48. CAPÍTULO 48
J ake estaba en la segunda planta del hospital, donde le estaban curando y suturando la oreja.
El director ejecutivo del hospital había recibido a Lawrence en la zona de ambulancias. Ahora Lawrence esperaba en una suite vip. Habían avisado a sus médicos y abogados, que ya estaban de camino.
Victoria vio a Ned en el pasillo del hospital, frente a la habitación de su padre. Lo saludó con una sonrisa cansada.
—¡Lo habéis encontrado! —exclamó Ned.
—Sí. Están aquí, haciéndose un reconocimiento. Los tres.
Ned la estrechó entre sus brazos.
—Gracias a Dios. ¿Y tu padre...? ¿Cómo está?
—Está deshidratado. Hambriento. Pero no le falta ninguna parte del cuerpo.
—Eso es bueno.
Ned asintió y luego negó con la cabeza, como si apenas pudiera creerlo.
Se abrazaron durante unos segundos, hasta que él dijo:
—Tengo que irme. Tengo varias operaciones programadas a primera hora. Antes pasaré por casa para dar de comer a los animales.
—Gracias —respondió ella, aferrándose a su brazo.
Ned la besó en la frente.
—Tu abuelo ha estado despierto casi toda la noche. Se sentirá mucho mejor cuando le des la noticia. Y tú descansa un poco, si puedes.
—Lo haré. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Ned se marchó y ella entró en la habitación de su abuelo.
Con el televisor apagado, en la habitación no se oía nada salvo el suave pitido de un monitor. Su abuelo estaba incorporado en la cama. Esperando.
—Lo hemos encontrado —dijo ella.
—¿Está herido? —preguntó su abuelo.
—Lo están examinando ahora. Creo que se pondrá bien.
—Es un buen hombre. Tu padre.
—Lo sé.
—Abigail eligió bien. Y tú también.
Victoria le cogió la mano.
—Gracias. Desde luego que sí.
—Estaría bien que os casarais de una vez. Me gustaría estar presente para la ocasión.
Su abuelo volvía a comportarse como siempre. Dejaba claros sus deseos y calculaba cuántos días le quedaban para verlos cumplidos.
—Eres uno de nuestros invitados más importantes —dijo ella—. Estamos en ello.
—¿Sabe tu padre que estoy aquí?
—Sí. Le he dicho que estabas bien.
Su abuelo se rio.
—Lo estoy. Para tener ochenta y nueve años.
Se recostó de nuevo sobre la almohada.
—Puedes decirle que, cuando se recupere, quiero ese segundo bourbon que nunca llegué a tomar en la recepción.
—Puedes decírselo tú mismo.
A su abuelo empezaban a pesarle los párpados.
Victoria se sentó en la silla de plástico junto a la cama sin soltarle la mano.
Apenas podía mantener abiertos sus propios ojos. El subidón de adrenalina había desaparecido. Funcionaba con las últimas reservas. Cogió la manta de más que había a los pies de la cama de su abuelo y se cubrió con ella.
Los párpados le aletearon varias veces antes de permitir que se cerraran.
Un tiempo después, el chirrido de unas ruedas en el pasillo la despertó.
Una enfermera entró empujando la silla de ruedas de su padre.
—¿Habría alguna posibilidad de que me trajera una hamburguesa? —le preguntó él a la enfermera.
—A estas horas, no —respondió la enfermera—. Cuando abra la cafetería del hospital, servirán el desayuno.
Él se lo pensó.
—¿Un bocadillo de huevo? Y cualquier cosa que pueda pasar por un batido.
—Yo me encargaré de encontrarle algo que le guste —dijo Victoria, y la enfermera pareció agradecida.
El hospital había tenido la amabilidad de alojar a su padre y a su abuelo en la misma habitación. Habían dejado medio corrida la cortina que los separaba.
Su padre miró por el hueco hacia su suegro.
—Duerme como un tronco, ¿verdad?
Victoria mantuvo la voz baja.
—Estaba preocupado. Le ha pasado factura.
Y no solo a él.
Victoria cogió el teléfono y encontró un restaurante abierto las veinticuatro horas que hacía entregas en el hospital.
Mientras esperaban la comida, tendría tiempo de hablar con su padre.
Pronto tendría que informar de todo a un grupo de trabajo al completo.
Por el momento, lo tenía para ella sola y le sobraban las preguntas.
Abrió su cuaderno.
—¿Puedes empezar por el principio? Cuando Jake te dijo que salieras de la recepción.
—Te contaré todo lo que recuerde.
En voz baja, relató lo sucedido por orden cronológico.
Cómo subieron al todoterreno.
Cómo despertó en el sótano con Jake.
Cómo Lawrence y Harrison despertaron unos minutos después.
El síndrome de abstinencia de Harrison y cómo después perdió un dedo.
La herida de Jake en la oreja.
La confesión de Lawrence.
Cómo se volvieron contra Jake y cómo más tarde tuvo que disculparse con él.
Y después... lo que le ocurrió a Harrison. Lo que Ricky le hizo mientras los demás miraban, atados e indefensos.
Victoria escuchó y escribió sin interrumpirlo.
Su abuelo siguió durmiendo durante todo el relato.
—¿No visteis ni oísteis a nadie más aparte de Ricky? —preguntó.
—No. No vimos a nadie más. Se oían muchos ruidos encima de nosotros, y el tren..., pero a nadie más.
Victoria siguió escribiendo.
—¿Jake perderá su trabajo? —preguntó su padre.
—No lo sé. Eso es asunto de la CIA.
—No debería. Fue mi sostén. Mantuvo la calma, incluso cuando nos volvimos contra él. Tomó decisiones racionales. Sin él, es posible que todos estuviéramos muertos.
Su padre tragó saliva y sostuvo la mirada de Victoria.
—Me recordó a ti.
—Me alegro de que estuviera con vosotros —le dijo Victoria.
Un nuevo mensaje iluminó la pantalla de su teléfono. Sintió una punzada de pánico que duró una fracción de segundo, hasta que recordó que la pesadilla había terminado. No habría más mensajes del secuestrador de su padre. Solo era un mensaje sobre el pedido de comida. Cerró el cuaderno.
—Voy a bajar para encontrarme con el repartidor. Vuelvo enseguida.
—Voy a necesitar un teléfono nuevo —dijo él—. A menos que hayáis encontrado el mío.
—Ahora es una prueba —respondió ella mientras se levantaba—. Tendrás que comprarte otro.
—Me lo imaginaba. Escucha, si me quedo dormido mientras estás fuera, despiértame para comer, por favor.
Ella le prometió que lo haría.
Pese al cansancio, el peso emocional que había soportado durante los últimos días se había disipado. Aún les quedaban entrevistas y mucho papeleo por delante. Había mucho más que averiguar y comprender. Pero la parte más importante había terminado. Su padre había vuelto.