Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 34. CAPÍTULO 34
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34. CAPÍTULO 34

L as palabras de Rivera resonaban en la cabeza de Victoria. Una novedad. Una confesión en internet.

Por el tono de Rivera, no eran buenas noticias.

—No puede soltar algo así sin dar explicaciones —dijo ella—. Dígame qué ha pasado.

Seguía en las afueras, no muy lejos de la casa de los Young. El corazón le retumbaba en los oídos, presa de la ansiedad y el miedo.

—Lawrence Goodman ha confesado ante una cámara haber cometido una agresión sexual —dijo Rivera—. El vídeo se ha emitido en directo en plena rueda de prensa. Ha sido un desastre. Los periodistas lo han visto antes que nosotros. Escuche, si está conduciendo, pare. Voy a enviarle un enlace.

Victoria encontró un sitio donde detenerse.

Reprodujo el vídeo.

Lawrence estaba de pie en un rincón, con dos paredes de hormigón a su espalda. Tenía los ojos desorbitados de ira o de miedo. Solo estaba vestido a medias. Por encima del pecho, un pliegue de grasa y piel le colgaba sobre una prenda de compresión de color beis.

Alguien que se encontraba fuera de plano habló a través de un modulador de voz.

—Cuéntanos lo de las habitaciones de hotel y lo que les hiciste a aquellas estudiantes menores de edad.

Con angustiosa reticencia, Lawrence confesó haberse propasado de forma inapropiada e ilegal con menores.

El vídeo terminaba a mitad de una frase. Duraba menos de un minuto.

Victoria amplió la última imagen, que había quedado congelada. Le recordó a los interrogatorios dirigidos por terroristas que había visto durante su formación.

Los captores habían conseguido lo que querían. La confesión grabada destruiría, como mínimo, la reputación de Lawrence Goodman. Si existían pruebas que corroborasen lo confesado, podía acabar en prisión por agresión sexual.

Aunque contemplar el vídeo y la evidente angustia de aquel hombre la incomodaba, Victoria no sentía compasión por Lawrence. Sentía alivio.

Pero lo que no tenía ningún sentido era que su confesión no guardaba relación con París ni con los mensajes que Victoria había recibido desde el teléfono de su padre.

Volvió a ver el vídeo, deteniéndose en distintos fotogramas en busca de pistas sobre el lugar donde se encontraba Lawrence.

Las paredes de hormigón que había tras él eran de un gris apagado.

Sin marcas. Sin ventanas. La luz del techo se reflejaba con intensidad en el hormigón viejo y sucio.

Una salpicadura de líquido oscuro, con los bordes de color rubí, manchaba el suelo.

Sangre. Quizá procedente de la herida de Harrison.

Lawrence era la única persona visible en el encuadre. No había forma de saber si los demás hombres estaban cerca o siquiera si seguían vivos.

Se obligó a respirar.

Podía ser eso. La confesión de Lawrence era lo que los captores habían estado esperando.

Esperaba que, en aquel preciso instante, en algún lugar de la ciudad, le estuvieran devolviendo el teléfono a su padre y señalándole una puerta.

Quizá Rivera volviera a llamar pronto para decirle que todo había terminado.

Lo deseaba con todas sus fuerzas. Se preparó para sentir que se le aflojaba la opresión del pecho, para una oleada de alivio.

Pero aún no llegó.

Una fría oleada de dudas la recorrió.

Los mensajes del captor hablaban de la muerte de una mujer en París. La confesión de Lawrence era otra cosa.

¿Había cambiado de opinión la persona que la atormentaba con aquellas pistas?

¿Era posible que quien le enviaba los mensajes no fuera la misma persona que mantenía cautivos a los hombres?

Arrancó el coche y volvió a llamar a Rivera.

—¿Hay algún indicio de que los hayan liberado?

—Todavía no. Nada.

Se incorporó a la autopista.

—¿Cree que ha terminado? Aunque su confesión no tenga nada que ver con las pistas de París.

—Quizá solo sea una forma de demostrar que los captores tienen el control. De probar que pueden obligar a esos hombres a hacer cualquier cosa.

—Podría ser. —Se estremeció—. Vuelvo para allá. Llegaré pronto.

Condujo mientras la confesión de Lawrence se repetía una y otra vez en su cabeza.

¿Qué significaba?

En la sala de reuniones, Sam llevaba la capucha puesta mientras contemplaba los monitores que tenía delante. Rivera estaba de pie en un extremo de la sala, hablando con unos auriculares en los oídos.

Peterson había regresado a la oficina. Levantó la vista de su portátil cuando entró Victoria.

—Hola —dijo con una voz más suave de la que emplearía normalmente al dirigirse a ella.

—Hola —respondió—. ¿Qué tal ha ido la primera comunión de Ella?

—Ha ido bien. Su hermano pequeño le ha derramado salsa de fresa por delante del vestido blanco cuando salíamos de casa, y eso ha provocado lágrimas y caos de última hora. Pero, aparte de eso... —Peterson sonrió un instante antes de recuperar la expresión preocupada.

Así eran las cosas con casos como aquel.

Sus vidas seguían adelante incluso cuando los casos urgentes se lo exigían todo.

El mejor día de una persona coincidía en la misma hora con el peor de otra.

Victoria no esperaba que nadie dejara de vivir, ni siquiera cuando era la vida de un miembro de su familia la que podía estar en juego.

Había aprendido a encontrar un equilibrio.

Era la única manera de resistir en su profesión.

—¿Ha visto la confesión de Goodman? —preguntó Peterson.

—Sí, he parado de camino para verla. Parece que están en el sótano de algún edificio industrial.

En internet empezaban a aparecer fragmentos de la confesión grabada con titulares como: El multimillonario secuestrado Lawrence Goodman hace una confesión impactante y Filántropo y magnate inmobiliario confiesa haber agredido sexualmente a menores.

Los medios no disponían de toda la información. No sabían que los secuestradores habían exigido una confesión. Los agentes tenían que restringir esa información a un círculo limitado o empezarían a recibir mensajes de imitadores desde todas partes.

Varios periodistas exigían saber si las organizaciones que recibían donaciones filantrópicas de Goodman conocían sus delitos.

Presuntos delitos , pensó Victoria. Aunque, después de hablar con Mary Liskoff y enterarse de lo sucedido a Allison Hammond, creía todas y cada una de las palabras que había pronunciado Goodman y sospechaba que la verdad era mucho peor.

Victoria dejó el teléfono bocarriba sobre la mesa.

Rivera se reunió con ellos.

—Era la mujer de Harrison. Caroline. Tampoco ha recibido noticias. Por lo que sabemos, aún no los han liberado.

El teléfono de Victoria emitió una alerta y la pantalla se iluminó.

Todos se quedaron paralizados.

—Es de mi padre —dijo mientras la asaltaba una oleada de nervios. Casi esperaba que su padre hubiera recuperado el teléfono y que aquel mensaje sí fuera realmente suyo. Pero también sabía que no debía hacerse ilusiones.

Victoria leyó el mensaje. Sus esperanzas se desinflaron.

—¿Qué dice? —preguntó Peterson.

Ella lo leyó en voz alta.

—No os distraigáis con el vídeo y la confesión de Lawrence. No están aquí por eso. Centraos en lo que ocurrió en París. Si los hombres hacen lo mismo, puede que se ganen la libertad.

Victoria se mordió el labio inferior. Tenía que concentrarse a pesar de la decepción. Pero las palabras «puede que» se repetían en su cabeza. Existía la posibilidad de que salieran de allí con vida. Y también de que no.

—Entonces, la confesión de Lawrence ha sido... ¿qué? —preguntó Sam—. ¿Un extra? ¿Un proyecto secundario?

—No lo sé. Si querían montar un espectáculo mediático, desde luego lo han conseguido —dijo Peterson.

Rivera se aclaró la garganta.

—Tenemos que confiar en los mensajes y seguir investigando la pista de París. ¿Qué sabemos de las víctimas?

—Tengo los informes de la policía francesa —dijo Sam—. Dejad que os cuente lo que he averiguado sobre Jessica Torres y decidme si estáis de acuerdo en que podemos descartarla.

Les explicó lo que había averiguado sobre la doctoranda de la Sorbona que se había ahogado en el Sena.

—Sus padres se gastaron cincuenta mil dólares en un investigador privado, así que no quedaron satisfechos con el dictamen de muerte accidental por ahogamiento.

Tienen motivos para hacer algo así. Pero estaban en una fiesta de quince años en Phoenix con otras cien personas cuando se llevaron a los hombres.

No sabían nada del secuestro de Georgetown.

Estoy convencido de que Jessica Torres no es nuestra víctima.

Rivera cogió un rotulador y tachó el nombre de Jessica de la pizarra blanca.

—Yo he investigado a Kyla Mitchell —dijo Peterson mientras abría su carpeta—.

Estaba prometida. Era de Massachusetts. Había ido a Europa a visitar a una amiga.

El análisis toxicológico reveló la presencia de analgésicos y sedantes de venta con receta en su organismo.

Ningún médico se los había recetado. Sus amigos insistieron en que no consumía drogas, y eso hizo que el caso resultara más sospechoso.

—¿O quizá no la conocían tan bien como creían? —sugirió Sam.

—Es posible —dijo Peterson—. Localicé a su exprometido.

Está casado, tiene dos hijos y vive en Connecticut.

Habló conmigo por teléfono durante treinta minutos.

Se mostró colaborador. En aquel momento quedó destrozado, pero desde entonces ha aceptado su muerte.

No parecía un hombre que hubiera secuestrado a cuatro personas.

No se le ocurría nadie que pudiera haberlo hecho.

Creo que todavía no deberíamos descartar a Kyla.

Es solo que no he encontrado pruebas suficientes para sostener que sea nuestra víctima.

El nombre de Kyla permaneció en la pizarra.

—Emily Young era de la zona —les recordó Victoria, cada vez más convencida de que la pista de Emily era la correcta—.

He hablado con sus padres y no son ellos.

Pero tiene un hermano. Ricky Young. Treinta y cuatro años, dirige una empresa de desguace y demolición aquí, en Washington D. C. Podría ser nuestro hombre.

—¿Qué le hace pensar eso? —preguntó Rivera.

—Estaban muy unidos. Se dedica a desmantelar edificios viejos antes de demolerlos. Ahora que he visto el vídeo de Lawrence, ese sótano industrial mugriento... Ricky tendría acceso a lugares así.

—Estoy de acuerdo —dijo Sam—. Veamos si hay algo más en los informes policiales que respalde tu teoría.

Victoria aceptó la carpeta y empezó a leer en francés. Había estudiado el idioma durante la secundaria, cursado dos semestres en la universidad y pasado un verano en Francia.

Tratándose de la muerte de una ciudadana estadounidense en el extranjero, el informe policial contenía muy poca información.

VÍCTIMA: Emily Catherine Young, 22 años, ciudadana estadounidense.

LUGAR: Rue de Seine, distrito VI.

HORA: Aproximadamente las 23:30.

CAUSA DE LA MUERTE: Traumatismo por objeto contundente compatible con el impacto de un vehículo.

RESUMEN: Atropello con fuga. El conductor huyó del lugar. Dos testigos vieron un sedán oscuro que se alejaba a gran velocidad. Una persona proporcionó parte del número de matrícula. Sin detenciones. Investigación suspendida al cabo de catorce días.

Victoria siguió avanzando y encontró una única anotación en letra pequeña cerca del final del informe definitivo.

La introdujo en un programa de traducción solo para asegurarse de que no había malinterpretado ningún matiz concreto.

Investigación cerrada a petición de la Embajada de Estados Unidos.

—El Gobierno cerró el caso de Emily —dijo—. Alguien quería enterrarlo.

Eso significaba que había alguien importante o adinerado implicado.

Alguien con poder. Presumiblemente, uno de los hombres que estaban con su padre.

Había sofocado la investigación y enterrado la verdad.

Sin embargo, si Emily Young era la víctima correcta, quienquiera que hubiera capturado a los hombres sabía quién era el culpable.

Quería... no, necesitaba que esa persona fuera Ricky Young, porque encajaba y ya tenían su nombre... y porque estaba desesperada.