36. CAPÍTULO 36
E ran casi las once de la noche en la sala de reuniones.
Peterson estaba revisando la información recibida a través de la línea de avisos.
Sam tenía dos monitores realizando búsquedas en bases de datos.
Seguían sin saber dónde estaban.
Sin ninguna confirmación reciente de que los hombres continuaran con vida.
Victoria se terminó el té negro.
Sonó el teléfono de Rivera. Miró la pantalla y frunció el ceño; atendió la llamada y escuchó.
—El Departamento de Estado considera la pérdida del dedo de Harrison un incidente diplomático —dijo—. Quieren que les informe esta noche. Tengo que irme. Vosotros también deberíais marcharos pronto. Mañana empezaremos de nuevo con la cabeza despejada.
—Tengo algo que merece la pena comprobar —dijo Peterson—. Una mujer que trabaja de noche asegura que vio salir una furgoneta oscura del lugar donde encontramos el todoterreno la noche del secuestro. Vive de camino a mi casa. Voy a hablar con ella.
—Hazlo, por favor —dijo Victoria—. Por si acaso.
Rivera y Peterson se marcharon, dejando solos a Victoria y Sam.
—Voy a centrarme en el hermano de Emily —dijo ella—. Tenemos que localizar sus obras de demolición activas, todos los edificios en los que esté trabajando ahora mismo.
—Ya estoy con ello —dijo Sam—. Antes de comenzar una demolición tendría que solicitar un permiso al ayuntamiento.
He enviado una petición al departamento que se ocupa de ellos, pero es probable que no la tramiten hasta mañana por la mañana, cuando abra la oficina.
—Sam pasó a otra pantalla—. Aunque existe una base de datos de acceso público para los contratos activos con permisos registrados. Puedo sacar todo lo que figure allí.
Tecleó y entornó los ojos ante la pantalla.
—He encontrado dos permisos activos de Young Salvage.
—Envíamelos —dijo Victoria.
—Eso hago. Puede que no estén todos. —Sam siguió tecleando—. La base de datos pública solo recoge los permisos solicitados directamente a través del portal en línea. Si presentó la documentación en persona o si el permiso se expidió a nombre de otro contratista, aquí no aparecerá.
—Así que podría haber más, pero tenemos dos por los que empezar —dijo Victoria—. Mañana por la mañana iré a la oficina de permisos en cuanto abran.
—Mientras tanto —dijo Sam sin apartar la mirada de la pantalla—, he estado intentando averiguar cuáles de los hombres estuvieron en París.
Victoria lo miró.
—¿Y?
—Jake estuvo allí. Del 16 al 20 de mayo. Pagó los vuelos con la tarjeta de su empresa. —Sam alzó por fin la vista—. Estaba allí la noche en que murió Emily.
Victoria soltó el aire.
—Eso no me lo esperaba.
—Yo tampoco. Pero no es el único. —Sam pasó a otra pantalla—.
Revisando los movimientos de las tarjetas de crédito a los que Caroline Porter nos permitió acceder...
Harrison hizo un pago en el Hotel George V de París el 15 de mayo.
Y otro en un restaurante la noche siguiente.
Un restaurante del mismo barrio donde atropellaron a Emily. Menos de una hora antes de que muriera.
—¿Dos de ellos estuvieron en París hace diez años? —preguntó Victoria.
—Sí. Puede que tres.
Ella contuvo la respiración.
—¿Quién más?
—Lawrence tomó un vuelo privado desde el aeropuerto Reagan National hasta Nassau el 15 de mayo, pero desviarse a París solo habría añadido unas horas al viaje.
Si le pidió al piloto que hiciera una escala no programada y guardara silencio, no habría quedado constancia.
—Sam hizo una pausa—. Estoy intentando localizar al piloto.
Victoria entrelazó las manos, tratando de asimilar aquella nueva información.
Jake y Harrison habían estado en París. Puede que Lawrence también.
Su padre, sin duda, no había estado allí.
Se encontraba en Washington D. C. para la graduación de su hijo.
Pero eso no significaba que los secuestradores fueran a perdonarle la vida.
Sonó el teléfono de Sam. Levantó un dedo ante Victoria.
—Sí —dijo al teléfono—. Lo entiendo. Estaré aquí.
—Terminó la llamada—. Era el piloto de Lawrence Goodman.
Su antiguo piloto. Ahora trabaja para otra persona.
Hablará esta noche, pero solo después de ver mis credenciales.
Sale hacia Dubái a la una de la madrugada y después estará ilocalizable durante dieciocho horas.
—Sam la miró—. Si queremos saber si ese avión hizo escala en París antes de ir a Nassau, esta es nuestra oportunidad.
—Sigue con ello —dijo Victoria mientras marcaba en el mapa las direcciones de las obras de recuperación que Sam le había enviado—. Voy a pasar en coche por esos lugares de camino a casa.
—¿Solo vas a pasar por delante? —preguntó Sam mientras guardaba el portátil en la bolsa.
—Sí, te lo prometo. Llámame si el piloto dice algo útil.
—Siempre que tú me llames si ves algo. Llama antes de entrar, Victoria.
—Trato hecho.
Fuera, la lluvia había vuelto a arreciar. Las farolas se reflejaban en los charcos del asfalto mojado.
Notaba los ojos ásperos cuando salió del aparcamiento y puso rumbo al nordeste.
Al acercarse a su destino, las luces fueron espaciándose.
Varias estaban rotas. Los edificios eran más bajos y oscuros, separados por solares vacíos.
Pasó junto a un recinto cercado con malla metálica y lleno de maquinaria vieja, una iglesia con tablones clavados sobre las ventanas y un tramo de carretera plagado de baches que necesitaban reparación.
La primera dirección se encontraba a menos de dos kilómetros de donde habían hallado el todoterreno abandonado.
Su primera reacción fue de rabia. Contra sí misma.
La policía había dicho que habían registrado la zona.
Pero ¿y si se les había pasado aquel edificio?
Ojalá hubiera participado en la búsqueda sobre el terreno.
Redujo la velocidad a una manzana de distancia y estudió los alrededores.
El edificio era un antiguo almacén construido en 1952, con un sótano que ocupaba toda la planta. De la valla de malla metálica colgaban letreros viejos y descoloridos. Las palabras resultaban ilegibles. Todas las ventanas estaban tapiadas con tablones.
Antes de salir, cogió una linterna de la guantera.
La lluvia caía sin cesar. Dejó el paraguas, pero se cubrió la cabeza con la capucha del impermeable.
Recorrió el perímetro, barriendo el suelo con el haz de la linterna.
No había huellas recientes, solo marcas antiguas llenas de agua. Nadie había visitado el lugar últimamente.
Encontró ventanas de sótano en el lado este. Las estrechas aberturas se hallaban justo por encima de los cimientos. Unas barras metálicas cubrían los cristales agrietados.
Victoria se agachó y apuntó con la linterna. Justo debajo de la ventana, unas estanterías metálicas se habían desplomado sobre el suelo. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo.
No vio ningún indicio de vida allí abajo.
No era aquel lugar.
Regresó al coche.
Uno menos.
La segunda dirección correspondía a un edificio de oficinas abandonado a solo cinco kilómetros, en una manzana de locales vacíos y sombras oscuras. Las ventanas estaban tapiadas con contrachapado tan reciente que aún conservaba su tono claro. Delante había un contenedor de basura.
Abrió el paraguas, cogió la linterna y salió.
Estaba agachándose para examinar los cimientos cuando oyó unos pasos que se acercaban. Llevó la mano al arma.
—Oiga —dijo una voz masculina. Áspera, pero no agresiva.
Victoria se irguió y se volvió.
El hombre se encontraba a unos cinco metros, vestido con una chaqueta raída demasiado gruesa para aquella época del año. Tenía el pelo apelmazado y la cara cubierta de mugre.
—¿Busca algún sitio donde quedarse? —preguntó.
Victoria mantuvo la mano cerca del arma.
—Estoy buscando a alguien.
Él señaló el edificio con la cabeza.
—Está cerrado a cal y canto. Lo sé porque lo he intentado. —Lo dijo sin avergonzarse.
Cerca del edificio había un refugio improvisado. Varias capas de cartón formaban el techo, que se extendía desde un toldo roto hasta un carro de supermercado.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí fuera? —preguntó ella.
El hombre se encogió de hombros.
—Unos días.
—¿Ha visto a alguien entrar o salir de este edificio? ¿Alguna persona o algún vehículo?
—No. Está silencioso como una tumba. Nadie me ha molestado. Eso está bien. El problema es que por aquí no hay nada que comer y ha llovido mucho.
—Hay un albergue no muy lejos de aquí. St. Anthony’s. Tienen camas y comida. —Sacó su tarjeta y escribió de memoria la dirección en el reverso. Ya había enviado allí a otras personas y había hecho donaciones al albergue—. Dígales que lo envía la agente Heslin.
Él cogió la tarjeta.
—¿Es policía?
—Del FBI.
—Vaya. —Se guardó la tarjeta en el bolsillo—. Gracias. Que pase buena noche. —Con un simple gesto de despedida, se alejó de ella y caminó hacia el refugio de cartón.
Victoria continuó investigando, solo para asegurarse.
Levantó la tapa del contenedor. Estaba vacío y seco por dentro. Nadie lo había abierto hacía poco.
Examinó los cimientos. No había respiraderos. Se agachó y miró a través de los barrotes del sótano.
Suelo de hormigón, paredes de hormigón y un fregadero de servicio oxidado en un rincón. Una capa de polvo intacta cubría el suelo. La lluvia se había filtrado por las grietas de la ventana y había formado pequeños charcos. Ricky Young aún no había empezado a recuperar nada.
Se incorporó.
Dos lugares. Ambos parecían vacíos.
Hasta la mañana siguiente, cuando abriera la oficina de permisos, no tenía ningún otro sitio donde buscar.