XI - AU REVOIR #2
—Observe —continuó él, con un tono ligeramente persuasivo— que será André Duchemin el acusado, madame , no Michael Lanyard, ¡jamás el Lobo Solitario!
En verdad el corazón del hombre es un bosque oscuro, y la vanidad la única luz que nos guía a través de sus laberintos.
Confieso que soy celoso de mi reputación como un ser reformado.
Pero André Duchemin no es más que un nombre, un nom de guerre ; puede cargarle con todos los crímenes del código penal si lo desea, y se lo agradeceré.
Pues cuando digo que desaparecerá esta noche, lo digo de forma bastante literal: en este mundo nunca más se volverá a saber de André Duchemin.
Un temblor de sonrisa asomó a sus labios, y sin embargo ella negó con la cabeza.
— Monsieur olvida que llegué a conocerle bajo el nombre de Duchemin.
—¡Ah, madame ! No haga que le guarde demasiado afecto a ese pobre diablo; pues, nos guste o no, está condenado. Y si madame , en su caridad, tiene intención de seguir conociéndome, debe ser a Michael Lanyard a quien conceda un rincón de su amistad.
La sonrisa de ella se tornó melancólica, con una ternura que él tuvo el recato de no reconocer. Avergonzado e incrédulo, apartó la mirada. Entonces, sin previo aviso, notó que la mano de ella se posaba sobre la suya.
—¡Mucho más que un rincón, monsieur , mucho más que una simple amistad!
Él estrechó su mano entre las dos suyas.
—Entonces sea bondadosa conmigo, madame , sea aún más bondadosa; concédame esta oportunidad de encontrar y devolverle sus joyas.
Es la única manera, este plan mío. Si lo adoptamos, nadie sufrirá, solo un viejo alias que ya no sirve.
Si no lo adoptamos, tal vez no tenga éxito, pues los verdaderos autores de este crimen pueden resultar demasiado cautos para mí; y el final será que mis mejores amigos creerán lo peor de mí; incluso usted, madame , incluso usted no estará segura de que su fe no fue depositada en vano.
—¡Basta! —suplicó la mujer con voz ahogada—. Será como usted desee... si así lo quiere.
Intentó retirar la mano; pero Lanyard la besó antes de soltarla.
E inmediatamente ella se levantó con una excusa murmurada y a medio articular, y salió de la habitación, dejándole a solas para luchar consigo mismo y con lo que había en él que era más fuerte que él mismo: su hambre por el amor de ella.
Para negar obstinadamente la evidencia de sus sentidos y terminar convenciéndose a su pesar de que no era para ella nada más que el objeto de una amabilidad común, como la que dispensaría a cualquiera en similar predicamento.
Porque nunca podría ser más...
Aquellas últimas horas en el château transcurrieron bastante aprisa, invirtiendo la mayor parte de ellas en trazar planes para su «fuga», algo que le exigió un buen rato de comerse la cabeza sobre mapas y guías de ferrocarril en la intimidad de su cuarto.
Puesto que al mediodía siguiente André Duchemin sería ya un criminal en busca y captura, necesitaba echar mano de toda la astucia de la que fuera capaz si pretendía llegar a París sin ser detenido y sin demasiada pérdida de tiempo.
Coger un tren en Millau sería sencillamente buscarse la ruina; pues era el lugar más lógico al que se dirigiría un criminal en fuga, al ser parada de todos los trenes en dirección norte y sur.
Los avisos telegráficos harían que se registrara cada uno de esos trenes con toda seguridad.
Además, Lanyard no albergaba ningún deseo de entrar en París por la ruta directa desde Millau.
No solo la policía, sino otros, enemigos aún más peligrosos, podrían estar aguardándole por esa ruta.
Por otro lado, la estación de tren más cercana, Combe-Redonde, quedaba igualmente descartada, ya que para llegar a ella debía pasar por Nant, donde se conocía a André Duchemin, y correr el riesgo de ser visto.
Al mismo tiempo, en la propia Combe-Redonde, los empleados de la estación seguramente recordarían al monsieur que había causado sensación recientemente al despachar un telegrama en clave a Londres.
No quedaba otro remedio, pues, que recorrer veinte millas a pie en dirección oeste a través de la Causse Larzac durante la noche hasta Tournemire, desde donde uno podía coger trenes en cualquiera de las cuatro direcciones.
La tirantez marcó aquella última cena con Eva de Montalais. Estaban solos. Louise cenaba junto a la cama de madame de Sévénié, quien seguía indispuesta, algo más que el día anterior. La mala salud de esta pobre señora era, en efecto, la excusa que Eva había dado para aplazar su viaje a París.
Su charla se enmarcó en frases forzadas e inconexas.
No se atrevían a conversar con naturalidad, pues ambos temían decir demasiado o quedarse cortos.
Pues el recuerdo de aquella oleada de emoción —por efímera que hubiera sido— en la que había culminado su discusión de aquella tarde se interponía entre ellos como un fantasma de advertencia, con un dedo implacable sellando sus labios y los de él con el signo del silencio.
Pero debían hablar, por el bien de los sirvientes, y lo hicieron de una manera incómoda, organizando planes especiosos para la partida de Lanyard al día siguiente, cuando Eva habría de llevarle en coche a Millau para que cogiera el rapide de la tarde hacia París.
Tampoco mejoró mucho la cosa después de cenar en el salón.
La conciencia del otro y la conciencia de sí mismos, mientras cada uno de ellos pugnaba por dominar las emociones que les inspiraba el pensamiento de su inminente separación, los empujó a ambos a refugiarse en una impersonalidad seca, poco sincera y fría.
Lanyard no le comunicó nada de sus planes, aunque era consciente de que su negativa a hacerlo podía interpretarse mal e infundirle a ella un resentimiento instintivo, aunque posiblemente inconsciente, que complicara aún más la situación.
Lo cierto era que a duras penas podía fiarse de sí mismo para hablar, por miedo a que las meras palabras minaran sus defensas como minúsculos arroyos que socavan la resistencia de un dique hasta que este cede y libera los mares reprimidos y devastadores.
A las nueve y media, poniendo fin a un largo silencio, Lanyard se inclinó hacia delante en la silla, dudó y, para encubrir su vacilación, encendió un cigarrillo.
—Debo marcharme ya —dijo, apagando la cerilla.
Se percató del casi imperceptible respingo de sorpresa de la mujer.
—¿Tan pronto? —susurró.
—La luna sale no mucho después de las diez, y quiero escabullirme sin que me vean los criados ni... nadie que pudiera pasar por aquí por casualidad. Ya me entiende.
Ella asintió. Él se demoró, frunciendo el ceño ante el cigarrillo.
—Con su permiso, le escribiré...
—Por favor.
—Cuando tenga algo de qué informar.
Ella volvió el rostro hacia él, dejándole ver su sonrisa trémula e indulgente.
—¿Tendrá que aguardar a eso?
—Quizás —titubeó—... o al menos, eso espero... no será mucho tiempo.
—Estaré aguardando —le dijo con sencillez—, pendiente de cada correo en busca de noticias suyas. No me preocuparé, solo por usted.
Él se levantó lentamente de la silla, y se quedó de pie, medio ahogado por palabras inefables.
—No sé cómo darle las gracias —logró decir al fin.
—¿Por qué?
—Por todo... la amabilidad, la caridad, la comprensión...
—¿Qué son esas cosas? —inquirió ella con una risilla nerviosa—.
¡Palabras! Simples palabras que usted y yo utilizamos para ocultarnos detrás de ellas, como niños asustadizos.
.. —Se levantó de pronto y le tendió la mano—.
Pero no creo que sirva de nada, amigo mío.
Estoy del todo segura de que ninguno de los dos se engaña.
No: no diga nada más; aún no ha llegado el momento y.
.. ambos podemos aguardar. Solo sepa que le comprendo.
.. Váyase ya —sus dedos se apretaron en torno a los de él—, pero no se ausente más tiempo del imprescindible, ni se deje influir por tradiciones estúpidas, ni por normas falsas y necias cuando piense en mí.
Váyase ya —soltó su mano y se dio la vuelta—, ¡pero, oh, regrese a mí sano y salvo, amor mío!