Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 35. CAPÍTULO 35
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35. CAPÍTULO 35

H arrison movía sin parar la mano sana, pasándosela por el antebrazo, el pecho y la nuca. Por fin había dejado de vomitar, al menos de momento.

Lawrence estaba sentado contra la pared, encorvado, con la camisa de vestir otra vez puesta y las manos inertes a ambos lados del cuerpo. —No puedo creer que esto acabe de pasar. La grabación. Creo que voy a vomitar.

—Es comprensible —dijo Jake—. Acabas de confesar algo atroz.

El rostro de Lawrence enrojeció. Una vena desagradable le palpitaba en las sienes. —Me obligó a decir esas cosas apuntándome a la cabeza con una pistola. Eso lo entiendes, ¿verdad?

Nadie respondió.

Lawrence soltó una maldición y empezó a caminar de un lado a otro con pasos airados. Se detuvo y miró a Thomas. —¿Ha dicho dónde ha publicado ese vídeo?

—No lo ha dicho —respondió Thomas—. Quizá sea su cuenta personal y no tenga seguidores. Nadie lo verá.

Un teléfono vibró. El sonido era inconfundible, pero además estaba amplificado.

Los hombres miraron a su alrededor.

Otra vibración. De las que anuncian una notificación de una aplicación de redes sociales.

Lawrence apartó de un catre una manta de un manotazo y levantó el fino colchón.

Allí no había nada.

El sonido continuó.

Jake se acercó a la puerta y escuchó. —Viene de fuera de la habitación.

Lawrence y Thomas se reunieron con él junto a la puerta.

—¿Oís eso? —dijo su captor desde el otro lado—. Son los comentarios que están llegando al vídeo de la confesión.

Oyeron decenas de avisos de notificación en rápida sucesión.

—Dios mío —gimió Lawrence—. ¡Tengo que llamar a mis malditos abogados!

Los sonidos de las notificaciones continuaron.

Lawrence se tapó la cara con las manos.

—¿Vas a dejarnos marchar? —preguntó Thomas.

Una carcajada crepitó a través del modulador. —¿Dejaros marchar? ¿Porque Lawrence Goodman ha confesado haber agredido sexualmente a menores?

—¡No fue una agresión sexual y no eran menores! —gritó Lawrence.

La risa siniestra se transformó en un grito. —Desde luego, a la gente le interesa mucho lo que has hecho, pero no es por eso por lo que estáis aquí. Creía que ya lo habríais deducido vosotros solos.

La frustración de Thomas aumentó. —Entonces, ¿qué quieres? —le gritó—. ¿Qué estás buscando?

—Quiero la verdad. La verdad sobre lo que ocurrió en París. Así que poneos guapos para la cámara. Hasta entonces, disfrutad de vuestra estancia, caballeros.

Su captor les había mostrado lo que era capaz de obligar a hacer a un hombre. Regresaría. Uno de ellos sería el siguiente.

—¿Habéis oído eso? —gritó Lawrence, mirando con furia primero a Thomas y después a Jake—.

Uno de vosotros cometió un acto peor que cualquier cosa que haya hecho yo.

Yo nunca he matado a nadie. Así que no os comportéis como si fuerais tan inocentes y superiores.

¡Lo que pasa es que todavía no os ha llegado el turno!

Los sonidos de las notificaciones habían cesado. Su captor se había marchado.

Thomas respiró hondo. —Fuera intencionado o no, acaba de darnos otra pista para acotar la búsqueda. París.

—Yo también lo he oído —dijo Jake mientras regresaba a su sitio contra la pared, de cara a la puerta—. ¿París significa algo para alguno de vosotros?

Thomas recorrió la habitación con la mirada. Casi no podía creer que ninguno supiera todavía de qué iba aquello. Sobre todo con las pistas que tenían: un marco temporal y, ahora, un lugar. ¿Estaba mintiendo alguno?

Lawrence seguía cubriéndose la cara con las manos. No levantó la cabeza.

Harrison yacía en el catre. Daba patadas al aire. No paraba de rascarse.

Thomas captó fragmentos de un murmullo incoherente. Números. Nombres. Algo sobre sus hijos.

Era difícil ignorar al diplomático, pero estaban haciendo todo lo posible por conseguirlo. Ver sufrir a alguien constituía su propia forma de locura. Sabían lo que Harrison necesitaba y no podían proporcionárselo.

—¿Y tú? —le preguntó Jake a Thomas—. ¿Cuándo estuviste en París por última vez?

Thomas hizo memoria. —Hace años. Abigail y yo llevamos a los niños de viaje en familia. Hicimos todas las cosas típicas de turistas. La Torre Eiffel, el Louvre, Notre-Dame.

—¿Murió alguien? —preguntó Jake.

—No. Si hubiera muerto alguien, lo recordaría. Lo pasamos de maravilla. —Thomas miró a Lawrence—. ¿Y tú?

Lawrence por fin alzó la vista. Se secó la frente con la manga de la camisa. —He estado en París muchas veces.

—¿Y hace diez años? —preguntó Jake—. ¿Estuviste allí hacia mayo?

—No lo sé con certeza. He tenido un avión privado durante casi toda mi vida. Viajo. Lo que sé, y ya os he dicho, es que estuve en la graduación de Georgetown y después en las Bahamas.

Thomas recordó algo de pronto. Se volvió hacia Jake. —Antes has dicho que estuviste en Europa por tu cumpleaños. ¿Fue en París?

Jake le sostuvo la mirada sin responder. Thomas pensó que el agente simplemente estaba agotado y harto de una ronda tras otra de preguntas que no los llevaban a ninguna parte.

Entonces Jake respondió: —Sí. Estuve en París.

Los ojos de Lawrence se abrieron de par en par. —¿Qué?

Desde el catre llegó un sonido húmedo de arcadas.

Harrison se había vuelto de lado. Un brazo le colgaba por el borde del catre.

Estaba vomitando en el suelo. El cuerpo se le convulsionaba por el esfuerzo y los hombros se le sacudían.

Cuando terminó, volvió a tumbarse y se quedó mirando el techo, respirando con dificultad.

Thomas hizo una mueca al ver a Harrison y volvió a centrar su atención en Jake. No podía creer lo que el agente acababa de admitir. La ira creció en su interior. —¿Estuviste en París hace diez años y no nos lo dices hasta ahora?

Jake asintió. —Estuve allí por trabajo... y por motivos personales.

Lawrence se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes. —¿Qué clase de motivos personales?

—Esperaba ver a alguien mientras estaba allí. No salió bien.

—¿Una chica? ¿Esperabas ver a una chica? —La voz de Lawrence subió de tono—. ¿Murió? ¿Hubo adoquines de por medio?

—Había quedado con ella en una cafetería. No apareció. Le dejé mensajes y nunca recibí respuesta. Por lo que yo sabía, había decidido desaparecer sin más. Me quedé otro día y después volé a casa.

—¿Y al final supiste algo de ella? —preguntó Thomas.

—No. Nunca más —dijo Jake—. Esperaba darle una sorpresa. No salió como había planeado.

—Entonces eres tú. ¡Todo esto ha sido por ti desde el principio! —gritó Lawrence—. ¡No puedo creerlo! Estuviste allí. En París. Hace diez años.

—Como miles de personas más —dijo Jake.

—Pero ellas no están ahora mismo en esta habitación —replicó Lawrence—. Tú sí.

Thomas estudió el rostro de Jake. El agente sabía ocultar bien sus emociones.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Thomas.

—Como tú mismo has dicho antes, eso no viene al caso.

—Ahora todo viene al caso, porque puede que muramos aquí —dijo Lawrence mientras se ponía en pie.

En el catre, Harrison estaba cada vez más inquieto. —Callaos. Todos —gimió.

—Yo. No. Maté. A. Nadie. En. París —dijo Jake.

—O eso crees tú. Pero uno de nosotros lo hizo y ahora tú eres el único que estuvo allí. Está claro que fuiste tú. —Lawrence empezó a caminar de un lado a otro—. Ya está. Por fin. Sabemos quién es el responsable. Jake tiene que confesar. Tiene que confesar.

—Salvo que yo no hice daño a nadie —repitió Jake, con los puños apretados.

—Eso es lo que todos pensamos de nosotros mismos —dijo Lawrence—. Pero da igual. Tú eres el culpable.

Jake no cedía. —No lo soy. Ya os lo he dicho... Viajé a París por trabajo y esperaba sorprender a alguien mientras estaba allí. No apareció. Volé de regreso a casa. Fin de la historia.

—¡Pero no es el final! —gritó Lawrence—. Estamos encerrados en un sótano. Alguien quiere una confesión sobre un crimen cometido en París hace diez años. ¡ Tú estabas allí!

—O soy el único que admite haber estado allí —dijo Jake sin perder la calma—. ¿Qué pruebas tenemos de que tú no estuvieras?

Harrison se incorporó de golpe en el catre, con los ojos desorbitados. —Yo estaba en Berlín. No paro de decíroslo... Berlín. —Se puso en pie tambaleándose y acunó contra el pecho la mano mutilada—. Berlín está en Alemania. No fui yo. Yo no hice nada.

Harrison avanzó dando tumbos hacia la puerta y empezó a golpearla con ambas manos.

—¡Déjame salir! ¡Yo no lo hice! ¡Déjame salir!

¡Fue Jake! ¡Él estaba en París! —La voz de Harrison sonaba ronca y desesperada.

Estrelló el puño una y otra vez contra la puerta metálica.

De la articulación cercenada brotó sangre fresca, que salió despedida a su espalda.

Varias gotas alcanzaron a Thomas en la cara.

—Para. Te estás haciendo daño —dijo Jake mientras intentaba agarrar la mano herida de Harrison.

La cerradura chasqueó.

Todos se quedaron paralizados.

La puerta se abrió de golpe y obligó a Harrison a retroceder tambaleándose.

Su captor estaba allí, con el arma levantada.

—¿Quieres salir? —preguntó la voz ronca y mecánica.

—Sí —suplicó Harrison—. Por favor. No fui yo. Estaba en Berlín.

—¿Por qué debería creerte? —se burló la voz mecánica—. Eres un borracho y un mentiroso.

—Porque fue Jake —dijo Lawrence—. Por fin lo ha admitido. Deja que los demás nos marchemos.

Harrison se abalanzó hacia la puerta.

El arma disparó.

El estruendo resultó ensordecedor en aquel espacio cerrado.

Durante un segundo cargado de conmoción, Thomas creyó que Harrison estaba muerto.

Pero no lo estaba. Ni siquiera le había alcanzado la bala. El proyectil había impactado en el muro de hormigón a pocos centímetros de su cabeza y había lanzado esquirlas por los aires.

—Portaos bien u os arrepentiréis —dijo su captor—. Volveré pronto para escuchar vuestra confesión. —Cerró la puerta de golpe y volvió a dejarlos solos.

Harrison cayó de rodillas. Gimoteó y después se acurrucó, hecho un ovillo, sobre el suelo sucio.

—Va a matarnos —dijo Lawrence—. De verdad va a matarnos.

La bala se había incrustado en la pared, a pocos centímetros de donde había estado la cabeza de Harrison.

Thomas no sabía si el hombre armado había fallado a propósito o no.

Por primera vez desde que había despertado en aquella habitación, Thomas no estaba seguro de que Victoria fuera a encontrarlos a tiempo.

El olor a pólvora flotaba en el aire.

Lawrence fulminó a Jake con la mirada. Después volvió los ojos hacia Thomas.

—¿Quién más miente? ¿Tú? Dijiste que estuviste en Georgetown aquel fin de semana.

Con tu hijo. Muy conmovedor. Pero podrías haber ido a París justo después.

Has estado demasiado tranquilo durante todo esto.

Haciendo preguntas. Jugando a ser el mediador. ¿Qué ocultas?

Thomas notó cómo cambiaba el ambiente de la habitación. Incluso Jake lo miró.

—Yo no estaba en París —dijo Thomas.

Eso era lo que creía. Estaba casi seguro.

Pero ¿cuánto tiempo llevaba despierto? Había perdido la cuenta de las horas. De los días. Cuando había conseguido dormir, unas pesadillas extrañas lo habían atormentado. Su mente rellenaba las lagunas con suposiciones y le presentaba ideas como si fueran recuerdos.

Se apretó los ojos con los dedos.

Sabía quién era y qué había hecho y qué no había hecho en su vida.

¿Verdad?

—No confío en que ninguno de vosotros diga la verdad —dijo Lawrence—. Uno de vosotros es un asesino.

Thomas se subió la camisa hasta cubrirse la parte inferior de la cara y respiró a través de la tela.

No había nada que pudiera decir sin parecer que se estaba defendiendo y, en aquel momento, dentro de aquella habitación, agotado emocional y físicamente, ya ni siquiera confiaba en sus propias respuestas.