Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) VI - LA VISITA
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VI - LA VISITA

La cena se sirvió en un salón vasto y sombrío, cuyas paredes revestidas de oscuros paneles y su techo de altas vigas engendraban una multitud de sombras que danzaban alrededor de la mesa una zarabanda extraña y espasmódica, sin sentido ni fin, avanzando y retrocediendo sin descanso a medida que las velas parpadeaban, languidecían y volvían a llamear con las ráfagas de aire.

En todo el château , según supo Duchemin, no había otro medio de iluminación que la luz de las velas.

La vetusta edificación había sido completamente renovada y modernizada en la mayoría de sus aspectos, estaba amueblada con reverencia y buen gusto (uno podía adivinar de quién era el gusto y de quién el bolsillo), pero madame de Sévénié seguía siendo su indiscutible castellana, un espíritu rezagado del ancien régime , obstinadamente opuesta a las comodidades de esta época degenerada.

Jamás aprobaría la luz eléctrica. Consideraba el teléfono una conveniencia para comerciantes y gente vulgar en general, indigno de la gente de calidad y con tiempo libre.

Desaprobaba el automóvil, aunque lo toleraba porque, a pesar de sus años, poseía un carácter vivaz y activo y le gustaba desplazarse, mientras que desde la guerra era difícil encontrar buenos caballos en Francia y más escasos aún los hombres para cuidarlos.

Todo esto, y aún más, se lo comunicó a Duchemin a intervalos durante la comida, comportándose con él con una afabilidad no del todo exenta de cierta coquetería marchita.

Tras hablar de sí misma como alguien que había nacido demasiado tarde para su época, hizo una pausa y lo miró fijamente, con un destello de ligera malicia en sus brillantes ojos ancianos.

—Y usted también, monsieur —añadió de pronto—. Aunque a usted, me parece, le corresponde una época aún más remota...

—¿A mí, madame ? ¿Y por qué dice eso?

—A mí deberían haberme guillotinado bajo el Terror; pero a usted, monsieur , a usted deberían haberlo ahorcado mucho antes... ahorcado por bucanero en la Costa Firme.

—Puede que madame tenga razón —dijo Duchemin, divertido—. Y es muy posible que así fuera, ¿sabe?

Luego se quedó un tanto pensativo y empezó a cultivar cierto respeto por la sagacidad de las intuiciones de la dama.

Él estaba sentado a su izquierda, recayendo el lugar de honor, por inmemorial costumbre, en monsieur el cura de Nant. Pese a ello, Duchemin se negó a sentirse menospreciado. ¿Acaso no estaba a la derecha de Eva de Montalais?

A la joven Louise la habían situado entre el cura y su cuñada.

Duchemin no habría sido capaz de cometer la ofensa de ignorarla; pero lo cierto es que, salvo cuando la cortesía exigía que le prestara alguna atención, apenas reparó en ella.

Era bastante agraciada, pero muy callada y ensimismada, una criatura esbelta y nerviosa con esa mirada patéticamente anhelante propia de su edad y casta en Francia, hambrienta de la vida que no podría vivir hasta que el matrimonio la liberara.

Un espectro pálido e ineficaz junto a Eva, cuya belleza, recortada por la luz de las velas contra el fondo de la oscuridad envolvente, ardía como una flor rara y exótica colocada ante un biombo de terciopelo negro sin brillo.

Y como una flor hacia el sol, ella respondía al homenaje de su admiración.

.. que él, no obstante, se esmeraba en preservar del pecado de lo evidente.

Pues sabía muy bien que su respuesta era impersonal; no era la suya, sino cualquier admiración la que ella ansiaba como la tierra reseca ansía la lluvia.

Menos de tres meses esposa, más de cinco años viuda, todavía joven y ardiente, acercándose al mediodía de su feminidad, e inmolada en esta casa de luto perenne, haciendo vana ofrenda de su juventud, su belleza, el rico vino de la vida que corría con tanto vigor por su ser, sobre el altar de un recuerdo cuya suma sacerdotisa no era más que una anciana, una mujer muy anciana. ..

Comprendió que le resultaría muy posible, si se dejaba llevar por sus simpatías, llegar a detestar a madame de Sévénié con la mayor intensidad.

No es que fuera a tener mucha oportunidad de fomentar tan gratuita aversión: al día siguiente volvería a estar en el camino, dándole la espalda para siempre al Château de Montalais...

O, si no mañana, en cuanto amainara la tormenta.

Afuera bramaba ahora como si no fuera a debilitarse jamás y tuviera la voluntad de arrasar el château aunque le llevara mil años.

De vez en cuando, el embate de una gran ráfaga de viento parecía hacer tambalear sobre sus cimientos incluso aquella antigua mole, aquellos pesados muros de piedra labrada construidos en tiempos de trabajo honesto por olvidados señores de Montalais que habían pretendido que su hogar perdurara a través de los siglos.

La lluvia azotaba las ventanas a cántaros sin dar tregua.

Alrededor de los torreones y tejados, el viento rugía y gemía como una fiera hambrienta a la que se le niega su presa.

En ocasiones, alguna ráfaga audaz con espíritu de diablillo lograba colarse por la chimenea hasta el fuego del salón y lanzaba descargas de chispas contra la rejilla, junto con tenues bocanadas de humo de leña que flotaban en el aire como fantasmas acres.

En tales momentos, el cura, que jugaba al piquet con madame de Sévénié después de la cena, tosía de forma penosa y, recordando que tenía que alcanzar una cama a través de todo aquel caos, anatematizaba a los elementos, se servía un pellizco de rapé y continuaba con su partida.

Duchemin se sentaba a cierta distancia, charlando con madame de Montalais mientras fumaban.

Curiosamente, madame de Sévénié no ponía ninguna objeción a que fumaran.

En su época, las mujeres no lo hacían, y ella por su parte jamás lo haría.

Pero Eva podía hacerlo: se «estilaba»; incluso en aquellos círculos de rancio conservadurismo, la sociedad del Faubourg St. Germain, las damas de hoy en día fumaban sin ser reprendidas.

Louise se había excusado... para sentarse, Duchemin no lo dudaba, junto al lecho de d'Aubrac, bajo la mirada de dueña de una vieja nodriza de la familia.

Debidamente animado, Duchemin habló de sí mismo, de sus vagabundeos y aventuras, todo con discreción, con las expurgaciones más pulcras, y con un propósito: conducir la charla astutamente hacia el tema de Nueva York.

Al mencionarlo, vio encenderse una nueva luz en los ojos de Eva. Su respiración se aceleró, una suave emoción agitó su pecho.

¿ Monsieur conocía Nueva York?

Y tanto que sí: había estado allí de niño, luego de joven; y más tarde, el año en que Estados Unidos entró en la Gran Guerra; desde entonces no...

—Es mi hogar —dijo Eva de Montalais en voz baja, apartando la mirada.

(Uno notaba que decía «es», y no «era»).

Así lo había entendido Duchemin. ¿ Madame no había visitado su hogar recientemente?

No en muchos años; de hecho, no desde mil novecientos trece.

Suponía que la ciudad habría cambiado enormemente.

Duchemin opinaba que nunca era la misma, sino que cambiaba constantemente de la noche a la mañana, por así decirlo; y, sin embargo, siempre era ella misma, siempre distinta a cualquier otra ciudad del mundo, fascinante. ..

—¿Fascinante? ¡Irresistible! ¡Cuánto la añoro! —Se mostró distraída por un instante—. ¡Mi Nueva York! Monsieur , ¿lo creería usted?, ¡sueño con ella!

Había encontrado la llave a un aposento en la mansión de su confianza. Tanto para sí misma como para él, pasando inconscientemente al inglés, empezó a hablar de su vida «en casa»...

Su padre había sido socio de una gran casa de joyería, Cottier's, de París, Londres y Nueva York.

(¡Así que eso lo explicaba todo! Aquella noche volvía a lucir el diamante azul, junto con otras joyas que valían, a juicio de un agudo experto, el rescate de un rey).

Educada en un exclusivo internado para las hijas de la alta sociedad, Eva había hecho su debut a una edad temprana; pero ese mismo año murió su padre, y su madre, cuyo corazón siempre había estado en su ciudad natal, cerró la casa de la calle Cincuenta y Siete Este y se trasladó con su hija a París.

Allí Eva había conocido a su futuro marido.

Poco después, falleció su madre. Eva regresó a Nueva York para ocuparse de unos asuntos relacionados con su patrimonio, quedándose solo unas semanas y marchándose casi a regañadientes; pero el nuevo amor era muy dulce, y había esperado con alegría el trasplante definitivo de sus afectos.

Y luego la Guerra, el corto mes de largos, larguísimos días en el apartamento de la avenida de los Campos Elíseos, esperando, esperando, mientras la tierra temblaba bajo el paso de los hombres armados y el incansable retumbar de los cajones de munición y los camiones, y el aire vibraba con el salvaje diálogo de los cañones, cada vez más fuerte, cada día más cerca. ..

Se sumió en el silencio, sentada con la cabeza gacha y la mirada perdida.

De las espléndidas joyas que adornaban los dedos que se entrelazaban en su regazo, la luz del fuego arrancaba destellos coruscantes.

—Ahora odio París, no deseo volver a verlo nunca.

Duchemin emitió un murmullo de simpatía.

—¿Pero Nueva York...?

—¡Ah, pero a veces creo que daría cualquier cosa por estar allí una vez más!

La animación con la que pronunció esta confesión resultó ser efímera.

—Luego me recuerdo a mí misma que no tengo a nadie allí... algunos amigos, sí, conocidos; pero ningún lazo familiar, nadie que me sea querido.

—Pero... perdone... ¿se queda usted aquí?

—Aquí es hermoso, monsieur .

—Pero tanta soledad, tanto aislamiento... ¡para usted, madame !