Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 45. CAPÍTULO 45
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45. CAPÍTULO 45

T homas usó las caderas y los codos para desplazarse de lado y alejarse del charco de sangre de Harrison que se extendía hacia él.

No habían apagado las luces desde que llegaron a su prisión. Thomas deseaba poder hacerlo ahora para no tener que seguir contemplando el horror que los rodeaba. No quería morir así. Tenían que salir de allí.

—Siempre pensé que moriría de un infarto —dijo Lawrence—. Cuando fuera muy viejo. A los noventa y cuatro, eso imaginaba. En mi dormitorio de la casa de los Hamptons, con vistas al océano. —Soltó una risa quebrada—. No así. Como un animal atrapado. ¿Y tú?

—No quiero hablar de eso —dijo Thomas.

Había estado calculando sus probabilidades de sobrevivir.

Aunque consiguieran desatarse, ya se habían quedado sin agua.

Sin ella, el cuerpo humano aguantaba tres o cuatro días.

¿O eran dos? Tenía la boca insoportablemente seca.

Los labios se le estaban agrietando. Intentó no imaginar cuánto empeoraría todo antes de que murieran de deshidratación o se vieran obligados a plantearse beber del suelo la sangre de Harrison.

Se estremeció.

Las bridas le habían cortado tanto la circulación que había perdido la sensibilidad en los dedos.

Jake estaba sentado, pero llevaba mucho tiempo sin moverse. Las muñecas atadas descansaban sobre su regazo. La camiseta que le rodeaba la cabeza y le cubría la oreja se había secado hasta adquirir un oscuro color herrumbre. Su rostro era inescrutable.

—Jake —dijo Thomas—. No te vayas. Quédate con nosotros.

Jake no respondió.

—Siento que te acusáramos —dijo Thomas.

Seguía sin responder.

Visualizó el rostro de Victoria. Después, el de Alex. Minka. El bebé que estaba en camino.

Sus futuros nietos crecerían oyendo historias sobre un abuelo y una abuela a quienes nunca llegaron a conocer.

Después apareció el rostro de Emily Young. La imagen de la fotografía que les había enseñado su captor.

No estaríamos aquí de no ser por ella.

El pensamiento surgió antes de que pudiera contenerlo. No era culpa de ella. Emily Young no había pedido nada de aquello.

Ella estaba muerta.

Thomas no.

Todavía no.

Sus pensamientos no lo llevaban a ninguna parte útil. Estaba atado con bridas en un suelo de hormigón junto a un muerto. Tenía tanta sed que apenas podía pensar. La tristeza y la rabia lo abrumaban.

—Tenemos que librarnos de estas ataduras —dijo Jake.

La voz de Jake fue una bendición. Había vuelto. Se había recompuesto.

—Las bridas son de plástico —dijo Jake—. Podemos desgastarlas con un borde afilado, como la esquina del frigorífico. Nos llevará tiempo. Pero no vamos a morir aquí. No es una opción.

Lawrence se secó la cara con el hombro. —¿Y después qué? No pudimos salir de esta prisión cuando teníamos las manos y los pies libres. ¿Qué diferencia hay ahora?

—Antes teníamos motivos para esperar —respondió Jake—.

Motivos para creer que acabaríamos saliendo.

Ahora ya no. Si nos quedamos aquí, el desenlace está garantizado.

No nos queda nada que perder. Si hace falta, roeré esa puerta con los dientes.

—Empezó a avanzar de rodillas hacia la pared, centímetro a centímetro.

Victoria viene, se dijo Thomas. Lo mismo que llevaba diciéndose desde el primer día. Venía de camino. Era implacable y no se detendría.

Pero Jake tenía razón. No podían limitarse a esperar.

No hacer nada era peor que hacer algo que probablemente no funcionara.

Thomas se arrastró por el suelo sucio hacia el pequeño frigorífico.