50. CAPÍTULO 50
M ientras saboreaba un matcha latte, Victoria estaba sentada en el suelo del despacho de su casa. Acariciaba la cabeza de Myrtle.
Su teléfono vibró. Era su amiga Zoey, que vivía calle abajo.
¿Te apetece salir a pasear mañana?
Victoria sonrió. La urgencia de su caso había terminado y, al salir del trabajo, podría dar un paseo con su vecina y sus perros. Le respondió y acordaron una hora.
—Los burros ya han comido —anunció Ned antes de aparecer en el umbral. Observó a Victoria y a Myrtle, sentadas una junto a la otra en el suelo—. ¿Cómo está? —preguntó.
—Bien, creo.
Él asintió y las dejó solas.
Unos minutos después, gritó:
—¡A desayunar!
Los perros salieron disparados hacia la cocina desde distintos puntos de la casa.
Myrtle no podía oír a Ned, pero vio pasar a los perros por delante del despacho, se levantó y fue tras ellos. Seguía teniendo un apetito excelente.
Victoria se terminó el té e inició sesión en su portátil.
Ricky Young era ya un nombre conocido por todo el mundo, y todos sabían del secuestro que había llevado a cabo. Pese a la estremecedora violencia de sus actos, no había quedado como el malo de la historia. Algunos parecían considerarlo una especie de héroe justiciero.
Habían transcurrido casi dos semanas desde que la confesión de Lawrence Goodman se hiciera viral. La historia se propagaba como la pólvora, impulsada por una avalancha de nuevas acusaciones.
La primera mujer dio un paso al frente poco después de que se publicara el vídeo.
Una joven de dieciséis años de Virginia.
La Fundación Goodman le había concedido una beca.
Había asistido a dos de las cenas obligatorias.
En la segunda, Lawrence la había obligado a hacer cosas que ella no quería hacer.
No había acudido a una tercera cita. Una compañera del instituto y su hermana mayor corroboraron su declaración.
La joven les había contado lo sucedido justo después.
Otras tres mujeres relataron historias parecidas. Después fueron cinco. Luego ocho.
Los tribunales estaban invalidando los acuerdos de confidencialidad.
Los bufetes aceptaban casos pro bono. Una antigua empleada de la fundación dio un paso al frente y admitió su participación.
Siguiendo instrucciones de Lawrence, había buscado candidatas que cumplieran determinados criterios físicos: cabello rubio, ojos azules y complexión delgada.
Dos universidades habían anunciado que retirarían su nombre de sus edificios. El futuro del Centro Goodman de Ética Empresarial de Georgetown se decidiría ahora mediante una votación de la junta. Todo el mundo esperaba que la decisión de devolverle su donación fuese unánime.
Lawrence contaba con un equipo de abogados de primer nivel.
Estos habían construido su defensa en torno a las circunstancias de la confesión.
Se había producido bajo una coacción extrema y la amenaza de violencia inminente.
El argumento no era erróneo. Una confesión obtenida bajo coacción tenía un valor jurídico limitado.
Pero las mujeres que estaban dando un paso al frente no tenían nada que ver con aquello.
Cuando eran menores, habían firmado documentos que les exigían guardar silencio. Obedecieron porque eran jóvenes y creían que sufrirían consecuencias si no lo hacían.
Pero eso había cambiado. Dieron un paso al frente sabiendo que la gente las creería y las protegería.
Las declaraciones de las denunciantes abarcaban una década.
Las chicas recibían invitaciones exclusivas para solicitar una beca en una institución de élite.
Después venían las cenas privadas. Alcohol ofrecido a menores.
Habitaciones de hotel. La beca y los privilegios eran como una puerta abierta que aguardaba a que alguien la cruzara.
Algunas chicas habían cruzado aquella puerta y lo lamentaban profundamente, aunque ninguna tanto como Allison Hammond. Otras habían dado media vuelta y habían echado a correr, igual que Victoria había huido de una biblioteca a los once años.
Lawrence todavía no había sido detenido por nada. Sus abogados dilatarían el proceso judicial durante mucho tiempo. Pero las demandas civiles seguían acumulándose. Las fiscalías de varias jurisdicciones estaban preparando casos a partir de las declaraciones de las mujeres.
Lawrence no escaparía de aquello.
Las mujeres a las que había aterrorizado para obligarlas a guardar silencio ya no tenían que callar.
Ya era hora.
Victoria se levantó del escritorio. Quería sacar a Myrtle a dar un paseo corto mientras aún pudieran hacerlo.