Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 46. CAPÍTULO 46
86%

46. CAPÍTULO 46

V ictoria se inclinó hacia delante en el asiento, mirando a través del parabrisas del coche de Rivera la carretera que se extendía ante ellos.

Apenas había terminado de detenerse en el desguace de Moffet Yards cuando ella ya había salido del coche.

La verja seguía cerrada, pero ya no tenía echado el candado. Victoria entró en la propiedad. Rivera iba justo detrás de ella.

Había alguien allí.

Una camioneta blanca estaba aparcada cerca del edificio.

Los agentes sacaron sus armas y avanzaron.

Un hombre alto, vestido con pantalones beis y camisa verde, salió a grandes zancadas por la entrada lateral. Llevaba una bolsa de basura negra y se dirigía hacia el contenedor. Abrió mucho los ojos al verlos. Desplazó una mano hacia la chaqueta.

—¡Agentes federales! —La voz de Rivera restalló en el patio—. ¡Las manos donde pueda verlas! ¡Ahora!

El hombre dejó la bolsa en el suelo de grava.

—¡Al suelo! —gritó Rivera—. ¡Tírese al suelo ahora mismo!

Victoria mantuvo el arma apuntada al hombre, atenta a sus ojos, tratando de determinar si estaba a punto de huir o de plantarles cara.

Él parecía estar sopesando esas mismas opciones. Entonces levantó los dos brazos y se arrodilló.

—¿Qué hay en la bolsa? —exigió saber Rivera.

El hombre miró la bolsa de basura y luego volvió a mirarlos.

—Ropa.

La ropa que llevaba estaba limpia, pero sus botas de trabajo estaban cubiertas de un líquido oscuro.

—¿Cómo se llama? —preguntó Victoria.

—Ricky Young.

Lo había sabido desde el momento en que le vio la cara. La misma mandíbula, los mismos ojos oscuros que Emily en las fotografías de la casa de los Young.

—¿Dónde están? —La voz se le quebró en la última palabra. Le daba igual.

—Dentro. En el sótano. —Señaló el edificio con la cabeza—. La llave está en mi bolsillo izquierdo. Su padre está vivo.

Victoria necesitó un segundo entero antes de poder volver a respirar.

Rivera esposó al sospechoso.

—¿Cuántos más están con usted? —exigió saber, erguido sobre Ricky—. ¿Quién más está implicado?

—Nadie. Solo yo.

Rivera sacó la llave del bolsillo de Ricky y se la dio a Victoria.

—Vaya. Yo me encargo de él.

Ella se dirigió hacia el edificio con el arma en alto mientras Rivera solicitaba refuerzos y una ambulancia.

Con la espalda pegada a la pared, se acercó poco a poco a la puerta. Empujó y esta se abrió hacia dentro. Esperó, escuchando. Reanudó el avance y despejó el primer pasillo, luego el segundo, deteniéndose en cada puerta. Ricky había dicho que estaba solo. Pero no podía confiar en él.

Llegó al hueco de la escalera sin ver un alma. Al pie de los peldaños la esperaba una puerta de acero cerrada con llave. La llave abrió la cerradura. Empujó la puerta con el pie, sujetando el arma con ambas manos.

Lo primero que la golpeó fue el hedor espantoso.

Su mirada recorrió el espacio. Era la misma habitación de los vídeos. Había cuatro hombres vestidos con pantalones de traje y atados. Un charco gigantesco de sangre rodeaba a uno de ellos.

Encontró a su padre con la espalda apoyada contra un frigorífico, las muñecas sujetas a la espalda con bridas y los tobillos atados. La sangre le cubría la ropa y las manos.

—Victoria —articuló él sin voz.

—¡Oh, gracias a Dios! ¡Ya era hora! —gritó Lawrence—. Desátame y sácame de aquí.

En el centro de la habitación, Jake la saludó con la cabeza, los ojos llenos de alivio. Una tira ensangrentada de camisa le cubría un lado de la cabeza.

Como era de esperar, Harrison Porter seguía inmóvil.

Victoria corrió hacia su padre. Utilizó el cuchillo para cortar las bridas de sus manos y luego las de los tobillos.

—Sabía que nos encontrarías. Les dije que lo harías. —Su padre hizo una mueca al llevar los brazos hacia delante. El plástico se le había clavado en la piel y había dejado profundas marcas rojas.

Ella lo ayudó a levantarse y, mientras lo hacía, le examinó el cuerpo. La sangre había salpicado a todos y cada uno de los rincones de la habitación, pero su padre no parecía estar herido.

—Vienen ambulancias —dijo.

Durante unos segundos, la habitación desapareció: la sangre, el olor, el cuerpo sin vida de Harrison en el centro.

Victoria solo era consciente de su padre.

Parecía más delgado y agotado… pero estaba vivo.

Se alegraba tanto de verlo, agradecía tanto que Rivera y ella hubieran llegado cuando lo hicieron.

—Estoy aquí —dijo Rivera a su espalda—. La policía tiene al sospechoso.

Rivera abarcó la habitación de una sola mirada y luego fue directo hacia Jake para cortar las ataduras del agente.

Jake permaneció en silencio. Victoria imaginó que estaría reviviendo cada segundo y cada decisión que los habían llevado al cautiverio y a la muerte de Harrison Porter.

Las ataduras de Lawrence fueron las últimas que retiraron.

—Date prisa —le gritó a Rivera—. Necesito un teléfono. Que alguien me dé un teléfono. Tengo que llamar a mi abogado. —Agitó la mano delante de la cara de Rivera—. Tu teléfono.

—Señor, los paramédicos… —dijo Rivera.

—Necesito tu teléfono —gritó Lawrence.

—Claro. Aquí tienes. —Rivera desbloqueó el dispositivo y se lo entregó.

Por encima de ellos, atravesando el hormigón y las plantas medio demolidas, les llegó el ulular de las ambulancias que se aproximaban.

El padre de Victoria estaba tan entumecido que apenas podía moverse. Ella caminó a su lado, cruzó la puerta y llegó al hueco de la escalera.

Jake fue el siguiente y caminaba sin ayuda.

Apoyado en Rivera, Lawrence los siguió con pasos lentos e inseguros. Hablaba por teléfono con voz apremiante.

—Todo lo que dije me fue arrancado bajo coacción. Todo. Quiero que todo tu equipo se encargue de esto.

Uno a uno, salieron al aire nocturno.

Las luces de dos ambulancias, un camión de bomberos y un coche patrulla destellaban en la oscuridad. Apareció otro coche patrulla con las sirenas aullando.

El cielo sobre el almacén tenía un tono gris oscuro y desvaído. Una brisa fresca recorría el desguace, arrastrando el olor de los gases de escape de las ambulancias que aguardaban con el motor encendido.

Un paramédico le entregó una botella de agua al padre de Victoria. Él bebió a pequeños sorbos y después tomó algunos más largos.

—¿Qué hora es? —preguntó mientras volvía a poner el tapón—. ¿Qué día es?

—Son casi las nueve y es martes.

—¿Cómo nos encontraste?

—Tu captor me estaba enviando mensajes desde tu teléfono. ¿Lo sabías?

—No, no lo sabía. Lo siento.

—No tienes nada por lo que disculparte, papá.

—Tienes razón. Solo quiero irme a casa y ducharme. Comer y dormir.

Victoria lo entendía. Ahora que habían encontrado a los hombres, eso era también lo que ella necesitaba hacer. Pero la noche distaba mucho de haber terminado.

—Tienes que ir al hospital para que te examinen. Y después, siento decirte que tendrás que responder a mil preguntas sobre lo sucedido.

Él suspiró.

—Hay otra cosa que debes saber… El abuelo está allí. En el hospital. Creen que ha sufrido un infarto leve. Ned está con él.

—¿Ha ocurrido mientras yo no estaba? Espero que no haya sido por mi culpa ni por toda esta situación.

—No lo sé, pero se alegrará de que haya terminado y de verte. Me reuniré contigo allí dentro de poco. Me alivia muchísimo que estés bien, papá.

Él volvió a abrazarla antes de que el paramédico lo ayudara a subir a la parte trasera de una ambulancia.

Cerca de allí, Lawrence seguía hablando por teléfono.

—Haz que mi médico privado tome un avión para reunirse con nosotros en el hospital. Tengo sed. Me muero de hambre. Estoy agotado. Debo de estar en estado de shock. Ha sido un infierno. Un auténtico infierno. —Señaló a otro sanitario—. ¿Dónde está mi agua?

Jake estaba sentado en el parachoques trasero de otra ambulancia, con una manta sobre los hombros, mientras un paramédico le atendía la oreja. Cuando Victoria se acercó a él, miraba fijamente al suelo y no la vio llegar.

—Jake —dijo.

Él levantó la vista. Debía de estar tan conmocionado y agotado como los demás, pero, a diferencia de los otros hombres, probablemente cargaba además con el peso de la culpa.

Victoria se detuvo ante él.

—Gracias por mantener vivo a mi padre.

—No necesitó mi ayuda. Conservó la calma todo el tiempo. —Jake volvió a bajar la mirada hacia el suelo—. No esperaba que muriera nadie. Tenía comida y agua para nosotros. Pensé que, una vez que consiguiera su confesión, nos dejaría marchar a todos.

—Harrison probablemente habría muerto en esa habitación hicieras lo que hicieses. Ricky Young entró allí con un plan. No le importaba que lo atraparan.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jake.

—Mientras estabais cautivos, me envió pistas usando el teléfono de mi padre. Quería que supiéramos dónde estaba. Por eso llegamos cuando lo hicimos. De lo contrario… —Expulsó el aire ruidosamente—. Mira, no voy a decirte cómo debes sentirte por esto, pero nada de lo ocurrido fue culpa tuya.

Jake ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada, pero Victoria se alegraba de que la hubiera oído. Tendría que escucharlo una y otra vez si quería seguir adelante después de aquello.

No sabía todo lo que los hombres habían soportado durante su cautiverio, pero habían presenciado la brutal muerte de Harrison Porter. No habían podido hacer nada para impedirla. No la olvidarían en mucho tiempo.

Se volvió bruscamente hacia la ambulancia en la que había subido su padre.

—¡Esperad! —gritó—. Voy con vosotros.