Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) XIII - ATHÉNAÏS
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XIII - ATHÉNAÏS

En Londres, hacia el mediodía de aquella jornada, un caballero en quien Lanyard solía pensar bajo el nombre de Wertheimer, descifraba un mensaje en clave cuyo desdén por la habitual concisión telegráfica era del todo característico del remitente, e incluso una mejor garantía de su bona fides que las iniciales añadidas a modo de firma.

Con algunas correcciones en materia de puntuación, decía así:

«Querido viejo amigo: —Sírvase avisar a la Préfecture de Police sin revelar su fuente de información de que el hombre no identificado hallado asesinado en el rapide que llegó a la Gare de Lyon a las ocho y media de esta mañana, se alojó ayer en el Hôtel Terminus, Lyon, bajo el nombre de conde de Lorgnes.

Durante toda la tarde anterior a tomar el tren fue seguido de cerca por dos apaches, uno de los cuales, haciéndose pasar por Albert Dupont —probablemente un alias reciente y pasajero— compró billete hasta París ocupando litera en el mismo vagón que Lorgnes, pero se apeó en Laroche a las seis y cuarto, sin que se descubriera el asesinato hasta la llegada a París.

[Se omite aquí un bosquejo admirablemente sucinto del físico de Dupont].

A cambio del regalo de esta oportunidad de dejar a la Préfecture en deuda con usted, le ruego me haga un favor.

Como forastero en París, ansío apasionadamente pasar revista a la Vida Nocturna de la Gran Ciudad, pero soy de natural asustadizo y me da miedo andar solo por ahí después del anochecer.

Solo la compañía de una dama hermosa, culta, bien informada, agradable y de probada discreción puede hacerme sentir plenamente a mis anchas.

Si puede recomendarme una por telégrafo, estipulando que su amabilidad debe empezar a obrar esta misma noche, puede estar seguro de que no dudaré en pedirle más favores a medida que se presente la ocasión.

Presumo que habrá oído que su viejo amigo Duchemin, ahora desaparecido, es sospechoso de saquear las joyas de madame de Montalais, en el Château de Montalais, cerca de Millau.

Él confía en su discreción para preservar el secreto de su inocencia a la espera de nuevos informes.

Paul Martin aquí alojado en el Hotel Chatham. Toodle-oo .

»M. L.».

Un telegrama procedente de Londres y dirigido a M. Paul Martin, Hotel Chatham, París, fue entregado a última hora de la tarde:

«Préfecture avisada. Muchas gracias. Sentidos pesares por el éxito del pobre Duchemin en librarse de la cárcel.

Intranquilo por él mientras siga en libertad.

Comprendo perfectamente que no pueda fiarse de sí mismo a solas en la oscuridad.

Por consiguiente, delego gustosamente la preservación de su virtud mientras esté en París en Mlle.

Athénaïs Reneaux, señorita soltera de encantos maduros a quien le ruego respete como si fuera mi hermana.

Deseándole una velada intelectual de lo más grata. ..

»W.».

Fue necesaria la recepción de un petit-bleu , mientras se vestía para la cena, para curar a Lanyard de un ataque de escalofríos premonitorios provocado por el recuerdo de la terrible verdad: que uno nunca está realmente a salvo al tomarse a la ligera el sentido del humor de un inglés.

«Querido monsieur Martin: —Es usted un encanto por acordarse de su promesa de invitarme a cenar la primera vez que viniera a París.

Ya que lo deja a mi elección, ¿qué le parece el Ritz, a las siete y media?

Por si su memoria para los rostros no es buena —ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos, ¿verdad?

—, llevaré el convencional negro de luto con mi mejor expresión de ingenua; y mi abanico de plumas será de color fuego.

»Suya siempre...

»Athénaïs Reneaux.».

Vaya, eso ya sonaba más a...

Solo que resultaba un tanto deprimente contemplar, como el espejo insistía en obligarle, los defectos de un traje de etiqueta confeccionado en serie, cuyo coste a todas luces exorbitante como lujo de posguerra no bastaba para compensar su absoluta falta de toque personal.

Pues en un frac uno necesita empatía tanto como tela.

Aun así, era una figura pasablemente presentable la que soportaba el examen crítico de Lanyard.

Y una emergencia es una emergencia. Aquella ropa de uso inmediato le resultaba más valiosa que las prendas mejor cortadas a medida que se le hubieran podido confeccionar en un plazo de tiempo razonable.

Pues la noche siguiente podría ser, y Lanyard estaba seguro de que sería, demasiado tarde para lograr lo que esperaba lograr aquella misma noche, y para cuya consecución el traje de etiqueta era indispensable.

Dado que Wertheimer había dado el aviso, el nombre del conde de Lorgnes se publicaría a los cuatro vientos en los periódicos de la mañana, y para la noche los pájaros, de ser listos, ya habrían emprendido el vuelo a todo trapo.

Mientras que aquella noche, cuando aún aquel pobre cuerpo mutilado yacía sin nombre en la Morgue. ..

Mademoiselle Athénaïs Reneaux estuvo a la altura del tono de su nota de la manera más satisfactoria.

Ya desde el principio demostró una excelente discreción al no estar allí esperándole y ansiosa cuando Lanyard entró paseando en el Ritz a la hora en punto de su cita.

Todo lo contrario, llegó con veinticinco minutos de retraso; una circunstancia tan sistemáticamente femenina que despojaba a su encuentro de cualquier atisbo de algo fuera de lo común; bien podrían haber sido unos simples enamorados que se reúnen para cenar lejos de miradas celosas o censoras, y no uno de los agentes parisinos más útiles del Servicio Secreto Británico bajo órdenes de poner sus talentos a disposición de un hombre que para ella no era más que un nombre del montón.

Entró con brío en el salón del Ritz, una joven alta, rubia, verdaderamente muy hermosa y vestida de forma resplandeciente, y situó a monsieur Paul Martin de un solo vistazo, en el instante preciso de su calculado sobresalto de reconocimiento.

Al instante su rostro se iluminó con una sonrisa encantadora —pocas mujeres podían alardear de unos dientes tan blancos y perfectos— y casi antes de que Lanyard pudiera zafarse de su asiento, ella ya se había detenido ante él, tendiéndole la mano.

—¡Paul! —exclamó con voz cantarina—. ¡Cuánto me alegro! Han pasado siglos... ¡Y qué buen aspecto tienes! No creo que hayas cambiado ni un ápice.

El tono de su voz, tan bien calculado, ni tan alto ni tan bajo como para atraer más que una atención pasajera, se ganó la aprobación de Lanyard, quien la manifestó en la presión de sus labios sobre la mano de la joven y en la reverencia, a la vez puntillosa e íntima, que la acompañó.

—Y tú, Athénaïs, siempre exquisita, pero hoy... De veras que nunca te había visto tan favorecida.

—Halagos —comentó ella—. ¡Pero me encantan!

Mientras tanto, su mirada, que parecía tan fija en los ojos de él, pasó revista al resto de personas del salón en un rápido y escrutador vistazo, y volvió a Lanyard con una caída de pestañas, imperceptible para todos menos para él, que indicaba que no había nadie presente que a su juicio pudiera resultar peligroso para su tranquilidad.

—¿Halagos? ¿Hacia ti? ¡Pero si es imposible!

Él le caía en gracia, y ella lo demostró abiertamente. Pero sus labios se limitaron a decir:

—¿Te he hecho esperar una barbaridad, pobre muchacho?

—Que te acuse tu propio apetito, Athénaïs.

—¡Pero si me muero de hambre!

—Entonces, según lo veo yo, nada en la tierra puede impedir que pasemos a cenar.

Lanyard ya había hablado con el maître d'hôtel acerca del menú y la reserva. Mientras ambos se acomodaban en una mesa en un lateral del salón, no de forma llamativa, sino alejados del resto de las mesas ocupadas, y a la vez cómodamente apartados, su melón helado aguardaba a ser servido.

—Siempre eres el más considerado de los hombres —declaró mademoiselle Reneaux—.

Nada de andar liado con la carta, ni de encasquetársela a una diciendo: «¿Ves algo que te guste, querida?

¡A mí me apetece bastante el boeuf-à-la-mode !

». Por eso me encantaría cenar contigo, Paul, aunque no te adorara por ti mismo.

—Uno se da por bien pagado cuando sus modestos esfuerzos son tan bien valorados.

— Blague , amigo mío, pura blague . Sabes que disfrutas de una buena cena encargada por ti mucho más que del aprecio de nadie, incluso del mío.

Los camareros se habían retirado, dejándolos a solas en un oasis momentáneo de aislamiento público.

— Mademoiselle —dijo Lanyard en un tono más formal—, subestima, sin duda, mi capacidad de apreciación. ¿Me permite uno aventurarse a piropear a mademoiselle , que se muestra maravillosa en tantas y tan cautivadoras formas?

—¿Por qué no, monsieur ? ¿Acaso se oyó nunca música más dulce? —La joven rio; y acto seguido su mirada se volvió seria mientras sus facciones conservaban su apariencia de completo divertimento—. ¿ Monsieur recibió un telegrama esta tarde?

—Sí, mademoiselle . ¿Y usted?

—Aquí está... ya que estoy yo aquí. ¿Puedo ver el suyo?

Con un ademán jovial le entregó su telegrama de Londres y tomó el de él a cambio.

La clave ordinaria del S.S.B. era tan fácilmente comprensible para ambos como si los mensajes estuvieran redactados abiertamente en francés o en inglés.

Lanyard leyó:

«Sírvase ponerse a las órdenes, a partir de la cena de esta noche y mientras dure su estancia en París, de Paul Martin, Hôtel Chatham, un lunático pero inofensivo y de gran valor para nosotros.

Al parecer, en la actualidad anda ocupado en algún asunto que escapa a nuestro conocimiento, pero presumiblemente desesperado, de lo contrario no le interesaría.

Le ruego que emplee sus mejores oficios para sacarle de Francia con vida lo antes posible. ».

La joven se reía al devolverle a Lanyard su telegrama y recibir el suyo.

—¡«Encantos maduros»! —puso mala cara—. ¡«Una velada intelectual de lo más grata»! ¡Oh, qué deprimente! Pobre Paul, debes de haberte sentido descorazonado.