Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Samuel

U na tarde de un jueves de junio, tres semanas después de que Thomas regresara a casa, el abuelo de Victoria abrió la puerta del armario de la habitación privada de su esposa y contempló la pila de cajas que había dentro.

Samuel sabía que la carta estaba allí. Tras la muerte de su esposa, la había encontrado dentro del álbum de fotos de su boda.

En el anverso del sobre había una sola palabra. Samuel. Escrita con la letra de Eleanor.

Cuando abrió el sobre sellado, encontró otro más pequeño en su interior.

Por si quieres saber la verdad.

Lo había vuelto a guardar y había cerrado la caja.

Los acontecimientos de la última semana habían cambiado las cosas.

El secuestro de su yerno, la incansable búsqueda de la verdad por parte de Victoria y las motivaciones de los hombres responsables de lo sucedido en aquel sótano.

Tal vez había sido el hospital, el verse postrado en una cama tras sufrir un infarto leve y comprender que le quedaba un número limitado de días.

Mientras Thomas permanecía cautivo, Samuel había observado a su nieta investigar y hacer preguntas para encontrar a su padre. Había ocultado el miedo de su rostro porque no quería que nadie más lo viera. No le había mentido, pero tampoco le había contado nada más.

Por fin estaba preparado para confirmar sus sospechas.

Las cajas estaban etiquetadas con la pulcra letra cursiva de su esposa.

Al principio no hizo caso del álbum de boda y se detuvo un momento a contemplar el certificado de bautismo de Abigail.

La fecha quedaba tan lejos y, sin embargo, los años habían pasado volando.

Después estudió una fotografía de su hija y su nieta junto al lago, tomada el verano anterior a la muerte de su hija.

Entonces cogió el sobre y se lo llevó a un sillón reclinable junto a la ventana. Fuera, dos cardenales se habían posado en el comedero para pájaros que Eleanor había colgado del roble la primavera anterior a caer enferma. Maureen se encargaba de mantener llenos los comederos.

Samuel volvió a evocar a su hija. Abigail. Aún le resultaba muy fácil conjurar imágenes de su rostro, congelado en el tiempo a distintas edades. Victoria, Abigail y Eleanor se parecían muchísimo.

Podía imaginar a Abigail con seis años, eligiendo con él un árbol de Navidad.

Iba bien abrigada con gorro, bufanda y manoplas, tomaba chocolate caliente y hablaba de Papá Noel.

A los trece, loca por los perros y tratando a los de la familia como si fueran personas.

A los veintidós, graduándose en el Wellesley College.

A los veintisiete, deslumbrante con su vestido de novia.

Abrió el sobre.

La carta constaba de una sola página manuscrita y estaba fechada tres meses antes de la muerte de Eleanor.

Samuel:

Te dije que la verdad te estaría esperando si querías conocerla. Creo que siempre te lo preguntaste, que tal vez lo sospechaste, pero nunca preguntaste. Si estás leyendo esto, antes de continuar, asegúrate de estar preparado.

La verdad podría cambiarlo todo, y no hay vuelta atrás.

Tengo que confesarlo en alguna parte, y he decidido hacerlo aquí.

Jules Johnson nos arrebató a Abigail. No actuó solo, pero fue el único al que atraparon.

Nunca dejé de pensar en nuestra hija, pero, incluso después de varios años, también seguía pensando en su asesino.

Me indignaba que siguiera con vida. Estaba en prisión, pero aún podía vivir, tomar decisiones, ver la televisión, comer y pasear por el patio.

Me lo imaginaba haciendo todas esas cosas, aunque no quería. No podía evitarlo.

Le arrebató a Abigail su hermosa vida y, aun así, él podía seguir despertándose cada mañana.

No te diré a quién llamé, quién me ayudó ni cuánto costó. No necesitas saberlo. Lo que sí te diré es que no me he arrepentido ni una sola vez de mi decisión.

Te quiero. Te he querido desde que tenía veintitrés años, y estoy segura de que te quise el día en que morí.

Sé que tú también me querías. Siempre me sentí segura y querida.

Pero debes conocer la verdadera naturaleza de la persona con la que te casaste.

No necesito perdón ni comprensión.

Te pido que guardes el secreto por el bien de Victoria.

Ha construido su vida en torno a la búsqueda de justicia.

Hasta cierto punto tiene razón, pero a veces no basta.

Espero que nunca se pregunte por qué Jules Johnson murió en prisión ni haga preguntas al respecto, pero, si lo hace, podrás decir que no tuviste nada que ver.

Con todo mi amor,

Eleanor

Samuel no volvió a leer la carta. La dobló por los pliegues originales y la sostuvo entre las manos.

Ahora solo había un cardenal en el comedero.

Un hombre había perdido a su hermana. Una madre había perdido a su hija. Ninguno de los dos había sido capaz de permitir que el responsable siguiera viviendo como si no hubiera ocurrido nada.

Samuel se estremeció.

Ahora tenía que cargar con un nuevo peso.

Quizá no por mucho tiempo.

No lo soltaría.

La puerta principal chirrió, anunciándole que alguien había entrado en la casa, en la planta baja.

Thomas lo llamó desde abajo. Habían quedado con Victoria y Ned para cenar en uno de sus restaurantes favoritos. Victoria tenía algo importante que contarles.

—Estoy arriba —dijo Samuel—. Bajo en un minuto.

Volvió a meter la carta doblada en el sobre y encendió la trituradora que utilizaba para documentos financieros y otra información privada. Introdujo la carta por la abertura y observó cómo quedaba reducida a finas tiras.

Cuando la carta dejó de existir, bajó a cenar con su familia y a escuchar lo que su nieta tuviera que contarles.