Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 53. CAPÍTULO 53
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53. CAPÍTULO 53

Jake

L a cinta de correr del gimnasio de mi edificio produce un leve golpeteo a cada vuelta. Llevo cuarenta y siete minutos escuchándolo. Estoy solo porque es mediodía de un miércoles. Todos los demás están trabajando. Yo estoy de baja con sueldo íntegro.

La CIA cuida de los suyos, incluso cuando meten la pata hasta el fondo. Tengo una evaluación psiquiátrica obligatoria dos veces por semana para asegurarse de que no supongo un peligro para mí mismo.

No sé si habrá consecuencias internas. Harrison Porter estaba bajo mi responsabilidad y ahora Harrison Porter está muerto. Evidentemente, nadie querrá que forme parte de su equipo de seguridad en el futuro.

Mi abogado me ha dicho que tenga paciencia y espere.

Mi mente gira más deprisa que la cinta. Sigo pensando en lo que hicimos Ricky y yo. También pienso en lo que hizo Harrison Porter.

Pero, sobre todo, pienso en Emily.

Llevo diez años pensando en ella. En cómo llevaba meses hablando del viaje a París. Estaba muy agradecida a su familia por haberla ayudado a pagar el billete de avión y el hotel.

Recuerdo que me dijo:

—Sería increíble que pudieras organizar un viaje de trabajo a Europa para las mismas fechas. Podríamos estar juntos unos días. Quiero ver la ciudad por primera vez contigo. Podríamos besarnos delante de la Torre Eiffel.

Y yo le dije:

—No puedo hacer eso, Emily. Lo siento. Ojalá pudiera, pero esta vez es imposible.

Sé mentir muy bien.

Lo estaba organizando a sus espaldas, haciendo coincidir mis siguientes reuniones de trabajo en Europa con su itinerario.

No pensaba arruinarle el viaje con sus amigas.

Nada de eso. No necesitaba que sus mejores amigas me cogieran manía.

Solo iba a darle una sorpresa durante un día.

Nos daríamos aquel beso ante la Torre Eiffel.

Sabía que se pondría como loca de alegría.

Emily nos había presentado a Ricky y a mí poco después de que empezáramos a salir.

Nos caímos bien de inmediato. Los dos queríamos muchísimo a Emily y deseábamos protegerla.

Eso podría haber enfrentado a otras personas.

A nosotros no. Su hermano la adoraba. Y se daba cuenta de que yo también la quería de verdad.

Recuerdo que lo llamé y le conté mi plan para sorprenderla en París.

Le pareció una idea estupenda, muy romántica, y dijo que Emily se volvería loca cuando me viera allí.

Ricky trató mi secreto como si fuera una operación militar, cosa que agradecí.

Hizo que me sintiera aún mejor con todo el plan.

Debía mandarle un mensaje la mañana del 17.

Le diría que había una sorpresa esperándola en una cafetería cercana.

Le daría la dirección y yo estaría allí.

No iba a París para pedirle matrimonio, aunque lo había pensado.

Sabía que era la mujer de mi vida. Emily era increíble.

Iluminaba cualquier habitación. Creía que el mundo podía ser un lugar mejor si todos teníamos fe y lo intentábamos.

Quienquiera que eligiese como pareja se convertiría en mejor persona gracias a ella.

Yo me había prometido estar a la altura de aquella oportunidad.

Habíamos hablado de nuestro futuro juntos. Primero, un piso con un perro. Después, una primera casa con césped que cortar y una terraza donde recibir a los amigos. Luego hijos y una larga vida juntos. Quería envejecer con Emily. Era mi persona.

Pero aún tenía que conocer a sus padres y convencerlos de que era digno de ella, y eso no iba a ser fácil. Eran cristianos devotos y yo no formaba parte de su comunidad.

Aterricé en París a primera hora de la mañana del día 17.

Pasé por la aduana sin detenerme. No había cola.

Me pareció una buena señal. Me reuní con un cliente y aguanté una reunión de tres horas sobre un nuevo modelo de evaluación de riesgos financieros que había desarrollado mi empresa.

Durante todo ese tiempo, no paré de apretar y soltar el pulsador del bolígrafo, una y otra vez.

Tanto que un compañero me preguntó qué me ponía tan nervioso. Estaba deseando salir de allí.

Después fui a la cafetería.

Apenas había dormido durante el vuelo, así que pedí un café, aunque ya estaba temblando de emoción ante la idea de verla. Incluso ahora recuerdo aquel grado demencial de expectación.

Pasó una hora.

Le mandé un mensaje a Ricky. No respondió.

Pedí otro café. Me dije que Emily todavía no habría visto el mensaje de Ricky o que estaría haciendo una visita, o viendo un espectáculo con sus amigas, y llegaría tarde. Podían haber ocurrido muchas cosas perfectamente razonables. Había llegado hasta allí y podía esperar.

Pasaron dos horas.

La llamé y escuché su buzón de voz. Imaginé su sonrisa. Pero ¿dónde estaba?

Empecé a imaginar toda clase de cosas. Cosas ridículas.

Tal vez sabía que era yo quien la esperaba.

Quizá Ricky no sabía guardar un secreto.

Se lo había contado y ella no quería verme.

Le ordené a mi mente que se callara porque nada de aquello tenía sentido.

Emily no era la clase de persona que cambiaba de opinión por capricho.

Pedí un bocadillo y un cruasán de chocolate.

Pasó otra hora.

Pagué la cuenta y regresé andando al hotel. Volví a decirme que habría una explicación.

Y la había.

Ricky llamó al día siguiente desde el aeropuerto de Dulles. Iba camino de París. Apenas reconocí su voz. Estaba llorando.

Me dijo que Emily había muerto a las 23:30 del día 16. Cuando ocurrió, yo estaba en algún punto sobre el océano Atlántico, preparando en clase turista la reunión con mi cliente. Había salido a explorar la ciudad. Un coche la atropelló y no se detuvo.

Asistí a su funeral. Sus padres no sabían quién era yo.

No sabían que existía. Emily había estado esperando el momento adecuado y ahora ya no habría ningún momento, adecuado ni de ninguna otra clase.

Permanecí al fondo de la iglesia abarrotada y después en el cementerio.

Estreché la mano de sus familiares, de personas que no sabían mi nombre.

Vi cómo los hombros de la señora Young se sacudían con los sollozos mientras su padre, Ricky y otros familiares cargaban con el féretro.

Solo Ricky conocía mi dolor. Por lo demás, viví el duelo en soledad.

Con el tiempo me casé. Nunca le hablé de Emily.

Pobre Brandi. Se merecía algo mejor. No era culpa suya. Sencillamente, no era Emily. Nadie sería jamás tan amable, dulce y esperanzado como Emily.

Mi divorcio fue discreto y de mutuo acuerdo. Culpé a mi trabajo de mi falta de implicación.

Entonces decidí que solo había una manera de seguir adelante.

Encontré los archivos. Me llevó años y tuve que usar un nivel de acceso que no debía, pero los encontré. Registros de tarjetas de crédito. Registros de hoteles. Un coche de alquiler. Los horarios. Harrison Porter pidió unas copas en el distrito VI justo antes de que atropellaran a Emily.

Me reuní con Ricky y se apuntó sin reservas.

Nuestro plan era bueno, pero tarde o temprano relacionarían con él el desguace.

Lo sabíamos desde el principio. Habíamos aceptado las posibles consecuencias.

Conseguir justicia merecía una condena de prisión por secuestro.

No sería demasiado larga. Harrison Porter dejaba un rastro de destrucción allá donde iba.

La gente no dejaba de mirar hacia otro lado. Alguien tenía que detenerlo.

Nosotros no éramos los malos.

No íbamos a hacer daño a nadie.

Un escalofrío me recorre el cuerpo. Casi pierdo el equilibrio sobre la cinta. Me agarro a las barras y clavo la mirada en la pantalla hasta que se me estabiliza la vista.

La razón para llevarnos a cuatro hombres en vez de a uno era psicológica.

A solas, Harrison quizá resistiera para siempre.

Pero ¿rodeado de hombres que sufrían por culpa de su silencio?

Esa presión haría el trabajo por nosotros.

No tendríamos que ponerle la mano encima a nadie. Solo debíamos tener paciencia.

Una vez emitiéramos el vídeo con la confesión de Harrison, el mundo no podría ignorarlo. Tendría que pagar por lo que había hecho. Ricky nos dejaría en el sótano. Al cabo de unas horas, debía llamar al FBI y comunicarles dónde estábamos.

Nadie sabría que yo estaba implicado.

Que Thomas Heslin estuviera con Harrison fue una ventaja añadida.

Lo animé a acompañarnos cuando salimos de Georgetown.

Era un empresario respetado y nos proporcionaba una vía directa hasta una de las agentes del FBI más conocidas del país.

Una ventaja, dado que queríamos que todo el mundo supiera lo que había hecho Harrison. Pero también un inconveniente.

Habíamos acordado que nadie sufriría daño.

Esas palabras no dejan de repetirse en mi cabeza.

Habíamos planeado causarme una herida leve. Nada grave. Solo lo bastante llamativa para que nadie sospechara de mí. Aun así, me quedé atónito cuando Ricky fue a por mi oreja.

Debería haber pensado más en lo que aquel calvario le haría al hermano de Emily.

Yo tengo formación. Sé cómo anteponer la misión a todo lo demás. Ricky no. Y cuando Harrison no mostró ningún remordimiento, cuando quedó claro que ni siquiera recordaba haber matado a Emily… algo se rompió dentro de Ricky. No fui lo bastante rápido para impedirlo.

La culpa es mía.

Ricky espera su castigo. Puede que me delate. Tal vez ya lo haya hecho. En cualquier caso, ya he decidido que no voy a esperar. Tengo que entregarme.

Llevo más de una hora machacando la cinta. Cuando por fin salgo de mis pensamientos y levanto la mirada, la agente Victoria Heslin y el agente Rivera avanzan hacia mí por el gimnasio.

Rivera tiene una mano cerca del arma. Reconozco la postura. No es una visita amistosa.

Lo saben.

Detengo la máquina y me bajo. No voy a por una toalla. Me quedo allí plantado, con el sudor resbalándome por la cara, mientras espero a que lleguen hasta mí.

Estoy preparado. Lo estoy desde que Ricky apretó el gatillo contra Harrison y todo cambió.

—Jake Miller —dice Rivera—, queda detenido. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal.

El agente se coloca detrás de mí. Llevo las manos a la espalda sin que tenga que pedírmelo. Las esposas se cierran con un chasquido.

—Mi padre solo tenía buenas palabras para usted —dice Victoria—. Pero no sabía que estaba allí por voluntad propia.

—Hablaba de usted todos los días —digo—. Estaba convencido de que nos encontraría. Y tenía razón.

Victoria me sostiene la mirada.

—Por cierto, Ricky no lo delató. Una amiga de Emily de la universidad nos ayudó a establecer la conexión.

Me sorprende que las amigas de Emily recordaran mi nombre. Yo no habría recordado los suyos de no haber estudiado los informes de la policía francesa.

—Es hora de irnos —dice Rivera.

Antes tengo que decir una cosa.

—Emily Young era extraordinaria. Lo que hicimos… tiene más sentido si saben eso. Si la hubieran conocido.

—Lo sabemos —dice Victoria.

Agacho la cabeza mientras Rivera me conduce por el gimnasio.

Fuera de mi edificio hay un sedán oficial esperando junto al bordillo. Rivera abre la puerta trasera y me hace entrar.

Sentado detrás, todavía puedo verme en aquella cafetería de París, esperando con la mirada fija en la puerta.

Espero que Emily sepa que estuve allí y que, una década después, sigo queriéndola.