44. Aliya
Aliya
“Estoy horrible.”
Me paso la mano por el pelo, y los dedos se me enganchan en un nudo arenoso y enmarañado. La tierra se me ha incrustado en el cuero cabelludo, y estoy bastante segura de que hay piedrecillas y trocitos de hojas enterrados en los mechones.
El olor a tierra húmeda, a sexo y a Nikolai se me pega como una segunda piel.
Kyzyl me echa un vistazo desde el asiento del conductor, los ojos arrugándosele en las comisuras al contemplar el desastre completo.
“Sí. Nuriya tendrá un aneurisma cuando te vea.”
“Probablemente me mate solo por el estado del pelo.”
“Nada que no arregle una manguera contra incendios y un lito de jabón.”
Conduce en cómodo silencio un momento antes de que parezca que la curiosidad le gana. “¿Y cómo estuvo?”
Parpadeo y me giro a mirarle.
“¿Perdón?”
“Vamos. Yo te cuento sobre mi vida sexual todo el tiempo.”
“Tú ofreces información sobre tu vida sexual, Kyzyl. Yo nunca pregunto.”
“Semantica. ¿Es la leyenda cierta? ¿Es Nikolai tan bueno como él dice que es? La tiene enorme. La he visto. Yo nunca dejaría que un hombre de su talla se acercara a mi culo, pero claramente tú sí. Espera, ¿te ha follado el culo con esa polla también?”
“¿Por qué? ¿Te interesa?”
“Puaj. Qué asco. Sería como follarme a mi hermano. Solo tengo curiosidad profesional. Por el bien de la familia.”
Reprimo una carcajada.
“¿Por qué de verdad necesitas saberlo?”
“Sé que te corriste en su mano aquella vez que yo estaba allí”, dice, completamente matter-of-fact. “Pero ¿su polla es tan buena como los susurros en los pasillos dicen que es?”
“No necesito saber nada de Nikolai con otras mujeres.”
La idea de otras mujeres susurrando sobre él, conociéndole en cualquier sentido, me aprieta el estómago.
Kyzyl parece notar el cambio.
“Ey, estuvo pensando en ti durante seis semanas, y ni siquiera lloró por ello. Mucho. William intentó ofrecerle algo de compañía, para quitarle la presión.”
“Quieres decir que le ofreció mujeres”, digo automáticamente. “Respétalas. Ya sabes que no me gusta cuando hablas de las trabajadoras así.”
“Perdón, señoras. No quiero ofender. Adoro a las mujeres. Solo que no me gusta acostarme con ellas.”
Me echa otro vistazo, la expresión suavizándosele. “Para lo que vale, a todas las rechazó.”
El nudo del estómago se afloja.
“Nikolai es maravilloso. Siempre cuida de mí.”
“Ugh. Desearía no ser tan entrometido. Quería escuchar sobre sus habilidades en la cama, no su lado cursi y enamorado. ¿Por qué me estoy imaginando a mis dos mejores amigos haciéndose el amor y besonádose?”
“No lo sé, Kyzyl.” Una risa genuina me burbujea por dentro. “Necesitas ayuda.”
“O un agujero. Necesito un buen agujero.”
Le he echado de menos a él y sus ridiculeces más de lo que puedo expresar. El coche se ralentiza al acercarnos a las imponentes puertas de lo que parece un spa.
“¿Lista para que te quieran hasta la muerte?”
Le miro confundida, y luego las veo. De pie en los grandes escalones de entrada, como un formidable comité de bienvenida o un pelotón de fusilamiento, están Nuriya, la tía Rina, Nadiya y mi madre.
Mi madre ya se está secando los ojos con un pañuelo. Nuriya está con los brazos cruzados, la cara una máscara de severa desaprobación.
“Ay, no”, susurro. “Estoy suciísima.”
“Ecéhale la culpa a Nikolai. Él fue el que te follo en la tierra.”
“Para.”
“Perdón, perdón, pero es mejor que pensar en cómo te serenata y te besa.”
“Necesitas un novio.”
“Ni de coña. Soy un fuckboy. Ahora sal de mi coche.”
Salta y me abre la puerta con floreo.
Ni siquiera tengo tiempo de ponerme del todo de pie antes de que me rodeen.
Una marea de mujeres, todas llorando y abrazando y hablando a la vez, me envuelve.
Me dejo, fundiéndome en el caótico y abrumador calor de su abrazo, hasta que Nuriya por fin se abre paso al frente y me echa un buen y largo vistazo.
Las cejas perfectamente esculpidas se le disparan hasta la línea del pelo. El pelo ahora es azul y mucho más corto de lo que era. La boca se le abre, luego se le cierra.
Un jadeo horrorizado se le escapa de los labios. “Bozhe moi, voy a matarle. ¿No podía esperar un día? ¿Tenía que cazarte y tom arte en una zanja como un animal antes de la boda?”
Siento un rubor subiéndome por el cuello, una mezcla de vergüenza y un secreto y privado escalofrío.
“¿Quiero saber cómo sabes lo que me hizo?”
“Así que lo hizo. Voy a castrar a Nikolai Karalov.”
“Por favor, no le hagas daño a mi futuro marido.”
Las mejillas me arden, e ignoro los sonidos que hace la tía Rina.
“Ven. Hay trabajo que hacer. Necesitas una ducha, un milagro, y todavía no has elegido vestido.”
“¿No vas a hacerlo por mí?”
“Por supuesto que no. Es tu día. Tu elección. Ahora muévete.”
Me marcha por los opulentos pasillos del salón que parece digno de la boda de una diosa, con mi madre, la tía Rina y Nadiya deslizándose detrás.
Kyzyl me dedica un enci og imiento de hombros solidario antes de desaparecer, sabiamente manteniendo las distancias.
El baño es del tamaño del apartamento entero de Andrei, un santuario de mármol de vapor y cristal. Nuriya me empuja bajo el chorro de una alcachofa del tamaño de un plato, y el shock del agua caliente es a la vez un alivio y un escozor contra la piel fría y arañada.
Ataca el pelo y la piel con una ferocidad que es a la vez aterradora y profundamente car iñosa, restregando las últimas seis semanas de dolor y miedo del cuerpo como si fuera una mancha especialmente tozuda en su plata preciada.
“Sigo queriendo matarte por irte”, empieza, las manos trabajando un jabón fragante y caro en la piel. “Pero Nikolai me contó por qué lo hiciste. Así que, por eso, te lo agradezco.”
“¿No deberías estar enfadada?”
“Lo estoy, pero conozco a Nikolai. Siempre fue el recambio. Su padre le quería, sí, pero ese hombre le dio todo su tiempo, toda su atención, a Dima. Y su madre…”
Nuriya hace un sonido de puro asco.
“Esa mujer es una víbora. Espero que Dima no la haya llamado para decirle que su hermano se casa, porque encontrará la manera de arruinarlo. Lo que quiero decir es que tú eres buena para él. Eres la única que ve al hombre dentro del buen monstruo en que se ha convertido.”
Termina envolviéndome en una toalla tan gruesa y esponjosa que parece una nube.
Me seca el pelo con una mano eficiente y práctica antes de llevarme a un vestidor adjunto. Me esperan al menos una docena de vestidos, un mar de seda, encaje y tul blancos e ivori que centellean bajo la araña de cristal. Y entre ellos, mi madre y las demás mujeres me miran con lágrimas en los ojos.
La mirada se me desliza sobre los elaborados vestidos, pero se detiene en uno. Es una sencilla y elegante vaina de pesada seda blanca con la espalda baja y finos y delicados tirantes.
“Ese es de hace tres temporadas. No es muy vistoso”, explica Nuriya.
No puedo imaginarme caminando hacia Nikolai enterrada bajo capas de tul, así que cede. Lo combino con unos sencillos zapatos de tacón bajo y cuadrado, ya que no voy a pasar el día de mi boda tambaléandome en zapatos que me destrozarían los pies.
Me entrego al experto maquillaje de Nuriya, y cuando termina, mira el pelo.
“¿Quieres que llame a tu mamá para que te haga una trenza?”
“¿No te enfadarás?”
“Venga, Aliya. Es tu tradición, lo entiendo. Espera un momento. Tía Luda.”
“Llama a la tía Rina también. Quiero que ella ate el extremo.”
Lo hace, y las dos mujeres que estaban sentadas detrás de la pared para no molestarnos entran y se quedan mirando mi cara.
“Quiero una trenza, Mamá. ¿Y puede la tía Rina atarla?”
Rina rompe a llorar. Aunque nunca la he visto con el pelo trenzado, sé que lo hará bien. Mi madre se pone detrás de mí, los ojos llenos de lágrimas.
“Lo siento, Mamá.”
Sacude la cabeza, y aunque con manos temblorosas, me trenza el largo pelo.
“Siento haberme ido, pero Nikolai se habría hecho daño por mí, y sabía que te protegería.”
“Lo hizo. Y no estoy enfadada. Te conozco, docha. Está bien.”
Me besa en lo alto de la cabeza, sosteniendo la trenza en las manos, y mi tía trae una cinta blanca de seda para atarme el pelo.
“Que seas feliz, que tengas hijos…”
Porque mi tía perdió a su hijo en un accidente y nunca volvió a dar a luz, se le quiebra la voz.
“Y que la felicidad que te dé tu marido te haga fuerte”, termina, como es tradición cuando el lazo del pelo queda asegurado. No creo que siempre me vaya a trenzar el pelo. No soy la chica de antes, pero me alegra que las mujeres de mi familia hayan hecho esto por mí.
“Vamos ya”, dice Nuriya, con la voz espesa de emoción mientras me entrega un ramo de rosas rojas oscuras. “Necesitamos ir a la finca Karalov.”
“¿A la isla? ¿Por qué allí?”
Cuando el padre de Nikolai vino a América, encontró una isla discreta cerca de las cataratas del Niágara que amó e hizo suya. Nikolai y Dima crecieron allí, pero yo nunca la visité.
“Por supuesto. Tienes que ver dónde vive el rey.”
“¿No se molestará Dima?”
Su mujer, Nadiya, se coloca delante de mí. Es una mujer impresionante, con curvas y la cara más bonita que he visto nunca. Le dio a su hijo el pelo rubio y los penetrantes ojos marrones.
“Si quiere otro hijo tanto como lleva diciendo que quiere, no.”
Lo dice casi para sí misma. Sé que el puente entre el corazón de Nikolai y la mente estratégica de Dima lo construyó esta mujer. Le dedico un asentimiento, abriendo los labios para decir algo.
“Ni se te ocurra darme las gracias, ni decir que lo sientes. Mi camino con Dima fue fácil. Me ha querido desde que éramos niños. Su vida ha sido sencilla. Le dieron todo. A veces olvida que el camino de su hermano no fue el mismo.”
Señala hacia la puerta.
“Y hablando de Dima, te está esperando. Ven conmigo.”
Me quedo mirando a Kyzyl, que ha entrado en la habitación de quién sabe dónde. Los ojos se le abren al mirarme.
“Nikolai se caerá y probablemente desfallezca encima de ti cantando el Kumbaya.”
“¿Qué?” pregunta Nuriya.
“Es bueno en la cama con ella, y es amable.”
Me río entre dientes, y Nuriya, que sabe muy bien que Nikolai es pervertido, se une a mí.