Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 37. CAPÍTULO 37
70%

37. CAPÍTULO 37

E l olor a pólvora aún impregnaba la habitación. Thomas no dejaba de mirar el agujero de bala en la pared y de oír el estampido atronador del arma.

Harrison estaba peor que nunca. Los temblores le sacudían el cuerpo. Había vomitado hasta no tener nada más que echar y después había seguido sufriendo arcadas.

—Harrison necesita ayuda —repitió Thomas, aunque no hacía falta decirlo.

Tenían motivos de sobra para estar asustados. Su secuestrador estaba perdiendo la paciencia y se volvía cada vez más violento. Habían terminado el agua, apurando las últimas gotas de las botellas usadas. Tenían que salir del sótano.

Alguien tenía que confesar.

Hasta unos minutos antes, Thomas había sentido lástima de Jake por haberse visto envuelto en aquello. Si sobrevivían, el agente probablemente perdería su trabajo. Puede que incluso tuviera que enfrentarse a un juicio. No haber protegido al jefe de Protocolo arruinaría su reputación.

Entonces Jake admitió que había estado en París.

Eso lo cambió todo.

Jake no solo había incumplido con su deber, sino que ahora parecía ser el motivo del secuestro. Había matado a una mujer en París y todos estaban pagando las consecuencias. Tenían que obligarlo a confesar. Cuanto antes, mejor.

Thomas abrió la boca para decir algo, pero decidió no hacerlo. Se mordió el interior de la mejilla, tratando de mantener la calma. Volvió a intentarlo.

—Jake, por favor. Como has dicho antes, alguien tiene que confesar. Eres tú. Tienes que ser tú.

—No voy a confesar algo que no he hecho —insistió Jake—. No voy a mentir ni a inventarme una historia. Ya viste cómo le fue a Lawrence.

—¿Es posible que no lo recuerdes porque lo que ocurrió fue tan traumático que lo bloqueaste? —sugirió Thomas—. Es algo que hace de verdad nuestro cerebro para protegernos.

—Sí, Jake —intervino Lawrence, asintiendo como si animara a Jake a correr un riesgo emocionante—. Por eso no lo recuerdas. Pero necesitamos que le eches valor y afrontes lo que hiciste.

—Esto no tiene nada que ver conmigo —insistió Jake—. Yo no hice daño a nadie.

—¡¿Cómo no va a tener nada que ver contigo, joder?! ¡Tú estabas allí! —gritó Lawrence—. ¡Si hubieras dicho la verdad desde el principio, no me habrían destrozado la vida!

Se oyó un ruido al otro lado de la puerta. No había pasado mucho tiempo desde que su secuestrador había disparado, fallando por muy poco a Harrison. Menos de una hora, quizá. Ya estaba de vuelta.

Entró en la habitación con una enorme botella de licor.

—¿A alguno de vosotros le apetece una copa? —se burló.

Thomas observó con una angustiosa sensación de suspense, sin saber qué había planeado su secuestrador. ¿Iba a darle la botella a Harrison o solo a provocarlo?

—Toma. No es a lo que estás acostumbrado, pero cógela.

Su secuestrador dejó en el suelo una botella de whisky barato cuya etiqueta estaba estropeada por el agua.

Los ojos de Harrison se clavaron en la botella.

Se arrastró hacia delante y la agarró. Encorvado, se la sujetó entre las piernas y desenroscó el tapón con la mano sana.

Se llevó la botella a los labios y bebió con tragos largos y desesperados.

El whisky le chorreó por la barbilla y cayó sobre su mugrienta camisa.

Thomas contempló, horrorizado y fascinado, cómo Harrison seguía bebiendo a grandes tragos y se zampaba lo que parecía casi medio litro en menos de un minuto.

Por fin, bajó la botella, jadeando mientras el alcohol le inundaba el organismo.

Su secuestrador soltó un bufido.

—Id todos al rincón. ¡Ahora!

Todos se desplazaron hasta allí, mientras Harrison apretaba la botella contra el pecho.

Su secuestrador no dejó de apuntarlos con el arma mientras sacaba un papel doblado del bolsillo delantero.

—Como esto no va a ninguna parte, permitidme que os ayude a aclarar esas cabezas trastornadas.

Sacó algo del bolsillo trasero. Una fotografía en color de una joven con birrete de graduación. Era guapa, tenía el pelo oscuro y una sonrisa radiante.

—Mirad esto —gruñó—. Se llamaba Emily Young. Tenía veintidós años. Era la chica más buena del mundo. Acababa de graduarse en el Boston College. Estaba celebrándolo en París con sus amigas antes de empezar en su nuevo trabajo.

Thomas y Jake se inclinaron hacia la foto, pero Harrison y Lawrence apartaron la mirada.

—¡Miradla! —gritó su secuestrador.

Todos miraron.

—Uno de vosotros la atropelló en las calles de París. Ella no había hecho nada malo y tú la asesinaste.

Nadie habló.

—Las personas que la querían buscaron a su asesino durante diez años. Nunca se dieron por vencidas y, al final, lo encontraron. Está en esta habitación y mañana confesará ante el mundo entero.

—Dinos quién la mató —soltó Thomas.

Su secuestrador negó con movimientos breves y bruscos, cargados de ira contenida.

—Esto debería refrescarle la memoria. Alquiló un Peugeot 308 en Europcar el 15 de mayo. Al día siguiente, tomó unas copas en el Harry’s New York Bar.

Durante una fracción de segundo, a Thomas le dio un vuelco el estómago vacío.

¿Dónde había estado él el 15 de mayo? ¿Fue justo antes de la graduación de Alex?

¿Había conducido alguna vez un Peugeot? Toda su vida se estaba volviendo borrosa.

Las lagunas de su memoria lo atravesaron como una aguja de hielo.

Entonces vio que todos los demás miraban fijamente a Jake, y Thomas pudo volver a respirar.

Jake no dijo ni una palabra.

—Pensad en eso —dijo su secuestrador.

Se marchó llevándose la foto y echó el cerrojo a la puerta.

En cuanto se fue, todos volvieron a centrar la atención en Jake.

—Yo no maté a nadie —insistió.

—Alquilaste un coche —dijo Thomas.

—No creo que lo hiciera —dijo Jake.

—¿Por qué no lo recuerdas? —exigió Lawrence—. ¿Cómo puede un hombre no recordar si alquiló un coche y atropelló a alguien con él?

—Fue hace diez años —espetó Jake—. No recuerdo si alquilé un coche ni qué modelo era, en caso de que lo hiciera. Pero sé que no atropellé a nadie.

—¿Y el bar? ¿Eso sí lo recuerdas? ¿El Harry’s? —lo apremió Lawrence—. ¿Puedes admitir al menos eso?

Jake mantuvo la boca cerrada.

—Estuviste allí —repitió Thomas—. Llevas días en esta habitación con nosotros, pidiéndonos que rebusquemos en nuestros recuerdos, actuando como si tú no tuvieras nada que ver con esto.

Thomas apenas podía controlar la ira.

—¿Lo sabías? Cuando nos secuestró, ¿ya sabías que todo esto era por ti?

Jake apretó la mandíbula.

—No. Porque no lo es.

—No te creo —dijo Lawrence.

Sin soltar la botella de licor, Harrison fulminó a Jake con la mirada. Se le habían despejado los ojos y había dejado de temblar.

—Se suponía que tenías que protegerme. Ese era tu único cometido. Ahora resulta que tú eres la razón por la que estamos todos aquí. ¡He perdido un dedo por tu culpa!

Jake alzó los brazos y gritó:

—¡No fui yo!

La imagen del rostro de Emily Young se había grabado a fuego en la mente de Thomas. Había muerto de una forma terrible y absurda. No podía saber con certeza si Jake lo había hecho.

Pero tampoco estaba seguro de que no hubiera sido él.

Una vez más, le vino a la cabeza el discurso de Victoria.

El miedo nos empuja a buscar a alguien a quien culpar, alguien a quien apartar.

¿Estaba seguro o no?