Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 42. CAPÍTULO 42
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42. CAPÍTULO 42

V ictoria atravesó a toda prisa las puertas correderas de cristal y entró en la sala de espera de urgencias.

Un televisor colgado en una esquina emitía un canal de noticias sin sonido.

Las imágenes correspondían a la ceremonia del sábado en la Universidad de Georgetown.

El rótulo decía: «Todavía se desconoce el paradero de los hombres secuestrados».

Victoria apartó la mirada. Primero tenía que centrarse en su abuelo. En ese momento no sabía cómo se encontraba ni si aquella podría ser la última vez que lo viera. No pondría en peligro por nada sus últimos minutos con él.

En la sala de espera, una madre mecía a un bebé que lloraba, un hombre se apretaba una bolsa de hielo contra la mejilla y un adolescente sostenía con cuidado su muñeca.

Maureen estaba de pie junto al mostrador de admisión. Varios mechones se habían soltado de su moño, normalmente impecable.

Victoria la abrazó.

—¿Cómo está?

—Acaban de llevárselo para hacerle pruebas.

Van a empezar con un electrocardiograma —Maureen se retorció las manos—.

Después de cenar dijo que estaba cansado y que quería tumbarse.

Yo estaba recogiendo la cocina cuando me llamó.

Lo encontré sentado en la cama, agarrándose el pecho.

Estaba sudando. No respiraba con normalidad.

Las puertas automáticas volvieron a abrirse. Ned entró vestido con el uniforme de la clínica veterinaria. Vio a Victoria y cruzó la sala de espera a grandes zancadas.

—Hola. He venido en cuanto he recibido tu mensaje. ¿Hay novedades?

—Le están haciendo pruebas —respondió ella mientras se abrazaban.

Ned saludó a Maureen con un gesto de la cabeza.

—¿Estás bien?

—Estoy bien, cariño. Solo preocupada.

Una enfermera entró en la sala de espera.

—¿Familiares de Samuel?

—Soy su nieta —dijo Victoria.

La enfermera se acercó.

—Hola, soy Elizabeth. Su abuelo está estable.

Ya hemos realizado las pruebas iniciales.

El electrocardiograma muestra algunas irregularidades.

Creemos que ha sufrido un infarto. Uno leve.

Ha sido una suerte que viniera cuando lo hizo.

Estamos esperando a que el cardiólogo lo revise todo y a que quede libre una habitación en la planta de cardiología.

—¿Podemos verlo? —preguntó Victoria.

—Por supuesto. Síganme.

—Yo esperaré aquí —dijo Maureen—. Así podréis pasar un rato con él.

Recorrieron un pasillo que atravesaba las zonas de tratamiento. De distintas salas llegaban pitidos de máquinas. Alguien tosió. Sonó un teléfono en el puesto de enfermería.

Elizabeth descorrió una cortina y dijo:

—Samuel, su familia está aquí.

Su abuelo yacía en la cama del hospital con una cánula de oxígeno bajo la nariz. Tenía una vía intravenosa en el brazo izquierdo. El monitor situado sobre la cama mostraba su frecuencia cardíaca. Descansaba las manos sobre el estómago. Tenía los ojos abiertos.

—Victoria —dijo—. No hacía falta que vinieras. Ya sabes cómo son los hospitales. Me pasaré toda la noche esperando los resultados. Le dije a Maureen que no debería haberte llamado.

—Claro que sí —Victoria le cogió la mano—. ¿Cómo te encuentras?

—Ridículo. Haciendo que todo el mundo se preocupe por mi ardor de estómago.

—Eh... La enfermera no cree que sea ardor de estómago —dijo Victoria.

Entonces reparó en Ned, que estaba detrás de ella.

—Ned. Me alegro de verte.

—Yo también me alegro de verlo, señor.

Su abuelo volvió a mirar a Victoria. Frunció el ceño.

—¿Y tu padre? ¿También va a venir? Ya puestos, si tú estás aquí... Parece que estéis organizando mi funeral por adelantado.

Intentaba quitarle importancia a la situación, pero tenía miedo.

Victoria le apretó la mano.

—Papá no puede venir ahora mismo.

—Ah, está visitando a Alex en Colorado, ¿verdad?

Victoria no podía recordarle lo que estaba ocurriendo.

No mientras estuviera en el hospital, esperando a saber si había sufrido un infarto y cuál era su gravedad.

El estrés por sí solo podía desencadenar otro episodio.

Quizá fuera mejor que, de momento, se hubiera olvidado de la situación de su padre.

La expresión de su abuelo cambió. La comprensión afloró en sus ojos.

—El secuestro. Está desaparecido —soltó la mano de Victoria e intentó incorporarse—. No deberías estar aquí, Victoria.

El monitor comenzó a pitar más deprisa.

—Abuelo, por favor. Estoy donde tengo que estar.

—¿Tu padre está vivo?

—Creo que sí. No tenemos ningún motivo para pensar lo contrario.

Su abuelo volvió a hundirse contra la almohada, respirando con dificultad. El monitor mostraba cómo aumentaba su frecuencia cardíaca: 82, 87, 91.

Ned dio un paso al frente.

—Inspire por la nariz y espire por la boca. Despacio y con calma.

Su abuelo cerró los ojos. Su frecuencia cardíaca descendió: 88, 84, 79.

—Deberías irte —susurró—. Si tienes que estar en algún sitio por la investigación. Tu padre...

—Papá querría que ahora estuviera aquí contigo. Me quedaré hasta que sepamos algo más. Pero tienes que mantener la calma o, si sigo aquí, no te estaré haciendo ningún favor.

Su abuelo volvió a buscar su mano y la apretó con fuerza.

—Eres una buena chica —dijo.

Hacía años que no la llamaba chica.

El sistema de megafonía del hospital solicitó que un médico acudiera a radiología.

Ned se acercó al otro lado de la cama y se sentó.

El teléfono de Victoria vibró en silencio dentro de su bolsillo.

Quería dedicar toda su atención a su abuelo, pero tenía que comprobar si el mensaje procedía de los secuestradores de su padre.

Lo miró. Solo era un mensaje publicitario de un político.

El reloj del teléfono indicaba que eran casi las siete.

Rivera estaría a punto de reunirse con Ricky Young.

Rivera no era especialista en perfiles criminales, pero averiguaría si Ricky era culpable o si sabía algo que pudiera ayudar. Aun así, Victoria deseaba poder estar al mismo tiempo en la cafetería y junto a su abuelo.

Desde el otro lado de la cama, sostuvo la mirada de Ned y permaneció donde estaba.