IV - EVA
En cuanto concedió cortésmente a Duchemin que la ayudara a acomodarse en el carruaje, madame Sévénié se giró de inmediato para consolar a su nieta.
Resultaba fácil adivinar que existía un vínculo entre d'Aubrac y Louise de Montalais; Duchemin supuso (y, como se vería más adelante, con gran acierto) que los dos jóvenes estaban prometidos.
Pero madame de Montalais requería ahora su atención.
—¿ Monsieur cree que...? —inquirió en tono prudente, aprovechando la distracción propiciada por la anciana dama para demorarse un instante antes de subir al coche de caballos.
— Monsieur d'Aubrac no corre peligro inminente. Aun así, los servicios de un buen cirujano cuanto antes...
—¿Será peligroso esperar hasta que lleguemos a Nant?
—¿A qué distancia está eso, madame ?
—A doce millas.
Duchemin miró de soslayo al desvencijado carruaje y a sus desdichados caballos, resumiendo su conclusión en un encogimiento de hombros.
—Millau está más cerca, ¿no es así, madame ?
—Pero Nant no se halla lejos del château de Montalais; y en La Roque-Sainte-Marguerite nos espera nuestro automóvil, a menos de dos millas de aquí abajo. El chófer nos aconsejó no traerlo por el camino de La Roque a Montpellier; es demasiado abrupto y muy empinado.
—¡Ah! —exclamó Duchemin, como quien vislumbra un rayo de luz.
—¿Perdón, monsieur ?
—Sin duda el chófer de madame está aguardando con el automóvil, ¿verdad?
—Por supuesto, monsieur .
Duchemin se recompuso.
—Veremos entonces qué nos encontramos en La Roque. Disponiendo de un automóvil, Nant está poco más lejos que Millau, qué duda cabe. No obstante, no nos demoremos.
— Monsieur es demasiado bondadoso.
Por un fugaz instante, una mano esbelta, firme y fresca descansó sobre la suya. Luego, su dueña se acomodaba junto a madame de Sévénié, y Duchemin trepaba para ocupar su lugar en el pescante.
El camino resultó ser tan escabroso y empinado como dictaba su fama.
Se antojaba que las lluvias primaverales lo habían dejado en un estado lamentable y no se había hecho nada por repararlo.
Las profundas roderas y una generosa dispersión de pequeños peñascos se aliaban para hacer que los caballos no dejaran de tropezar, dar cabezadas y trompicones mientras tiraban con esfuerzo de los balancines.
Duchemin agradeció la luz de la luna, pues solo ella le permitía mantenerse en el camino y evitar los peores tramos.
.. hasta que recordó que, de no ser por la luna, aquella noche no habría habido excursión alguna para contemplar las ruinas de pega de Montpellier bajo su luz espectral, y, en consecuencia, ninguna aventura en la que verse enredado.
A raíz de tal reflexión, soltó un juramento por lo bajo, aunque con ferviente devoción, en el interior de su favorecedora barba.
Ya estaba más que harto de aventuras, muchas gracias, y bien podría haber prescindido de esta última.
Sobre todo, en un momento en que no deseaba otra cosa que se le permitiera seguir siendo un errante trotamundos en una tierra extraña, un ave de paso sin ataduras ni responsabilidades.
Le parecía endiabladamente injusto que uno nunca pudiera prestar un servicio a un semejante sin contraer a su vez una pesada carga de enojosas obligaciones hacia la persona socorrida; que los lazos de interés forjados en momentos de impulso generoso e impremeditado nunca resultaran fáciles de romper.
Y hete aquí que, por haberle placido al Destino ponerle en el camino para salvar a un desdichado grupo de turistas de un robo o de algo peor, se hallaba irremediablemente comprometido a seguir velando por ellos.
Al parecer, su hogar era un château situado en algún lugar en las inmediaciones de Nant.
Pues bien, después de la espantosa experiencia vivida, y con el hombre herido a su cargo —y en especial si en La Roque-Sainte-Marguerite se confirmaba la historia que uno esperaba con toda seguridad—, a Duchemin le resultaría harto difícil eludir el ofrecimiento de acompañarlos a salvo hasta Nant.
Y una vez allí, estaría definitivamente atrapado en las redes.
Tendría que pasar la noche en el pueblo; y, por la mañana, no podría, por simple decoro, escabullirse sin pasar a preguntar por el estado de d'Aubrac y la tranquilidad de las damas, ni, por discreción, apartarse del curso de la investigación civil que, de forma ineludible, se abriría tras el informe de lo sucedido en Montpellier.
No: tras haber despachado a un bandido hacia un final bien merecido, recaía ahora sobre André Duchemin el deber de convencer a la Sociedad y al Estado de que lo había hecho movido únicamente por los propósitos más nobles, mediando la debida provocación, y con el fin de salvar su propia vida y posiblemente la de otros.
Presentía ya los interminables retrasos mientras las autoridades provinciales dudaban, vacilaban, criticaban, daban largas, investigaban, informaban y... volvían a empezar.
Y encima, existía una altísima probabilidad de que la historia, merced a la relevancia de las personas implicadas (pues no cabía duda de que los apellidos Sévénié, Montalais y d'Aubrac gozaban de gran prestigio en aquella parte del mundo), acabara publicándose en los periódicos de las ciudades más importantes del departamento.
¿Y qué sería entonces del cómodo anonimato de André Duchemin?
Expuesto a la ineludible luz de la publicidad, ¿cuánto tiempo podría esperar eludir el ser reconocido por algún conocido, amigo o enemigo?
¡Sabe el Cielo que tenía de sobra de ambas clases esparcidos por toda Europa!
Parecía, en verdad, una jugarreta cruel...
Pero todo se reducía —¡por supuesto! se dijo a sí mismo con amargura— a una cuestión de fatalidad en su caso.
Para él nunca habría de ser el cómodo reposo de la mediana edad en pantuflas, ni la búsqueda de las virtudes burguesas con las que tan ingenuamente había soñado en Meyrueis.
Las aventuras eran su sino, con la misma certeza que los días grises y monótonos lo eran para muchos otros.
Las guerras podían ir y venir, pero su mera presencia en las cercanías bastaría para convertir el mismísimo Palacio de la Paz en un frente de batalla.
O eso le parecía a él, desde la amargura de su espíritu.
Tampoco estaba dispuesto a conceder, ni por un instante, que su suerte no careciera de sus propias y peculiares compensaciones.
Al llegar a La Roque, una minúscula aldea arracimada a la sombra de Montpellier y que vivía casi exclusivamente de los turistas que transitaban por allí, todo sucedió tal y como Duchemin había previsto al rememorar el uniforme estadounidense y el rostro manchado de hollín.
.. aquel recurso tan socorrido del criminal francés de baja estofa por miedo a ser reconocido.
Pues resultó que, si bien el automóvil aguardaba allí sano y salvo, su chófer se había esfumado en el aire.
No se pudo dar con una sola alma que recordara haber visto al hombre después de que el carruaje partiera de la aldea.
Ante ello, Duchemin inquirió si el chófer era un hombre corpulento y, al recibir una respuesta afirmativa, dio el caso por cerrado.
Ya podían mesdames de Sévénié y de Montalais —sugirió— perder toda esperanza allí mismo de volver a ver a aquel chófer en particular.
.. a menos que mediara algún contratiempo totalmente ajeno a los cálculos de este último.
El patrón del albergue, un borracho huraño que había provisto el carruaje con el hombre que hacía las veces de cochero y guía, encajó con mala gana la acusación de que su empleado estaba compinchado con los bandidos.
Pero así era, bajo palabra de madame de Montalais; se trataba de su guía, afirmó, aquel a quien Duchemin había arrojado por el acantilado.
Y (tal como Duchemin había anticipado) la mera mención de su nombre bastó para acallar las virtuosas protestas del hostelero.
Uno no siempre podía evitar ser engañado, adujo; él no sabía nada más del difunto que el hecho de que había llegado bien recomendado.
Y con esto dio por zanjado el asunto, aunque prestó una ayuda tan eficaz como hosca en la tarea de trasladar a d'Aubrac al automóvil.
D'Aubrac recobró el conocimiento mientras se llevaba a cabo el traslado, pidió agua con voz feble, se le dio con un chorrito de coñac por añadidura y, una vez instalado cómodamente en el asiento trasero, entre Louise de Montalais y su abuela, volvió a sumirse en la inconsciencia.
Al enterarse de que sería madame de Montalais quien conduciría, Duchemin disimuló un suspiro de alivio y, apostándose junto al vehículo, se quitó la gorra a modo de despedida.
Se sentía más que feliz de haber sido de la escasa utilidad que las circunstancias habían permitido; y si en algún momento podía ser de mayor ayuda, una línea dirigida a él en Nîmes, a la lista de correos. ..
—Pero si monsieur Duchemin fuera tan amable —intervino madame de Sévénié con voz temblorosa e inquieta—, y si no le supone desviarse demasiado de su camino.
.. es de noche, cualquier cosa podría suceder, el automóvil podría averiarse y yo soy una anciana, monsieur , con los nervios sometidos a una dura prueba. ..
Mirándolo desde su posición al volante, madame de Montalais añadió:
—Sería un acto de caridad, creo yo, monsieur , si no le supone una gran molestia.
—Por el contrario —inventó él sin ruborizarse—, estarán haciéndole un favor a un hombre exhausto al adelantarle varias millas en su camino.
No tuvo motivos para arrepentirse de su condescendencia.
Sentado al lado de madame de Montalais, la observaba manejar el automóvil con manos diestras, sacando el máximo partido a una carretera que no era ninguna maravilla, aunque parecía un bulevar urbano en comparación con la que habían recorrido en el coche de caballos.
Siguiendo el curso serpenteante del Dourbie, el camino culebreaba pasando de tramos bañados por la deslumbrante luz de la luna a otros sumidos en sombras impenetrables, tan pronto elevándose sobre estrechas cornisas en lo alto del estrepitoso arroyo, como descendiendo tanto que los neumáticos quedaban casi al ras de las aguas revueltas.
La ráfaga de aire nocturno que le daba en el rostro era dulce y suave, nada fría (todo un prodigio a aquella altitud), y le acariciaba los párpados con roces tan delicados como los dedos de una mujer hermosa.
Se sentía invadido por la somnolencia, una rendición ante el cansancio, a la que también contribuían el movimiento del automóvil, que parecía mecerse sobre resortes de terciopelo, y el claroscuro cambiante y armonioso de aquella noche mágica.
De manera que su resentimiento fue perdiendo fuerza.
Era cierto que la Vida nunca le permitiría descansar en los tranquilos remansos que anhelaba; pero, al fin y al cabo, la inquietud era la Vida; y era bueno estar vivo aquella noche, vivo y agotado, pero no descontento consigo mismo, en un automóvil que se deslizaba veloz y silencioso por una carretera ribereña en las colinas del sur de Francia, con una mujer hermosa, soignée y misteriosa al volante.
Acaso consciente por instinto de la mirada que se posaba, cálida de asombro, en la suave curva de su mejilla, en el modelado perfecto de su nariz y su boca, ella lo miró de soslayo rápidamente pasado un tiempo, sorprendió su admiración y, como si no le desagradara, esbozó una leve sonrisa al tiempo que devolvía su atención a la carretera.
Duchemin experimentó algo parecido a una sacudida emocional, el súbito resurgir de un hambre que había permanecido latente en su ser durante mucho tiempo, insospechada, cuánto tiempo no sabría decirlo, cobrando fuerza en su letargo, aguardando a ser despertada y liberada por una mirada de soslayo, despreocupada, y la sonrisa de una mujer desconocida.
—Eva —susurró, sin que ella lo oyera—, Eva de Montalais...
Entonces, de repente, se frenó en seco. Era bastante natural que uno fuera susceptible a impulsos más tiernos en un momento así, en unas circunstancias tan extrañas, tan imprevistas, tan románticas; pero no debía, no se atrevía y no cedería. Por ahí asomaba el peligro.
No es que le temiera al peligro; pues, como a la mayor parte de la humanidad, le gustaba bastante.
Pero en este caso el peligro entrañaba la posibilidad, si no la certeza, del dolor... un dolor que, tal vez, no afectaría solo a uno.
Además, resultaba demasiado absurdo...