XII - VIAJES CON UN ASESINO #2
De nuevo, aquí la fortuna favoreció al sabueso voluntario.
La estación estaba abarrotada, lo cual le permitió mantenerse cerca de su víctima sin llamar la atención.
A mayor abundamiento, Dupont buscaba a alguien con avidez y, por tanto, andaba distraído.
Al cabo de un rato, un hombrecillo desastrado y furtivo, con aspecto de rata, le dio un codazo, y Dupont le siguió hasta un rincón, donde confabularon en voz baja durante un buen rato, mientras Lanyard merodeaba justo fuera de su campo de visión normal.
Una precaución innecesaria: no temían ser observados, pues solo les interesaban sus asuntos privados.
El hombrecillo llevó la voz cantante; Dupont parecía conformarse con un papel de oyente y se mostraba complacido por lo que escuchaba.
Asentía a menudo, y en un par de ocasiones una mueca torva acentuó la fealdad de su boca, una sonrisa espantosa por su salvajismo contenido, capaz de helarle la sangre a uno, que saboreaba cruelmente por anticipado el éxito de algún plan perverso.
No poder oír ni una sola palabra resultaba exasperante a más no poder...
El villano menor sacó algo —un trozo de papel— de un bolsillo del chaleco y se lo tendió a Dupont, quien lo examinó con desagrado, negando con la cabeza repetidas veces ante las recomendaciones del otro.
De pronto zanjó la discusión devolviendo el papel a manos del chacal, gruñó unas palabras de instrucción imperativa, señaló con el pulgar hacia la taquilla y, sin más preámbulos, dio media vuelta y salió de la terminal a grandes zancadas.
Al quedarse solo, el hombrecillo puso los ojos en blanco apelando al cielo. Luego se encogió de hombros con resignación y se dirigió trotando hacia el guichet . Lanyard, ya sin temor a ser reconocido, se puso a su lado y escuchó descaradamente.
Al parecer, con reserva para París en el rapide que salía a la una y doce de la madrugada, a aquel granuja de poca monta se le había asignado una determinada litera en un coche cama.
Procedió a mostrar el billete: que Lanyard identificó como el objeto que había provocado el desacuerdo en la reunión.
Sin embargo, ahora resultaba que un amigo iba a viajar a París en el mismo tren, pero en otro coche cama.
Ambos deseaban sobremanera no estar más separados de lo estrictamente necesario, y que aquella reserva se cambiara por otra en el mismo vagón que su amigo.
Hasta ahí llegó sin interrupción del empleado de la oficina de billetes.
Pero entonces se desató el inevitable y violento altercado francés entre dos seres humanos a ambos lados del guichet .
Después, tan súbitamente como se había levantado, la tormenta amainó, se llegó a un acuerdo amistoso, se efectuó el cambio de reserva y el pequeño canalla, con diez mil agradecimientos y profusas aseveraciones de eterna estima, se marchó con una sonrisa de oreja a oreja.
Lanyard se aseguró la litera rechazada y siguió a sus asuntos, profundamente desconcertado, pero no desanimado.
Más allá de toda sombra de duda razonable, Dupont tramaba alguna nueva fechoría, pero a Lanyard le sorprendería que su naturaleza no saliera a relucir en el tren o, a más tardar, a su llegada a París a la mañana siguiente.
Por el momento estaba harto de la presencia del gordo apache, y se alegraba de creer que no lo volvería a ver durante unas horas; tenía mucho que hacer por su cuenta, nada menos que borrar por completo del conocimiento humano la personalidad de André Duchemin.
Aquel asunto implicaba varias compras, pues viajaba muy ligero de equipaje y había dejado hasta su mochila en el Château de Montalais.
Aun así, no eran más de las siete de la tarde cuando abandonó una habitación que había reservado en un hotel tan ostentoso y concurrido que pasó desapercibido en su flujo y reflujo de vida, como un resto del naufragio insignificante y no tenido en cuenta.
.. y lo abandonó convertido en otro hombre.
La barba puntiaguda de monsieur Duchemin había desaparecido, y un ligero tinte, aplicado con pericia, había atenuado la piel recién expuesta para que coincidiera con el bronceado del resto.
El tosco traje de tweed para caminar había sido sustituido por un modesto y corriente traje de sarga azul, la gorra y las pesadas botas marrones por un sombrero de paja y unos zapatos negros sencillos, la camisa de franela de cuello ancho por una de lino liso con puños almidonados, cuello doble y una elegante corbata de foulard .
¡Con qué facilidad el bucanero de madame de Sévénié se había transformado en la viva imagen de un funcionario del gobierno!
Pero eso no era todo, ni mucho menos. La documentación de André Duchemin era ya un montón de cenizas negras y crujientes en la chimenea de la habitación que Lanyard acababa de abandonar, todo salvo la carta de crédito; y esta última iba dentro de un sobre, que se enviaría a Londres por correo certificado, con una nota adjunta en la que se solicitaba que el saldo impagado se remitiera en billetes de banco franceses a nombre de monsieur Paul Martin, lista de correos, París; siendo Paul Martin el nombre que figuraba en un conjunto de documentos de identidad totalmente nuevos que Lanyard había escondido previsoramente en el forro de su abrigo de tweed antes de partir de Londres.
Si Lanyard deseaba un testimonio mejor que el que le ofrecía el espejo de su dormitorio sobre lo completo que había sido el cambio en su aspecto, lo obtuvo sin buscarlo, y por partida doble en el plazo de una hora.
La primera vez fue cuando, al salir del hotel en busca de la oficina de correos para enviar su carta a Londres, se encontró de buenas a primeras cara a cara con Dupont, que estaba sentado a la mesa de un café cerca de la entrada del hotel y escudriñaba de cerca a todos los que entraban y salían; encubriendo su ocupación con un fingido interés por los chismorreos de su compañero, el hombrecillo con cara de rata de la Gare de Perrache .
Ante aquel encuentro fortuito, Lanyard sintió un momentáneo asomo de duda; tal vez no había sido tan listo como creía al seguir el rastro a Dupont desde Combe-Redonde hasta Lyon.
Pero los ojillos porcinos del individuo lo abarcaron en una sola mirada y lo descartaron por carecer de interés para Albert Dupont: un perfecto desconocido, y encima de poca monta.
Así que siguió su camino con serenidad, y Dupont no volvió a pensar en él.
A su regreso, a Lanyard se le prestó aún menos atención; un error de apreciación que le permitió observar que Dupont estaba de mal humor, hosco y con malas pulgas, tal vez a causa de una decepción de algún tipo, o posiblemente como consecuencia de las generosas libaciones a juzgar por la alta pila de platillos que tenía junto al codo.
En cuanto al villano menor, ya estaba tonto por la bebida.
A uno le habría encantado tener la oportunidad de volver a escuchar a escondidas a aquel par; pero no había ningún sitio libre al alcance de sus oídos.
Además, Lanyard quería cenar. Así que volvió a entrar en el hotel y se dirigió a su restaurante, donde el incansable Largo Brazo de la Coincidencia le cogió de la mano y le condujo hasta una mesa contigua a la que ocupaba en exclusiva monsieur le comte de Lorgnes.
Y este, a su vez, miró a Lanyard de arriba abajo, pero, al no encontrar en él ni la más remota sombra de reminiscencia, devolvió su dividida atención a la sopa y a la puerta del restaurante, que observaba con tanto ahínco y de forma tan impaciente como Dupont, fuera, observaba la entrada principal, y al parecer con tan poca recompensa por sus esfuerzos.
Pero ahora, se dijo Lanyard, uno ya sabía qué había arrastrado a Dupont a Lyon con tanta prisa.
De algún modo le había llegado el aviso, probablemente por telégrafo, de que monsieur le comte estaba allí aguardando para acudir a una cita.
Y si le preguntaban, Lanyard confesaría su firme convicción de que la otra parte de la cita resultaría ser la persona (o personas) que habían perpetrado el robo en el Château de Montalais.
De modo que se acomodó para vigilar a monsieur le comte , prometiéndose una velada interesante.
Pero a medida que pasaba el tiempo se hizo evidente que había habido un contratiempo en alguna parte; de Lorgnes solo era humano, no podía acudir a una cita consigo mismo, y nadie apareció para sacarle del apuro.
Cuando Lanyard le vio por primera vez, estaba inquieto; antes de que le sirvieran la mitad de la cena, ya le estaban fallando los nervios.
Su mirada perturbada buscaba continuamente la puerta, solo para volver, decepcionada, al plato.
No dejaba de consultar el reloj. Perdió el apetito, la mano que demasiadas veces llevaba la copa a los labios le temblaba tanto que las gotas de vino salpicaban el mantel como si fuera sangre; no era capaz siquiera de mantener encendido un cigarrillo y consumió más cerillas que tabaco.
Un copioso sudor le perlaba la frente; el color sonrosado de aquel rostro regordete se apagó con tristeza y las facciones bonachonas se contrajeron y pellizcaron por la angustia.
A las nueve de la noche, el hombre era presa del miedo a lo desconocido, del terror al no saber qué fallo se había producido en los cálculos de sus confrères .
Sus intentos por concentrarse en un periódico vespertino fracasaron estrepitosamente.
Y no por falta de interés en las noticias que publicaba para los ciudadanos de Lyon.
Pues Lanyard tenía un ejemplar del mismo periódico, y sabía que Eva había mantenido lealmente su promesa; un breve despacho desde Millau informaba de la desaparición simultánea de un tal André Duchemin y de las joyas de madame de Montalais, y añadía que la policía ya había puesto manos a la obra en el caso.
Al fin, incapaz de soportar por más tiempo la creciente tensión de su ansiedad y mantener la farsa de estar comiendo, de Lorgnes pidió la cuenta y huyó del restaurante.
Lanyard terminó a toda prisa su propia comida y llegó al foyer del hotel a tiempo de ver cómo de Lorgnes saldaba su cuenta en administración y le oía dar instrucciones a un portero para que tuviera listo su equipaje para el rapide a París de la una y doce de la madrugada.
Entre tanto, a cualquiera que preguntara por monsieur le comte de Lorgnes se le debía indicar que lo buscase en el café.
Hasta allí se dirigió Lanyard cumplidoramente; y desperdició el resto de aquella velada, que había pensado que resultaría tan entretenida, observando cómo Dupont y compañía observaban a de Lorgnes, a quien el interés apenas disimulado de Dupont no significaba claramente nada, pero cuya angustia mental se volvía casi insoportable.
Tampoco le sirvieron de consuelo las cantidades de veeskysoda que consumía el desdichado noble, aunque sin duda él mismo se convencía de que sí.
Para la medianoche ya estaba más que medio borracho y presa de la desesperación absoluta.
Media hora después dio cuenta de su octavo veeskysoda y se abrió paso de forma tambaleante, aunque de lo más digna, de vuelta al vestíbulo del hotel.
Inmediatamente, Dupont y su compañero, ambos visiblemente perjudicados por la bebida, pagaron y salieron del café.
Lanyard volvió a su habitación para recoger una bolsa de viaje recién comprada, y echó a andar hacia la estación, con un pulcro paquete de papel de estraza bajo el brazo.
Por el camino aprovechó para cruzar el Saona por uno de sus numerosos puentes y se detuvo en medio del tramo para meditar sobre el embrujo de la noche.
Cuando reanudó la marcha, el paquete de papel de estraza arrastraba alegremente río abajo los restos mortales de André Duchemin, es decir, su ropa desechada.
En la Gare de Perrache , Lanyard presenció una emotiva escena de despedida entre el hombrecillo y Dupont. Para su sorpresa, descubrió que el primero no viajaba a París aquella noche, al fin y al cabo; solo por Dupont se había tomado tantas molestias para conseguir el cambio de reserva.
Y cuando monsieur le comte de Lorgnes hubo cruzado la puerta de embarque tambaleándose y remolcado por un portero cargado de equipaje; y Dupont se hubo despedido a duras penas de su fiel amigo y se hubo marchado dando tumbos tras el conde; y Lanyard, tras una breve espera, les hubo seguido, pudo comprobar por sí mismo que Dupont se las había ingeniado para que le dieran una litera en el mismo vagón que a de Lorgnes, lo que demostraba que no tenía intención de perder de vista al conde, ni de día ni de noche.
Harto cansado, Lanyard se dirigió a su propio compartimento, en el vagón de delante, y se acostó.
Un día ajetreado, y no del todo improductivo; aunque no se habían cumplido las expectativas en este desenlace poco sonado, se había aprendido mucho; y al día siguiente uno retomaría la persecución y, según creía, aprendería mucho más.
Pero no era de los que duermen bien en los trenes.
A pesar de su extremo agotamiento, se despertaba cada vez que el rapide se detenía.
Estaba despierto en Dijon, a las cuatro de la madrugada, y de nuevo en Laroche, sobre las seis y cuarto.
Allí, al asomarse por la ventanilla para identificar la estación, se sorprendió al ver la ancha espalda y los hombros caídos de Albert Dupont alejándose por las vías. .. ¡abandonando el tren!
No era factible vestirse y perseguirlo, aunque hubiera sido lo más sensato.
Y Lanyard estaba irritado. Le parecía que Dupont no jugaba limpio, tras darle motivos para creer que pretendía llegar hasta París.
¿Y qué diablos pensaba hacer el bruto en Laroche?
¿Acaso seguía tras el conde de Lorgnes? ¡Entonces este último también debía haber huido del tren! O quizás...
Algo siniestro en la inclinación de los hombros de Dupont, mientras se desvanecía, algo indescriptiblemente perverso en su furtivo aunque pesado andar de bestia de presa, le produjo a Lanyard un escalofrío de horror.
Se estremeció y se advirtió a sí mismo de que debía aprender a mantener mejor a raya su imaginación.
Los periódicos de París tenían aquel día una noticia sensacionalista que eclipsaba por completo la noticia sobre el Château de Montalais: en un compartimento que había ocupado solo en el rapide nocturno procedente de Lyon, un hombre había sido encontrado degollado, su ropa hecha jirones e incluso su equipaje cortado en pedazos.
Ya fuera por casualidad o intencionadamente, no se encontró ni la más mínima pista sobre la identidad de la víctima.