X - COMO UN GRANO DE MOSTAZA
Duchemin despertó en su lecho, con el resplandor del sol deslumbrándole los ojos.
De esto último dedujo, bastante aturdido, que debía de ser a media mañana; pues el sol no daba en las ventanas hasta esa hora.
Aún pesado por los posos del sueño, su entendimiento se ocupó con lentitud en discurrir sobre el aletargamiento que lo oprimía, el motivo de haber dormido tanto y por qué no lo habían despertado.
Entonces, al recordar que el mediodía era la hora fijada para la partida de Eva, el temor a que se marchara sin su bon voyage lo hizo incorporarse bruscamente en la cama.
Soltó un quejido en voz alta y se llevó ambas manos a las sienes, que amenazaban con estallarle de dolor, retumbando golpe tras golpe, como los mazazos de un martillo colosal.
Un vendaje cuidadosamente sujeto mantenía en su sitio, por encima de una oreja, un taco de algodón en su día empapado en árnica y ahora seco.
Duchemin se los quitó y se exploró con dedos cautelosos, descubriendo un bulto de proporciones notables en el lateral de la cabeza, donde había estado el algodón.
También sentía la mandíbula agarrotada, quejándose con dolor cada vez que abría la boca.
Entonces Duchemin lo recordó... Es decir, evocó con claridad todo lo que había precedido a aquel brutal golpe desde la oscuridad que había encontrado su mandíbula con tan sorprendente precisión; y le sobrevinieron uno o dos vagos recuerdos de los sucesos posteriores.
Recordó haber subido a duras penas las escaleras, medio caminando, medio sostenido por los fuertes brazos del lacayo, Jean, quien solo llevaba camisa, pantalones y zapatillas; mientras que, delante de ellos, se movía la figura de madame de Montalais en négligé , con una vela encendida y volviendo la vista atrás a cada instante.
Luego tuvo la impresión de que Jean lo había depositado en la cama y de que, un rato después, los mismos brazos le habían levantado la cabeza y los hombros para que bebiera un trago de cierto brebaje, de agradable sabor y aroma, en un vaso que Eva de Montalais le acercaba a los labios.
Y entonces (Duchemin esbozó una leve sonrisa de apreciación por el paralelismo mental con la técnica cinematográfica), un recuerdo singularmente vívido e inquietante de su bello rostro, exquisitamente tierno y compasivo, inclinado tan cerca del suyo, se desvaneció en un denso vacío de sueño...
Para su sorpresa, comprobó que el reloj de su muñeca seguía haciendo tictac con tanta impavidez como si su dueño no hubiera sufrido un prolongado lapso de inconsciencia. Le indicaba que Eva abandonaría el château en menos de una hora.
Se levantó a toda prisa, soltando algún que otro gruñido —aunque el dolor de cabeza ya no era tan agudo; o quizás se estaba acostumbrando a él— y, tras llamar al valet de chambre , pidió su petit déjeuner .
Antes de que se lo sirvieran, pasó unos cuantos minutos de escalofrío bajo una ducha helada, de la que salió sintiéndose más en paz consigo mismo y con el mundo.
El valet de chambre le trajo, junto con la bandeja, el aviso de que madame de Montalais le presentaba sus respetos y tendría el gusto de recibir a monsieur , cuando a él le conviniera, en el grand salon .
Así que Duchemin se vistió en un santiamén, dio cuenta de su café au lait y de medio panecillo, y bajó a toda prisa al salón.
Sentada en un sillón, bajo la luz tamizada de una ventana con toldo abierta a la terraza, nada en su actitud (aguardaba en silencio, con las manos cruzadas en el regazo) y nada en su semblante, en su tersa frente, en sus ojos graves y serenos, daba pábulo a sus temores.
Y, sin embargo, en su fuero interno sabía que la encontraría así, y a solas, sin importar lo que hubiera sucedido. ..
Perturbado su profundo ensimismamiento por su llegada, se levantó rápidamente, adelantándose a recibir a Duchemin con ambas manos tendidas en señal de afecto.
—¡Mi querido amigo! ¿Se encuentra usted mal?
Él respondió a su inquietud con una sonrisa y una negativa:
—Ahora no; al principio, sí; pero después del baño y el café, estoy como una rosa. ¿Y usted, madame ?
—Un poco cansada, monsieur , por lo demás, perfectamente bien.
Volvió a su asiento, indicando a Duchemin que tomara otro cercano. Él lo acercó antes de sentarse.
—¡Pero si madame no va vestida para el viaje!
—No, monsieur . Lo he aplazado... —una breve pausa precedió a la última palabra— de forma indefinida.
Ante esta confirmación de los temores que le habían estado rondando la cabeza, Duchemin asintió levemente.
—¿Y los hombres enviados por sus banqueros...?
—Aún no han llegado; los esperamos de un momento a otro.
—Ya veo —dijo Duchemin pensativo; y luego—: ¿Me permite sugerirle que continuemos la conversación en inglés? Nunca se sabe quién puede estar escuchando...
Ella arqueó un poco las cejas, pero aceptó la sugerencia sin más objeciones.
—¿Los sirvientes?
Él asintió:
—O cualquiera.
—Entonces ¿lo ha adivinado usted...?
—A grandes rasgos, todo, me imagino. No con detalle, lógicamente.
Pero uno va atando cabos... Igual da que se lo diga de entrada: anoche no podía dormir y, al no encontrar cigarrillos en mi habitación, bajé aquí a por unos cuantos.
Dejé la vela en la mesa... ahí mismo. En cuanto me di la vuelta, alguien se la llevó y la apagó.
Unos minutos después, cuando intentaba salir de la estancia a hurtadillas, me topé con un puñetazo. ..
—Sí —dijo ella pensativa; y con cierta vacilación añadió—: Yo tampoco lograba conciliar el sueño. Pero no oí nada hasta que se cayó esa silla. Entonces me levanté para ver qué pasaba... y le encontré allí tirado, sin sentido. Al caer, debió golpearse la cabeza contra la pata de la mesa.
—¿Y bajó usted aquí... sola?
—Primero me quedé escuchando, no oí nada, no vi ninguna luz; pero tenía que saber a qué venía ese ruido...
—¡Aun así, bajó las escaleras sola!
—Pues naturalmente, monsieur .
—No creo —dijo Duchemin con franqueza— que haya en el mundo una mujer que la iguale en valor.
—¿O en curiosidad? —rio ella—. Sea como fuere, le encontré, pero no pude hacer nada por reanimarle. Así que llamé a Jean y me ayudó a subirle de nuevo a su cuarto.
—¿Dónde duerme Jean?
—En las dependencias del servicio, en el tercer piso, en la parte trasera de la casa.
—Debió llevarle un buen rato...
—Unos cuantos minutos, me figuro. Jean tiene el sueño pesado.
—Cuando regresó usted con él... o en cualquier otro momento... ¿vio u oyó...?
—Nada fuera de lo normal... a nadie. De hecho, al principio creí que, de algún modo, había hecho un esfuerzo excesivo y se había desmayado... o que había tropezado con algo y, al caer, se había golpeado la cabeza.
—Más tarde, entonces, halló usted motivos para descartar esa teoría, ¿no es así?
—No hasta primera hora de la mañana.
—Por favor, dígame...
—Bueno, verá... Todo me parecía tan extraño que no pude dormir cuando volví a acostarme; me quedé en vela, intrigada, inquieta.
Ya era de día cuando me percaté de que el biombo que hay delante de mi caja fuerte no estaba en su sitio.
Sabe que la caja fuerte está empotrada en la pared de piedra.
Me levanté entonces y encontré la puerta de la caja entreabierta algo más de una pulgada.
Quienquiera que la abriera anoche, la cerró a toda prisa y se olvidó de echar los cerrojos.
—Y sus joyas, por supuesto...
Pronunció con una compostura inquebrantable:
—No me han dejado nada, monsieur .
Duchemin lanzó un gemido y bajó la cabeza.
—¡Lo sabía! —declaró—. Pero no tiene ningún mérito por mi parte.
Evidentemente, quienquiera que robara mi vela y me dejara inconsciente no entró en la casa para divertirse.
.. Me imagino que, entre que me encontró sin sentido, despertó a Jean y me devolvió a mi habitación, debió de estar fuera de la suya por lo menos media hora.
—Así es.
—A los ladrones no les podría haber salido mejor —aseguró—. ¡Ojalá me hubiera quedado en mi cuarto...!
—Si lo hubiera hecho, podría haber sido peor, ¿no cree?
El ladrón... o los ladrones... conocían con exactitud la ubicación de la caja fuerte.
Iban a mi habitación, y si me hubieran encontrado despierta.
.. Creo que es muy posible, amigo mío, que su apetito por los cigarrillos me haya salvado la vida.
—En eso hay consuelo —confesó él—, si de algo le sirve a usted, que ha perdido tanto.
—Pero quizás recupere mis joyas.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Siempre cabe la posibilidad, ¿no? Y creo que tengo una pista, como dicen, no muy precisa pero algo por donde empezar, tal vez.
—¿De qué se trata?
—A mi parecer, debe de haber sido lo que la policía de mi país llama «un trabajo desde dentro»; porque, quienquiera que fuese, parece evidente que conocía la combinación de la caja fuerte.
—Quiere decir que no la forzaron. Eso no significa nada. Nunca he visto la suya, pero sé un par de cosas de cajas fuertes, y me comprometo a abrirla sin la combinación en menos de diez minutos.
—¿Usted, monsieur Duchemin?
Asintió con melancolía.
—No tiene ningún misterio, una vez que se sabe cómo; al menos con una caja fuerte normal, del tipo que suele haber en las casas particulares. ¿Ha buscado usted huellas dactilares?
—Aún no.
—¿Tiene alguna idea de por dónde entraron los ladrones?
—Por esta misma ventana, me imagino. Verá, me levanté temprano y, con los nervios, me vestí a toda prisa y bajé horas antes de lo habitual.
Los criados ya estaban en pie, pero aún no habían abierto los salones.
Yo misma encontré esta ventana sin el pestillo echado.
El cierre es inseguro, como puede comprobar; lleva estropeado algún tiempo.
Duchemin ya estaba de pie, examinando el pestillo.
—Es cierto —dijo—; pero ¿no podría el viento...?
—Anoche no hizo viento que digamos, monsieur , y el poco que hubo no sopló de esa dirección. —Añadió al ver que Duchemin salía por la ventana—: ¿Adónde va?
—A buscar pisadas en las baldosas. Lloviznaba cuando me fui a acostar, y con el barro...