Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) III - ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA #2
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III - ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA #2

La caída debería haberle roto el cuello.

En el peor de los casos, debería haberle dejado aturdido.

Es evidente que no fue así. Cuando Duchemin logró trepar hasta el pescante, hacerse con las riendas y detener a los pencos (hazaña nada desdeñable, pues las bestias estaban más que ahítas de la voluptuosidad de la huida y se avinieron con gusto a acatar la mano y la voz de la autoridad) y cuando, por fin, los hizo dar la vuelta y regresó al circo, no advirtió ni rastro de su apache junto al camino.

Así pues, se felicitó a sí mismo por la previsión que le había llevado a hacerse con la pistola.

De lo contrario, el asesino, ya que había conservado el ingenio y las fuerzas suficientes para ocultarse arrastrándose, podría haberle pegado un tiro a monsieur Duchemin, y a buen seguro lo habría hecho, sin ninguna dificultad ni el menor remordimiento.

No cinco figuras, sino cuatro únicamente aguardaban junto al circo cuando él descendió del coche, arrimándolo tanto al grupo como la disposición del terreno le permitió.

Un hombre yacía cuan largo era sobre la áspera hierba, con la cabeza apoyada en el regazo de una de las mujeres.

Otra mujer se mantenía a un lado, temblorosa y retorciéndose unas manos ancianas.

La tercera permanecía arrodillada junto al hombre postrado, pero se incorporó con presteza al acercarse Duchemin y salió a su encuentro.

En ella reconoció a la mujer a cuya salvación el Destino le había conducido en primer lugar, y halló tiempo ahora para apreciar un rostro de pálida hermosura, de semblante inteligente y sereno, mientras ella se dirigía a él con calma y yendo directa al grano en una voz cuyo timbre, le pareció, desentonaba con el excelente acento de su francés.

Una voz exquisita, no obstante. Inglesa, intuyó él, o posiblemente americana, pero muy hecha a las costumbres de Francia. ..

— Monsieur d'Aubrac está herido, una cuchillada. Será preciso llevarle a un cirujano con la mayor celeridad. Me figuro que no habrá ninguno más cerca que en Nant. ¿Conoce usted el camino?

—Sin duda uno podrá dar con él —respondió Duchemin con modestia—. Pero yo mismo no soy lego en materia de heridas. Acaso...

—Si monsieur fuera tan amable.

Duchemin se arrodilló junto al herido, quien lo recibió con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa torcida, casi tan feble como su voz.

—No es nada, monsieur , un corte limpio en el brazo y algo de pérdida de sangre.

—A ver, déjeme echar un vistazo.

La muchacha en cuyo regazo descansaba la cabeza de monsieur d'Aubrac se echó hacia atrás y observó a Duchemin con unos ojos graves y curiosos en los que asomaba el brillo de las lágrimas.

—Al animal aquel lo tenía ya a mi merced, o eso creía yo —se excusó d'Aubrac—, cuando de repente sacó el cuchillo, me pinchó y se zafó.

—Lo entiendo —replicó Duchemin—. Pero no hable. Le hará falta toda su fuerza, amigo mío.

Con su navaja de bolsillo abrió las mangas empapadas de la chaqueta y de la camisa, dejando al descubierto la parte superior de un brazo teñida de oscuro por la sangre, que brotaba a horribles borbotones de un corte ancho y profundo.

—Arteria seccionada —anunció, y se enderezó para mirar a su alrededor, perplejo—. ¿Mi petate...?

Sabido es que los actos de uno en momentos de gran excitación están dirigidos en buena medida por el subconsciente; aun así, le costaba dar crédito a que él, sin querer, se hubiera despojado de su mochila y la hubiera dejado caer al prepararse para perseguir al uniforme estadounidense.

Sin embargo, por lo visto, eso era justamente lo que había hecho.

La mujer que le había dirigido la palabra la halló y la trajo desde no muy lejos; y su contenido le permitió a Duchemin improvisar un torniquete y, una vez contenida la hemorragia, un vendaje. Durante la operación, d'Aubrac se desmayó sin hacer aspavientos.

La joven contuvo el aliento con un siseo entrecortado.

—No se asuste, mademoiselle —la tranquilizó Duchemin—. Volverá en sí enseguida, y le irá a las mil maravillas ahora, hasta que lo metamos en la cama; y entonces su convalecencia no será más que cuestión de guardar reposo durante un tiempo.

Deslizó los brazos por debajo del hombre inconsciente, lo alzó en vilo y lo llevó hasta el carruaje.

.. y, gracias a ese divertido amor propio que caracteriza al hombre, hizo mucho menos alarde del esfuerzo del que en realidad le costó.

Luego, una vez acomodado d'Aubrac de la mejor manera posible en el asiento trasero, apoyado de nuevo de una forma que a cualquier hombre despertaría envidia, Duchemin se giró y se topó con las otras mujeres a su vera.

A la mayor de ellas le brindó una reverencia acorde con su condición y le ofreció la mano para ayudarla a subir al coche.

— Madame ...

Su agitación había menguado de forma palpable. La suave inclinación de aquella cabeza anciana, en señal de agradecimiento por su cortesía, resultó ser tan elocuente sobre su estatus como él mismo halló el nombre que ella le pronunció con voz trémula.

— Madame de Sévénié, monsieur .

—Con el permiso de madame : soy André Duchemin.

— Monsieur Duchemin nos ha dejado a todos profundamente en deuda con usted.

Louise... —La joven del carruaje alzó la vista y saludó con la cabeza mientras murmuraba algo—.

Mademoiselle de Montalais, monsieur : mi nieta.

Y Eve... —Se volvió hacia la tercera de las mujeres, aquella cuya voz, de acento encantador, no le parecía a Duchemin del todo francesa—: Madame de Montalais, mi hija adoptiva y viuda de mi nieto, quien murió gloriosamente por su patria en La Fère-Champenoise.