VIII - IN RE AMOR ET AL.
En el transcurso de un par de semanas, o algo así, Duchemin fue capaz de navegar en una silla de ruedas, tomar el sol en el pequeño balcón fuera de las ventanas de su alcoba en el Château de Montalais, e incluso —yendo estrictamente en contra de las órdenes— dar paseos experimentales.
La herida de su costado aún le dolía como a un mismísimo demonio ante cada movimiento imprudente; pero Duchemin siempre fue el menos paciente de los hombres a menos que la voluntad que le coaccionara fuera la suya propia; la sumisión a los dictados ajenos, por razonables que fuesen, le irritaba hasta la exasperación; de modo que aquellas vacilaciones por caminos prohibidos servían en realidad (como le aseguró a Eva de Montalais cuando, cierto día, le pilló arrastrándose por su cuarto, apoyando una mano contra la pared y llevándose la otra al costado) como una especie de consuelo a su propio respeto.
—Basta con que me digan a menudo que no haga una cosa —comentó mientras ella le conducía de nuevo a la silla— para que me invada el perverso deseo de hacerla, aunque perezca en el intento.
—¿No es ese un defecto humano bastante común? —preguntó ella, mientras acercaba la silla de ruedas por una de las ventanas francesas hasta el balcón.
—Eso es lo que hace que todo parezca tan injusto.
Esbozando una sonrisa, la mujer giró el respaldo de la silla hacia el resplandor más vivo del sol, tendió una ligera manta sobre las rodillas del inválido y tomó asiento en una silla de mimbre, frente a él.
—¿Que todo qué parezca tan injusto?
—La indignidad de haber nacido humano. —Aceptó un cigarrillo y adoptó un tono didáctico—: Lo único que el ego halla para reconciliarse con la existencia es la creencia en su propia unicidad.
—No me parece —le interrumpió ella con un rostro severo que desmentían sus ojos divertidos— que eso suene muy bien.
—¿Unicidad? ¿Porque suena a iniquidad? No dejan de tener relación. Lo que hace que la iniquidad parezca atractiva es, por lo general, su alejamiento de lo mundano.
—Pero usted decía...
—Sencillamente que es nuestra creencia personal en que nuestras emociones, sensaciones y formas de pensar nos son privativas, de forma individual, lo que a veces hace que el juego merezca el escándalo.
—Sí: se presume que todos creemos eso...
—Pero tan pronto como uno se ha acomodado firmemente en esa particular etapa de autocomplacencia, llega la Vida, sonriendo como un pilluelo, y de una patada derriba nuestro bonito castillo de naipes.
.. nos muestra a nosotros mismos al revelar que nuestras manías más queridas y exclusivas son simples debilidades a las que toda carne mortal es heredera.
— Monsieur es un cínico...
— Madame quiere decir obvio. Bien: si desgrano perogrulladas es para ocultar un sentimiento de satisfacción. —Eva arqueó las cejas—. Quiero decir que usted me ha demostrado que comparto con usted al menos una cualidad: el resentimiento instintivo hacia la voz de la razón.
Ella pronunció un lastimero «¡ Mon Dieu !» y apelando al Cielo en busca de compasión declaró:
—De nuevo tiene intención de lidiar espiritualmente conmigo a propósito de la adecuada disposición de mis joyas.
—No, madame : disculpe. Estoy cavilando sobre una larga serie de exhaustivos argumentos ideados para demostrarle que es su deber dejar sus joyas donde están, en toda su noble inseguridad.
Y esto con la firme convicción de que, tras rogarle el tiempo suficiente para que adopte este rumbo, acabará usted obrando de otro modo por pura. ..
—¿Perversidad, monsieur ?
—¡Humanidad, madame !
Eva de Montalais soltó una carcajada encantadora y contenida, propia de una mujer felizmente distraída.
—Ahórrese el esfuerzo, monsieur . Me rindo a discreción: haré lo que desee.
—¿De verdad? ¿Antes que escuchar mi perorata, acepta usted sin más llevar sus joyas a un lugar seguro?
—Así es, monsieur . En cuanto se recupere lo bastante para poder moverse, y el Château de Montalais carezca de huésped, dejaré a Louise para que cuide de madame ma mère durante unos días, mientras viajo a París...
—¿Sola?
—Por supuesto.
—¿Llevando consigo sus joyas?
—¿A qué otra cosa iría si no?
—Pero, madame , usted no debe...
—¿Y por qué no?
—¡Usted, una mujer! ¿Viajar sola a París con un tesoro en joyas? ¡Ah, no! ¡Yo diría que no!
— Monsieur es rotundo —sugirió Eva con recato.
—Es la intención de monsieur . Antes que dejarle correr semejante riesgo, le robaría las joyas yo mismo, las llevaría a París, las pondría a buen recaudo y le enviaría el resguardo.
—Cuántas molestias me ahorraría monsieur si tuviera la bondad de llevar a cabo sus amenazas.
—Y qué divertido sería que a uno lo arrestaran por el camino —añadió Duchemin con una sonrisa torcida.
—Tengo plena confianza en su capacidad para burlar a la policía, monsieur .
—¿Acaso escucho un halago por su parte?
—Si así se lo toma...
—Pero ¿y si usted no estuviera segura de mi buena fe?
—Imposible.
— Madame resulta demasiado aduladora; a buen seguro es demasiado inteligente para poner una tentación tan grande en el camino de cualquier hombre.
— Monsieur es todo menos adulador; da a entender que una no sabe en quién depositar su confianza.
—Debo advertir a madame de que hay quienes en este mundo tildarían su fe de equivocada.
—Sin duda. ¿Y qué? ¿Acaso debo desconfiar de usted por el mero hecho de que pudieran hacerlo otros que no le conocen tan bien?
—Pero... madame ... apenas puede presumir de conocerme bien.
—Escuche, amigo mío. —Eva de Montalais apartó su cigarrillo y se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas y la mirada fija en él—.
Es cierto, nuestra relación apenas tiene tres semanas; pero comete usted una injusticia con mi perspicacia si da por hecho que no he aprendido nada sobre usted en todo este tiempo.
No ha sido reservado conmigo. La máscara que se pone entre usted y el mundo, no vaya a inmiscuirse en lo que no le concierne, ha bajado al hablar conmigo; y yo he tenido ojos para ver lo que se ha revelado. ..
—¡Ah, madame !
—...la naturaleza de un hombre de honor, monsieur , de corazón sencillo y generoso, tan leal como valiente.
Eva había hablado de forma impulsiva, con un calor en sus sentimientos del que no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde. Un lento rubor cubrió entonces sus mejillas. Pero sus ojos seguían fijos, francos, sin pudor. Fue Duchemin quien bajó la mirada, abochornado.
Y aunque nada tuviera sentido para él salvo las palabras que acababa de escuchar de los labios de la mujer que poseía su amor —como sabía desde hacía ya muchos días—, un capricho de su doble conciencia le hizo ver por primera vez, en aquel momento, cuán extrañamente pálidas y enjutas le parecían las manos musculosas, nerviosas y morenas que descansaban sobre sus rodillas.
Y pensó: Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a estar fuerte .
Con una sonrisa turbada dijo:
—Daría mucho por ser digno de lo que piensa de mí, madame . Y de pobre espíritu sería si no me esmerara por estar a la altura de su fe.
—No le faltará —replicó ella—. Lo que usted es, lo era antes de que mi fe existiera, y lo será después, cuando...
No llegó a terminar, sino que de pronto se contuvo, se recostó en la silla y rió con disimulo, apelando con humor a su simpatía.
—Así pues, está decidido: no se me va a permitir llevar mis joyas sola a París. ¿Y qué entonces, monsieur ?
—Yo sugeriría que escribiera a sus banqueros —dijo Duchemin seriamente— y les comunicara su intención de llevar a París algunos objetos de valor para que los custodien.
Hágales saber que prefiere no viajar sin protección y pídales que le envíen dos hombres de confianza.
.. detectives, podríamos llamarles... para que la escolten durante el trayecto.
Lo harán sin dudarlo, y así podrá usted sentirse completamente tranquila.
—¿Cree que de otro modo no?
—De otro modo no, de eso estoy seguro.
—Pero ¿por qué? Usted se ha mostrado tan insistente con este asunto, monsieur . Desde aquella noche en que esa gente tan curiosa se detuvo aquí bajo la lluvia... ¿Acaso sospecha usted que albergan oscuras intenciones respecto a mis abalorios?
Duchemin se encogió de hombros.
—Quién sabe lo que eran, madame . Usted los califica de «curiosos»; por mi parte, el adjetivo me parece de lo más atinado.
—Me figuro que sé lo que pensó sobre ellos...
—¿Qué es...?
—Que de algún modo encauzaron la conversación hacia el tema de mis joyas.
—Eso es exactamente lo que pensé, en efecto.
—Quizás tuviera razón. De ser así, se enteraron de todo lo que necesitaban saber.
—Excepto, posiblemente, de la ubicación precisa de su caja fuerte.
—Pudieran haberse enterado incluso de eso.
—¿De qué modo, madame ?
—Lo ignoro; pero si eran lo que usted sospecha, eran gente muy astuta, mucho más que nosotros, unos pobres provincianos.
—Se tomó un momento para reflexionar—. Pero me tiene perpleja su insistencia en el tema de.
.. creo que le llamaron el Lobo Solitario.
Ahora bien, ¿por qué motivo iban a hacer eso?
Duchemin se vio obligado a refugiarse de nuevo en un encogimiento de hombros.
—¿Quién sabe? —reiteró—. Si eran tan astutos como presuponemos, sin duda lo eran lo suficiente como para tener un motivo incluso para ello.
—¿Existió de verdad ese Lobo Solitario? ¿No era más que un personaje de fábula?
—Téngalo por seguro, madame . Durante años fue la pesadilla y el azote de las clases acomodadas en todas las capitales de Europa.
—¿Por qué le llamaban el Lobo Solitario, lo sabe usted?
—Me parece que algún periodista parisino con imaginación le colgó ese apodo en atención a la premisa bajo la cual, por lo que parece, operaba.
—¿Que era...?
—Que un criminal, o al menos un ladrón, para tener éxito, debe ser un completo anónimo y no tener amigos; en cuyo caso, nadie puede traicionarlo.
Como madame seguramente comprenderá, los criminales que superan un cierto nivel de inteligencia rara vez son atrapados por la policía si no es por la traición de sus cómplices.
El Lobo Solitario parece haber desplegado bastante ingenio y prudencia al llevar a cabo sus golpes; y puesto que carecía de socios y de un solo ser vivo de su confianza, no había nadie que pudiera venderlo a las autoridades.
—Sin embargo, al final...
—Oh, no, madame . Nunca lo llegaron a atrapar. Simplemente, dejó de robar.
—Me pregunto por qué...
—Tengo entendido que fue porque se enamoró y consideró que la buena fe hacia el objeto de sus afectos resultaba incompatible con una carrera delictiva.
—Así que dejó el crimen. ¡Qué romántico! Y la mujer: ¿supo valorar el sacrificio?
—Mientras vivió, sí, madame . O eso dicen. Por desgracia, ella murió.
—¿Y entonces...?
—Por lo que se sabe, el enemigo reformado de la Sociedad no volvió a las andadas; el Lobo Solitario no volvió a merodear.
—Una historia extraordinaria.
—¿Pero no lo es acaso toda historia que ahonda en los entresijos del alma humana? ¿Quién de nosotros no guarda en su interior una historia no menos asombrosa? Incluso usted...
— Monsieur se engaña a sí mismo. Yo soy, simple y llanamente, lo que usted ve.
—Pero lo que yo veo no tiene nada de simple, sino que es complejo y fascinante a más no poder. ¡Una mujer de su clase encerrándose en un páramo, renunciando al mundo, renunciando a la propia vida en pleno apogeo...!
—Pero apenas eso, monsieur .
—Entonces es que soy torpe...
—Me explicaré. —La pulcra cabeza castaña se inclinó sobre las manos que jugueteaban distraídamente con sus joyas—.
Para una mujer de mi clase, monsieur , la vida no es vida sin amor.
Yo viví una vez por un corto espacio de tiempo, y entonces el amor me fue arrebatado.
Cuando mi dolor se agotó, supe que debía encontrar el amor de nuevo si quería seguir viviendo.
¿Qué iba a hacer? Sabía que el amor no se encuentra buscando. Así que aguardé...
—Semejante filosofía resulta excepcional, madame .
—¿Filosofía? No: no le daré ese nombre. Era la sabiduría... el corazón sabio en su propia sabiduría, superando a la mía, y asegurándome que si al menos era paciente, el amor algún día volvería a buscarme, en dondequiera que aguardara, y me devolvería... la vida.
Se levantó y se dirigió a la ventana, donde se detuvo para devolver a Duchemin una mirada serena, pero aún más bella merced a un sonrojo más intenso.
—Pero así no le escribo a mis banqueros, monsieur —dijo con voz alterada aunque firme—. Debo hacerlo de inmediato si pretendo que la carta salga en el correo de hoy.
—Si madame quiere aceptar el consejo de alguien con cierta experiencia...
—¿Qué más se imagina monsieur que estoy haciendo?
—En ese caso, escribirá usted en privado y quemará el papel secante; tras lo cual franqueará la carta con sus propias manos y se asegurará de que nadie vea la dirección.
—¿Y cuándo debería indicar que emprenderé el viaje?
—En cuanto sus banqueros puedan enviar a sus emisarios al Château de Montalais.
—Eso será en tres días...
—O en menos.
—Pero en una semana usted no estará lo bastante repuesto como para marcharse.
—¿Qué tiene eso que ver...?
—Tiene que ver en que me niego en redondo a ausentarme mientras sea usted nuestro huésped, monsieur . Alguien debe velar por usted y cerciorarse de que no le ocurra nada malo.
—¡Pero madame ...!
—No: estoy más que resuelta. Monsieur tiene un don demasiado infrecuente para cruzarse con el peligro. No me marcharé del château hasta que usted lo haga. Así que fijaré la fecha de mi viaje para dentro de una semana a partir de hoy.