49. CAPÍTULO 49
E n una sala de interrogatorios de la oficina del FBI en Washington D. C., Victoria tomó asiento frente a Ricky Young y su abogado de oficio.
Ricky estaba sentado al otro lado de una mesa metálica, con las manos cruzadas. Llevaba un mono gris de detenido.
—Señor Young. Soy la agente especial Victoria Heslin.
—Sé quién es, porque fue usted quien me detuvo —dijo él en tono respetuoso—. Y sé que es la hija de Thomas Heslin. ¿Cómo está?
—Se está recuperando.
—Antes de que empecemos —dijo el abogado, removiéndose en la silla—, he informado a mi cliente de sus derechos. Quiero que conste en acta que...
—Lo hice yo —lo interrumpió Ricky—. Y le diré lo que quiera saber.
El abogado frunció el ceño mientras escribía en su bloc amarillo.
—Hemos interrogado a los hombres que secuestró —dijo Victoria—. Sabemos lo que ocurrió. Si hay algo más que deba contarnos, como, por ejemplo, si tuvo cómplices, este es el momento.
La expresión de Ricky no cambió. —No hay nadie más. Y le juro por mi vida que mis padres no sabían nada de esto.
Victoria creyó esa última parte.
—Secuestró a cuatro hombres, los sedó y después los llevó al sótano de su desguace. Por no hablar de la información que recabó. La vigilancia del acto de Georgetown. La información sobre Harrison Porter. ¿Todo eso lo hizo una sola persona? —preguntó.
El abogado tocó el brazo de Ricky, pero este no le hizo caso. —Sí. Una sola persona. Yo.
Victoria lo estudió. —Los hombres despertaron en el sótano. Las escaleras eran empinadas. ¿Los bajó usted solo?
Ricky se recostó en la silla y flexionó los bíceps.
Los músculos se le hincharon. —Llevo ocho años arrancando acero y cobre de edificios.
He sacado frigoríficos, calderas, bañeras de hierro fundido.
Yo solo. —Se cruzó de brazos—. Cuatro hombres, de uno en uno, sobre una carretilla y por una rampa que construí yo mismo.
Fue uno de los trabajos más fáciles que he hecho en mi vida.
—¿Cómo consiguió el gas sedante?
—Me lo proporcionó un tipo que tenía un contacto en el ejército. Tardé cuatro meses.
—La llamada suplantada al supervisor de Jake Miller. ¿Cómo lo hizo?
—Me ayudó un servicio técnico por internet.
—¿Dónde lo encontró?
—En la web oscura. Fue una transacción en efectivo, y no salió barata. Nunca tuve ningún nombre. Se suponía que era imposible de rastrear.
Eso coincidía con lo que había averiguado Sam.
—¿Planeó y ejecutó usted solo toda la operación? —preguntó.
—Sí. Durante dos años.
Dos años de planificación mientras dirigía un negocio legal. Había interrogado a cientos de delincuentes. Rara vez había visto semejante grado de paciencia y disciplina en una búsqueda de venganza.
—De acuerdo, entonces —dijo—. Cuénteme cómo descubrió que había sido Harrison Porter.
—Contraté a alguien para que investigara. No voy a darle ningún nombre. No lo tengo. Esa persona no sabía qué pensaba hacer yo con la información.
—¿Qué averiguó?
—Un memorando interno de la embajada en el que se ordenaba a la policía francesa cerrar la investigación. Otra referencia a la inmunidad diplomática. Otra persona encontró registros de hotel y un coche de alquiler pagado por Harrison Porter.
La historia era verosímil. Cualquier otra persona podría haber encontrado esos registros si sabía qué buscar.
Existía toda una industria dedicada a obtener y vender información que no debería ser accesible.
Sam había encontrado los mismos registros por los cauces oficiales del FBI y después de que Caroline Porter les diera acceso a los extractos de su tarjeta de crédito.
El rastro estaba ahí para cualquiera que decidiera buscarlo.
—Podría haber acudido a nosotros cuando obtuvo esa información —dijo Victoria.
Ricky apretó los puños. Una vena le latía en el cuello.
—Ya había suplicado a la policía francesa que nos ayudara.
Y también a la embajada estadounidense. Intenté escribir cartas al Departamento de Estado.
Me pasé ocho años tratando de seguir los cauces oficiales.
—Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en la mesa—.
No dejaba de pensar que Emily habría querido que hiciera las cosas como es debido.
Que acudiera a un periodista o a un senador.
—Agachó la cabeza—. Pero a nadie le importaba.
No querían investigar la historia. No era lo bastante importante.
—Así que decidió hacer que lo fuera.
—Exacto. Por eso acudí a usted. Pensé que a usted sí le importaría. Este país y sus instituciones le fallaron a mi hermana. Esa es la verdad.
—En eso estoy de acuerdo con usted —dijo Victoria—. Pero no en lo que les hizo a Harrison Porter y a los otros tres hombres que secuestró. Ejerció de juez y verdugo. Nuestro mundo dejaría de funcionar si todos actuáramos así.
—Desde mi punto de vista, ya había dejado de funcionar —respondió Ricky.
Victoria lo estudió. No parecía enfadado ni a la defensiva. Estaba tranquilo y parecía estar en sus cabales.
—No es la primera persona que conozco que ha decidido que la justicia de su causa bastaba para justificar sus actos.
Ricky sostuvo su mirada. —¿Tenían razón?
—Algunos sí. Pero no se trata de eso. Se trata de que no se puede confiar en que ninguno de nosotros sea al mismo tiempo la víctima y el juez. Estamos demasiado implicados. Vemos lo que necesitamos ver.
—Yo vi la verdad.
—Vio su verdad. Y por eso ha muerto un hombre.
Ricky guardó silencio durante un momento. —Emily era mi hermana pequeña, pero también era la mejor persona que he conocido en mi vida.
—Por lo que hemos averiguado, su hermana era una mujer extraordinaria —dijo Victoria—. Es una pena que usted no se mantuviera fiel a sus principios.
Ricky Young había amado a su hermana, había agotado todas las vías legítimas y después había cruzado una línea que sabía que no debía cruzar. Victoria lo entendía, pero seguía siendo culpable.
—Voy a presentar un informe al fiscal para recomendarle que tenga en cuenta todo el contexto al solicitar la pena.
El historial de Harrison Porter, el encubrimiento de la embajada, la década de inmunidad diplomática.
El tribunal debería entender a qué se enfrentaba antes de decidir qué castigo merece.
—Soy culpable —dijo Ricky—. No espero nada.
El abogado se irguió en la silla. —¿Está condicionada esa oferta a algo? ¿A una mayor cooperación, a que proporcione más información?
—No —dijo Victoria—. Y no es una oferta. Es simplemente lo que voy a hacer.
Recogió su bolso y se dirigió hacia la puerta. Tenía la mano sobre el picaporte cuando Ricky volvió a hablar.
—Agente Heslin.
Ella se volvió.
—Su padre. —Ricky le sostuvo la mirada—. Lo suyo fue simplemente mala suerte. Se vio envuelto en todo esto por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Necesitaba a los demás para conseguir que Harrison confesara. Su padre no debería haber estado allí. Jake tampoco.
—Gracias —dijo Victoria. Y lo decía de corazón.