Alianza Forjada (Alianza Deviante, Libro 0.5) 7. Nikolai #2
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7. Nikolai #2

Ahogándose para salir del beso como si hubiera sido algo violento.

Que lo fue.

Bien.

Que lo sienta.

“Tienes mucho que aprender”, le digo, con la voz suave, pero ella no responde.

Sale corriendo directamente hacia su madre.

Directamente hacia el hombre que se llama a sí mismo Papá. Como si pudieran protegerla. Como si yo no la hubiera marcado ya hasta el tuétano.

Se deja caer junto a su madre, que tiembla como un cristal a punto de romperse.

“Mamá. Estoy bien. No llores, por favor no llores”, susurra, con la voz quebrándose en todos los sitios equivocados. “Te prometo que estoy bien. Mira. ¿Ves?”

Toma las manos temblorosas de la mujer entre las suyas, acariciándola suavemente, ofreciendo un consuelo que no puede permitirse.

“Papá también está aquí. Estamos bien. Estoy bien.”

Es dulce.

Estúpido.

Pero sobre todo triste.

“Joder, tía”, musita Kyzyl junto a ellas, con la voz más suave que de costumbre. “¿Estás enferma otra vez?”

¿Otra vez?

Sabe más que sus nombres y lo que hicieron por y para mi padre.

Por supuesto que sí.

Es unos años mayor que yo y lo recuerda todo. Esa siempre ha sido su fortaleza. Nada se le escapa a Kyzyl.

Se convirtió en parte de su descripción de trabajo.

“Tu boca sigue siendo una cochinada, Kyzyl”, dice el padre apretando los dientes. “Límpiala. Y sí, Luda tiene Parkinson. Ya sabes que nunca tuvo buena salud.”

Kyzyl hace una mueca.

“Mierda. Lo siento, tío. De verdad. No me había dado cuenta.”

El hombre no dice nada, lo cual es de alguna manera peor. Le echo una mirada, intentándo leerle, pero está herméticamente cerrado. La mayoría de las ratas se delatan.

Está en sus ojos esquivos, en el sudor del pánico, en los pequeños tics.

Pero éste... Es una caja fuerte metida bajo sabe Dios cuántas capas.

Quizás tendré que meterle en una olla del mismo té hirviendo al que sabe su hija y ver qué sale a la superficie.

Desplazo el peso y miro el suelo. Dos cadáveres sangran sobre la madera. Grandes cabrones, los dos, y no van a desaparecer solos.

“Me doy cuenta de que no soy el hombre más querido en esta habitación ahora mismo, pero claramente necesito asegurarme de unas cuantas cosas, y si mal no recuerdo, eras buen solucionador de problemas, según lo que me contó mi padre sobre ti.”

Miro al querido viejo papá esperando su reacción. No me da nada. Bien, tendré que jugar al juego del imbécil.

“Podría matar a tu mujer ahora mismo si sigues negándote a hablar conmigo, Viejo. Así que int entemos de nuevo. Fuiste o no fuiste un solucionador de problemas?”

La mandíbula se le tensa como si masticara cristal.

“Lo fui.”

“Así vamos.” Doy un aplauso. “Ahora estamos avanzando. No sé una mierda sobre la limpieza. Yo hago la suciedad, el matar. En eso me destaco, pero ¿librarme del desorden? Eso es lo tuyo, amigo.”

“No soy tu amigo”, musita.

“No, supongo que no. Tampoco voy a llorar por ello. Es lo que hay. Aun así…” Echo un vistazo a los cuerpos esparcidos por el porche. “…tenemos dos jodidos cadáveres filtrando su patriotismo en tu suelo, y a menos que quieras que los lugareños paguen por ello, necesitamos movernos rápido.”

Su silencio es respuesta suficiente.

Me recuesto en el marco, con los brazos cruzados, la mirada deslizándose hacia la chica.

Mi chica, técnicamente.

El contrato lo dice.

“Si dejamos a estos dos aquí para que los olfateen los perros, los chechenos vendrán a buscarlos. Encontrarán sangre, y culparán a este pequeño pueblo tranquilo lleno de leñadores y amantes de los ciervos. Estoy seguro de que a tu hija no le gustaría ver a sus vecinos despellejados vivos por algo que no hicieron.”

“¿Les harán daño?” pregunta Aya.

“Sí. Lo harán. Rusia está en guerra. Lleva dos años así, y esta montaña puede haber dormido la mayor parte, pero se acabó. Los chechenos están aquí ahora, y vinieron por una razón.”

Camino despacio, observando palidecer a la chica.

Está demasiado protegida.

Demasiado blanda.

“Esta región solía ser tranquila, escondida. ¿Sabes lo que pasa con los lugares que se quedan demasiado tranquilos durante demasiado tiempo?”

No responde.

“Los notan. Se convierten en perfectos telones de fondo para grandes declaraciones.”

“Pero la gente normal no viene a Kamchatka, ni a mi pequeño pueblo. A veces van al Baikal, pero es todo. Estamos aislados. Aquí no hay nada.”

Me mira.

¿Valiente o simplemente tonta?

Con lo lista que es para las matemáticas, no puede ser tonta.

¿O sí puede? Calcular números en segundos es una habilidad, pero no significa que sea inteligente per se.

“No, Zaya. Pero esos hombres de fuera, ¿verdad? No son gente normal. Se criaron en las montañas del Cáucaso. Y los lugares duros forjan a hombres más duros. Ahora quieren más. Irán a por lo que salga en las noticias.”

No responde de inmediato. En cambio, se gira despacio hacia su padre.

“No quiero que nadie salga herido. Papá, ¿no podemos parar esto?”

El hombre ni la mira. Su atención está en los muertos.

Sigue aferrada a la idea de que su padre es su solucionador de problemas. El héroe de esta historia.

No quiere pensar por sí misma, todavía no. Quizás su único talento útil son los números, o quizás es demasiado obediente. Demasiado ciega.

La observo de cerca. Preguntándome si no es más que una mente hueca y de voz suave. Espero que no. A esas no les tengo cariño.

“Kyzyl, ve con el padre”, digo llanamente, sin molestarme en mirarle. “Asegúrate de que nos deshagamos del insignificante problema. Yo me encargaré de las cosas aquí.”