Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 40. CAPÍTULO 40
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40. CAPÍTULO 40

H arrison estaba sentado en el suelo, aferrando con una mano la botella de whisky. Tenía los ojos enrojecidos, pero los temblores habían cesado. Cuando solo quedaba una cuarta parte de la botella, el diplomático volvía a ser el mismo hombre iracundo de siempre.

Thomas no podía dejar de pensar en la sed, pero sabía que el alcohol solo los deshidrataría aún más. De todos modos, tampoco es que Harrison fuese a compartir la botella.

Thomas lamentaba toda el agua que habían desperdiciado. Harrison había bebido más que nadie. Además, habían vertido casi una botella entera sobre su herida. Ahora hasta unas pocas gotas serían importantes.

Se oyeron unos pasos acercándose al otro lado de su prisión.

La cerradura giró.

Su captor entró con una cuerda y bridas de plástico.

—Levantaos —ordenó mientras recorría la estancia con el arma—. Todos.

Thomas se puso en pie. Jake y Lawrence hicieron lo mismo.

Harrison vaciló y después se levantó sin soltar la botella.

Su captor le tendió a Thomas las bridas y la cuerda.

—Tú. Átalos.

Thomas no respondió de inmediato. No pudo. La idea de quedar aún más indefenso lo paralizaba.

—¡Ahora! —gritó su captor, agitando el arma—. Empieza por el de seguridad.

Thomas avanzó con pasos pesados para recoger las bridas. Ató primero a Jake, llevándole las muñecas detrás de la espalda y rodeándolas con el plástico.

—Más fuerte —dijo su captor.

Thomas obedeció.

—Tienes que confesar, Jake —susurró—. Di que fue un error, un accidente, y esto podrá terminar. No nos queda agua. Tenemos que escapar.

Su captor resopló.

—Ahora átale los tobillos.

Thomas inmovilizó los tobillos de Jake.

Lawrence fue el siguiente. Se sometió a las bridas sin oponer resistencia, mirando fijamente la pared como si ya hubiese abandonado su cuerpo.

Después Thomas tuvo que atar a Harrison.

—Ponte las manos detrás de la espalda para que pueda acabar con esto —dijo Thomas.

Harrison apretó la botella contra el pecho.

—Quítasela —dijo su captor.

Harrison se volvió hacia la pared para proteger el licor.

—No. No lo hagas. Lo necesito.

Thomas no quería quitarle la botella. Estar encerrado con Harrison resultaba mucho más llevadero si el hombre disponía de alcohol.

—¡Quítasela! —gritó su captor con más fuerza.

Thomas agarró la botella. Tuvo que tirar de ella para arrebatársela.

La dejó en el suelo junto a él.

Cuando Thomas fue a cogerle la mano herida, Harrison lanzó un grito. Antes había estado golpeándola contra la puerta, pero, ahora que los síntomas de abstinencia habían mejorado, era consciente del dolor.

—Lo siento —dijo Thomas. No había forma de atarle aquella mano sin hacerle aún más daño.

Harrison fulminó con la mirada a su captor.

—Lo sentirás tú cuando esto termine.

Sin hacer caso a Harrison, su captor ordenó a Thomas que se sentara y después le ató él mismo las muñecas y los tobillos, apretando las bridas hasta que se le clavaron en la piel.

—Sabía que cooperarías —dijo la áspera voz electrónica—. Tú no eres como los demás.

—¿Qué significa eso? —preguntó Lawrence.

—Significa que hace lo que le mandan —respondió su captor.

Thomas no sabía si aquello era un cumplido o una acusación. No le gustaba ninguna de las dos posibilidades. Su captor lo había diferenciado de los demás.

Cuando todos estuvieron atados, su captor cruzó la estancia hasta Jake.

—Estuviste en París.

El cuerpo de Jake se tensó. Los músculos del cuello se le marcaron.

—Sí. Ya se lo he contado a todo el mundo. Fui a reunirme con alguien. Ella nunca apareció. No la toqué. No le hice daño a nadie. Lo juro por Dios.

—Nunca jures por Dios. —Su captor apuntó el arma al pecho de Jake—. Tienes mucha formación en técnicas de coacción. Dime, ¿cómo consigues que alguien te diga la verdad?

Thomas contuvo el aliento. Había llegado el momento. Jake tenía que confesar ahora. De lo contrario... Thomas no quería imaginar lo que podría ocurrir después. Probablemente, el agente estaba entrenado para resistir la tortura. Eso significaba que el suplicio podía prolongarse indefinidamente.

Anticipando algo terrible, Thomas entornó los ojos. Estaba desesperado por que aquello acabase de una vez y pudieran marcharse.

—¡Cuéntale lo que hiciste! —gritó Harrison.

Sí , pensó Thomas. Ahora. Dilo ahora. Limítate a pronunciar las palabras.

Estaba inclinado hacia delante, con todo el cuerpo en tensión, concentrado en aquel instante, y el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho. Si Jake confesaba, la puerta podría abrirse. Thomas casi podía sentir el aire limpio y la libertad que aguardaban al otro lado.

Su captor volvió la cabeza.

Thomas no lo entendía.

El arma seguía apuntando al agente, pero la atención de su captor se había desviado. Se alejó un paso de Jake. Y luego otro.

No. Thomas quería gritarlo a pleno pulmón. No. Ya casi lo teníamos. Estábamos tan cerca.

Le ardían los ojos. Parpadeó con fuerza. Volvió a parpadear.

Aún no iban a salir. Puede que no salieran nunca.

Su captor se dirigió al centro de la estancia y leyó de un trozo de papel.

—El 16 de mayo alquilaste un coche en París. A las once y media de la noche, atropellaste a una joven en la Rue de Seine. Le pasaste por encima y después huiste.

—¡Cuéntaselo, Jake! —gritó Harrison—. ¡Esto tiene que terminar! —Bajó la mirada hacia la botella medio vacía como si quedarse sin alcohol fuera un destino peor que perder otro dedo.

Su captor se acercó a Harrison y le dio una patada a la botella de whisky abierta.

—¡No! —gritó Harrison mientras el líquido restante se derramaba y se extendía por el suelo sucio.

—Puedes lamerlo del suelo si estás tan desesperado.

—Su captor soltó un bufido—. Cuando vuelva, grabaré la confesión.

Cada repugnante palabra. La familia de Emily conocerá por fin la verdad.

Los demás miraréis. Si alguien interviene, os mataré a todos.

Cuando esto termine, todo el mundo sabrá lo que ocurrió. Sabrán qué clase de persona eras.

Aquella última palabra resonó en la cabeza de Thomas. Eras.

Sonaba definitivo.

Su captor los dejó allí, atados e indefensos.

Thomas volvió a forcejear contra las bridas, pero no cedieron.