38. CAPÍTULO 38
E l departamento municipal de permisos ocupaba la tercera planta de un edificio antiguo de K Street. Victoria estaba allí cuando abrieron las puertas.
La empleada del mostrador rondaba los sesenta. Llevaba unas gafas de lectura colgadas al cuello con una cadena de cuentas. Escuchó la petición de Victoria, se puso las gafas y se volvió hacia el ordenador.
Tecleó usando un solo dedo de cada mano. Pasó un minuto antes de que dijera:
—Tengo dos permisos en vigor en el sistema.
—Esos dos ya los tengo —dijo Victoria—. Busco un emplazamiento que no figure en la base de datos de internet. Solicitudes presentadas en papel. ¿Es poco habitual presentarlas en persona en vez de por internet?
La empleada bajó la barbilla para mirarla por encima de las gafas.
—Es menos frecuente, pero no inaudito. Ahora casi todos los contratistas usan el portal. Así todos tenemos menos trabajo. Llevamos retraso con las solicitudes manuales en papel. ¿Hay algún emplazamiento concreto que necesite consultar?
—No sé si hay otro emplazamiento. Por eso estoy aquí. —Victoria respiró hondo y se serenó—. Podría tratarse de información crucial.
La empleada se levantó.
—Veré qué puedo hacer. Espere aquí. Ahora vuelvo.
Regresó antes de lo que Victoria esperaba.
—No he encontrado ninguno de los formularios en papel. Tenemos un becario que se supone que debe introducirlos en el sistema, y debe de haberse llevado el trabajo a casa para hacerlo a distancia. Le he dejado un mensaje. La avisaré cuando me devuelva la llamada.
—Quisiera que me diera su número, por favor —dijo Victoria.
—Eh... No estoy segura de poder dárselo.
—Estoy trabajando en un caso de desaparición. Cada minuto cuenta. Por favor, deme su número.
La empleada suspiró, volvió a alejarse del mostrador y regresó con un número escrito en una nota adhesiva.
—Se llama Justin.
—Gracias.
Victoria llamó al número y dejó su propio mensaje.
Tenía que mantener la calma. Al fin y al cabo, no sabían si existía algún otro emplazamiento.
Ni siquiera podían afirmar con certeza que Ricky Young estuviera implicado o que Emily fuera la víctima.
Pero tenía la firme sospecha de que iban por buen camino.
—Por favor, llámeme de inmediato si encuentra otro permiso a nombre de Richard Young.
La empleada miró por encima de su hombro a la siguiente persona de la cola.
—Haré lo que pueda.
De momento, tendría que bastar.
Ya en el coche, Victoria llamó a Ricky Young y volvió a saltarle el buzón de voz.
—Desguaces Young. No podemos atender el teléfono. Deje un mensaje.
No lo hizo. No quería ponerlo sobre aviso sin obtener antes información de él. Eso podría tener consecuencias mortales para su padre.
Introdujo la dirección de Ricky Young en el GPS.
Woodbridge, Virginia. Cincuenta y cinco millas.
Al menos una hora con tráfico.
Se dirigió hacia la I-95 en dirección sur y llamó a Rivera.
—Voy de camino a casa de Ricky Young, en Woodbridge. Quizá sea mejor que alguien del condado de Prince William se reúna conmigo allí. Dígales que vengan en un coche sin distintivos. No quiero asustarlo.
—Me encargaré de organizarlo. Conduzca con cuidado —dijo Rivera—. Ese tramo de la 95 nunca es agradable.
Tenía razón. Cuarenta minutos avanzando a trompicones hasta que el tráfico se despejó al sur de Springfield.
Victoria condujo con la radio apagada, repasando lo que sabían y lo que ignoraban.
Ricky Young era dueño de un negocio de desguace de la zona.
Tendría acceso a edificios antiguos con sótanos.
Tras la muerte de su hermana, nunca volvió a ser el mismo.
Sin embargo, según sus padres, ayer había ido a cenar a su casa, como hacía siempre.
¿Podía ser él quien estaba detrás de todo aquello?