XI - AU REVOIR
A primera hora de la tarde, Eva de Montalais se las ingenió para que Lanyard pudiera examinar la caja fuerte de su boudoir sin levantar sospechas entre el servicio.
Se pasó casi una hora enredado en la tarea, pero al regresar al salón, amén de la pesada lupa que había requisado para suplir su falta de visión, solo trajo consigo una expresión de contrariedad.
—Nada —le espetó a Eva—. Es evidente que nuestro amigo de anoche es un caballero de costumbres sumamente formales.
.. no se le ocurriría hacer una visita a ninguna hora sin llevar los guantes puestos.
.. He revisado cada pulgada de la caja fuerte, por dentro y por fuera, y también el marco del biombo, pero.
.. nada de nada. Sin embargo, también he estado dándole vueltas a la cabeza y espero que con algún provecho.
La mujer asintió con atención mientras él acercaba la silla y tomaba asiento.
—Ha trazado usted un plan —afirmó ella, más que preguntar.
—Aún no lo llamaría así. Tenemos muy poco a lo que agarrarnos. Pero hay una o dos cosas que parecen bastante obvias y que, por tanto, no debemos pasar por alto. Suponiendo, a efectos del debate, que el señor Whitaker Monk y su grupo tuvieran algo que ver en esto...
—¡Ah! ¿Cree usted eso?
—Admito que soy injusto. Pero, en primer lugar, atentan contra mi sentido de la normalidad al resultar demasiado rematadamente pintorescos, demasiado ricos y brillantes, demasiado listos, elegantes y elocuentes, demasiado.
.. ¡bueno!... teatrales; como personajes sacados del elenco de lo que en el teatro estadounidense se llama un melodrama de ladrones.
Y luego, si sus intenciones eran tan benditamente puras y loables, ¿qué derecho tenían a hacer tantos gestos ambiguos?
—Encauzar la conversación hacia mis joyas, ¿quiere decir?
—Me refiero a cada movimiento que hicieron: todos sospechosamente fluidos, demasiado bien ensayados para dar el pego.
Esa parada para cenar en Nant con la tormenta avecinándose, cuando fácilmente podrían haber llegado a Millau antes de que estallara: ¿qué otro propósito tenía sino montar un «percance» a sus puertas en un momento en que resultaría razonable suplicar el cobijo y la hospitalidad de su techo?
Luego, madame la comtesse de Lorgnes... quienquiera que sea.
.. tiene que mojarse los pies, una excusa excelente para pedir que la lleven a su boudoir , para poder cambiarse de zapatos y medias y, de paso, espiar la ubicación exacta de su caja fuerte.
Y cuando su coche es remolcado al garaje, el señor Phinuit tiene que ir a ayudar, lo que le da la oportunidad de pasearse a sus anchas por la planta baja de la casa y tomar nota de cualquier vía de entrada fácil.
El señor Monk advierte casualmente su parecido con la niñita que, según dice, conoció una vez en el despacho de su padre; algo que usted me asegura no recordar en absoluto.
Y eso la sitúa a usted como la verdadera dueña de las joyas Anstruther, sin lugar a dudas.
Luego... con madame de Lorgnes dirigiendo la conversación mediante señales secretas que yo intercepto.
.. alguien me reconoce como el Lobo Solitario, a pesar de los años transcurridos y de una barba recién crecida; y se le advierte a usted de soslayo que, si por casualidad sus joyas llegaran a desaparecer, es más que probable que el Lobo Solitario resulte ser el culpable.
En cualquier caso, les estarán eternamente agradecidos si usted lo cree así, pues ahorrará muchas molestias a todo el mundo.
Por último: cuando su antiguo chófer... ¿cómo se llama. ..?
—Albert Dupont.
—Un nombre tan insólito en Francia como John Smith en Inglaterra... Cuando Albert Dupont intenta quitarme la vida, como un simple y natural acto de venganza...
—¿De verdad cree que fue eso?
—Reconocí a la bestia cuando me disparó a la cabeza.
Yo le estorbaba aquí, y además me debía una por mi intromisión en Montpellier aquella noche.
.. Cuando Dupont casi me asesina y yo quedo a su cargo durante casi un mes, nuestros amigos con oscuras intenciones sobre sus joyas aguardan a dar el golpe, en un alarde de consideración, hasta que soy capaz de levantarme y andar; y, por consiguiente, estoy en posición de ser acusado de un delito que cualquiera atribuiría al Lobo Solitario.
¡Oh, creo que podemos incluir de pleno al señor Monk y a sus amigos en este golpe!
—De eso estoy segura —dijo Eva de Montalais—. Pero Albert: ¿es uno de ellos, su empleado o su colega?
—¿Dupont? Me imagino que no. Puedo equivocarme, pero creo que va completamente por libre... que es totalmente independiente del grupo de Monk.
—Pero su ataque contra nosotros en Montpellier, y más tarde contra usted aquí, coincidiendo más o menos en el tiempo con la visita de ellos...
—Mera coincidencia, si me pregunta. El peso de las probabilidades juega en contra de cualquier confabulación entre ambas partes.
—Por favor, explíquese...
—Dupont es un apache de París. El lenguaje que empleó conmigo cuando nos peleamos en aquel carruaje en Montpellier era la jerga del escalafón más bajo del hampa parisina, empleada de forma espontánea, bajo la tensión de una gran excitación, y sin intención alguna de despistar.
Esta otra gente eran —si acaso eran otra cosa que pobres e incomprendidos corderitos— delincuentes de guante blanco, la élite del mundo criminal.
Ambas castas nunca colaboran porque no pueden fiarse la una de la otra.
El delincuente de guante blanco trabaja con la cabeza y solo mata cuando se ve acorralado.
El apache mata primero, por instinto, y luego piensa.
.. en la medida de sus posibilidades. El apache sabe que el delincuente de guante blanco puede ser más astuto que él.
Y el delincuente de guante blanco sabe que el apache lo asesinará a la primera insinuación de una sospecha sobre su buena fe.
Así que rara vez, o nunca, se utilizan mutuamente.
—Usted dice «rara vez». Pero ¿acaso en este caso...?
—Creo que no. A Dupont lo contrataron como su chófer, me ha dicho, durante más de un mes.
Tuvo oportunidades de sobra para familiarizarse con las instalaciones y pasar la información, de haber actuado en connivencia con aquellos otros.
Pero sabemos que no lo hizo, o de lo contrario no se habrían dejado ver por aquí para conseguir información que no habrían podido obtener de otro modo.
—Ya veo, monsieur —dijo la mujer—. Entonces usted cree que el ladrón pudo haber sido cualquiera de los del grupo de Monk...
—O varios de ellos actuando de común acuerdo —la interrumpió Lanyard con una sonrisa.
—O Albert.
—Dupont no. A menos que lo subestime gravemente, es incapaz de semejante sutileza.
Es un matón en primer lugar y un ladrón en segundo.
Me habría matado en el acto si hubiera sido él quien me tenía a su merced, ahí abajo, en la oscuridad.
Tampoco habría sido capaz de abrir la caja fuerte sin usar explosivos.
De hecho, esa es la razón, a mi entender, por la que Dupont la atacó en Montpellier.
Si hubiera podido deshacerse de usted allí, habría regresado aquí para trabajar en la caja fuerte y volarla a sus anchas, engatusando a los criados con algún cuento chino o, de resultar demasiado molestos, intimidándolos o matando a uno o dos si fuese necesario.
—¿Pero por qué no ha hecho ningún otro intento...?
—Olvida usted que la policía le ha estado pisando los talones por los alrededores.
Además, me quería quitar de en medio antes de intentar el robo de la casa.
Si hubiera logrado asesinarme aquella noche, no dudo que habría desvalijado el château poco después.
Pero fracasó; se azuzó de nuevo a la policía; y si monsieur Dupont no se halla ahora a salvo de vuelta en París, escondido en alguna madriguera de Montmartre o Belleville, me equivoco mucho con el hombre. .. un tipo que conozco bien.
—Descartando a Albert, entonces...
—Queda la pandilla de Monk.
—¿Está usted convencido de que uno o todos sus miembros cometieron el robo anoche?
—Al menos dos, probablemente; pongamos por caso a Phinuit y a su supuesto hermano, Jules, el chófer, ambos estadounidenses, aventureros, inteligentes y con recursos. Sí; me inclino a creer eso.
—¿Y su plan de campaña se basa en esta conclusión?
—Esa es una palabra muy grande —la sonrisa de Lanyard se tornó tímida, como si rogara un juicio indulgente sobre su falta de inventiva— para una idea tan coja.
Creo que nuestro único camino es dejarles creer que se han salido con la suya en todo y, de ese modo, arrullarlos en el descuido con una falsa sensación de seguridad.
Una arruga asomó en el entrecejo de la mujer.
—¿Cómo se propone lograr eso? —preguntó con una voz que dejaba traslucir un pronto antagonismo a lo que su intuición presagiaba.
—Muy sencillo. Confiaban en desviar las sospechas hacia mis espaldas. Pues bien, dejemos que crean que lo han conseguido.
La hostilidad que se mascaba se plasmó en una rotunda negativa:
—¡Ah, no!
—Pero sí —insistió Lanyard—. Es de lo más sencillo.
Por ahora nadie en la casa sabe que le han robado sus joyas, solo usted y yo.
Muy bien: usted no descubrirá la pérdida y la anunciará hasta mañana por la mañana.
Para entonces, André Duchemin habrá desaparecido de forma misteriosa.
La habitación a la que se retirará esta noche amanecerá vacía por la mañana, con la cama sin deshacer.
Evidentemente, el canalla no huiría del château de la noche a la mañana sin un motivo.
Informe a la policía del hecho y deje que saquen sus propias conclusiones: antes del anochecer toda Francia sabrá que André Duchemin es sospechoso de robar las joyas de los Montalais y es un prófugo de la justicia.
—No, monsieur —reiteró la mujer con firmeza.