Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 43. CAPÍTULO 43
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43. CAPÍTULO 43

L levaban ya tanto tiempo solos.

Thomas yacía de lado sobre el frío hormigón.

Le ardía la piel allí donde se le clavaban las bridas.

Estaba medio despierto y medio dormido, consciente de la sangre y el alcohol que había en el suelo, del olor y de la respiración fatigosa de Harrison.

Tenía la garganta reseca. La boca completamente seca.

Al otro lado de la habitación, Lawrence se encontraba en la misma postura, también atado. Tenía los ojos abiertos, fijos en la nada.

Jake había estado forcejeando con sus ataduras. Tenía la piel de las muñecas en carne viva y ensangrentada. Sus esfuerzos no parecían servir de nada.

Harrison gemía y farfullaba.

Thomas quería taparse la nariz y los oídos para aislarse de aquellos sonidos y olores espantosos, pero no podía. Contuvo la respiración, intentando no vomitar bilis con el estómago vacío.

—Jake —dijo Thomas en voz baja—, ¿estás pensando en lo que pasará cuando vuelva? ¿En lo que vas a decir?

—No voy a decir nada —respondió Jake.

Thomas reprimió su frustración y lo intentó de nuevo.

—Es posible que no recuerdes lo que pasó, pero lo mejor para todos, incluido tú, es que admitas que estuviste allí y te disculpes.

—No atropellé a nadie. Tampoco tuve ningún accidente. Lo sabría —insistió Jake.

—Te juro por Dios, Jake —gritó Lawrence desde el suelo—, que te daré diez millones de dólares si le dices a ese tipo lo que quiere oír.

También haré que mis abogados te defiendan si llega el caso.

Retirarán nuestras grabaciones y harán desaparecer cualquier prueba como si nunca hubiera sucedido.

Puedo hacerlo. Ayúdanos a salir de aquí. ¡Dile a ese psicópata lo que hiciste!

—Es culpa tuya que estemos en esta situación —añadió Harrison—. Si te hubieras limitado a hacer tu trabajo... Nos lo debes, Jake.

Los gemidos y gruñidos siguieron resonando por toda la habitación.

El candado chocó con estrépito contra la puerta.

Todos guardaron silencio.

Su captor entró con una pistola en una mano y un teléfono en la otra.

—Bueno, resulta que no tenemos tanto tiempo como yo creía. Tengo que poner esto en marcha.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Jake.

—Exactamente de lo que he dicho. Preparados o no, esto está a punto de terminar. —Colocó el trípode en medio de la habitación y encajó el teléfono en el soporte central.

—¿Quién de vosotros va a admitir que mató a Emily? —preguntó.

Nadie respondió.

—Intentémoslo otra vez. Te alojaste en el Ritz la noche que mataste a Emily. Siempre reservabas en ese hotel cuando visitabas París.

De nuevo, nadie dijo nada.

—Aquella noche te tomaste cuatro whiskies. El camarero no dejaba de servirte. Te acabaste el último a las 10:38. Sabías que estabas borracho, pero subiste al coche. Te daba igual. Ya lo habías hecho muchas veces.

La confusión sacudió a Thomas. Ya no estaba seguro de que aquello tuviera que ver con Jake.

Su captor giró la cámara y pulsó el botón rojo de grabación. Después hundió la bota en el costado de Harrison.

—Tú eres quien se emborrachó aquella noche. No Jake. Ni Lawrence. Tú.

Harrison apretó la mandíbula. Mantuvo la mirada fija en el suelo.

—El camarero se acordaba de ti. Un estadounidense fanfarrón que se creía alguien especial, según dijo. Dejabas buenas propinas. —Hizo una pausa—. Saliste del bar a las 10:51. Trece minutos después de terminarte la última copa. Un testigo informó del homicidio a las 11:04.

Nada todavía.

Su captor se irguió.

—He tenido diez años para reconstruir todo esto. Lo sé todo. —Caminó alrededor de Harrison—. Ahora necesito que lo digas tú .

—No sé de qué estás hablando. —La voz de Harrison era ronca, apenas audible.

—Dilo.

—Quiero un abogado.

Su captor se rio; a través del modulador, la risa sonó plana y mecánica.

—No estás en un tribunal. —Se levantó, recogió la pistola y apoyó el cañón contra la rótula de Harrison—. Dilo.

—Yo no... Yo no estaba... —La respiración de Harrison se aceleró—. Debía de estar oscuro. Las carreteras eran distintas. Si ocurrió, fue un accidente.

—Cuando te emborrachas y te pones al volante, no es un accidente. No te importaba nadie salvo tú mismo. —Volvió a golpear a Harrison.

Harrison dejó escapar un sollozo.

—No quería hacer daño a nadie.

—Pero lo hiciste. Ahora cuéntanoslo. Di que eres un borracho. Un asesino. Y que te has librado hasta ahora.

La voz de Harrison apenas era un susurro.

—Había bebido demasiado. Fue un error. Atropellé a alguien. Creo.

—No. Empieza otra vez. Te emborrachaste. Y subiste de todas formas al coche que habías alquilado. Después mataste a alguien. —Alzó la voz—. Mataste a Emily y huiste.

Las lágrimas resbalaban por el rostro de Harrison. De su dedo manaba sangre fresca.

—Me emborraché. Atropellé a alguien, pero no me di cuenta cuando me marché.

—Asesinaste a Emily. ¿Lo sientes? ¿Puedes al menos fingir que lo sientes?

Los mocos le corrían por la cara a Harrison. Sollozaba y le temblaba todo el cuerpo. Un hilo de saliva le colgaba del labio inferior.

—Maté a Emily. Lo siento. Lo siento muchísimo.

Thomas no soportaba mirar.

¿Harrison confesaba porque le estaban apuntando con una pistola? ¿O de verdad había matado a alguien y la había abandonado para que muriera?

Al menos su suplicio terminaría. Su captor tenía la confesión que había ido a buscar. Sin duda aquello había acabado.

La pistola hizo clic.

Jake se abalanzó hacia delante tanto como le permitieron las ataduras.

—¡Eh! ¡Para! Ya tienes tu confesión. Lo ha admitido. Déjanos marchar.

—¿Por qué sigues intentando protegerlo? —preguntó su captor—. Lleva echándote a los leones desde que llegasteis. Además, su confesión no tiene ningún valor legal. Sus abogados la harán pedazos.

—¡Es suficiente! —bramó Jake—. Cuando publiques el vídeo, se habrá acabado su carrera. Se habrá acabado su vida. Ya tienes lo que querías.

—Eso sigue sin ser justicia —raspó la voz modulada—. Solo lamenta que su secreto haya salido a la luz. Lo siente porque está incómodo y esto le supone un inconveniente. No basta. Tiene que experimentar hasta el último ápice de su dolor. Tiene que pensar en todo lo que va a perder.

—No —suplicó Jake—. Tienes que parar.

—Para —imploró Harrison—. ¡Yo no lo hice! ¡No le hice daño!

A Thomas se le heló la sangre. No sabía qué creer.

—Piensa en lo que estás haciendo —suplicó Jake. Ya no sonaba tan sereno. Sonaba desesperado—. Un paso más... sería demasiado y no hará que ella vuelva.

El pistolero no les hizo caso.

—Empecemos por abajo. Fémur roto.

Apretó el gatillo.

Una bala atravesó la pierna de Harrison.

El disparo fue ensordecedor.

—¡Para! —gritó Harrison, retorciéndose en el suelo—. La maté. Atropellé a Emily con mi coche. Pero para. ¡Por favor, para!

Thomas cerró los ojos con fuerza, pero no pudo acallar el sonido.

Jake se arrastró de lado por el suelo.

—¡Ya basta! ¡Has conseguido lo que querías! ¡Ha confesado!

—También tenía el bazo lacerado —dijo su captor. Apuntó al torso de Harrison y volvió a disparar.

El cuerpo entero de Harrison se estremeció. La sangre fresca le empapó la camisa.

—Lo siento —gimió—. Lo siento. Por favor, para. Por favor, no me mates.

Su captor no había terminado.

—Hígado desgarrado. Pelvis aplastada.

Otros dos disparos.

El cuerpo de Harrison se sacudió con cada impacto. Sus gritos se convirtieron en jadeos y luego en silencio. Dejó de moverse. El pecho quedó inmóvil.

Thomas no podía respirar. Nunca había visto a nadie sufrir una muerte violenta ante sus ojos.

Lawrence emitió un gemido agudo y lastimero.

Jake tenía la boca abierta y los ojos desorbitados.

Su captor retiró el teléfono del trípode y detuvo la grabación. Le temblaban las manos.

—Harrison Porter por fin ha recibido su merecido. He acabado aquí. Me voy. El FBI acabará rescatándoos.

—¡Espera! —Thomas recuperó la voz—. ¡No puedes dejarnos aquí sin más!

Su captor se encajó el trípode bajo el brazo.

—Claro que puedo. Voy a fingir que soy como Harrison y a hacer lo que me dé la gana.

—¡Moriremos! —gritó Lawrence—. ¡Nos moriremos de hambre! Necesitamos agua. Vamos a...

Una nueva descarga de miedo se apoderó de Thomas cuando la puerta se cerró de golpe. El candado se bloqueó y cayó con un golpe seco.

El charco de sangre alrededor del cuerpo de Harrison aumentó y se extendió por el suelo.

—Está muerto —susurró Lawrence—. Dios mío, está muerto. Y quizá sea el afortunado, porque se ha ido rápido.