51. CAPÍTULO 51
L a tragedia de Emily Young también había ocupado las portadas. Todo el mundo parecía solidarizarse con ella.
El Gobierno francés había reabierto el caso. Presionado, el Departamento de Estado de Estados Unidos estaba llevando a cabo su propia investigación interna.
Los vídeos de la violenta muerte de Harrison seguían apareciendo en internet pese a los esfuerzos por eliminarlos de forma permanente.
El FBI había recibido por fin su expediente diplomático completo. No la versión maquillada que el Departamento de Estado entregaba cada año al Congreso. Ahora tenían un archivo con incidentes que habían permanecido ocultos durante décadas.
Victoria repasó la lista.
Bruselas - Daños materiales en un vehículo de la embajada. Incidente atribuido a un fallo mecánico. Nota interna: El embajador Porter se encontraba bajo los efectos del alcohol. Pagó personalmente las reparaciones.
Múnich - Accidente de tráfico entre un vehículo de la embajada y una motocicleta civil. Motociclista herido. Acuerdo privado por valor de 45 000 €. Investigación cerrada.
Londres - Altercado durante una recepción diplomática. Porter presuntamente agredió a un empleado subalterno. El empleado dimitió. Acuerdo de confidencialidad e indemnización de 75 000 dólares.
Berlín - Detenido por la policía local por conducir bajo los efectos del alcohol. Las autoridades alemanas dejaron en libertad a Porter debido a su inmunidad diplomática. No se presentaron cargos.
Harrison llevaba años dejando un rastro de destrucción por toda Europa y nadie lo había detenido. En vez de eso, lo habían ascendido. Lo habían nombrado jefe de Protocolo y puesto al frente de las ceremonias diplomáticas: el hombre que debía representar los valores estadounidenses en el extranjero.
La inmunidad lo había protegido de las consecuencias. El dinero de su familia debía de haberle permitido salir indemne de todos los problemas. Demasiadas personas habían mirado hacia otro lado.
Victoria se lo imaginó en el estrado durante la ceremonia de graduación de Georgetown, arrastrando las palabras de su discurso sobre diplomacia mientras las familias aplaudían. Lo habían ascendido y homenajeado.
Si alguien sabía lo que había hecho, comprendía por qué al final había renunciado a obtener justicia por los cauces oficiales. Pero eso no excusaba los actos de Ricky.
Victoria aún estaba completando el expediente sobre las transgresiones de Harrison.
Lo siguiente en su lista era conducir hasta Bethesda para entrevistar a Melissa Hartley, una amiga de Emily de la universidad que había viajado con ella a París para celebrar su graduación.
Diez años atrás había dado su versión a la policía francesa, sin resultado alguno.
Victoria creía que Melissa merecía que hablasen con ella. Y no solo por el expediente.
***
Melissa Hartley vivía en una casa de ladrillo de una sola planta en Bethesda. Victoria pasó junto a una bicicleta infantil y un casco mientras recorría el camino de entrada.
Melissa abrió la puerta vestida con unos pantalones elásticos negros y una sudadera con capucha, acompañada de un niño pequeño.
—¿Victoria? Hola. Pasa.
Melissa puso una película para su hijo y después sirvió dos tazas de café. Ella y Victoria se sentaron junto a la ventana de la cocina, desde donde se veía el patio trasero.
—Te agradezco que hayas accedido a hablar conmigo —dijo Victoria.
Melissa rodeó la taza con ambas manos. —No había hablado de Emily desde hacía mucho tiempo hasta…
hasta la confesión. Al menos, no con nadie que no fuera de la familia.
No es una historia que suela contar. Fue algo tan trágico y no se puede extraer ninguna lección de ello.
Emily no hizo nada malo. Pero pienso en ella a menudo.
Fue lo más triste y terrible que me ha ocurrido en toda mi vida.
Desde entonces he perdido a otras personas.
A mi padre. A un primo que tenía cáncer.
Pero la muerte de Emily fue tan repentina…
Estaba allí y, de pronto, ya no. Y Emily era tan buena.
Cuanto mayor me hago, más consciente soy de la persona extraordinaria que era.
—Eso mismo me ha dicho todo el mundo —dijo Victoria.
Melissa se tapó la boca con una mano. —Su muerte nos destrozó a Sarah y a mí. Sentíamos muchísima culpa. —Se secó los ojos—. Lo siento.
—Por favor, no te disculpes.
—Se suponía que iba a ser una celebración. El mejor viaje de nuestras vidas. Y acabó convirtiéndose en una pesadilla.
Victoria esperó a que Melissa se serenara. Finalmente, dijo:
—Háblame de aquella noche.
—Habíamos cogido un vuelo nocturno a París y apenas habíamos dormido.
Y luego estaba el desfase horario. Nos pasamos el día entero andando.
Kilómetros y kilómetros. Sarah y yo estábamos agotadas.
Queríamos volver a la habitación y caer rendidas.
Emily no. Intentaba adaptarse al horario de París durante el viaje.
No quería acostarse temprano. Así que siguió recorriendo la ciudad.
Sola. Ojalá nos hubiéramos quedado con ella.
Victoria se abstuvo de señalar que, de haber estado juntas, tal vez hubieran muerto las tres en vez de una sola.
—Después de que ocurriera, todo fue surrealista —dijo Melissa—.
En algún momento me di cuenta de que quizá el chico con el que salía ni siquiera sabía que había muerto.
¿No es horrible? No sé quién se lo habría contado.
Si te soy sincera, cuando nos enteramos de que Emily había muerto, me olvidé por completo de él.
—¿El chico con el que salía? —preguntó Victoria—. Hablé con los padres de Emily hace unas semanas. Me dijeron que Emily no salía con nadie.
—Ya. Bueno, su relación era complicada.
—¿Por qué?
Melissa dio un sorbo al café mientras escogía sus palabras.
—Sus padres eran muy religiosos y Emily sabía que no lo aceptarían.
Él no era cristiano. Creo que era judío.
No me acuerdo. Emily sabía que sus padres pondrían pegas, así que mantuvo la relación en secreto.
Pero la cosa iba en serio. Emily pensaba contárselo cuando volviera de París.
—Melissa apartó la mirada y se quedó contemplando el patio—. Nunca tuvo la oportunidad.
—¿Cuánto tiempo llevaban saliendo?
—Creo que lo conoció el verano anterior al último curso.
Hablaban sobre todo por teléfono y se enviaban mensajes.
Estaba loca por él. —Melissa apretó los labios—.
Nos burlábamos de ella. Le decíamos que lo mantenía en secreto porque no existía.
Pero luego lo conocí. Una vez. —Melissa sonrió—.
Estaban completamente enamorados. Se notaba.
Cualquiera podía verlo. Era muy bonito. Estoy segura de que se habrían casado.
—¿Recuerdas cómo se llamaba?
—Lo siento. Ha pasado demasiado tiempo. —Bajó la mirada hacia el café—. Era guapo. Respetuoso. Hacía feliz a Emily. Y ella se lo merecía.
Victoria cerró el cuaderno. Tras darle las gracias a Melissa, regresó a su coche y volvió a pasar junto a la bicicleta infantil.
Había llegado al bordillo cuando Melissa la llamó.
—¡Victoria!
Victoria se volvió.
Melissa bajó trotando los escalones de la entrada. —Acabo de recordar su nombre. No sé por qué me ha venido ahora a la cabeza, pero así ha sido. Se llamaba Jack. Estoy casi segura. Jack Miller.
—Jack Miller —repitió Victoria.
—O algo parecido. —Melissa desvió la mirada cuando su hijo pequeño atravesó con paso vacilante la puerta abierta y empezó a bajar los escalones tras ella—. Siento no estar completamente segura.
—No pasa nada. Me has ayudado mucho.
Victoria recorrió el resto del camino hasta el coche y subió, con la cabeza dándole vueltas.
Jack Miller.
Miller era uno de los apellidos más comunes del país. Victoria había ido al instituto con un tal Jack Miller que jugaba al fútbol americano y después se había hecho oftalmólogo.
Jack y Jake no eran el mismo nombre. Melissa no estaba segura. Había pasado demasiado tiempo para que pudiera estarlo.
Victoria salía del barrio cuando los hechos empezaron a arremolinarse en su mente.
El agente de la CIA Jake Miller tenía treinta y tres años.
Se detuvo ante un semáforo en rojo.
Sus padres habían emigrado de Israel. Era judío, al menos por ascendencia.
El semáforo se puso verde. No se movió hasta que el coche de detrás tocó el claxon.
Había ido a París para darle una sorpresa a alguien. Una mujer que nunca se presentó a la cita. De la que nunca volvió a tener noticias.
¿Se debía a que ya estaba muerta?
Victoria recordó la presentación de Sam sobre el destino de Jake y su condecoración. Jake había solicitado un puesto dentro del país.
No solo dentro del país. En concreto, en un equipo de seguridad diplomática.
Habían pensado que se debía al desgaste profesional.
Apretó con más fuerza el volante.
Cuando Victoria habló con Brandi Smith, la exmujer de Jake, esta le dijo que lo amaba. El problema era que él nunca se había implicado del todo en su matrimonio. Los agentes lo habían atribuido a su trabajo. Pero quizá se debiera a que nunca había superado la pérdida de Emily.
Si Jake había conocido y amado a Emily Young, si había visto cómo enterraban la investigación y después había pasado años con acceso a archivos clasificados hasta descubrir la verdad, entonces todo lo que Victoria creía comprender sobre el secuestro era falso.
Jake no había cometido un error cuando secuestraron al jefe de Protocolo.
Se había colocado exactamente donde quería estar.
Victoria sintió escalofríos por todo el cuerpo mientras llamaba a Rivera.
—Necesito que me digas que hay algo que no cuadra en lo que voy a contarte. Espero estar equivocada.
Tres horas después, los agentes estaban de nuevo en la sala de reuniones. Llevaban horas investigando el pasado de Jake.
Sam cerró el expediente de papel y lo empujó hacia el centro de la mesa.
—Todo encaja. Absolutamente todo. Jake no pidió que lo asignaran específicamente a la escolta de Harrison Porter.
Pero sí solicitó una rotación en seguridad diplomática.
Su acceso como agente de la CIA le permitía consultar los archivos de la embajada.
Y, aunque nunca conociera a los padres de Emily, sí conoció a su hermano.
—Desde el principio planeaba estar con ellos en aquel sótano —dijo Victoria.
Era la primera vez que oía la afirmación en voz alta, aunque llevaba horas pensándola—.
No fracasó al proteger a Harrison Porter.
—Se acercó a la pizarra y se detuvo frente a la fotografía de Jake—. Jake fue el cerebro del secuestro.
La sala quedó en silencio.
Sam asintió.
Rivera se reclinó en la silla y se quedó mirando el techo.
Parecían tan decepcionados como ella se sentía.
Victoria recordó una frase de su discurso de graduación.
La justicia por los cauces adecuados es lenta y complicada.
Y lo que no había dicho: que a veces no llega.
Había visto a personas hacer por amor cosas que ella jamás podría aprobar.
A veces comprendía sus motivos, pero eso no importaba.
Arrancó de la pared la fotografía de Jake. —Consigamos la orden de detención.