Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) V - PHINUIT Y CÍA.
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V - PHINUIT Y CÍA.

Al fin y al cabo, sin embargo, lo acuciante de sus lúgubres presentimientos nada tuvo que ver con la cantidad de tiempo que monsieur Duchemin dedicó a matar las horas ociosamente en la ciudad de Nant; donde las autoridades civiles mostraron un nivel de deferencia que —incluso teniendo en cuenta el prestigio local de la familia Montalais— resultó tan gratificante como sorprendente para el empedernido parisino.

Pues eso era justo lo que el buen hombre llevaba en el corazón y seguiría siendo hasta el final de sus días, la forma en que el entorno de su juventud lo había moldeado: menos francés que parisino, compartiendo la ignorancia casi insular de la vida en provincias que caracteriza al boulevardier nativo; para quien el sol no es ni más ni menos que un foco centrado exclusivamente en París, sumiendo al resto de Francia en una suerte de penumbra crepuscular y al resto del mundo en una noche eterna.

El cochero-guía de La Roque resultó ser un granuja de pies a cabeza, de sobra conocido por la gendarmería; la herida sufrida por monsieur d'Aubrac atestiguaba la gravedad del asunto, excusando con creces la intervención de Duchemin y su funesto desenlace; al tiempo que las declaraciones de mesdames de Sévénié y de Montalais, que pasaron a ser de dominio público como era de rigor, amenazaban con elevar la reputación local de André Duchemin a la categoría de héroe.

Y, naturalmente, su documentación era irreprochable.

De modo que se vio, antes de que su conocimiento de Nant cumpliera treinta y seis horas, libre de nuevo para complacer los dictados de su propia y dulce voluntad, ya fuera para continuar hacia Nîmes (su supuesto destino) o hacia el mismísimo demonio si le venía en gana.

Una libertad que, haciendo honor a la incoherencia consustancial del ser humano, ejerció optando por quedarse en Nant un par de días más, al menos; convenciéndose a sí mismo de que el pueblo le parecía del todo encantador, más aún que Meyrueis.

.. y llegando a creerse esta ficción, en ocasiones, hasta veinte minutos seguidos.

Además, el tiempo andaba revuelto...

La posada, que respondía al nombre nada presuntuoso de Grand Hôtel de l'Univers, le pareció limpia, cómoda y, en lo que a su cocina respecta, digna de elogio.

Las ventanas del cubículo en el que había sido alojado —uno de los diez que bastaban para satisfacer las demandas del Universo itinerante— no solo daban a la plaza pública y a su entretenida vida propia de un pueblo con mercado menor, sino que dominaban además una espléndida panorámica del valle del Dourbie.

Allí se ofrecía el vivo contraste de la exuberante vegetación aluvial con los adustos escarpes rocosos que se alzaban, a ambos lados del caprichoso y refulgente río, hasta formar dos cumbres enfrentadas y dominantes, el Roc Nantais y el Roc de Saint Alban; picos ambos que a la sazón servían de punto de encuentro para una hueste de nubes que contemplaban con ceño fruncido y ademán amenazador el pacífico valle bañado por el sol.

A mayor abundamiento, aun desde la terraza del café en la planta baja, bastaba con alzar la vista para divisar a lo lejos, encaramado en una risueña ladera verde, con la carretera a Millau a sus pies y un acantilado sobresaliente a sus espaldas, el Château de Montalais.

Sentado en aquella terraza, a última hora de la tarde de su segundo día en Nant, paladeando un Picon y un infame cigarrillo caporal de la Régie (a cuyos productos una robusta constitución se iba reconciliando poco a poco), Duchemin dejaba que su mirada se posara en el lejano château casi con la misma constancia que sus pensamientos.

Iba a cenar allí aquella misma noche. Incluso teniendo presente el señalado servicio que Duchemin había prestado, resultaba difícil de creer cuando uno recordaba la tradición de conservadurismo social de la gente bien francesa.

Sin embargo, era cierto: el Duchemin de los caminos abiertos estaba invitado a cenar en famille en el Château de Montalais.

En su bolsillo guardaba la invitación, escrita con la antigua e intrincada letra de madame de Sévénié y entregada en el hotel por un sirviente no menos antiguo e intrincado: a monsieur Duchemin le complacería enormemente ofrecer a las damas del château la oportunidad de demostrar, aunque fuera de forma tan inadecuada, su sentido de la obligación, etcétera; con una posdata para informar de que monsieur d'Aubrac descansaba tranquilamente y que su herida sanaba tan rápido como el corazón pudiera desear.

Por descontado que Duchemin iba a acudir; de hecho, ya había despachado su aceptación de manos del mismo mensajero.

Y, con idéntica certeza, sabía que no debía ir.

Para un hombre de su edad, era, por una cuestión de educación y costumbre, asombrosamente franco consigo mismo.

Sabía a la perfección qué era lo que inclinaba su voluntad a visitar el Château de Montalais tan solo una vez antes de llevar a cabo lo que tenía resuelto: desaparecer por completo del conocimiento de sus moradores.

Aún no había mantenido un solo minuto de conversación privada con Eva de Montalais; de ella no había recibido ni una sola señal que justificara pensar que sentía algo más que la más absoluta indiferencia hacia él; y, no obstante. ..

No; no era tan necio como para soñar que estaba enamorado de la mujer; por el contrario, era lo bastante sensato, se conocía lo bastante bien, como para saber que podría estarlo, con facilidad, y que lo estaría si le daban la menor oportunidad de perder la cabeza.

Su advertencia había sido más que clara, sin lugar a dudas, durante aquella hora en el automóvil en el camino de La Roque a Nant, cuando la Naturaleza, como a veces suele hacer, había mostrado sus cartas incautamente a alguien a quien ella misma había enseñado a leerlas con sagacidad, permitiéndole vislumbrar cuál era su voluntad para con él, la trampa que había tendido para sus pies y en la que pronto se vería atrapado sin remedio.

.. siempre que careciera del ingenio y la resolución para huir de su peligro, como alguien que sabía, por el más amargo de los aprendizajes, que el amor nunca era para él.

Ahora había vuelto a ver a madame de Montalais y había descubierto que encajaba hasta el más dulce y perfecto detalle con su ideal de Mujer.

La tarde anterior, al reunirse con las damas del château por acuerdo en el despacho del alcalde, Duchemin se había sentado enfrente y había observado y escuchado a Eva de Montalais durante más de dos horas.

.. tan completamente entregado al estudio disimulado de ella como si fuera la única mujer en la estancia, como si la joven Louise, madame de Sévénié y los funcionarios de Nant no existieran en el mismo mundo que ella.

Y en aquel tedioso y forzado tiempo de formalidades había aprendido mucho sobre ella, pero, antes que nada, gracias a la implacable luz del día que llenaba la lúgubre estancia, que la luz de la luna no había realzado, sino más bien atenuado, los encantos personales que la noche anterior tanto le habían acelerado el pulso.

Posando con consumada gracia en una silla incómoda, como una figura de esbelta elegancia en su atuendo de medio luto, había narrado con calma su versión del percance de la noche anterior, mientras un ocasional temblor de humor aligeraba las conmovedoras modulaciones de su voz.

Una voz profunda y vibrante, de cualidad contralto, que insinuaba tesoros ocultos de fortaleza en la mujer cuya mente superficial expresaba.

Una mujer hermosa, delgada pero con curvas, de ojos castaños, serenos y tranquilos, una piel translúcida de textura inigualable, y cabello de un tono bronce entrelazado con destellos dorados. ..

Una vez contada su historia, que un oficinista marchito transcribió a mano, proporcionó sin reparos ni asomo de incomodidad la información personal e íntima necesaria para que su firma en el documento fuera aceptable para el Estado.

Su edad, dijo, era veintinueve años; su lugar de nacimiento, la ciudad de Nueva York; sus padres, Edmund Anstruther, antaño de Bath, Inglaterra, pero en el momento de su nacimiento ciudadano naturalizado de los Estados Unidos, y Eva Marie Anstruther, de soltera Legendre, de París.

Ambos habían fallecido. En junio de 1914 se había casado, en París, con Victor Maurice de Montalais, quien había muerto en combate en La Fère-Champenoise el 9 de septiembre siguiente. ¿Su hogar? El Château de Montalais.

En la mano que se descubrió para firmar su declaración, Duchemin divisó un diamante azul de una pureza tan soberbia que este aficionado a las piedras preciosas contuvo la respiración ante la pura maravilla de su belleza, excelencia y valor.

Tales joyas, bien lo sabía, eran escasas y difíciles de encontrar fuera de las colecciones de los príncipes.

A partir de estos sencillos elementos, su imaginación reconstruyó una tragedia, una tragedia vital singularmente cercana a la verdad que más tarde llegaría a conocer; una historia que en absoluto contribuía a mermar su interés por la mujer.