X - COMO UN GRANO DE MOSTAZA #2
—Pero cayó un fuerte chaparrón justo antes del amanecer. Si los ladrones dejaron alguna huella en la terraza, la lluvia se la ha llevado. Ya he mirado.
Con un gesto de frustración, Duchemin volvió a su lado.
—Habrá avisado a la policía, por supuesto.
Le interrumpió con un acento casi de impaciencia:
—No se lo he dicho a nadie más que a usted, monsieur , ni siquiera a mi madre y a Louise.
—Pero ¿por qué?
—Quería consultarle primero, y... —Se interrumpió bruscamente para preguntar—: Sí, Jean: ¿qué ocurre?
El lacayo había entrado para entregarle unas tarjetas, sobre las cuales Eva de Montalais arqueó las cejas.
—Haga pasar a los caballeros, por favor.
El criado se retiró.
—¿Los hombres de París, madame ?
—Sí. ¿Me disculpa...?
Duchemin se inclinó.
—Pero una cosa: no creo que pueda hacer nada mejor que poner el caso en manos de estos caballeros. Suelen ser de una gran inteligencia, al ser seleccionados para trabajar con banqueros, ¿sabe?
—Lo entiendo —respondió ella con su voz fría y dulce.
Fue al encuentro de los hombres en el centro del salón.
Duchemin se volvió hacia la ventana y, apostado en el hueco, con la luz a su espalda, pudo observar y reflexionar sin que su interés o sus emociones resultaran demasiado evidentes.
Y agradeció aquel momento de respiro para serenarse y prepararse.
Sabía que en menos de una hora, en un día o dos a lo sumo, se vería bajo arresto, acusado del robo de las joyas de los Montalais, condenado por su pasado tanto como por cada giro de las pruebas circunstanciales. ..
Los hombres a los que Jean hizo pasar resultaron ser, en apariencia, lo que Duchemin esperaba: de una clase que él conocía de sobra, hombres del pueblo llanos, sin pretensiones, bien adiestrados e informados, escépticos; muy probablemente, unos linces en el juego de atrapar ladrones.
Tras saludar a madame de Montalais con estudiada ceremonia, el que actuaba como portavoz se dispuso a presentar sus credenciales. Duchemin tuvo que disimular un respingo de asombro al ver cómo la mujer las rechazaba con un gesto de la mano.
—No es necesario, messieurs —dijo ella—. Lamento mucho haberles causado molestias, aunque por supuesto no afectará a sus honorarios; pero les he hecho venir en vano. La necesidad de mi viaje ya no existe.
Se oyeron expresiones de sorpresa que ella atajó con las siguientes palabras, acompañadas de una sonrisa cautivadora:
—Sinceramente, messieurs , me temo que tendrán que ser indulgentes con la tradicional incoherencia de mi sexo: sencillamente, he cambiado de opinión.
No había nada más que decir. Abiertamente más que un poco desconcertados, los hombres se retiraron.
La sonrisa con la que los despidió perduró, encantadora y enigmática, cuando Eva se percató del estupor con el que Duchemin se disponía a recriminarla.
—¡ Madame ! —exclamó él con una voz baja, llena de asombro y protesta—. ¿Por qué ha hecho usted eso? ¿Por qué los ha dejado marchar sin decirles...?
—Algún motivo debí de tener, ¿no cree, monsieur Duchemin?
—No la entiendo, madame . Trata usted la pérdida de unas joyas como si debiera ser un secreto exclusivo de nosotros, ¡suyo y mío!
—Posiblemente ese sea mi deseo, monsieur . —Él hizo un gesto de perplejidad—. Quizás —prosiguió ella, respondiendo a su mirada vacía con unos ojos en los que la diversión daba paso a una expresión casi de disculpa, pero profundamente amable—, quizás tenga más fe en usted...
Duchemin bajó la cabeza sobre unas manos tan apretadas que los nudillos estaban blancos por la tensión.
—No tendría usted fe —dijo en voz baja— si supiera...
Ella lo interrumpió con voz suave:
—¿Está usted seguro?
—...¡Lo que tengo que confesarle!
—Amigo mío —dijo ella—: no me diga nada que pueda afligirle.
Él no respondió de inmediato; la lucha que libraba en su interior se hacía demasiado evidente por las venas hinchadas en su frente y la excesiva palidez de su rostro.
—Si se lo hubiera dicho a esos detectives —dijo por fin, sin levantar la vista—, lo habría sabido usted muy pronto.
Me habrían descubierto sin demasiada demora.
¿Y quién en el mundo iba a creer a cualquier otro culpable al enterarse de que André Duchemin, su invitado durante tres semanas, no era más que un alias de Michael Lanyard, también conocido como el Lobo Solitario?
—Pero se equivoca, monsieur —respondió ella, sin la prolongada pausa de asombro que él esperaba—. Yo no le habría creído culpable.
Mudo de asombro, le mostró un rostro demacrado.
Y ella tenía para él, en la agonía y la humillación de su alma, aún temblorosa por el tormento emocional que solo así podría haberle arrancado su confesión.
.. ella tenía para él una media sonrisa, tierna y compasiva, que a la mayoría de los hombres solo les es dado ver una vez en la vida en los labios y en los ojos de la mujer amada.
—¡Entonces, lo sabía usted...!
—Lo sospechaba.
—¿Desde cuándo...?
—Desde la noche en que esos extraños estuvieron aquí e intentaron hacerle sentir incómodo con sus estúpidas habladurías sobre el Lobo Solitario. Lo sospeché entonces; y cuando llegué a conocerle mejor, estuve completamente segura...
—¡Y ahora lo sabe... y aun así duda en entregarme a la policía!
—Semejante idea jamás se me ha pasado por la cabeza. Verá... me temo que no me comprende... Yo tengo fe en usted.
—Pero, ¿por qué?
Ella negó con la cabeza.
—No me pregunte eso.
Al cabo de un largo instante él dijo con voz quebrada:
—Muy bien: no lo haré... Por el momento no... Pero este inmenso don de fe en mí... No puedo aceptarlo sin intentar corresponder.
—Si lo acepta, amigo mío, corresponde.
—No —dijo Michael Lanyard—; eso no basta. Sus joyas deben volver a usted, aunque tenga que ir hasta el fin del mundo para encontrarlas. Y —el incorruptible orgullo del hombre tenía que asomar— si hay alguien vivo que pueda encontrarlas por usted, ese soy yo.