IX - LA GALLINA CIEGA #2
Se levantó, se ciñó la bata de estar por casa, cogió el candelabro y abrió la puerta.
El pasillo estaba tan vacío y silencioso como esperaba.
No temía despertar a los habitantes de la casa, pues llevaba puestas unas zapatillas de fieltro que no hacían ruido y las escaleras eran de piedra y no crujían.
Protegiendo la llama de la vela con la mano, y un tanto deslumbrado por la luz que le daba en la cara, pasó por el piso en el que las tres damas del château tenían cada una su apartamento independiente, y llegó al salón tan sigilosamente como un fantasma.
El fuego se había consumido hasta el punto de que solo quedaban ascuas incandescentes, tenues bajo una capa de ceniza, como una vieja ira que se enfría con los años.
Los cigarrillos no se encontraban donde esperaba hallarlos, cerca de uno de los extremos de una mesa en particular. Duchemin posó el candelabro y se dirigió hacia el otro extremo, descubriendo la caja que buscaba en cuanto dio la espalda a la luz. En ese mismo instante, la luz se apagó.
Se quedó paralizado por un momento, atónito. No había ventanas abiertas ni corrientes de aire que pudiera sentir, nada que explicara que la llama expirara de aquel modo, de sopetón y sin un solo parpadeo de aviso. Un suceso descabellado para alguien, a semejante hora, y en aquel lugar...
De forma involuntaria, su memoria retrocedió a la noche de su primera cena en el château , cuando las sombras habían danzado de forma tan grotesca y le había asaltado la extraña idea de que se asemejaban a espectros hambrientos, ávidos de luces, ansiosos por saltar, atraparlas y devorarlas, como si de lobos arrebatando chuletas se tratara.
Una fantasía descabellada...
Cuando se volvió para volver a encender la vela, esta había desaparecido.
Como mínimo, debía de haberse equivocado sobre el lugar exacto en el que la había dejado. Perplejo, palpó todo aquel extremo de la mesa. Pero allí no había ningún candelabro.
Se irguió bruscamente y se quedó muy quieto, escuchando. Ni un solo sonido...
Su mirada se estrelló estérilmente contra la negrura, que los cortinajes cerrados de las ventanas volvían absoluta, a no ser por aquellos ojos mortecinos y sardónicos de las ascuas agonizantes.
A pesar de sus esfuerzos, sintió por un instante cómo se le erizaba el vello y el cabello parecía cobrar vida en su cuero cabelludo; pues Duchemin sabía que no estaba solo.
Había algo más en la habitación con él, algo innombrable, furtivo, silencioso, siniestro; que tenía conocimiento de él, de dónde estaba y qué era, mientras que él no sabía nada de ello, tan solo que estaba allí, vigilándole, invisible en su manto de oscuridad.
Entonces, con un resuelto esfuerzo de voluntad, dominó su imaginación, recordándose a sí mismo que los espíritus dotados para mover objetos materiales, como los candelabros, solo frecuentan los habitáculos de los médiums en las sesiones de espiritismo.
Sin emitir el menor sonido, retrocedió un paso, y luego dos hacia un lado, alejándose de la mesa.
Fueron zancadas largas; cuando se detuvo, se hallaba a una buena distancia del lugar en el que se encontraba cuando la luz se había apagado y donde, por consiguiente, cabía esperar que se produjera un movimiento hostil.
Por lo demás, su situación no había mejorado mucho; no sabía con exactitud dónde se encontraba en relación con las puertas y los muebles que decoraban la estancia.
Su antigua costumbre de memorizar la disposición del mobiliario de una habitación nada más entrar en ella se había atrofiado por falta de uso a lo largo de los años.
Conocía el plano de este salón a grandes rasgos, pero en modo alguno con la precisión que ahora requería.
Así que se quedó aguardando, esforzándose por arrebatarle a aquel opaco manto nocturno siquiera un pequeño indicio de la ubicación de quien había retirado la luz.
Desempolvando otro viejo truco, midió el tiempo mediante los latidos del corazón, y permaneció inmóvil y casi sin respirar durante tres minutos completos.
Pero sus percepciones, estimuladas hasta una sensibilidad extrema por la aprensión al peligro, no detectaron nada.
Y su oído era tan fino, se dijo a sí mismo, que no se podría haber respirado en ese tiempo sin que él se hubiera percatado.
Aun así, sabía que no estaba solo. En algún lugar de aquella oscuridad envolvente se ocultaba una inteligencia ajena y enemiga.
Desconcertado por unos poderes de paciencia e inmovilidad que se mofaban de los suyos, se movió de nuevo, avanzando poco a poco hacia el vestíbulo de entrada, un progreso tan gradual que habría jurado que debía ser imperceptible.
Sin embargo, tenía el presentimiento, la sospecha, tal vez solo el temor, de que no movía ni un dedo sin que el otro se enterara.
Al extender la mano unos treinta centímetros, tropezó con el respaldo de una silla tapizada, que identificó por el tacto. Suponiendo que la silla ocupara su lugar habitual, solo tenía que seguir en una línea paralela a su respaldo para encontrar el vestíbulo de entrada a unos seis pasos.
A los tres pasos se detuvo en seco, como paralizado por la repentina percepción instintiva de aquella otra presencia allí mismo.
No sabría decir si se había acercado a ella centímetro a centímetro, o si ella, al verle a punto de lograr escapar, se había acercado sigilosamente a él. Solo sabía que estaba allí, al alcance de la mano, a la espera, en tensión, preparada, y con una animosidad que resultaba de algún modo letal.
Clavando con fuerza las uñas en las palmas de las manos, hasta que el dolor alivió su tensión nerviosa, volvió a esperar, un minuto, dos, tres.
Pero no sucedió nada...
Entonces, muy despacio, levantó un brazo y lo paseó por delante de él a derecha e izquierda.
En un punto del arco, un poco a su izquierda, las yemas de sus dedos rozaron algo.
Creyó detectar un movimiento en la oscuridad, un sonido ahogado, dio un rápido paso al frente, arañando el aire, y atrapó entre los dedos un jirón de algún tejido, parecido a la seda, transparente y glacé, una parte de alguna prenda de vestir.
Simultáneamente oyó un grito ahogado, de ira o de alarma, y la noche pareció resquebrajarse y desgarrarse en pedazos por mil agujas fugaces de fuego de colores.
Golpeado brutalmente en la punta de la mandíbula, la cabeza se le echó hacia atrás, se tambaleó y cayó contra una silla, que se fue al suelo con un estruendo sordo.