Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 52. CAPÍTULO 52
96%

52. CAPÍTULO 52

Dos años antes

L os dos hombres estaban sentados en un reservado de una esquina, al fondo del bar. Ambos eran fuertes, estaban en forma y llevaban el pelo muy corto.

—Gracias por venir —dijo Jake, mientras arrancaba trocitos de la etiqueta de su botella de cerveza.

Ricky apoyó las manos encallecidas sobre la mesa.

—Me sorprendió que contactaras conmigo. ¿Cuánto ha pasado? ¿Casi nueve años?

—El trabajo me mantiene ocupado. Ahora estoy en la CIA.

—Entonces, ¿te va bien?

—No, no me va bien —respondió Jake—. Sigo pensando en Emily todos los días. Probablemente por eso arruiné mi matrimonio.

Ricky resopló.

—Yo también pienso en ella. Sigo enfadado y, a este paso, eso no va a cambiar nunca.

Dio un largo trago a su cerveza.

—Emily habría odiado verme así. Para ella, lo importante era perdonar. Siempre miraba hacia delante. Quién sabe dónde estaría hoy. En aquella organización de ayuda internacional, pero dirigiéndola. Eso es lo que pienso.

Jake asintió, imaginando a Emily como esposa y madre, como hacía siempre. Su esposa. La madre de sus hijos.

—Lo que le pasó... no está bien. La persona que la mató sigue ahí fuera, viviendo su vida como si no hubiera ocurrido nada.

La mano de Ricky se cerró con fuerza alrededor de la cerveza.

—No me lo recuerdes.

—Por eso quería hablar contigo.

Jake bajó la voz.

—Sé quién lo hizo.

La expresión de Ricky cambió por completo. Echó la barbilla hacia atrás.

—¿Qué?

—Sé quién mató a Emily. O, al menos, estoy todo lo seguro que podré llegar a estar.

—¿Cómo lo averiguaste?

—Estudié archivos e información clasificados.

Até todos los cabos. El hombre que lo hizo era un borracho con inmunidad diplomática.

Y sigue siéndolo. Es rico y tiene buenos contactos.

Eso explica por qué cerraron la investigación y por qué nadie quiso ayudar a tu familia.

Ahora mismo ocupa un alto cargo en el Gobierno.

—Era de esperar.

Ricky entrecerró los ojos, furioso.

—Necesito saber quién es, pero, Dios... esto va a cambiarlo todo.

—Sí, tienes razón. Lo hará. A mí me cambió.

Ricky apartó la mirada y, acto seguido, volvió bruscamente la cabeza hacia Jake.

—Dímelo.

—Fue Harrison Porter. El actual jefe de Protocolo.

Ricky enarcó las cejas y se dejó caer contra el respaldo del reservado.

—¿Ese tipo? ¿Él mató a mi hermana? ¿No es algo así como un miembro del gabinete?

Cerró los puños sobre la mesa llena de arañazos.

—Tiene que pagar. Quiero que pague por lo que hizo.

—Yo también.

—¿Puedes demostrarlo? ¿Podemos mandarlo a la cárcel acusado de asesinato u homicidio?

—No. Sigue teniendo inmunidad. Si intentara utilizar la información que encontré, sería yo quien acabaría detenido. Él saldría indemne. Seguiría emborrachándose y destrozando más vidas. Es lo que hace.

Ricky se pasó una mano por el pelo y alzó la vista hacia el techo.

—Entonces eso solo empeora las cosas. ¿De qué sirve saberlo si no podemos hacer nada al respecto?

Jake sostuvo la mirada de Ricky.

—Podemos hacer algo. Tengo un plan.

Ricky escudriñó el rostro de Jake. Por fin, bajó la voz y preguntó:

—¿Quieres que lo asesinemos?

Jake recorrió el bar con la mirada para asegurarse de que nadie los observaba.

—No somos asesinos como él. No vamos a hacer daño a nadie.

—Entonces, ¿qué?

—Lo obligamos a admitir lo que hizo. Lo grabamos y después difundimos el vídeo por todo el mundo. Eso destruirá su vida. Su reputación. Todo el mundo sabrá quién es en realidad.

—¿Por qué iba a confesar? —preguntó Ricky.

—Lo hará si conseguimos que esté lo bastante desesperado. Ese tipo es un alcohólico empedernido. Sé cómo lograr que funcione. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito tu ayuda.

—Podríamos acabar en la cárcel por esto —dijo Ricky.

—Sí. Podríamos.

Ricky apuró la botella y la dejó a un lado.

—Cuenta conmigo. Tengo que hacerlo.

Jake llevaba demasiado tiempo cargando con aquello él solo. Había hecho planes en solitario, sin saber si alguna vez podría llevarlos a cabo. Pero ahora tenía un compañero. Alguien que lo entendía y a quien le importaba tanto como a él.

Los dos hombres pidieron otra ronda.

Jake le contó a Ricky todo lo que había planeado y lo que aún necesitaba.

—Tenemos que esperar a que se den las condiciones perfectas. No puede estar él solo. Necesitamos a otras personas para presionarlo. Yo estaré allí para asegurarme de que suceda. Fingiré que también me han secuestrado.

Ricky frunció el ceño.

—¿Estás seguro? ¿Crees que podrás lograrlo?

—Estoy seguro.

Alzaron las botellas de cerveza en un brindis sombrío.

—Por Emily —dijo Ricky.

—Por Emily —respondió Jake.

Ninguno de los dos dijo lo que ambos sabían. Emily los habría detenido de haber podido.