Alianza Forjada (Alianza Deviante, Libro 0.5) 11. Nikolai
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11. Nikolai

Nikolai

Empacar las vidas de tres personas lleva menos tiempo que preparar una tetera en condiciones.

Veinte minutos.

Eso fue todo lo que le llevó a Luda y al hombre que una vez se atrevió a robarle a mi padre meter algo de ropa y un álbum de fotos en una vieja bolsa de viaje.

¿Y Aliya?

Simplemente se quedó ahí parada. En silencio. Los ojos fijos en el suelo como si guardara los secretos del universo, como si no acabara de correrse.

Como si su cuerpo no la hubiera traicionado.

Le gustó.

Se corrió.

Aunque no fuera un orgasmo completo y fuera de este mundo, sintió algo.

Extraño y precioso.

Y eso significa que no he terminado con ella. Ni de lejos.

Mi cordura abandonó mi cerebro por una mujer que me mordió la polla, porque todo lo que podía pensar mientras Kyzyl jugaba al buen soldado y les ayudaba a empacar era lo mucho que quería follármela a conciencia, marcarle la carne y ver cómo gritaba.

Mis hombres nos están buscando. Igual que los cabrones que intentaron acabar con nosotros. Me quedan dos balas y cero paciencia, y todo en lo que puedo pensar es en cómo me jaló de las pelotas y me tragó entero sin maldito reflejo de arcada.

“Nikolai, su ropa no va a desaparecer por mucho que la mires.”

Kyzyl me saca de mis pensamientos en inglés.

No puedo culparle. Necesito estar pensando en otras cosas, como en una salida de aquí.

“Zaya, no tienes coche, ¿verdad?”

Niega con la cabeza, todavía sin mirarme.

Eso no va a funcionar.

Puede odiarse todo lo que quiera por haber disfrutado lo que hicimos. Yo no soy sentimental al respecto. Pero cuando hablo, me va a mirar.

“Ojos en mí. Quiero ver tu bosque verde cuando respondas.”

“No creo que la poesía te pegue.”

Se equivoca. Me encanta la poesía. He memorizado versos que la mayoría de los hombres ni pueden pronunciar.

Y si tuviera que elegir uno para ella ahora mismo, serían las palabras de Anna Ajmátova.

Así que, como soy un imbécil y porque puedo, me acerco a ella y digo: “Escucharás el trueno y me recordarás. Y pensarás: ella quería tormentas.”

Aliya no parpadea.

“Todo lo que quiero es que desaparezcas.”

“No va a pasar. Piensa, pequeña Zaya. Tendrás una vida mejor si vienes conmigo.”

“Mi vida está bien aquí. No te necesito.”

“Quizás no me necesites, y valoro a una mujer independiente, pero seamos claros: no te estoy dejando elección.” Doy un golpecito al lateral de mi pistola. “Quedansolodosbalas. Puedo usarlas en tus padres si no me ayudas.”

Se pone rígida.

“Lo haré.”

“Bien. Resuelto.” Escaneo la nada cubierta de nieve que hay afuera. “Ahora, no tienes coche, pero alguien por aquí debe de tener. Lo más cercano a la civilización es Kamchatka, y eso es… Espera.” Lanzo una mirada por encima del hombro. “Ey, Kyzyl. ¿Cómo son de horas desde aquí hasta Kamchatka?”

“Cinco o seis, quizás.”

“Espléndido. Así que la gente debería tener coches.”

“Algunos tienen”, dice la madre en voz baja. La mandíbula del viejo ladrón se tensa, un músculo pulsándo violentamente en la mejilla.

Sigue apretando los dientes así, y se le va a romper uno.

Casi espero que ocurra.

“¿Y esa gente vive lejos de aquí?”

“A veinte minutos a pie.”

“Mamá, no puede simplemente robarles”, interviene Aliya. “Eso está mal.”

“Lo que hizo tu papá también estuvo mal”, corto antes de que empiece a predicar. “Y no le has dicho ni una maldita palabra al respecto.” Ella baja la mirada al suelo de nuevo. “Mírame cuando me hables.”

“No te estaba hablando a ti.” Levanta la cabeza despacio. “No puedes llevarte sus coches. Es su medio de vida. La gente con coches sale a buscar comida y productos esenciales. Les estarías quitando todo lo que tienen.”

“¿Entonces qué propones? No quieres venir conmigo. Lo entiendo. Pero ya maté a dos tipos con los que tu papá trataba. Necesitamos desvanecernos. Ahora.” Señalo con un dedo hacia la puerta. “Y si crees que no vienen más soldados, estás muy equivocada.”

Se estremece.

“La única protección que tiene este pueblo es si el Ejército Rojo se entera de la emboscada. Eso significa que tenemos que llegar a la base militar más cercana. Si no lo hacemos, si nos quedamos aquí, todo este lugar desaparecerá en días.”

Traga con los labios apretados en una fina línea.

“¿No puedes llevarte el vehículo de ellos?” pregunta, y toda mi atención se estrecha, enganchándose en un único detalle distractivo: su mano. La manera en que los dedos le trazan la afilada y desafiante V de la barbilla. La mente se me queda en blanco de tácticas, de soldados, de escapatoria.

Todo en lo que puedo pensar es: Voy a morderle esa mandíbula. La marcaré. Luego los ojos se me caen a la boca. Sus labios todavía están hinchados por mí, rojos y maltratados.

¿La parte más irritante?

Todavía no tengo ni maldita idea de lo que hay bajo todas esas capas de lana informe.

“Los hombres que intentaron hacernos daño. Tómales el vehículo. Házles daño a ellos, no a gente inocente.”

“Nikolai.” La voz de Kyzyl es un gruñido en inglés. “Te está dando la solución. Deja de pensar con la polla y escucha.”

Parpadeo, obligando al cerebro a volver.

“Podríamos arreglarlo, si supíiéramos dónde dejaron el transporte y las armas”, le digo, y los labios le se tuercen en la línea más pequeña, haciendo que la forma de arco de su boca desaparezca en algo que quiero ver más.

Hacerla sonreír mientras la follo. Quizás hasta rírse como una niña.

Le haré cosquillas y la follaré. La grabaré con mis marcas.

“Creo que lo sé. Los vi ayer con Zorik. Estaban cerca de la fábrica. Creo que aparcaron detrás. Hay un espacio considerable para esconderse allí. Está a unos veinte minutos andando.”

Aprieto el puño. Fuerte.

“¿Quién cojó es Zorik?”

“Mi novio”, contesta la pequeña zorra.

Quiere jugar, ya veo.

Yo también puedo.

“¿Qué clase de novio era si yo fui tu primer beso?”

Ignoro la neblina roja que intenta nublarme la mente. No hago celos. El gallardo Príncipe de la Mafia Rusa no los necesita en su vida.

Y sí, el estupido apodo me lo puso otro de esos periodistas de prensa amarilla que probablemente quiere follarse a mí, o que yo le folle.

De todas formas, no necesito ceder a los celos.

“Me respeta y le caigo bien. Él no—”

“¿Te besó encima de los dos hombres que mató?”

“Se llama respeto y cortejo.”

“¿Y dónde vive este Zorik de la Edad Media?”

“Quizás parezca una chica tonta de pueblo para ti, Nikolai—” Se corta las palabras, probablemente demasiado asustada para ofenderme.

“¿Pero?” La provoco porque puedo.

Algo que ese imbécil de Zorik nunca haría en su vida. Perdería a esta conejita en la boca de una cueva, y ni el viento podría guiarle hasta ella. Ella estaría conmigo.

“Pero no voy a decirte dónde vive mi novio. Eres un criminal. Le matarías.”

Lista chiquilla.

“Puede que hiciera exactamente eso. Viviría mejor sabiendo que nunca volverá a tocarte, mientras yo te follaré y te usaré como me plazca.”

“¿En serio, hermano?” dice Kyzyl con un resoplido. “Sus padres están justo aquí, y necesitamos movernos.”

Levanto la ceja ante Kyzyl, quien me ignora y toma la iniciativa.

“Perdón por Nikolai. Puede ser un idiota. Tío Andrei, Aliya, ¿a qué hora abre la fábrica?”

“A las diez”, responde Aliya.

Ah, sí. La parte oscura de Rusia, debería ser agradecido de que no sea febrero, tendríamos que lidiar con la oscuridad y el frío al menos tres meses seguidos.

El año pasado marcó menos setenta y cinco grados durante seis días seguidos, y mató a catorce personas que no estaban preparadas para el frío.

Me sorprende que esta familia haya sobrevivido durante tanto tiempo aquí.

“Está demasiado oscuro para abrir antes. Y están cerrados hoy. Es el fin de semana.” Aliya continúa. “Si no lo estuviera, Zorik vendría a buscarme.”

“Qué jodidamente romántico. Tocaré el violín cuando no te encuentre. ¿Y va gente a la fábrica los fines de semana?” pregunto, tomando el mando y haciendo que Kyzyl sacuda la cabeza.

“Solo el director, creo. Pero no vendrá antes de las nueve.”

“Así que tenemos tres horas para conseguir transporte.”

“Mi mamá no puede caminar tanto. Se pondrá enferma.”

“Estoy bien, docha”, murmura la madre.

“No, Mamá, no estás bien. Estás enferma y estresada por su culpa.” Aliya tiembla. “No vas a caminar hasta el trabajo de Papá.”

“Yo la sostené. No te preocupes, Aya”, dice su padre finalmente, después de todo su silencio mudo.

Al menos le importa su mujer más joven.

“No, Papá. No puedes llevarla. Podría caerse.”

Aliya me fulmina con la mirada.

Lo que no está diciendo es que su padre está demasiado mayor, y cargar a una mujer en la nieve podría matarle.

“Él la hizo preocupar. Puede llevarla con toda esa musculatura.”

“¿Te gusta mi físico, cosita?” No responde.

“Puedo ayudar”, interviene Kyzyl, siempre el buen samaritano.

“Estás herido”, replica ella.

Resoplo. Si cree que un rozón de bala es suficiente para frenar a alguien como Kyzyl, o como yo, vive en un cuento de hadas.

“Es un soldado ruso. Además, es mi protegido. Una pequeña pérdida de sangre no le detendrá. Vamos.” La jalo de la mano, pero ella se paraliza. “Kyzyl, ya sabes qué hacer.”

Y él lo sabe. Le pasa la maleta al padre, luego da un paso al frente para levantar a la mujer enferma en brazos, dejándola ponerse el gorro de lana con orejas que Aliya nos dio a él.

Este tiene orejas de gato. El mío tiene orejas de perro. Quedaré ridículo con esto puesto, pero al menos no moriré de frío.

“Estás mono”, dice Luda, mientras Kyzyl maúlla como un gatito antes de salir con ella de la casa.

Andrei, el padre, marcha detrás de ellos. Aliya no se mueve. La mirada se le va más allá de mí, fijándose en la vitrina del rincón. Dentro, el ténue resplandor verde de sus platos espera en la luz tenue, brillando como si estuvieran vivos.

“Te encontraré otros platos si ese es tu extraño fetiche.”

“Tenía planes”, dice finalmente, todavía sin mirarme. “Iba a casarme. Tener al menos dos hijos. Nunca tuve hermanos con quienes jugar, y quería darle esa alegría a Mamá y a Papá. Papá ya no es joven, y Mamá está… bueno, está enferma.”