Alias el Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 3) III - ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA
7%

III - ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA

Aun dando por sentado que un soldado tuviera la libertad de pasar su licencia donde le pluguiera y sin que nadie lo cuestionase, seguía siendo cierto que el último hombre de las Fuerzas Expedicionarias Estadounidenses se había despedido mucho tiempo atrás de las costas francesas, mientras que la región del Tarn parecía muy lejana a las orillas del Rin, por aquellos días aún bajo ocupación de las tropas del Ejército Regular de Estados Unidos.

Y no solo eso, sino que monsieur Duchemin sabía muy bien que los antiguos conocidos suyos, los apaches de París, utilizaban con harta frecuencia el uniforme estadounidense como tapadera para sus fechorías.

Por consiguiente, no fue necesario el aire furtivo que rodeaba a todo este asunto para convencerlo de que allí se estaba tramando algo sucio.

De hecho, se puso en movimiento para investigar sin detenerse a debatir consigo mismo sobre la conveniencia de hacerlo, y varios segundos antes de escuchar los gritos de la mujer.

El primero de ellos resonó, agudo de alarma, justo en el momento en que Duchemin doblaba la esquina tras la cual los merodeadores habían desaparecido.

Pero su mirada solo tropezó con una alta pared de roca, por lo que echó a correr hasta doblar una nueva esquina y toparse de bruces con el teatro de aquella infamia.

Se trataba de un terreno despejado, una franja de césped que bordeaba uno de los grandes circos: un foso de forma toscamente ovalada que calcularía en poco menos de setecientos pies de diámetro en su parte más estrecha y alrededor de cuatrocientos pies de profundidad.

Un vasto pozo negro contra cuya oscuridad el fulgor azul y blanco de la luna dibujaba el extraño contorno de un grupo de figuras, siete en total.

A un lado, Duchemin distinguió a una mujer enlutada que estrechaba contra su pecho a una joven aterrorizada, de quien provenían los gritos.

Al otro lado, tres hombres enzarzados en el más encarnizado de los combates; uno defendiéndose contra los otros dos con éxito bastante cuestionable.

Y entre ambos grupos se erguía una tercera mujer, de espaldas al abismo y peligrosamente cerca del borde, que retrocedía encogiéndose ante la amenaza de la pistola que esgrimía un cuarto hombre.

Este último era el que se encontraba más cerca de Duchemin.

Y fue tal la presteza con la que se le echó encima que resultaría harto difícil decir cuál de los dos se sorprendió más cuando el bastón de Duchemin se abatió sobre la mano de la pistola del agresor, con una fuerza que indudablemente debió de romperle la muñeca.

El arma cayó al suelo, el individuo soltó un juramento mientras giraba sobre sí mismo y se agarraba el miembro lisiado, y luego, reparando en su asaltante por vez primera, se abalanzó sobre el arma caída para recuperarla con tal rapidez que ya la tenía en su mano izquierda, escupiendo ponzoñosas lenguas de fuego anaranjado, antes de que Duchemin tuviera tiempo siquiera de asestarle un segundo golpe.

Pero aquel fue el abrupto final del enfrentamiento.

Golpeado cruelmente entre los ojos, el tipo emitió un espeso gruñido y cayó hacia atrás como un fardo de trapos; la cabeza y los hombros le asomaban por el borde del precipicio de tal manera que, a pesar de que su cuerpo se frenó de forma perceptible al chocar contra el suelo, su propio peso lo arrastró consigo, salió despedido hacia el vacío y desapareció como si alguna mano invisible se hubiera alzado desde aquellas oscuras profundidades para arrancarlo de este mundo y llevarlo a la aniquilación.

La muchacha volvió a chillar, la mujer profirió un jadeo de espanto y el propio Duchemin sintió unas nauseabundas arcadas.

Pero no había tiempo que perder en eso: las cosas se estaban torciendo para el hombre que luchaba contra dos.

El bastón del aventurero bien podría haber estado embrujado aquella noche, tan mágico fue su desempeño; un solo golpe seco en la cabeza más próxima (¡pero créase que fue seleccionada con mimo!) y, de manera instantánea, el nudo de la contienda se desbarató en sus tres partes independientes.

El sujeto apaleado se llevó las manos a la herida soltando un gemido.

Su compañero de fechorías retrocedió de un salto, con los ojos desorbitados, donde la rabia dejaba paso a la consternación a medida que asimilaba el cambio en la situación y veía el bastón dirigiéndose hacia su propia cabeza.

Se agachó con destreza; el bastón silbó cortando el aire enrarecido y, antes de que Duchemin pudiera reponerse, el otro ya se había dado la vuelta y huía para salvar su vida.

Duchemin se demoró apenas un instante; pero evidentemente su ayuda ya no era necesaria allí.

En un santiamén, aquel que hacía nada se hallaba en desventaja recobró la compostura y tomó la iniciativa con una habilidad digna de encomio.

Duchemin vio cómo se abalanzaba enfurecido sobre su reciente oponente, lo hacía tropezar y lo derribaba de espaldas; acto seguido, se volvió para dar caza al fugitivo.

Se trataba del individuo disfrazado con el uniforme estadounidense, quien dio muestras de una ligereza de piernas asombrosa, máxime teniendo en cuenta su corpulencia.

Ya gozaba de una buena ventaja; y de haber mantenido por mucho tiempo el ritmo que imprimió a la carrera durante los primeros cientos de yardas, seguramente habría escapado de rositas.

Sin embargo, ya fuera por falta de resistencia o de confianza, cometió el error de optar por otro medio de locomoción menos fatigoso.

Duchemin le vio desviarse de su trayectoria inicial y poner rumbo hacia un vehículo estacionado a cierta distancia, que era evidentemente el medio de transporte que había llevado a los turistas hasta allí para contemplar el espectáculo de Montpellier-le-Vieux a la luz de la luna.

Aguardando en el centro de una amplia avenida de obeliscos deformes, había un destartalado coche de caballos de caja baja y aún más hundida a causa de unos muelles desgastados; a ambos lados de la lanza colgaban mustios dos ejemplares dignos de ser pasto de los cuervos.

Y su dolorida estupefacción fue tan genuina que Duchemin se echó a reír a carcajadas cuando el orondo truhán se encaramó al pescante de un salto, arrebató las riendas y el látigo y atizó un cruel latigazo en los descarnados flancos de los animales.

De ello se colegía su escasa familiaridad con las bestias, y que a buen seguro no era su cochero habitual.

Comoquiera que tardaron unos instantes en recobrar el sentido y comprender que todo aquello no era un mal sueño, las manos de Duchemin ya se aferraban a la parte trasera del carruaje cuando los caballos arrancaron repentinamente en un galope torpe y pesado, dejándolo fuera de su alcance.

Pero no por mucho tiempo. Estirándose todo lo que daba de sí, Duchemin se agarró a la capota plegada, dio un salto y empezó a trepar por ella.

El hombre del pescante forcejeaba con irritación para sacar algo que llevaba atascado en el bolsillo trasero de los calzones; prueba inequívoca de que no era el propietario original del uniforme, puesto que le quedaba demasiado ceñido como para permitirle extraer con rapidez una pistola en caso de emergencia.

Pero no tuvo oportunidad alguna de usar el arma; porque en el instante en que Duchemin logró plantar los pies en el bamboleante vehículo, se abalanzó sobre los hombros del otro y lo arrastró de espaldas fuera del pescante.

Lo que aconteció a continuación no lo recordaría con demasiada claridad; fue más bien una amalgama de impresiones.

El falso estadounidense peleó como un demonio desencadenado, soltándole a Duchemin una retahíla de improperios en el más puro y soez argot de Belleville, algo que, a todas luces, no figura en el vocabulario francés de los soldados americanos.

Los animales, contagiados de aquella locura, se desbocaron de verdad, y aquel mísero coche dio más bandazos y tumbos que un cascarón sin timón en un mar bravío, mientras los dos hombres se revolcaban en su interior cual peces en un balde.

Combatieron sin reglas y sin atisbo de ciencia, a base de mordiscos, patadas, arañazos, tirones y golpes, a medida que la ocasión se presentaba y cada uno según su mejor saber y entender.

Duchemin alcanzó a vislumbrar un rostro similar a una máscara demoníaca china, horriblemente deformado por la tensión y desfigurado por las manchas de hollín a través de las cuales unos ojos enloquecidos daban vueltas y lanzaban miradas furibundas bajo la luz de la luna.

Acto seguido, una mano le aferró la tráquea como un torno, se vio tumbado de espaldas con la cabeza colgando por el borde del suelo y sintió un pulgar buscándole uno de sus ojos.

No obstante, no debió transcurrir mucho tiempo hasta que él y su oponente se encontraron de pie, tambaleándose al unísono, enzarzados en un abrazo propio de luchadores.

Aun así, Duchemin conocía tantas artimañas de combate cuerpo a cuerpo como el otro, y puede que unas cuantas más.

Además, sin duda alguna, se encontraba en mucha mejor forma física.

Sea como fuere, en un abrir y cerrar de ojos el individuo se halló a su merced, apresado en una llave que a uno le otorgaba el privilegio de partirle la espalda a voluntad.

A causa de unos equívocos escrúpulos, Duchemin no lo hizo, sino que lo mantuvo inmovilizado el tiempo justo para buscar en su bolsillo trasero y arrancar la pistola: una mortífera Luger.

Seguidamente, un empujón y una patada, que disfrutó hasta el infinito, enviaron al bruto a dar vueltas por los aires para acabar aterrizando de cabeza.