podría uno saber cuáles son las órdenes de monsieur ?

—Lo primero: seguirás coqueteando conmigo como hasta ahora... de forma escandalosa.

—¿Incluso cuando me lo pones tan difícil?

—Y luego, desperdiciar una velada en mi compañía.

—¿Tiene que ser desperdiciada?

—Eso dependerá de cómo surjan las cosas.

—¿Y qué hacemos con esta velada de tan dudoso valor?

—Terminamos de cenar aquí sin prisa; fumamos y charlamos un rato en el salón, si te apetece, o si no se nos ocurre nada mejor, vamos a una obra de teatro; y después me cogerás de la mano, si te parece bien, mademoiselle ...

—Con la actitud maternal propia de los encantos maduros, ¿supongo?

—Exactamente.

—¿Y luego qué?

—Luego —teniendo siempre presente que mi interés por tales cosas es meramente académico—, me llevarás de aquí para allá, a tu antojo, y me mostrarás cómo se divierte París en estos días de su decadencia nocturna.

Fingirás como es debido beber mucho más champán del que te conviene y estar pasándotelo como pocas veces antes.

Si muestro interés por personas que por casualidad pueda ver, tendrás la bondad de decirme quiénes son y.

.. otros pormenores concernientes a su forma de vida.

—Si los conozco.

—Pero estoy seguro de que conoces a todo el que merece la pena conocer en París, Athénaïs.

—Entonces... si estoy en lo cierto al dar por sentado que buscas a alguien en particular...

—Tiene usted razón, mademoiselle .

—Corro el riesgo de perderme una velada entretenida.

—No necesariamente. Además, hay muchas veladas. ¿Acaso no está usted a mis órdenes mientras dure mi estancia en París?

—Es cierto. Así que tendré que arriesgarme a formular mi peligrosa pregunta... Supongo que una no puede evitar hacer honor a las tradiciones de su sexo.

—¿A la curiosidad, quieres decir? ¿Pero qué otra cosa es cualquier criatura pensante, hombre o mujer? ¿Qué son los hombres de ciencia? ¿Qué...?

—Pero fue Eva quien primero...

—¡Ah! Desempolvando viejos escándalos, ¿eh?

Pero apostaría algo a que en realidad fue Adán quien —movido por un interés puramente científico en el asunto— azuzó a Eva a probar un bocado de manzana, aduciendo que el menú doméstico adolecía de falta de variedad, y diciéndose a sí mismo que si ella se moría por ello, solo le costaría otra costilla reemplazarla, lo cual salía barato.

—Paul: eres demasiado galante. Espera a que intente averiguar algo sobre ti, directa o indirectamente, y a ver qué tienes que decir entonces sobre la curiosidad de las mujeres.

—Pero a mí no me importaría, me resultaría harto halagador. Así que indaga.

—Lo haré. ¿A quién buscas en París después de medianoche?

—A cualquiera de entre varias personas.

—Tal vez los conozca. Sería más rápido si me dieras sus nombres.

—Ahora es usted quien me pide que corra el riesgo de perderme una velada agradable. Pero sea. ¿ Le comte de Lorgnes?

Mademoiselle Reneaux puso cara de no saber de qué le hablaban.

—¿ Madame la comtesse de Lorgnes?

La joven negó con la cabeza.

—Ambos son de una clase que a buen seguro destacaría en lugares como Maxim's —explicó Lanyard—. Los nombres, pues, son probablemente falsos.

—Si pudieras describirlos, tal vez...

—Inútil, me temo; ninguno de los dos es un tipo fuera de lo común.

Cualquier retrato hablado de cualquiera de los dos probablemente encajaría con cualquiera de entre una veintena de personas de la misma vida.

¿Conoce usted entonces a un hombre llamado Phinuit.

.. de nombre de pila desconocido... estadounidense?

—No.

—¿El señor Whitaker Monk, de Nueva York?

—¿El millonario?

—Es muy posible.

—Creo que hizo su fortuna con la munición —reflexionó la muchacha—, o quizás fue con el petróleo.

—¿Entonces sí lo conoces?

—Coincidí con él una noche, o más bien una madrugada hace varias semanas, con un grupo muy animado que se unió al nuestro para desayunar en el Pré-Catelan .

—¿Y todavía vamos en coche hasta el Pré-Catelan a ordeñar las vacas después de una noche de aventuras, mademoiselle ? —Ella asintió; y Lanyard suspiró—: Así que es verdad: el hombre envejece, sus locuras nunca.

—Un tipo bastante peculiar y estúpido —reflexionó la joven.

—¿Perdón, mademoiselle ?

—Estaba pensando en Whitaker Monk.

—Peculiar, te lo concedo. Pero difícilmente estúpido, ni mucho menos de poca estatura. Un hombre alto, delgado como un régimen, con un rostro semejante a una máscara cómica de tragedia...

—Paul, querido —dijo Athénaïs Reneaux más apenada que enfadada—: alguien se ha estado aprovechando de tu naturaleza confiada. Whitaker Monk es bajito, irremediablemente corpulento, y la persona más vulgar y corriente que puedas imaginar.

—Parece entonces —comentó Lanyard con abatimiento— que uno hizo bien en telegrafiar a Londres para pedir un cuidador. Vámonos de aquí, si no te importa, e intentemos olvidar mi vergüenza ahogándola en bebidas fuertes y en los bailes indecorosos de una generación impenitente.